La Constituyente. Una pregunta para el debate (1924) – Errico Malatesta

Retrato de Errico Malatesta (Santa Maria Capua Vetere, 1853-Roma, 1932)


Artículo de Errico Malatesta publicado en Le Réveil communiste-anarchiste, n° 653, 8 de noviembre de 1924, p. 3.

Se trata de un artículo escrito principalmente desde un punto de vista italiano, pero la cuestión de la Asamblea Constituyente podría plantearse también en otros lugares tras una revolución, como ocurrió precisamente en Rusia, por lo que consideramos útil traducirlo.

Se ha llamado la atención de los anarquistas sobre la necesidad de debatir su posible actitud ante una asamblea constituyente. Esto es realmente necesario y urgente porque me parece que algunos anarquistas en su gran deseo de «vivir en la realidad» corren el riesgo de caer en una trampa.

En primer lugar, es necesario distinguir entre una Asamblea Constituyente convocada antes y sin revolución en un régimen monárquico y capitalista, y una Asamblea Constituyente que debe reunirse después del propio período insurreccional para dar formas concretas y estables a la nueva organización surgida de la revolución.

En el primer caso, la Asamblea Constituyente sería el servicio más ingenuo y jesuítico a la monarquía. Sería una repetición de la comedia de los plebiscitos, un medio para restaurar la virginidad de la monarquía, con el brillo del aparente consentimiento popular. Porque nadie que conozca las condiciones actuales de Italia puede dudar, creo, que unas elecciones celebradas hoy, sin estar precedidas de una revolución, darían un resultado diferente al ordinario, sólo porque en lugar de Parlamento diríamos Constituyente. Además, si por casualidad se viera el peligro de una mayoría antimonárquica, el fascismo ha mostrado incluso a los ciegos cómo el «consentimiento» lo gana el que tiene la fuerza.

La Asamblea Constituyente ha sido reclamada por la Confederación del Trabajo, y es reclamada por muchos republicanos que se declaran dispuestos a someterse al régimen monárquico si tal es la voluntad de la mayoría. No me extrañaría que Mussolini utilizara ese medio para mantenerse en el poder, o al menos para salirse con la suya de la forma más barata posible.

Pero, se nos dirá, no podemos hacer una revolución hoy. Es posible, pero no es razón para unirse al rebaño de votantes, aceptar los resultados de la votación y renunciar a las razones para el futuro.

Como no podemos hacer más, tendríamos que continuar con nuestra oposición a la autoridad, nuestra propaganda y nuestra preparación para los próximos acontecimientos.

Consideremos ahora el caso de una Asamblea Constituyente que se convoque después de la revolución. Algunos dicen: «Ya hablaremos de eso más tarde; no vendamos la piel del oso antes de haberlo cazado». Pero creo que debemos debatirlo ahora, porque cuando llegue el momento de actuar, habrá poco tiempo para discutir, o bien otros actuarán y nos cortarán el paso mientras discutimos.

Por eso digo de inmediato que no veo por qué no debemos aplicar a la Constituyente todas las críticas que habitualmente hacemos al parlamentarismo. Siempre es una legislatura elegida por una mayoría la que vota la constitución por mayoría y la impone por la fuerza a los disidentes que también podrían ser la verdadera mayoría. Y siempre es el pueblo el que renuncia a su iniciativa y se somete de antemano a lo que salga de la alquimia parlamentaria.

Como no somos más que una pequeña minoría de la población, y la gran masa está todavía penetrada por el espíritu de autoridad y de sometimiento, es probable que la insurrección dé lugar a una Asamblea Constituyente que, como de costumbre, tratará de cortar las alas a la revolución, creando un Estado que devuelva al pueblo el mayor número posible de las conquistas realizadas por él durante los primeros tiempos todavía agitados por la sacudida insurreccional. Habrá ciertamente un remanente, que será el progreso real alcanzado por la revolución; y este remanente será tanto mayor cuanto más importantes sean las conquistas realizadas directamente por el pueblo, cuanto más profundo sea su amor a la libertad, cuanto más arraigados estén sus hábitos de acción libre.

Por eso habrá que retrasar lo más posible la convocatoria de la Asamblea Constituyente y mientras tanto trabajar en la libre organización de la vida social. Y cuando se convoque la Asamblea Constituyente, debemos negarnos a reconocerla (después de no haber participado en su elección) y exigir para nosotros y los que están de acuerdo con nosotros la libertad de organizarse como quieran y los medios para hacerlo.

Y para la necesaria coordinación del trabajo de los grupos, de las comunas, de las regiones, de la nación, habrá que oponer a la Constituyente o a cualquier otro órgano legislativo congresos, convenciones locales, regionales, nacionales, abiertas a todos para informar, aconsejar, tomar iniciativas – sin pretender hacer la ley e imponer sus deliberaciones a los demás por la fuerza.

He escrito estas pocas reflexiones a toda prisa.

Recomiendo a los camaradas que estudien seriamente la cuestión y la discutan en nuestros grupos y en nuestra prensa.

Se trata de todas las razones del anarquismo que se ponen así en discusión.

Errico Malatesta.

(Traducido de Pensiero e Volontà.)

N. d. R.- Señalamos sin más una cuestión subsidiaria, sugerida por la más dolorosa de las experiencias: ¿Cómo evitar que nuestra oposición a la Constituyente abra el camino a la dictadura?

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