La acción de las guerrillas anarquistas en Aragón [1936-1937](2008) – Los Gimenólogos

Ramón Rufat


Reseñas y extractos de libros sobre la acción de las guerrillas
Anarquistas en Aragón 1936-1937
(para ampliar algunas de las reseñas de la entrada sobre Florentino Galvàn)


En la entrada sobre Florentino Galván, mencionamos cómo fue exfiltrado desde Zaragoza por «hijos de la noche» de Fuendetodos, bajo el control de la centuria anarquista «Saturnino Carod», a su vez parte de la columna Sur-Ebro.

Basándonos en el relato de Antoine Giménez, hemos descrito en Los Hijos de la Noche la acción guerrillera llevada a cabo por el grupo Los Gorros Negros perteneciente al Grupo Internacional de la Columna Durruti.

Existen muy pocos documentos y trabajos sobre la actividad de los guerrilleros y agentes anarquistas durante la Guerra de España. Las más completas e interesantes son las de Ramón Rufat, antiguo guerrillero, y las de Antonio Téllez Solá, que participó en la incursión de 1944 en la Val d’Aran. Más tarde, «como un Heródoto del maquis español, Téllez dedicó gran parte de su tiempo y energía a rescatar del olvido la vida y el ardor de aquellos hombres que nunca se dieron por vencidos». Escribió valiosos libros sobre Ponzán, Facerías y Sabaté.

Ramón Rufat escribió en 1986 en el prefacio de su libro:

«El campo de acción que abarcan estas Memorias se limita voluntariamente a los frentes de Aragón y Cataluña y a los sectores vecinos de Levante y Centro. Estas zonas fueron visitadas por mí o por las personas que me confiaron sus recuerdos y con las que conviví en las «bases» del servicio de inteligencia o, más tarde, en la cárcel.

Al tener que adaptarse al curso de la guerra, el servicio de espionaje republicano pasó por tres etapas:

  • La etapa de voluntariado, donde apenas se diferenciaban los espías y los guerrilleros;
  • Etapa de militarización, en la que se diferencian guerrillas y espías y se crean los Cuerpos de Ejército y Guerrilla, el Servicio de Información Militar (S.I.M.) y el Servicio Especial de Inteligencia Periférica (S.I.E.P.);
  • La etapa de desarrollo de la acción de los agentes del S.I.E.P.: sus éxitos y fracasos; las detenciones y condenas en los primeros años de la represión.»

Ramón Rufat, Entre los Hijos de la Noche (hasta ahora inédito en español), publicado en francés con el título: Espions de la République, traducción de Alain Pécunia, Allia 1990, pp. 4-5.

Completamos aquí la cita tomada de la misma obra de Rufat y ya colocada en Les fils de la nuit:

Zona de los primeros pasajes de los agentes en octubre de 1936

«En octubre, las columnas de milicianos, frenadas por la resistencia enemiga, se dedicaron al combate cuerpo a cuerpo y lanzaron ataques abiertos de una valentía sin precedentes, como en Estrecho Quinto y Monte Aragón, puntos de apoyo del enemigo en la defensa de Huesca.

Las columnas se enfrentaron entonces a la necesidad de crear sus propios servicios de inteligencia. Al principio, se les encomendó una tarea compleja, ya que debían observar los movimientos en el frente y en la retaguardia enemiga inmediata, censurar el correo de los milicianos o tomar declaración a los «fugados» de la zona rebelde, muy numerosos en aquella época.

Casi simultáneamente, se formaron grupos de acción nocturna, los Hijos de la Noche, o grupos de guerrilla para la penetración profunda en la zona enemiga, bajo la autoridad y el control exclusivos de las columnas.

Algunos de estos grupos llegaron hasta Zaragoza para buscar a personas en peligro y recogieron la poca información que pudieron de los familiares o amigos de los puntos de apoyo que consiguieron establecer.

Algunos de estos grupos y sus líderes estaban rodeados en Aragón de un halo de prestigio y misterio, como los mayores héroes de la guerra. Hay que mencionar, de paso, al grupo La Noche de Gallart, que cruzó el Ebro por Fuentes de Ebro; Los Dinamiteros de Utrillas, cuyo jefe más conocido era Batista, de Valderrobres; Los Iguales, cuyo jefe era Remiro, de Épila; sin olvidar a Francisco Ponzán, que, tras un breve paso por el Consejo de Aragón, fue uno de los mejores jefes de inteligencia guerrillera en los frentes de Aragón y Cataluña….

El mando superior, ignorado o despreciado por las columnas, quiso remediar la confusión creada por la excesiva variedad de estos grupos. Para ello, adujo razones de eficacia, pero sobre todo quiso que los nombres de estos guerrilleros nocturnos y agentes clandestinos no fueran más famosos que los de los jefes militares y el propio alto mando.

Hay que decir, sin embargo, que tal notoriedad era contraria a las buenas normas de los servicios secretos. Esto llevó a Richard y a su grupo a proponer al Servicio de Defensa de Cataluña y a todos los jefes de columna la creación de algo que fuera un verdadero servicio de inteligencia, en relación directa con el mando militar. Sus miembros deberían estar incluidos en las columnas y sólo los altos mandos deberían conocer su situación para poder disimular sus ausencias.
Rufat, 1990, pp. 27-29.

Información adicional sobre el S.I.E.P., Service d’Intelligence Spécial Périphérique, creado según Rufat en diciembre de 1937:

«El XIV Cuerpo de Guerrilleros había sido creado oficialmente en mayo de 1937 y su principal escuela y cuartel general se había establecido en Benimamet (Valencia). (…) Pequeños destacamentos cubrían todos los frentes, pero sus acciones eran más imprudentes que eficaces, y en general no tenían seguimiento.

El 15 de agosto de 1937, Prieto, ministro de la Guerra, creó el S.I.M. o Servicio de Información Militar. Su misión no tenía nada que ver, en contra de la intención inicial, con las tareas dentro de la zona rebelde. De hecho, estaba a cargo de la seguridad y el contraespionaje en la zona republicana, en la retaguardia. Esta era una forma de lograr la supresión de los llamados «grupos de control «*, que provenían de las organizaciones políticas y sindicales, sin necesidad de involucrar al gobierno o a los mandos militares de los lugares. Así, todo estaba militarizado, controlado y disciplinado (…)

Los agentes que no se incorporaron al XIV Cuerpo de Guerrilleros o que no quisieron incorporarse al S.I.M. permanecieron en las escuelas o unidades a las que fueron asignados, realizando todos los servicios: desde fusilero hasta espía, según las necesidades. Los que habían pertenecido desde el principio al personal central o a las brigadas internacionales comenzaron a llamarse S.I.E.P. y exigieron que los demás agentes y grupos guerrilleros se unieran al servicio central de inteligencia.

El S.I.E.P. era una «especie de policía paralela creada en Barcelona al principio de la guerra por el Consejero de Interior de la Generalitat, que pertenecía a la CNT-FAI. Se disolvieron tras los acontecimientos de mayo de 1937.
Rufat, 1990, pp. 93-94.

Sobre estas mismas cuestiones, he aquí algunos pasajes del libro de Antonio Téllez Solá: Le réseau d’évasion du groupe Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), que acaba de ser traducido al francés y publicado por Le Coquelicot en 2008:

Extractos relativos al grupo Libertador de la 127ª Brigada Mixta de la 28ª División, (antigua columna Ascaso) comandada por Gregorio Jover Cortés.

[Las referencias entre corchetes son nuestras].

Capítulo VI: La ofensiva contra Zaragoza.

pp. 51-60 (resumen): Ponzán encontró en la 127ª Brigada Mixta un grupo de guerrilleros llamado Libertador. [formado en agosto de 1936 por iniciativa de sus miembros].
Desde el comienzo de la guerra, este grupo se había infiltrado en territorio enemigo. Liberó a familias enteras de los pueblos de Botaya, La Peña, Triste, Fontellas, etc. Fueron las que escaparon a la zona republicana las primeras mujeres esquilmadas por los fascistas.
El 6 de noviembre de 1936, volaron un puente en la carretera de Mediana a Belchite, a 20 km detrás de las líneas enemigas. Entre la Navidad y el primero de enero de 1937, en tres expediciones, escaparon de Zaragoza, 79 personas.

Todos estos guerrilleros, además de sus incursiones, tuvieron que participar en los diversos combates que se desarrollaron en sus respectivos sectores.

La ofensiva republicana sobre Zaragoza se inició el 24 de agosto de 1937 con un doble objetivo: conquistar la ciudad y tratar de atraer hacia el sur a las tropas franquistas, que, tras ocupar Bilbao el 19 de junio de 1937, habían comenzado a atacar Santander el 14 de agosto.

Pero estos dos objetivos oficiales escondían otro: tras la disolución del Consejo de Aragón, el Partido Comunista tenía interés en justificar su acción represiva y contrarrevolucionaria con una victoria militar en la región de sus proezas. También quería demostrar que si Huesca, Zaragoza y Teruel no habían sido tomadas por los anarcosindicalistas y los milicianos del POUM, las fuerzas disciplinadas del partido lo harían.
Sabemos lo que pasó después: la batalla más importante de la ofensiva de Zaragoza tuvo lugar en Belchite, que fue tomada y perdida, y Zaragoza nunca fue tomada por el Ejército Popular dirigido por los comunistas.

Extractos del capítulo VII: El Grupo Libertador y el S.I.E.P. :

p. 61: «En agosto de 1937, antes de la ofensiva sobre Zaragoza, el grupo Libertador había sido contactado para formar parte del Servicio de Información del X Cuerpo de Ejército. La propuesta fue aceptada bajo ciertas condiciones [a continuación se reproduce el informe del 21 de agosto de 1937 presentado por el grupo LIBERTADOR perteneciente a la 125ª Brigada Mixta, dirigido al Servicio de Información del Ejército, y firmado por el capitán Benito Lasvacas Coronas]: «Así, se solicitó al grupo Libertador su incorporación al Servicio de Información del X Cuerpo de Ejército.

p. 65: «Así, en cuanto se apagaron los ecos de la batalla de Aragón de agosto de 1937, la guerrilla del Libertador se unió al S.I.E.P., que dependía de los Servicios de Información del X Cuerpo, cuya sede estaba en Barbastro. El grupo estaba compuesto por once hombres, ocho de la CNT y tres de la UGT. (…) El responsable del grupo frente al Estado Mayor era Francisco Ponzán [el 9 de octubre de 1937, pero recordamos que según Rufat, el S.I.E.P. se creó en diciembre de 1937].

Antonio TELLEZ SOLA

pp. 66-67, Téllez escribe de nuevo:
«Esta peligrosa obra nos habría enseñado cosas interesantes si los protagonistas hubieran escrito sus memorias. Sin duda, Francisco Ponzán pensaba en ello, a juzgar por los archivos que conservaba de aquella época y que hizo enterrar cuidadosamente en una masía (…) en Ariège, algunos de los cuales hemos podido recuperar. (…) Es curioso que entre los innumerables libros escritos sobre la Guerra Civil, ningún historiador se haya interesado por el S.I.E.P. y que no se encuentre ninguna referencia

nota 2, p. 373 (citamos siempre a Téllez):
«Cuando este libro ya estaba escrito [pero no publicado], Domingo Pastor Petit publicó el decepcionante resultado de sus investigaciones sobre el S.I.E.P., realizadas en los archivos gubernamentales disponibles para su consulta en Madrid (…) en un libro titulado «Los archivos secretos de la Guerra Civil» ed. Argos, 1978. (…) Por otro lado, Ramón Rufat Llop, que al igual que Ponzán había pertenecido al S.I.E.P., pero en la zona de Levante, me informó que estaba escribiendo un libro sobre el espionaje republicano en la zona de Franco y que pensaba incluir a Ponzán en él. Le di amablemente los documentos que tenía (…) de hecho mi libro había estado durmiendo en un cajón durante más de diez años.

Ediciones VIRUS
Para continuar…

Los gimenólogos 15 de noviembre de 2008.

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http://gimenologues.org/spip.php?article385

Sociedades cooperativas de producción (2022) – Maxime Quijoux


La historia del movimiento obrero en Francia sigue estando ampliamente dominada por pensadores, figuras o periodos fuertemente inspirados por el marxismo. Esta hegemonía comunista ha ido dejando en el olvido otras empresas militantes del movimiento social. Las Asociaciones Obreras de Producción (AOP), que aparecieron en el siglo XIX, se convirtieron en el siglo XX en las Sociedades Cooperativas de Producción Obrera y luego, en el siglo XXI, en las Sociedades Cooperativas y Participativas (SCOP), constituyen un ejemplo emblemático. En un país donde la artesanía dominaba el mundo industrial, los precursores del movimiento obrero fueron durante mucho tiempo defensores de la libre asociación de los trabajadores, basada en principios de igualdad y fraternidad producidos por la actividad del trabajo. Como señala el historiador Jean Gaumont [1], las primeras reivindicaciones de la clase obrera estuvieron marcadas por una fuerte dimensión corporativista, a menudo procedente de las organizaciones de compañeros. Reuniendo a trabajadores altamente cualificados, como los Canuts de Lyon, por ejemplo, estos grupos se proponen en la mayoría de los casos eliminar a los intermediarios, a los que se asocia con los «parásitos». En la década de 1830, Philippe Buchez fue uno de los primeros en desarrollar un modelo más elaborado de asociación de trabajadores: concibió una organización basada tanto en un principio democrático, en el que los miembros elegirían a sus representantes, como en un principio ético, haciendo del capital un bien común inalienable. Sus principios condujeron a la creación de las primeras asociaciones de trabajadores, como la de los joyeros dorados de París (véase, por ejemplo, la nota de J.-M. Leroy), que gozaron de una rara notoriedad y longevidad en el siglo XIX. De hecho, las ideas de Buchez tuvieron un relativo eco entre los grupos obreros.

En la Francia rural, expuesta a una gran inestabilidad política, el asociacionismo obrero sigue siendo un modelo ampliamente ignorado fuera de algunos círculos de trabajadores o de intelectuales politizados. Sin embargo, este último logró convencer gradualmente a la gente de que el taller era el motor de un cambio radical en la sociedad francesa y el capitalismo. Gracias a los acontecimientos revolucionarios, incluso lograron llevar a cabo sus proyectos de emancipación, especialmente durante la revolución de 1848 y el nacimiento de la Segunda República. A la sombra de los talleres nacionales, Louis Blanc creó los talleres sociales, es decir, asociaciones de trabajadores creadas y apoyadas por el Estado. Se crearon cerca de 250 antes de ser aplastados por el golpe de Estado de Luis-Napoleón Bonaparte en 1851. Sin embargo, la utopía no desapareció, llevada por intelectuales muy influyentes como Pierre-Joseph Proudhon. Considerando que el trabajo asalariado roba a la colectividad a través de la individualización de los métodos de remuneración, abogó sin descanso por la erección de modos de intercambio mutualistas y federativos para sustituir al capitalismo.

Su influencia se combinó pronto con la creciente aparición de las «cooperativas», un término que entonces se asociaba exclusivamente al consumo. En la segunda mitad del siglo XIX, el nacimiento del movimiento socialista francés se vio influido por la experiencia de los pioneros equitativos de Rochdale, que reunieron por primera vez a los consumidores (véanse en particular las biografías de Charles Howarth y William Cooper). Así, líderes como Benoit Malon, Eugène Varlin y Leo Frankel iban a ser los abanderados de una emancipación obrera basada en la autonomía económica y productiva. El movimiento obrero era entonces «autogestionario» -un término anacrónico en este caso- en su concepción de la lucha y de su liberación y siguió un proceso que comenzó con la creación de una sociedad de crédito mutuo, siguió con la creación de una cooperativa de consumo y terminó con la de una asociación de trabajadores [2]. Actores importantes de la Comuna de París en 1871, Malon y Frankel prevén la transformación de las empresas abandonadas en cooperativas de producción. De hecho, sólo una fue gestionada por los trabajadores, la cooperativa de fundidores de hierro (véase Pierre Marc). La empresa no fue expropiada, sino alquilada a su propietario, con quien el acuerdo fue muy cordial hasta el final del experimento comunista [3].

Esta irrupción del movimiento obrero de producción, hecha de grandes veladas y experimentos esporádicos, acabó estructurándose en el mismo momento en que surgió el marxismo en Francia. Mientras que la idea de conquistar el poder a través de las urnas y/o de la huelga general iba ganando terreno, las asociaciones de trabajadores aparecían como un medio para integrar a la clase obrera en el proyecto de la Tercera República. Traumatizados por el episodio de la Comuna de París, los republicanos moderados, como Léon Gambetta y Waldeck-Rousseau, hicieron una ardiente campaña de apoyo a las asociaciones obreras para «incorporar al proletariado a la burguesía». Con la creación de la Verrerie ouvrière d’Albi, Jean Jaurès participó en una de las mayores experiencias de cooperativas de producción. Este parecía ser uno de los instrumentos de la conquista de la emancipación de los trabajadores, junto con las cooperativas de consumo y los sindicatos. Sin embargo, la emergencia institucional del movimiento cooperativo de producción de los trabajadores siguió siendo profundamente corporativista a finales del siglo XIX. Sus principales impulsores, a menudo de tendencia francmasónica, también se inspiraron en el pensamiento de Charles Fourier, que encajaba bien con la representación que tenían de la equidad profesional: la cooperación se entendía como un justo equilibrio entre la aportación del capital, el trabajo y el «talento» (encarnado por el directivo). Con su familistère en Guise, Jean-Baptiste Godin creó una verdadera sociedad obrera inspirada en el falansterismo. En este mundo en el que los trabajadores y sus familias estaban totalmente atendidos, Godin intentó introducir nuevas prácticas laborales, como la elección democrática de los mejores trabajadores, con relativo éxito [4]. Sobre todo, transformó gradualmente la empresa en una cooperativa de producción antes de entregarla por completo a los trabajadores de la empresa. Otras experiencias inspiradas en el modelo fourierista se desarrollaron de forma más confidencial, como la empresa de pinturas Jean Leclaire y la cooperativa Le Travail [5]. Una vez más, el pensamiento fourierista ofrecía un barniz socialista a las prácticas corporativistas, en las que la cooptación por antigüedad y la cualificación eran los principales valores de pertenencia, poder y remuneración. De hecho, ser socio de la cooperativa y beneficiarse de sus ventajas sociales a menudo sólo concierne a una mínima parte de sus trabajadores, lo que convierte a las cooperativas de producción en un ejemplo emblemático de la aristocracia obrera.

Esta tendencia aristocrática no impide una cierta proximidad entre las asociaciones de trabajadores y otras estructuras obreras. El primer congreso de Ouvrier de France, celebrado en octubre de 1876, fue obra de Jean Joseph Barberet, activista sindical y cooperativista. Próximo a Wadelck-Rousseau, fue uno de los artífices de las leyes que autorizan la libertad de reunión (1881), los sindicatos (1884) y las asociaciones (1901). Pero esta proximidad le fue reprochada durante mucho tiempo por las fracciones guesdistas del movimiento obrero, lo que le llevó a distanciarse del congreso obrero de 1879. Luego se acercó un poco más a las esferas del Estado y a los canales más institucionales. Así, la creación de la 1ª Cámara Consultiva de Asociaciones Obreras de Producción en Francia en 1884 se llevó a cabo bajo el alto patrocinio del Ministro del Interior y se benefició del apoyo activo del gobierno (especialmente a través de contratos públicos). Estaba dirigida por un militante fourierista, Henry Buisson, líder de la cooperativa Le Travail. Defendió una concepción «muy abierta» de la vida cooperativa, argumentando que el capital externo era esencial.

Por su parte, la creación de la CGT en 1895 fue también un caldo de cultivo favorable para el desarrollo institucional de las asociaciones de trabajadores. Lejos de ser la «correa de transmisión» de un Partido Comunista hegemónico, como lo sería mucho más tarde, la CGT era un sindicato en el que las diferentes corrientes, especialmente las reformistas, favorecían la presencia de cooperativistas. Aunque la Cámara Consultiva tuvo una serie de presidentes en la primera mitad del siglo XX, fue su secretario general Edmond Briat quien llevó las riendas de la organización [6]. Fundador del sindicato de trabajadores de instrumentos de precisión en 1892, artífice de su adhesión a la CGT en 1895, fundador y codirector de la cooperativa AOIP en 1896, Briat se presentó como un ferviente activista sindical, un revolucionario antes de deslizarse hacia una posición mucho más institucional. Impuso la sindicalización obligatoria de las cooperativas asociadas y mantuvo una estrecha relación con los círculos reformistas de la CGT [7]. En 1923, un acuerdo entre la cámara consultiva y la confederación exime a la AOC de la huelga a cambio de la participación en los fondos de la misma, de la aplicación retroactiva de las reivindicaciones atendidas y de la aceptación del monopolio sindical de la contratación. En un contexto de incipiente legislación social, las asociaciones de trabajadores se presentaron entonces como modelos de protección de los trabajadores, proporcionando fondos de pensiones y de ayuda mutua a sus miembros. De manera más general, el sindicalismo constituyó el marco principal del movimiento cooperativo durante la primera parte del siglo XX. Esta influencia se reflejó en 1937 con la adopción de un nuevo nombre para la organización, que se convirtió en la Confédération générale des SCOP de France (CGSCOP) y se organizó sobre una base profesional. Paradójicamente, esta transformación marcó el final de un alejamiento del movimiento obrero. Los dirigentes de las cooperativas, ferozmente anticomunistas, se mantuvieron alejados del Frente Popular. En la época de la colaboración, como la mayoría de los movimientos de economía social, sus dirigentes, como Raymond Froideval, hicieron suya la causa del régimen de Pétain.

Fue necesaria la intervención de Paul Ramadier en la Liberación y la aprobación de una ley sobre el estatuto de las cooperativas en 1947 para restaurar un poco la reputación de la organización. Pero en términos absolutos, la organización y las cooperativas de producción seguían siendo empresas bastante «aristocráticas» en las que los principios fourieristas de diferenciación estatutaria fundaban una poderosa jerarquía entre «asociados» y «auxiliares». Siempre de extracción sindical, el nuevo líder Antoine Antoni desarrolló toda una serie de herramientas institucionales y financieras durante los Treinta Años Gloriosos. También abrió el movimiento a otros actores de la economía social y a las estructuras del movimiento cooperativo internacional. Sobre todo, consiguió integrar sin problemas a nuevos actores en el movimiento con los miembros de las comunidades obreras, como Boimondau, creado por Marcel Barbu, al que sucedió Marcel Mermoz. La llegada de las comunidades al seno de la CGSCOP ha ido trastocando los principios fourieristas del movimiento al imponer criterios de racionalización, gestión y democracia en lugar de la jerarquía impuesta por la antigüedad, la cualificación y la cooptación. El movimiento también se renovó, especialmente gracias a su secretario general, François Espagne, que llevó a cabo acciones de presión política muy eficaces durante el periodo. En este sentido, logró avances legislativos sin precedentes al incluir las cooperativas en la ley de participación de 1969 y, sobre todo, al aprobar la ley de SCOP en 1978. Consiguió un tour de force interno al imponer los principios de Philippe Buchez en los estatutos de las cooperativas: las cooperativas estaban obligadas en adelante a respetar el principio de «una persona, un voto», independientemente de la aportación de capital o la antigüedad. Del mismo modo, las reservas pasaron a ser obligatorias y no divisibles.

A partir de entonces, el movimiento experimentó una expansión continua, con periodos de fuertes turbulencias a principios de la década de 1980. En un contexto de crisis económica, el nuevo gobierno socialista moviliza a la Confederación para intentar transformar las empresas en dificultades en cooperativas de producción, como atestigua la presencia de Michel Rocard y Jean Auroux en el congreso de Vichy de junio de 1981. La CGT participó a menudo en este ambicioso plan de recuperación productiva, como en el caso de la empresa Manufrance. Pero estas empresas, transformadas de forma precipitada, mal gestionadas y debilitadas por la apertura a la globalización, fueron rápidamente liquidadas. A mediados de la década de 1980, el gobierno dejó de apoyar las adquisiciones y se apartó del movimiento cooperativo. Desde entonces, gracias a una fuerte descentralización, el movimiento no ha dejado de crecer en cuanto a número de empresas de nueva creación y número de puestos de trabajo, alcanzando más de 3.000 empresas de nueva creación y 63.000 empleados en 2021. Detrás de esta expansión, a veces hay tensiones entre la inclinación a aparecer como «empresas como las demás» y las nuevas prácticas democráticas inspiradas en las teorías organizativas y los nuevos estatutos: Sociedad Cooperativa de Intereses Colectivos (SCIC) y Cooperativas de Actividades y Empleo (CAE). Pero en un contexto de desregulación y de aumento de la competencia, el modelo democrático y equitativo de las sociedades cooperativas y participativas nunca ha parecido más la mejor defensa del empleo y del saber hacer.

Notas

[1] Jean Gaumont, Histoire générale de la coopération en France. Les Idées et les Faits. Les Hommes et les Œuvres, Fédération nationale des Coopératives de consommation, 1924.
[2] Rougerie Jacques, Eugène Varlin : Aux origines du mouvement ouvrier, éditions du détour, 2019.
[3] En un fascinante artículo, el historiador Robert Tombs (1984) señala que el líder elegido por los empleados fue protegido por el propietario de la fábrica durante la represión de la Comuna. Tombs, R. (1984). «¿Principios o empresarios? una cooperativa de trabajadores durante la Comuna de París», The Historical Journal, 27(4), 969-977, en línea
[4] Véase Michel Lallement, Godin et le Familistère de Guise, éditions des Belles lettres, 2009.
[5] Estas dos experiencias están muy bien recogidas por Bernard Desmars, «Travailler chez les fouriéristes : du travail » attrayant » à la participation aux bénéfices», Cahiers d’histoire. Revue d’histoire critique, Online
[6] François Espagne, 111 ans d’histoire de la Confédération Générale des Sociétés Coopératives Ouvrières de Production, documento impreso.
[7] Véase la documentada entrada de Bernard Desmars en el sitio web de la Association des études fouriéristes

Maxime Quijoux, investigador del CNRS (LISE, CNAM), autor del libro Adieu au patronat. Lutte et gestion ouvrières dans une usine reprise en coopérative (Croquant, 2018), dedicado a Hélio-Corbeil, vuelve en este artículo a la historia de los SCOP, relacionándola con las entradas del diccionario Maitron.

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https://maitron.fr/spip.php?article237048

Las lecciones de la historia – De la Comuna de París a la Revolución Española (1937) – André Prudhommeaux

Nos alegramos de que los Archivos de la Autonomía hayan puesto a disposición una serie de artículos del periódico L’Espagne nouvelle hasta el último, titulado L’Espagne indomptée (n°67-69).
La serie de artículos comienza con el número 1 del 1 de febrero de 1937. Ver los resúmenes: https://archivesautonomies.org/spip.php?article4537)

Un año después del inicio del proceso revolucionario en España, André Prudhommeaux dirigió «lecciones de historia» a todo aquel que quisiera escuchar, lo que sonaba a «última hora para entender», en vista del desastre en curso.

Poco después, otros como García Oliver o Mariano Vázquéz hacían un balance autocomplaciente de sus políticas durante el último año. Su débil intento de disimular su renuncia a una revolución de tipo libertario se expresó en términos enrevesados que también han pasado a la historia:
«El destino de España se estaba decidiendo en Cataluña, entre el comunismo libertario, que significaba dictadura anarquista, y la democracia, que significaba colaboración. La CNT y la FAI se decidieron por la colaboración y la democracia, renunciando al totalitarismo revolucionario que llevaría al estrangulamiento de la Revolución».
(García Oliver, De julio a julio, CNT, 1938*)

Las lecciones de la historia De la Comuna de París a la Revolución Española

«Al proclamar la Comuna Libre, el pueblo de París proclamaba un principio esencialmente anarquista; pero, como en aquella época la idea anarquista sólo había penetrado débilmente en la mente de la gente, se detuvo a mitad de camino y, dentro de la Comuna, se pronunció todavía a favor del viejo principio autoritario, dándose un Consejo de la Comuna, copiado de los Consejos Municipales. Si admitimos, en efecto, que un gobierno central es absolutamente inútil para regular las relaciones de las Comunas entre sí, ¿por qué hemos de admitir su necesidad para regular las relaciones mutuas de los grupos que constituyen la Comuna? Y si dejamos a la libre iniciativa de los municipios el cuidado de ponerse de acuerdo entre ellos para las empresas que conciernen a varias ciudades a la vez, ¿por qué negar esta misma iniciativa a los grupos que componen un municipio? Un gobierno en la comuna no tiene más razón de ser que un gobierno por encima de la comuna. […]

Pero, en 1871, el pueblo de París, que había derrocado a tantos gobiernos, no hizo más que un primer intento de rebelión contra el propio sistema gubernamental: por eso cedió al fetichismo gubernamental y se dio un gobierno.

Las consecuencias son bien conocidas. Envió a sus devotos hijos al Hôtel-de-Ville. Allí, inmovilizados, en medio del papeleo, obligados a gobernar cuando sus instintos les ordenaban estar y caminar con el pueblo; obligados a discutir, cuando era necesario actuar, y perdiendo la inspiración que proviene del contacto continuo con las masas, se encontraron reducidos a la impotencia. Paralizados por su alejamiento del foco de las revoluciones, el pueblo, ellos mismos paralizaron la iniciativa popular.
P. Kropotkin, 1881 en «La Commune de Paris». En Le Monde libertaire – n°80 de mayo de 1962 Fédération anarchiste.

Como sabemos, los internacionalistas Kropotkin, Élisée Reclus, Errico Malatesta, Carlo Cafiero, François Dumartheray y muchos otros sacaron sus lecciones de la experiencia de la Comuna de París. Ellos estuvieron en el origen del propio concepto de comunismo libertario a finales de la década de 1870: http://gimenologues.org/spip.php?article727
El primero en utilizar el término «comunismo anarquista» fue el ex-comunero de Lyon François Dumartheray en su panfleto de febrero de 1876 titulado «A los trabajadores manuales, partidarios de la acción política». En él pedía la abolición total del trabajo asalariado y del comercio, y que todos trabajaran para satisfacer las necesidades de todos. La experiencia de la Comuna le había llevado a la conclusión de que el aparato del Estado no podía ponerse de ninguna manera al servicio de su propio desmantelamiento» **.

André Prudhommeaux contrasta los comentarios de Kropotkin de 1881 con el experimento revolucionario español que se había dotado de medios para durar más de dos meses:

El pueblo ibérico, con sus tradiciones libertarias y sindicalistas, parecía haber tomado un camino diferente. ¡Y ahora, a su vez, los hombres de la revolución española se han dejado contagiar por asociación con los representantes de la impotencia burguesa en su propio campo! Una vez más, los «leones comandados por burros» se dejan llevar al sacrificio supremo bajo el signo del más estéril antifascismo y de la sagrada unión patriótica. Los anarquistas españoles se negaron a ganar como anarquistas, y aceptan morir como gubernamentalistas, ¡como defensores de la legitimidad del Estado!

Y se dedica a polemizar sobre la «táctica ministerialista: también llamada «circunstancialista»:

La táctica «ministerialista» es radical, absoluta, definitivamente antianarquista (como lo fueron, por otra parte, la trayectoria pestagnista [alusión a las posiciones posibilistas de Ángel Pestaña] de 1931-33, la participación en las elecciones contra Gil Roblès [el 16 de febrero de 1936] y la tolerancia concedida en julio de 1936 a los partidos y políticos burgueses).

Por lo tanto, o bien la táctica ministerialista era necesaria, útil, eficaz, impuesta por las circunstancias, y el anarquismo debe ser revisado de arriba abajo. O bien, la táctica ministerialista es un error, una falta, una traición al pueblo y a la revolución, cuya defensa y destino material y moral siguen estando inseparablemente ligados a la aplicación de medios y métodos específicamente anarquistas.

La cuestión nos parece, pues, perfectamente planteada, […] Pero no se resuelve en el sentido de que no se discute el valor práctico de dos métodos, el ministerialista y el anarquista, a la luz de los acontecimientos y la historia de España, es decir, de la experiencia adquirida por nuestro movimiento. Es en este sentido que nos gustaría establecer algunos puntos de referencia.

Los camaradas ministerialistas de España y de otros países quieren hacernos creer que su posición está justificada por las circunstancias excepcionales, el estado de guerra, la invasión extranjera, la alianza rusa, etc.

Según ellos, el programa de la Revolución Social debe reservarse para las circunstancias ordinarias de la vida: cuando no hay crisis económica, ni dualidad de poder, ni riesgo de intervención externa, ni lucha armada contra el fascismo. Por otra parte, el mero hecho de estas «circunstancias excepcionales» obligaría a los anarquistas a renunciar a todos sus principios y a recurrir, para su propia defensa, a los métodos preconizados por los militares y los políticos profesionales, ¡únicos técnicos autorizados (¿?) de la lucha armada y de la gestión de los destinos humanos!

Sin embargo, a los ojos de los pioneros del pensamiento anarquista, como a los ojos de todos los verdaderos revolucionarios, es precisamente en las situaciones extraordinarias, desastrosas y desesperadas, cuando se hace evidente la deslumbrante superioridad de los métodos insurreccionales sobre las rutinas militares y gubernamentales.

[El artículo completo puede leerse en PDF más abajo].

Extractos seleccionados de La Nueva España – Nueva Serie – Nº 14-15 – 31 de julio de 1937. Artículo publicado el 31 de enero de 2021:
https://archivesautonomies.org/spip.php?article4563

Los gimenólogos 24 de marzo de 2021

FUENTES de los documentos citados:

*De julio a julio texto de los trabajos contenidos en el extraordinario de Fragua social Valencia del 19 julio 1937
Versión francesa: Dans la tourmente. Un año de guerra en España. Éditions du Bureau d’Information et de Presse, París 1938. Con un «Prólogo de la CNT. Sección de Prensa y Propaganda»).
Este documento, redactado y distribuido en plena contrarrevolución en todos los sectores de la sociedad española por una CNT-FAI muy criticada por los anarquistas a nivel internacional, intentaba justificar la línea adoptada desde el 20 de julio de 1936.
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El mismo García Oliver dirigió este lenguaje a los ingresados en su Escuela Militar «del Pueblo»: «Vosotros, officistas del Ejército del Pueblo, debéis observar una disciplina férrea e imponerla a vuestros hombres, que, una vez en filas, deben dejar de ser vuestros compañeros y formar el engranaje de la maquinaria militar de nuestro ejército.»

** Myrtille, Giménologue, Los caminos del comunismo libertario en España 1868-1937, vol 1, ed. Divergencias, 2017, p. 52

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http://gimenologues.org/spip.php?article935

Nathalie Lemel, feminista bretona y comunera (1993) – Paule Lejeune

Fresco creado en Brest por dos estrellas del arte callejero: el inglés Guy Denning y el tunecino Shoof.


Nathalie Lemel apenas se asemeja al retrato de la comunera que los escritores de pensamiento correcto han propuesto constantemente. No es esa chica sobreexcitada, bebedora e insultante que siente un placer malsano al ordenar asesinatos. Y sin embargo es una comunera, Nathalie. Y una de las más activas. Y una de las más heroicas. Por desgracia, para hablar de ella cien años después, apenas tenemos documentos.

Así que, como para muchos revolucionarios, es en los archivos de la policía, en los informes de la gendarmería, en los informes de los juicios donde debemos recoger información. Leamos su descripción: 1,49 m de altura, rubia, con ojos grises, nariz respingona y cara ovalada. Y eso es todo lo que sabremos.

Nathalie Lemel

No parecía estar destinada a la resistencia obrera y política por su origen, sus experiencias de infancia y adolescencia. Sus adinerados padres regentaban un café en Brest y la educaron con cierto esmero, lo que significa que probablemente tuvo que ir a una escuela religiosa para aprender a leer en un libro de oraciones y luego para aprender a coser, tal vez incluso a bordar.

Se casó en 1845 (tenía 19 años) con un encuadernador, Jérôme Lemel, ocho años mayor que ella. Y la tradición familiar pareció funcionar bien, ya que tuvieron tres hijos.

La pareja dejó Brest, su lugar de nacimiento, en 1849, para instalarse en Quimper. ¿Qué hicieron en Quimper? Ella tiene una librería; en cuanto al marido, no sabemos realmente: ¿la ayuda? ¿Sigue trabajando como encuadernador? Es posible que se dedique a la encuadernación en su casa, como actividad secundaria a la venta de libros. Y aquí es donde, sin duda, se empieza a atar el destino de Nathalie. Pero carecemos de documentos y, una vez más, nos vemos reducidos a hipótesis. El informe de la gendarmería de Quimper nos dice: En 1861, se declararon en quiebra y se fueron a París.

Vendía libros, sin duda tenía la curiosidad de leerlos, y sus horizontes se ampliaban; se hacía preguntas, quería discutir lo que veía; salía de su papel de mujer, ¡y así se independizaba!

Elegida para el sindicato de encuadernadores

Nathalie Lemel


Una vez en París, fuera de la camisa de fuerza provinciana y religiosa, obligada por la falta de dinero a aprender y practicar un oficio, el de encuadernadora, Nathalie evolucionará mucho más rápido. Más aún cuando se encuentra de repente en un clima de recalentamiento político. Es el periodo en el que los trabajadores se asocian internacionalmente en 1864, cuando estallan las huelgas en todos los sectores, y en particular en el sector en el que trabajaba Nathalie.

En efecto, en agosto de 1864, los trabajadores de la encuadernación de París protagonizaron una larga y durísima huelga; entre ellos, un destacado activista, Eugène Varlin. Nathalie estaba entre los huelguistas. Y, cuando al año siguiente se decidió una nueva huelga, formó parte del comité de huelga y luego fue elegida delegada sindical. Esto supuso una auténtica revolución en la época, en un entorno obrero todavía bajo la influencia de Proudhon, que relegaba a las mujeres al hogar o a la acera.

Nathalie Lemel tuvo que demostrar su tenacidad, su sentido de la organización en estas luchas verdaderamente heroicas, porque era el hambre, era la calle lo que amenazaba a los trabajadores en huelga a corto plazo.

Nathalie pronto se unió a la Internacional y participó de forma cada vez más activa en la resistencia contra el Segundo Imperio. Se hizo notar por su exaltación», escribió el superintendente local, «se involucró en la política; en los talleres, leía en voz alta periódicos malos; frecuentaba asiduamente los clubes.

En resumen, una mujer perdida. Y, por supuesto, es a ella a quien la sociedad -en forma de comisario investigador- culpará del fracaso de su matrimonio. Abandonó el hogar conyugal en 1868: la exaltación de sus opiniones políticas y las discusiones en las que participaba continuamente habrían tenido mucho que ver con esta separación (¡todo subrayado en rojo!). Pero el comisario no menciona que el marido había empezado a beber.

Liberada de sus grilletes maritales, Nathalie pudo dedicarse más intensamente a sus actividades militantes. Con Varlin y algunos otros encuadernadores, creó una cooperativa alimentaria, la Ménagère, y luego, a partir de 1868, una especie de restaurante obrero, el Marmite. Era la cajera y secretaria; vivía en el local para ser más eficiente. Esta idea de cooperativa tuvo tanto éxito que se abrieron otros tres restaurantes que reunieron a unos 8.000 trabajadores. La comida era buena, sana y abundante; la gente podía reunirse, charlar, leer periódicos malos, lejos de la mirada de los argousins de Napoleón III.

Por supuesto, Nathalie iba a participar plenamente en la Comuna de París. Ya durante el asedio de los prusianos, en aquel terrible invierno de 1870, había hecho todo lo posible por distribuir alimentos, por preparar comidas en los restaurantes de la Marmite. Pero el 18 de marzo, cuando la bandera roja ondeó en el ayuntamiento, pudo trabajar de forma realmente constructiva.

¿Las mujeres no pueden acceder a la Comuna? No importa, crearon su propia estructura que les permitiera reunirse, discutir problemas de trabajo y abrir talleres. Esto llevó a la creación, el 11 de abril de 1871, de la Union des femmes, que Nathalie Lemel estableció con Elisabeth Dmitrieff y un grupo de trabajadoras. Este «sindicato» altamente estructurado, cuyo manifiesto-programa es uno de los textos más avanzados de este periodo, iniciará por tanto su acción de información, ayuda y reagrupamiento en los barrios obreros -los demás han quedado desiertos-. Se crearon clubes en los que las mujeres hablaban de forma precisa, enérgica y muy realista. Después del 18 de marzo, se la vio recorrer los clubes de mujeres, dando charlas y predicando las teorías más subversivas con un lenguaje excesivamente violento.

El tiempo de las barricadas

Nathalie, con un centenar de mujeres, se retiró de Batignolles a la Place Blanche, y luego a la Place Pigalle. Durante horas, dispararon sus armas para intentar detener al atacante de Versalles. Un testigo dijo: «Al volver a casa el 23 de mayo, con las manos y los labios negros de polvo, dijo que había luchado durante 48 horas sin comer y añadió con gran animosidad: Estamos derrotados, pero no vencidos.

La encontramos igual de indomable frente al consejo de guerra. Asumió con orgullo todas las responsabilidades de su acción revolucionaria, como Louise Michel. Y ambos, condenados a la deportación, serán arrojados al mismo barco para ser entregados a las autoridades de la prisión de Numea.

Pero tampoco en este caso admitieron la derrota, ya que nada más llegar a Nueva Caledonia se negaron a ser tratados por separado, porque, según dijeron: «No pedimos ni aceptamos ningún favor y nos iremos a vivir con nuestros compañeros deportados en el recinto fortificado que la ley ha establecido para nosotros».

En 1880 fue la ley de amnistía, el regreso a Francia de los comuneros. Nathalie, vieja y probada por sus años de deportación, encontró un trabajo manual en la imprenta de un periódico; y sin ser una activista destacada como Paule Minck o Louise Michel, continuó siguiendo los acontecimientos, evocando los grandes días de la Comuna e interviniendo especialmente para defender las condiciones laborales de las mujeres.

Nathalie Lemel es realmente una comunera como miles de otras en las barricadas: procedentes de las provincias, en su mayoría obreras, adquiriendo una conciencia política como mujeres trabajadoras doblemente explotadas, yendo hasta el final y muy a menudo hasta la muerte, para salvar la Revolución que les parecía el único camino posible para la liberación de las mujeres.

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https://www.partage-noir.fr/nathalie-lemel

Altruistas efectivos como subversivos anarquistas (2020) – Thomas Raskin


La mayoría de los altruistas efectivos no parecen anarquistas. Estos últimos tienen un sabor (encantadoramente) grunge, el aura de rebeldes medio aturdidos que salen a trompicones de las reuniones de Woodstock. Por el contrario, los altruistas efectivos tienen el aspecto de los recién graduados del MIT y de Tufts, de los espigados nerds de la tecnología y de los estudiantes de filosofía con un incomprensible encaprichamiento con el «Día de Pi» y algo llamado «utilitarismo de preferencia». Pero el Altruismo Efectivo, como movimiento que nos invita a «hacer el mayor bien», contiene las semillas de algo mucho más radical de lo que sus adherentes pueden sugerir. Si se hace bien, el altruismo efectivo puede aumentar la coalición antiautoritaria que necesitamos para socavar el matrimonio polígamo del materialismo, el gobierno autoritario y el poder corporativo desenfrenado.

Por supuesto, el Altruismo Efectivo (en adelante «AE») no tiene sus raíces en Kropotkin o Goldman. Es más probable que los AE se inspiren en Peter Singer, un filósofo utilitarista que aconseja a sus seguidores que diseñen sus vidas profesionales y personales con vistas a maximizar la cantidad de felicidad que producen en el mundo. Para vivir moralmente, dice Singer, los que tenemos dinero de sobra debemos donar a organizaciones benéficas que alivien el sufrimiento al menor coste posible. Aunque esto podría parecer una instrucción relativamente poco controvertida, Singer va más allá que la mayoría; según él, incluso nuestra aparentemente benigna compra de un café esta mañana era probablemente moralmente incorrecta si los dólares gastados para ese fin podrían haber ayudado a prevenir la transmisión de la malaria en el Sur Global.

Aunque la posición de Singer pueda parecernos extrema, sus seguidores de la EA -que suelen trabajar dentro de las estructuras políticas y económicas existentes para hacer frente a la pobreza- no suelen ser agitadores ardientes. En consecuencia, los que no son miembros de la AE tienden a no ver a los miembros de la AE como radicales (en este caso, «radicales» se refiere a personas que intentan abordar las raíces de los problemas sociales). Pero, de hecho, hay espacio para interpretar la EA, tanto en su forma real como en la ideal, como algo bastante radical.

Entendida correctamente, la EA puede ser francamente anarquista en el mejor de los sentidos: apoyando las rutas sin Estado hacia la justicia (cuando el Estado no cumple con su deber de atender a los vulnerables); hostil a las leyes inmorales; y reacia al peligroso acaparamiento de la riqueza y al concomitante desprecio por los pobres que plagan nuestra sociedad y nuestro mundo. Partiendo de esta base radical, los EA podrían muy bien convertirse en los subversivos de las peores pesadillas de los autoritarios.

La pátina anarquista de EA queda al descubierto, en primer lugar, por la percepción que tienen los EA del Estado (americano) como una institución moralmente en quiebra. A los ojos de EA, el Estado prioriza las causas dudosas a expensas de las significativas. Mientras que los pobres del Sur Global mendigan alimentos para no pasar hambre en una época de cambio climático y pandemias, Estados Unidos prodiga ayuda a dictadores militares adinerados a los que les iría muy bien sin nuestra ayuda. Esto un EA no lo puede soportar.

En vista de la incapacidad del Estado para asignar los recursos adecuadamente, la AE toma el asunto en sus manos, donando a GiveDirectly y a otras organizaciones benéficas examinadas con el fin de reducir la incidencia del hambre, la enfermedad y la ceguera en todo el mundo. Al hacerlo, la AE funciona con el espíritu de los radicales del pasado que han prestado servicios que los gobiernos se han mostrado mal equipados o poco dispuestos a proporcionar. Cuando el EA da dinero a la gente para comida, por ejemplo, hace lo mismo que los Panteras Negras, estos últimos, recordemos, iniciaron el Programa de Desayunos Gratuitos para niños que podrían haber pasado hambre de otra manera. Al igual que el de los Panteras Negras, el activismo de EA surge de un sentido bien fundado de que nunca deberíamos permitir que el gobierno -tan a menudo cautivo de las fuerzas del tribalismo, la belicosidad y la riqueza- sea nuestra única fuente de alivio en un mundo plagado de sufrimiento.

A falta de la confianza y la deferencia instintiva de los no anarquistas hacia el Estado como vehículo de cambio moral, el EA acérrimo tiene necesariamente una relación equívoca con la ley. Por un lado, el EA está preparado para obedecer las leyes -las leyes fiscales, por ejemplo- que redistribuyen de forma fiable los bienes de los cómodos a los necesitados. Por otro lado, la EA está (o debería estar) dispuesta a violar las leyes que impiden la promoción de la felicidad. Por eso, como ha argumentado Peter Unger, robar a los ricos para beneficiar a los pobres no debería estar completamente fuera de la mesa (incluso si el «Robin Hooding» es a menudo moralmente incorrecto). Negarse a pagar impuestos por una guerra que induce al caos también puede tener sentido, suponiendo que esa negativa pueda ayudar a detener la maquinaria bélica.

Pero el espíritu anarquista de EA puede quedar más claro en contraste con el ethos de adquisición y de ataque a los pobres que anima nuestra sociedad. Mientras que Donald Trump admitirá sin reparos ante una multitud que le adora que no quiere que los pobres ocupen puestos económicos en su gabinete presidencial, son esos mismos pobres de los que los EA toman sus referencias cuando se abren paso por el mundo.

Así, el EA se siente conmovido por las mansiones multimillonarias, los Maseratis, los jets privados y las bandejas de caviar de las veladas elegantes y las revistas de lujo sólo en la medida en que estos accesorios de la vida rica aumentan la determinación del EA de luchar por la redistribución. Cuando se encuentra con un Porsche, EA no piensa en el glamour de su propietario, sino en los tres millones de niños que morirán de enfermedades evitables este año si las élites mundiales no donan una modesta fracción de sus fortunas a organizaciones de acción social que salvan vidas.

Tan afectada por los sufrimientos del mundo, la EA dona una parte importante de sus propios ingresos a la caridad. En el proceso, alivia la presión sobre otras personas del Norte Global para que vivan tan grandiosamente como lo harían los reyes y las reinas. En otras palabras, al demostrar que se puede ser feliz consumiendo modestamente, la AE diluye la potencia de una cultura que prima el enriquecimiento y el consumo extravagante. En la medida en que esa subversión de una cultura obsesionada con la riqueza es un auténtico proyecto anarquista, EA está haciendo avanzar la pelota anarquista.

Nada de esto quiere decir que EA, en su forma actual, sea lo suficientemente radical para el gusto de los radicales. En la medida en que los EAs tratan resignadamente nuestro acuerdo económico neoliberal como un telón de fondo inamovible contra el cual nuestros actos benévolos deben tener lugar para siempre, los EAs están insuficientemente comprometidos para llegar a las raíces del problema de la pobreza. Pero no importa. Con el estímulo y el cultivo adecuados, la EA podría convertirse en una fuerza radical a tener en cuenta. Por ello, debemos darle una oportunidad.

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Charles PATAT [Diccionario de Anarquistas][1900-1981](2020)

Nacido el 1 de abril de 1900 en Any-Martin-Rieux (Aisne), fallecido el 23 de enero de 1981 en Parthenay (Deux-Sèvres); zapatero, luego cocinero y pastelero, empleado de Les Halles, luego trabajador sindical o político; secretario de la federación alimentaria de la CGT (1937-1944); sucesivamente socialista, comunista, anarquista, luego jefe del RNP, y finalmente federalista del Sena.

Hijo de Léon Arthur, carpintero, y de Marie Marage, costurera, Charles Patat, que tenía el certificado de estudios primarios, ejerció varios oficios, entre ellos el de cocinero, antes de trabajar en las Halles centrales como volquete en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Se casó con Georgette Croix el 8 de marzo de 1920, en el distrito 18 de París (distrito 8 de la CE), que trabajaba como conserje en el momento de su separación. Tuvo dos hijos.

Patat se había afiliado a la CGT en 1919, en el sindicato del Cuero y las Pieles. Desde la clase de 1920, hizo dos años de servicio militar en el cuerpo de bomberos de París (del 1 de octubre de 1920 al 25 de septiembre de 1922). A partir de 1925, participó brevemente en el PCF, antes de unirse a la Federación Anarquista. En 1925 fue nombrado secretario del Comité de Unidad Proletaria. Fue detenido en 1926 durante una manifestación comunista frente a la Cámara de Diputados.

Patat se afilió al anarquismo hacia 1928 y fue nombrado miembro de la comisión administrativa de la Unión Anarquista-Comunista Revolucionaria (UACR), en el congreso de esta organización celebrado en Amiens del 12 al 14 de agosto de 1928. Fue miembro de la sociedad cooperativa de la Librairie d’études sociales en 1929 y, con Félix Guyard, Charles Carpentier, Nicolas Faucier y Ringeas, uno de los líderes de los grupos juveniles de la UACR.

El 21 de junio de 1929, Charles Patat envió una carta al Prefecto de Policía, indicando que había decidido dejar de ser activo en los círculos libertarios y pidiéndole que cesara la vigilancia de la que era objeto, aparentemente bajo la presión de su esposa. Un año después, dejó a su mujer y a sus hijos y parece que dejó de ser activista por un tiempo. Pero no fue hasta agosto de 1933 cuando fue eliminado de la lista de anarquistas de la Prefectura de Policía. Poco después, retomó sus actividades.

Miembro del grupo anarquista de Saint-Denis, Charles Patat rompe con la UACR y se convierte en secretario de la Fédération communiste libertaire (FCL) para la región de París el 15 de junio de 1934. Trabajaba para el Libertaire desde abril de 1934, bajo el seudónimo de Charles Revenut, encargado de tareas administrativas, y vivía en París, calle Saint-Fargeau (20º). En el funeral de Nestor Makhno, en julio, la policía señaló que vendía el periódico pacifista La Patrie Humaine y no Le Libertaire. En ese momento estaba desempleado, tras haber trabajado en una fábrica de bocinas de coches y luego en una fábrica de charol. El expediente policial lo describía así: Altura 1,65 m, pelo castaño, cara redonda y afeitada, ojos azules, complexión bastante fuerte, nariz mediana, boca mediana, barbilla redonda.

En 1935, Charles Patat se convirtió en uno de los secretarios de la Federación Comunista Libertaria (FCL), fundada tras una escisión de la UA. La FCL contaba con unos cuarenta militantes divididos en los grupos de París, Clichy-Gennevilliers dirigido por Louis Le Bot y el grupo conocido como los «cocineros» dirigido por Robert Léger. La organización celebró su primer congreso nacional los días 24 y 25 de diciembre de 1934, en la Salle Lejeune, 67 rue de Ménilmontant. Asistieron una treintena de delegados, entre ellos siete de las provincias, así como Nicolas Lazarévitch y Ernestan. A Nicolas Faucier y Ringeas, que habían acudido a presentar el punto de vista de la UA, se les negó el acceso al congreso. Demasiado pequeño, el FCL tuvo sin embargo una corta existencia y reintegró la UA en el congreso del 12-13 de abril de 1936.

Patat se presentó a las elecciones legislativas de 1936 con la etiqueta «comunista libertario» en la 3ª circunscripción de Corbeil (Seine-et-Oise), pero probablemente retiró su candidatura.

También fue un sindicalista activo desde los años 20, perteneciendo al sindicato de trabajadores de la alimentación CGT (o CGTU) en 1930 y al sindicato general de trabajadores del Sena y Sena y Oise. Colaborador de Combat Syndicaliste, también fue durante un tiempo secretario de la Federación del Cuero y la Piel de la CGT-SR. A continuación, se afilia a la CGT y, mientras trabaja como empleado en el mercado, es nombrado secretario general de la Federación de Trabajadores de la Alimentación de la Región de París el 5 de septiembre de 1937 y, al mismo tiempo, es miembro de la junta directiva de la federación nacional de trabajadores de la alimentación, en la Bourse du Travail, rue du Château-d’Eau. Fue elegido en 1938 y 1939 miembro del comité ejecutivo del sindicato departamental de trabajadores de la CGT de la región de París en el congreso del 7 y 8 de abril de 1938. En 1939 seguía figurando en la lista de «anarquistas a vigilar» y su presencia en el domicilio era objeto de controles quincenales.

Movilizado el 2 de noviembre de 1939 en el depósito de artillería de Maison-Laffittte, Charles Patat fue desmovilizado el 21 de agosto de 1940 en Limoges; desempleado, fue colocado como leñador en Yors (Aisne). Sólo se le volvió a nombrar en sus responsabilidades sindicales el 6 de marzo de 1942, por sus posiciones colaboracionistas.

Reclamado por la Federación de Trabajadores de la Alimentación de París, 213 rue Lafayette, Charles Patat trabajaba como delegado regional de la región de París. En abril de 1942, como ya no le pagaban, se convirtió en inspector de los restaurantes comunitarios (rescos) del número 61 de la calle Lafayette, bajo las órdenes directas de Camille Fegy, periodista y dirigente del PPF. Como delegado de propaganda de los Restaurantes Comunitarios, apoyó la Carta del Trabajo y denunció la lucha de clases. Patat conservó sus funciones en el sindicalismo legal: siguió siendo miembro del buró ejecutivo de la federación nacional de trabajadores de la alimentación, de la que fue reelegido secretario general en 1943, y ejerció la función de asesor de relaciones industriales. Seguía estando en la lista policial de anarquistas, pero la policía tenía reservas sobre su conversión y seguía siendo objeto de controles bimensuales en su residencia.

Sin embargo, Charles Patat estaba sin duda en el movimiento de los colaboracionistas vinculados al RNP. Secretario general de la Federación de Alimentación del Frente Social del Trabajo (FST), organización vinculada al partido de Marcel Déat (L’Œuvre, 19 de febrero de 1943), hizo una presentación sobre la cuestión de los salarios en la Asamblea Nacional del FST el 28 de noviembre de 1943. Desphelippon, jefe de esta organización, le propuso representar al FST en la comisión consultiva del Centre d’information ouvrière sociale (CIOS) en enero de 1944 y fue designado para ello por el Comité Supérieur du Travail por orden del 28 de enero de 1944 (La Force au Travail, nº 8, febrero de 1944). Cuando Déat se convirtió en Ministro de Trabajo a principios de 1944, Patat fue puesto al frente del gabinete del Coronel Langeron, Comisario General de Solidaridad. Del 1 de junio de 1944 al 19 de agosto, en el marco de la aplicación de la Carta del Trabajo, es nombrado Secretario General del «Syndicat unique des ouvriers et employés de la famille des commerces de l’Alimentation», cuya sede se encuentra en la Bourse du Travail, rue Château-d’Eau. Finalmente, fue nombrado miembro del Conseil supérieur du Travail en las últimas semanas de la Ocupación, en agosto de 1944, como miembro de la Comisión C (calificaciones profesionales). Aunque más tarde negó haberse unido al RNP, el 18 de marzo de 1944 escribió una carta sobre los Rescos a Marcel Déat, ministro de Trabajo y Solidaridad, presentándose como tal. También intervino en las reuniones de la 15ª sección del RNP al menos en dos ocasiones (Le National populaire, 6 de febrero y 17 de abril de 1943).

En la Liberación, Patat tuvo que rendir cuentas. Tras una visita domiciliaria en su ausencia por parte de dos inspectores (¿falsos policías?), se presentó en la comisaría de su distrito a finales de agosto de 1944 y fue enviado de vuelta a casa. Detenido el 29 de noviembre de 1944, fue encarcelado en Fresnes. El 18 de octubre de 1944 fue excluido de por vida de todas las organizaciones sindicales por la comisión para la reconstitución de las organizaciones sindicales. Los sindicalistas fueron acusados de «haber llevado a los sindicatos hacia la colaboración y la Carta del Trabajo, hacia un programa nazi».

Charles Patat fue acusado por el 4º Tribunal de Justicia del departamento del Sena de traición: «Después del 16 de junio de 1940, prestó a sabiendas ayuda directa o indirecta a Alemania o a sus aliados en Francia o en el extranjero, o socavó la unidad de la nación o la libertad y la igualdad de los franceses». Reconoció que había sido partidario del acercamiento franco-alemán, pero afirmó que había limitado toda su actividad al ámbito empresarial y sindical. En su expediente no había pruebas de actos personales de inteligencia con el enemigo, ni de denuncia, y el comisario del gobierno concluyó el 1 de marzo de 1945: «En resumen, la actitud de Patat durante la Ocupación parece justificar su remisión a la Cámara Cívica, pero la información no ha establecido que haya cometido el delito al que se refiere la acusación introductoria. El magistrado propuso cerrar el caso y eventualmente procesarlo por indignidad nacional. Fue liberado el 2 de marzo de 1945.

El 14 de abril de 1945 fue objeto de un aviso de búsqueda para acudir a la cámara cívica. Una sentencia del 1 de agosto de 1945, y luego una sentencia del 29 de septiembre de 1945, fueron devueltas para una nueva citación. Fue condenado a 10 años de degradación nacional por la 1ª cámara cívica del Sena el 5 de diciembre de 1945. Esta sentencia fue posteriormente amnistiada.

Con la Guerra Fría, Patat volvió al medio sindical a través del sindicalismo independiente, antes de ingresar en la FO. Como «manipulador», fue secretario general de la Federación Independiente de Puertos y Muelles en 1951 y fue reelegido para este cargo al año siguiente. Cercano a André Parsal, hostil a la «colonización» del sindicato por parte del FPR, pertenecía al secretariado de la Confederación General de Sindicatos Independientes en vísperas de la escisión de octubre de 1952. El 19 de septiembre de 1952, como secretario general de la Fédération nationale indépendante des ports et docks et manutention, presentó el título de una revista mensual Ports de France et d’Outre-mer.

Charles Patat colaboró en el boletín mimeografiado Le Trait d’union syndicaliste (París, 1954) que había sucedido al Trait d’union des syndicalistes (París, 1952-1953), un boletín «por la independencia sindical» cuyo director era Julien Toublet y en el que colaboraron Aimé Capelle, Yvette Richaud, M. Landry, René Herbe (¿Roger Boucoiran?) y Louis Mercier Vega. A través de este canal distribuyó el boletín de información en francés de la SAC sueca y contribuyó, sin duda, a la formación de la Comisión Internacional de Enlace Obrero (véase Louis Mercier). A continuación, se convierte en secretario de propaganda del Sindicato de Metalúrgicos FO de la región de París. Sigue siendo tesorero de la Unión de Sindicatos del Metal de los Suburbios del Norte de París en 1954, luego se convierte en secretario general en 1958 y es reelegido en 1959. En septiembre de 1958, después de que 58 militantes de la FO se pronunciaran contra el proyecto de Constitución de la V República, Patat, junto con Raymond Le Bourre, Robert Becq, René Tainon, Albin Magail y algunos otros, protestaron contra este texto, por considerar que hacía el juego a los comunistas.

Charles Patat no abandonó toda actividad política, siendo activo en los círculos federalistas y anticomunistas. En 1957, fue delegado de propaganda de la asociación federalista de «Trabajadores Europeos», que abogaba por el laborismo, junto con Jean Boucher, Claude Hytte y Marcel Van de Put (¿Vandeputte?); se autodenominaba «neosocialista». Desempeñó un papel activo en las oficinas anticomunistas de la década de 1950. Un documento policial afirma que trabajaba para los estibadores y que era el enlace entre Froideval, Parsal y Barbé. Fue miembro del consejo de redacción de la BEIPI.

Desde su separación de Georgette Croix, vive con Louise Giniou, nacida Lafon el 21 de agosto de 1904 en Savigné (Sarthe). Cardiópata y diabético, incapaz ya de desplazarse, se retiró con su compañera Louise en 1975 a una residencia de ancianos en provincias, donde recibía de vez en cuando la visita de Julien Toublet y mantenía el contacto con Mercier, pero también con Charles Carpentier y Félix Guyard.

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https://maitron.fr/spip.php?article156458

Los anarquistas (1926) – Maurice Imbard

Son innovadores, cuyas siluetas se alzan aterradoras en el umbral de la sociedad.

Son filósofos, hombres conscientes, buenos y enérgicos, que viven en lo posible razonablemente y sin autoridad.

Predican el amor entre los hombres y entre los pueblos, predican el odio a todas las autoridades, a todos los despotismos. No les basta con reivindicarse como anarquistas, quieren ser algo más, quieren ser consecuentes consigo mismos.

Son amargados negadores de creencias, pero están enamorados de un gran sueño humano, que es la vida sin sufrimiento, donde cada uno será para todos y todos para cada uno.

Aceptan todas las consecuencias de sus reclamaciones. Se empeñan en actuar como libertarios, especialmente con los que se autodenominan libertarios.

Creen, esperan las libertades definitivas que traerán la felicidad universal. Ah, ciertamente están quemando etapas, marchan hacia los horizontes de la belleza, que siempre retroceden a medida que avanzan, pues la evolución humana, como el progreso científico, no tiene límites.

Tanto en los campos más estrechos como en los más amplios, buscan sobre todo el conocimiento y la razón. Son grandes agitadores del pensamiento y, como los químicos inclinados sobre el crisol, desentrañan las ideas, las tesis, las antítesis, buscando en ellas los efectos y las causas.

Ya no quieren una humanidad golpeada, explotada y esclavizada por los gobiernos. No quieren ídolos, ni Dios, ni amos, rechazan todas las leyes de los hombres y no admiten ningún parlamento.

Afirman su individualidad contra viento y marea.

Afirman la posibilidad de vivir sin mando y sin sumisión.

La palabra de la revuelta retumba en su interior continuamente, y aunque los hombres son malvados, sin carácter y cobardes, van, caminan, trabajan siempre.

Marice Imbard, “Les Anarchistes,” Le Semeur no. 63 (3 Mars 1926): 2.

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Mi anarquismo (1913) – Francis Vergas


Amo la libertad, la independencia; quiero hacer lo que me plazca, como me plazca; estar libre del silbido de la fábrica así como de los reproches del capataz; estar libre del temor de no cumplir con las exigencias de un jefe así como de la preocupación de ser mal atendido por los empleados; no conocer el tono arrogante del amo ni el semblante obsequioso del sirviente; no inclinarme ante nadie, pues soy orgulloso, soberbio, y no conozco nada que sea superior a mí. Tampoco me asocio con los esclavos para su explotación: tendría que contar con su fuerza, discutir el contrato y vigilarlos para que produzcan como yo quiera. Los esclavos son una cadena, un tormento, una preocupación que no puedo soportar. Quiero ser libre.

No quiero obedecer ni mandar a nadie; y como las palabras sirven para definir pensamientos, ideas, sensaciones, busco la que define mi temperamento. Así como el que es rico en sangre se dice que es «sanguíneo», así como el que vibra y se emociona con la contemplación de la naturaleza, o siente la necesidad de expresar sus sentimientos e impresiones por medio de colores, sonidos y palabras, se llama «artista», así defino mi estado de ser, mi temperamento con el término anarquista, es decir, «negador de la autoridad».

¿Qué significa para mí el término anarquista? ¿Un programa? En absoluto. Siempre seguiré mi fantasía; mis acciones contribuirán constantemente a mi disfrute. He visto en la palabra «anarquía» un término que me define, no una regla a la que debo ajustar mis acciones. No tengo que averiguar si un determinado acto o actitud es anarquista; sólo tengo que averiguar si me beneficiará o disfrutaré de él. Mi acto será necesariamente anarquista, ya que padecer la autoridad es un dolor y ejercerla un estorbo.

Francis Vergas

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La Revolución y la Guerra de España [II] – La intervención italo-alemana (1961) – P. Broué, E. Témime

  • La intervención italiana
  • Participación de Italia en operaciones militares
  • La ofensiva contra el Málaga (febrero 37)
  • Deudas italianas
  • Intervención alemana
  • El Hisma
  • Acuerdos mineros germano-franceses
  • Adhesión al Pacto Anti-Komintern
  • Notas

II.2: La intervención italo-alemana

En España, desde el momento en que se organizó un complot para derrocar el régimen republicano, los monárquicos y los militares pensaron naturalmente en la ayuda que podía prestarles la Italia fascista: ello a pesar de la repugnancia que los monárquicos y los católicos españoles podían sentir por un régimen que se había impuesto por la fuerza a la realeza, y cuyo acuerdo con la Iglesia era aún precario. No se trata de una simpatía de principio, sino de una comunidad de intereses, que es algo mucho más fuerte.

Los primeros contactos se remontan a varios años atrás [1]. El aviador Ansaldo, que pilotaba a Sanjurjo en su primer intento de pronunciamiento, como haría el 20 de julio de 1936, se reunió con Balbo en 1932, y éste le prometió apoyo italiano. Tras el fracaso del golpe de fuerza, Ansaldo volvió a ir a Roma en 1933, acompañado por Calvo Sotelo.

Ese mismo año, el partido nazi tomó el poder en Alemania. En vísperas del Movimiento, Sanjurjo hizo un viaje a Berlín para asegurarse también el apoyo de Hitler. Los ánimos vinieron ciertamente de Berlín; pero el rearme alemán estaba todavía en sus inicios: parece que el gobierno del Reich, cauteloso, prometió su apoyo sólo unos días después del comienzo de la insurrección. A pesar del deseo de Roma y Berlín de que se instalara en Madrid un régimen simpatizante, está claro que ambos gobiernos eran conscientes del riesgo de fracaso. Incluso el Portugal de Salazar, más interesado en la desaparición de la República Española, y cuya proximidad permitía que la propaganda de izquierdas se ejerciera peligrosamente contra el gobierno presidencial, respetó ciertas formas; y el aeródromo del que iba a despegar el avión de Sanjurjo al inicio de la insurrección era un aeródromo improvisado, lo que explica en parte el accidente del que sería víctima el líder del Movimiento.

La intervención italiana

Sin embargo, Italia dio garantías más serias en 1934. El 31 de marzo se llegó a un acuerdo entre los dirigentes monárquicos españoles y los representantes del gobierno fascista, y se prometieron suministros de material. En cuanto los soldados rebeldes tuvieron la seguridad de un éxito, aunque fuera parcial, la ayuda prometida no tardó en llegar.

Por lo tanto, la intervención italiana fue rápida y masiva desde el principio. A partir de entonces, se haría todo lo posible durante la guerra para ayudar a Franco y asegurar su victoria. Los líderes fascistas consideraban la empresa nacionalista como un asunto personal. Mussolini vio la acción en España como una oportunidad para ejercer su liderazgo militar. Multiplicó sus conferencias militares, dio órdenes a la marina italiana de «impedir la llegada de barcos a los puertos rojos». Su propio hijo, Bruno, iba a ejercer su talento como aviador en las Baleares.

El gobierno del Duce hizo de la victoria en España una cuestión de prestigio. Esta guerra supuso tanto una oportunidad para hacer triunfar las armas italianas sobre un adversario distinto de las tribus etíopes como para crear importantes bases estratégicas en el Mediterráneo. Así aparece la doble política italiana que pretende imponerse en los Balcanes y en España, tanto en el Mediterráneo oriental como en el occidental. El poder de la intervención italiana no puede explicarse por consideraciones ideológicas. Es cierto que la lucha contra el «bolchevismo» continuó en España y la lucha de los soldados italianos se presentó como la de los «cruzados del ideal». Pero esto era sólo una fachada. Para Mussolini, la supremacía en el Mediterráneo era vital. Y el eje Roma-Berlín sólo pudo formarse después de que los alemanes le aseguraran que no tenían ambiciones en esta región.

Hay mucho en juego. Se ha hecho un esfuerzo considerable para convencer a la población italiana de ello, pero sigue siendo visiblemente reacia. Ni siquiera los altos funcionarios, como el ministro de la Marina Cavagnari, mostraron el entusiasmo que el Duce quería transmitirles. Si el fascismo se lanzó de lleno a la aventura española, las masas italianas no le siguieron.

Las tropas enviadas a España pueden haber estado compuestas en parte por voluntarios, tomados en particular de entre los oficiales en activo. Las memorias de Ciano lo atestiguan: «Cupini me pidió un mando en España, y yo le di la satisfacción en el acto. Pero el nombre dado a las fuerzas italianas de Corpo truppe volontarie (C.T.V.) no debe inducir a error: el reclutamiento se organizaba de forma muy oficial en las oficinas militares y en los cuarteles generales de los fasci, donde nunca se habló de partir hacia Abisinia o hacia un «destino desconocido». Y la mayor parte de los soldados destinados a España fueron probablemente seleccionados automáticamente entre las tropas ya entrenadas: al principio, eran principalmente los que habían luchado en la campaña de Etiopía.

En cualquier caso, no se trataba de grupos aislados, sino de un verdadero cuerpo expedicionario, con sus propias banderas y líderes: al principio el general Roatta estaba al mando; durante la campaña de Vizcaya lo cedió a Bastico, que fue sustituido más tarde por Berti y luego por Gambara. Aunque su uso en batalla seguía siendo responsabilidad del cuartel general de Salamanca, el C.T.V. conservaba su personalidad.

Los soldados italianos no llegaron a España en gran número hasta noviembre del 36, cuando su presencia era necesaria para asegurar un rápido éxito de los nacionales. Pero a partir de ese momento, el esfuerzo realizado fue considerable. El 29 de diciembre, Hassel anunció la salida de 3.000 «camisas negras», precedidos y seguidos por un contingente de 1.500 especialistas. El 14 de enero del 37, anunció un nuevo refuerzo de 4.000 hombres. Al mismo tiempo, se hicieron los preparativos para el envío de una división, que debía partir entre el 22 y el 26 de enero.

Estas expediciones traerían a España más de 50.000 hombres antes de principios de febrero de 1937 y permitirían formar y equipar cuatro divisiones. Más tarde, el número de italianos que luchaban en España sería ligeramente inferior: Mussolini dijo a Gœring, a finales de enero de 1938, que había 44.000 hombres; el 1 de julio de 1938, según la embajada alemana, había 40.075, a los que hay que añadir unos días después 8.000 hombres enviados como refuerzos: en total, la cifra se acercaba a los 50.000 hombres. Si añadimos los especialistas no contabilizados y si pensamos que las cuatro divisiones presentes en Guadalajara se redujeron a dos después, debemos admitir que en marzo del 37, el momento en que los italianos eran más numerosos, no debían ser menos de 70.000. Eden habló de 60.000, y ciertamente está subestimando la verdad. Esta adición parece tanto más importante cuanto que, al mismo tiempo, las fuerzas que Franco y Mola podían poner en línea no debían superar los 250.000 hombres.

Al principio del conflicto se necesitaban técnicos para utilizar el equipo aéreo que permitiera a las tropas de Franco cruzar el Estrecho de Gibraltar. El tiempo era esencial y no había tiempo para entrenar a los aviadores españoles. Los aviones de transporte y bombardeo que acudieron a Marruecos, y luego a Sevilla, iban acompañados de sus tripulaciones. Es cierto que la presencia de estos aviones en un número relativamente grande -se vieron seis bombarderos Caproni al mismo tiempo en el aeródromo de Sevilla [2]- así como los submarinos italianos contribuyeron eficazmente al transporte de las tropas moras y de la Legión.

También fue la presencia de la aviación italiana en las Islas Baleares lo que permitió a los nacionales rechazar el intento de reconquista de Mallorca por parte de las tropas gubernamentales, que estaban bastante bien armadas pero carecían de defensa antiaérea. A partir de ese momento, la isla de Mallorca fue la principal base de los aviones «legionarios» italianos, que hay que distinguir de los aviones entregados directamente a Franco. Los italianos, dijo Mussolini a Ribbentrop, tenían tres campos de aviación y barcos permanentes en Mallorca. Desde esta isla salían los aviones para realizar incursiones casi diarias en Valencia y Barcelona. Sin duda, Mussolini y Ciano vieron en la ocupación de Mallorca el establecimiento de una base estratégica que, por su posición, reforzaría considerablemente el poder italiano en el Mediterráneo. Sin embargo, en ningún momento se planteó por parte española la cesión de este territorio; al contrario, Franco insistió en todas sus declaraciones en que no toleraría ninguna invasión extranjera en territorio español. Este fue probablemente el primer malentendido que contribuyó a explicar las numerosas quejas italianas por los gastos realizados para los nacionalistas españoles y nunca reembolsados.

Italia no se limitó a enviar aviones, bombarderos Caproni o Savoia-Marchetti, cazas Fiat o Arado -entregó más de 700 en total- cuya presencia, por muy valiosa que fuera, no bastó para dar la victoria a las tropas de Franco. Tras los primeros fracasos, Roma centraría sus esfuerzos en el ámbito naval. En este último punto, la ayuda italiana se intensificó considerablemente: entrega de dos submarinos y dos destructores a finales de agosto del 37, según las memorias de Ciano, y de cuatro nuevos submarinos en septiembre, etc… Aunque apenas es posible, basándose en fuentes demasiado a menudo contradictorias, establecer un balance exacto de la ayuda material recibida por los nacionalistas, algunas cifras citadas por el coronel Vivaldi pueden servir de base: 1.930 cañones, más de 10.000 armas automáticas, 950 tanques. Los blindados y la artillería acompañaron a las tropas que podían participar desde febrero del 37.

Participación de Italia en operaciones militares

Las divisiones italianas se reunieron en torno a Sevilla durante los primeros meses de 1937, antes de ser enviadas a los dos frentes separados del Sur y de Madrid. El embajador alemán en Salamanca, Faupel, señaló el 7 de enero que había 4.000 «camisas negras» en Sevilla; otros 2.000 se dirigían a este punto de reunión. Esperaba que todas estas tropas pudieran estar comprometidas en una quincena. De hecho, habrá un ligero retraso. Y Roatta apenas pudo poner más de 5.000 hombres a disposición del Mando Sur para la primera operación en la que iban a participar las tropas de la C.T.V. Fue sólo una pequeña maniobra local, que llevó a la ocupación de Estepona, en el sector de Málaga, el 15 de enero, y de Marbella el 17. La gran operación prevista contra Málaga se pospuso, pero sólo por unos días, ya que el 18 de enero Faupel informó de 20.000 hombres con dos grupos de artillería y 1.800 camiones en los alrededores de Sevilla.

Es normal que los italianos, armados y equipados en el sur, se pusieran bajo el mando del general Queipo de Llano para participar en la única operación a gran escala que se había emprendido durante toda la guerra en este sector. Por otra parte, la maniobra, prevista desde diciembre, no parecía presentar grandes dificultades, a pesar de lo montañoso del terreno; sería, pues, una excelente prueba para las fuerzas de Roatta. Aunque el defensor de Málaga, el coronel Villalba, no disponía de tropas sólidamente organizadas y carecía de armamento, especialmente de artillería, el Ejército del Sur había preparado cuidadosamente su ofensiva. El plan demasiado audaz de rodear a los defensores de Málaga con Motril fue abandonado en favor de una maniobra convergente: las tropas españolas avanzaron por la costa, mientras que tres columnas italianas procedentes de Antequera, donde Roatta había establecido su cuartel general, de Loja y de Alhama, se desplazaron por el interior hacia la ciudad. A lo largo de la costa, los cruceros Canarias (desde donde Queipo supervisaba las operaciones) y Baleares apoyaron la ofensiva. Las fuerzas comprometidas por Roatta eran todavía limitadas: tres regimientos italianos, dos regimientos mixtos, dos compañías de tanques, apoyados por la fuerza aérea con base en Sevilla.

La ofensiva contra el Málaga (febrero 37)

La batalla de Málaga puede considerarse una de las primeras operaciones de blitzkrieg realizadas con los medios mecanizados de que disponían los atacantes. La ofensiva comenzó el 3 de febrero, pero no hubo contacto real hasta el día 5, lo que demuestra la debilidad de la defensa republicana. En la tarde del día 5, los tanques penetraron profundamente en la carretera Antequera-Málaga. A pesar del mal tiempo, que retrasó las operaciones e impidió la intervención de la aviación en las primeras horas, la victoria fue extremadamente rápida. En la mañana del día 8, las primeras tropas nacionalistas entraron en Málaga; el día 10, Motril fue ocupado. Miles de prisioneros, decenas de miles de refugiados que obstruyen las carreteras y facilitan el avance de los italianos, y la derrota general del ejército republicano, fueron resultados alentadores para la C.T.V. La ocupación de Málaga tenía una importancia política considerable porque era una ciudad «roja», pero también era una base de abastecimiento esencial. Los italianos podían equipar más fácilmente sus divisiones, que ahora se dirigían todas a Madrid.

El tamaño de las fuerzas italianas hizo casi imposible disimular la ayuda material y humana prestada a Franco. Así, desde la toma de Málaga, Roma ya no intentó ocultar su intervención. Por el contrario, se hizo hincapié en que la operación se había llevado a cabo con «voluntarios», que fueron los tanques y la infantería italianos los que alcanzaron y superaron la ciudad. Incluso en la prudente Inglaterra, el Manchester Guardian no dudó en calificar la batalla de Málaga como una victoria italiana.

El 9 de marzo, el ataque comenzó en el sector de Guadalajara. A las cuatro divisiones enteramente italianas, mandadas por los generales Rossi, Coppi, Nuvolari y Bergonzoli, se añadieron las brigadas mixtas de las «Flechas», las Flechas Azules y las Flechas Negras, cuyos cuadros fueron suministrados por oficiales italianos. Estos contingentes españoles bajo mando italiano permanecerían hasta el final de la guerra y no dejarían de estar en contacto con la C.T.V., hasta el punto de que en los últimos meses las Flechas se incorporaron a la C.T.V.

Al comienzo de la batalla de Guadalajara, la ofensiva estaba dirigida, con el apoyo de la división española Moscardo, por las divisiones Coppi y Nuvolari, equipadas con un importante material que incluía tanques ligeros. Las otras dos divisiones italianas permanecieron en la reserva. Pero la maniobra cobró impulso y pronto participaron todas las fuerzas de la C.T.V., con doscientos tanques. Ya conocemos el resultado. Fue un fracaso, una estampida, cuyas consecuencias militares no deben exagerarse, pero que supuso un duro golpe para la moral italiana. Mussolini tenía grandes expectativas en la C.T.V.». La derrota de las fuerzas internacionales», escribió a Mancini, «será un éxito de gran importancia tanto política como militar. El 2 de marzo, el Gran Consejo Fascista se congratuló de la próxima victoria, que marcaría «el fin de todos los designios bolcheviques sobre Occidente». De nuevo, el 9 de marzo, los italianos se burlaron de sus aliados españoles: «¿Por qué tantos meses para tomar una ciudad indefensa?

Pero la feroz resistencia del adversario, su propaganda a través de panfletos y altavoces, afectó rápidamente a la moral de los legionarios que creían estar en una marcha triunfal. El día 16, se recordó a los oficiales sus responsabilidades: «Las tropas carecían de impulso» y «tendían a sobrestimar al enemigo». Era necesario crear «un estado de exaltación» mostrándoles que sus enemigos eran «los hermanos de aquellos a los que las escuadras fascistas habían apaleado en las carreteras de Italia». Pero unos días después, la situación se deterioró aún más. Algunos «camisas negras» se hirieron voluntariamente, otros desertaron. «Incluso las mejores y más valientes tropas tienen cobardes en sus filas. Es demasiado tarde para detener el vuelo. Los propios comandantes italianos pidieron a Franco que relevara a la C.T.V.

Esta derrota, tras los alardes de los dirigentes italianos, provocó las bromas de sus aliados; los alemanes de Salamanca decían que, por muy judíos y comunistas que fueran, los hombres de la 11ª brigada luchaban como alemanes y sabían dar una paliza a los italianos. Los hombres de Moscardo los cantan:

Guadalajara no es Abisinia.

Los españoles, incluso los rojos, son valientes.

Menos camiones y más c …

Pero hay asuntos más serios que las canciones o incluso los incidentes que pueden estallar entre españoles y legionarios, como en Tánger el 26 de marzo. Guadalajara fue una dura derrota para el fascismo. Los italianos habían demostrado que no estaban dispuestos a morir por el ideal de Mussolini.

El alto mando italiano, decepcionado, aceptó limitar el poder ofensivo del cuerpo expedicionario. Las cuatro divisiones italianas se redujeron a dos, la Littorio y la 23 de Marzo; sólo las brigadas Flecha se mantuvieron como estaban. Las farsas así reconstituidas ofrecerían una mayor capacidad de resistencia. Los inútiles y los incapaces ya no se pondrán en la línea. A partir de esa fecha, Italia ya no enviaría grandes contingentes, salvo para reemplazar las pérdidas sufridas. Estos fueron pesados: más de 1.500 muertos y heridos en Guadalajara. Durante los primeros veinte meses de la guerra, los italianos tuvieron 11.552 hombres muertos, heridos o desaparecidos en España [3]. El número total de muertos fue de 6.000.

Estas pérdidas, naturalmente, aumentaron la amargura de los fracasos. Los dirigentes y generales italianos, que habían defendido una intervención masiva con la esperanza de un gran éxito militar y una rápida victoria, se preguntaron si sus tropas debían permanecer en España. A su vez, culpan al mando español de los errores cometidos. «Nuestros generales están preocupados, y tienen razón», dijo Ciano [4]. El propio Mussolini mostró su impaciencia. En varias ocasiones, a partir de diciembre de 1937, se habló de una retirada de voluntarios. Pero estas eran principalmente expresiones de mal humor. Los intereses italianos en este asunto eran demasiado grandes para que se planteara seriamente la posibilidad de abandonarlos. Al final, el C.T.V. se quedaría hasta el final «para dar pruebas de la solidaridad italiana» [5].

Deudas italianas

Los italianos participaron así en el triunfo de Franco. Pero lo pagaron muy caro, no sólo por la pérdida de vidas humanas y el abandono de gran parte del equipo pesado, sino también por las considerables sumas de dinero que supuso la operación. Mancini me dijo», informó Faupel el 18 de enero de 1937, «que Italia había comprometido hasta ahora 800 millones de liras en el asunto español» [6]. El propio Mussolini declaró, durante una entrevista con Gœring, que el gasto a finales del mismo año 37 era de cuatro mil quinientos millones de liras [7]. 7] Alcanzaría los catorce mil millones al final de la guerra. Una parte de las sumas así gastadas sería reembolsada por el gobierno nacionalista, pero sólo una parte. Los italianos pensaron entonces en buscar una compensación en posibles beneficios económicos. Pero también aquí los resultados fueron decepcionantes. A principios de 1937, Mancini se quejó de que Italia «no había ganado nada, por así decirlo, de España»[8].

Las relaciones comerciales mejorarían posteriormente. Ciano observó con satisfacción, en noviembre del 37, la llegada de 100.000 toneladas de hierro, especialmente necesario para la industria bélica italiana. Todavía se pueden prever otras compensaciones: «También hay, según Mussolini, un problema político» [9]. Los italianos querían que «la España nacionalista, salvada por las ayudas italianas y alemanas de todo tipo, permaneciera estrechamente vinculada a su sistema». Por otra parte, el aspecto financiero del problema también está vinculado al aspecto político. «Sólo si España permanece en nuestro sistema podremos ser compensados plenamente. Este sistema era el eje germano-italiano. Mussolini preveía que la España de Franco se uniera al Pacto Antikomintern.

Pero, a nivel práctico, los resultados de las negociaciones políticas entre Rame y Burgos fueron escasos. La esperanza de establecer bases estratégicas en España se vio defraudada. El único punto importante marcado por Italia fue el acuerdo del 28 de noviembre del 36, cuyo objetivo era oficialmente «desarrollar y reforzar» las relaciones entre los dos países. El acuerdo incluía, en primer lugar, un pacto mediterráneo: las dos potencias debían seguir una política común y prestarse apoyo mutuo en el Mediterráneo occidental; además, había un pacto de no agresión, una promesa de neutralidad benévola en caso de conflicto y, por último, una promesa de entendimiento económico, sancionada por la aplicación de un arancel preferencial al país cofirmante. Sin embargo, es notable que el primer compromiso que asumió Italia al firmar el protocolo fue el de prestar a España «su ayuda y apoyo para la conservación de la independencia e integridad del país, tanto de la metrópoli como de las colonias». Esto significa que Italia ha renunciado a toda esperanza de recibir una compensación territorial por sus gastos no reembolsados. «Damos nuestra sangre por España, ¿no es suficiente?», preguntó Ciano en marzo de 1938. A decir verdad, Italia también dio mucho dinero, en vano.

Intervención alemana

Al menos en este ámbito, la moderación alemana contrasta con la temeridad del gobierno fascista. Ciertamente, Alemania tenía menos interés inmediato en el Mediterráneo que Italia, y para su gobierno la victoria total de Franco no era absolutamente necesaria. Es indudable que Berlín no busca ninguna ventaja política en España, pues los alemanes no se hacen ilusiones al respecto: no imaginan que el nacionalsocialismo pueda introducirse nunca en España, y la simpatía de los dirigentes alemanes hacia Franco será siempre muy matizada. Por lo tanto, un acuerdo que eliminara la extrema izquierda y alejara a España de una alianza con Occidente se consideraría una solución satisfactoria en Berlín. Asimismo, uno de los intereses de la guerra era «exponer» la oposición natural entre Italia y Francia.

Además, los círculos militares no tenían una confianza ilimitada en las capacidades de los generales españoles, incluido Franco. En este punto, además, los estados mayores italiano y alemán estaban completamente de acuerdo y no dudaron en enviar a Burgos consejos que, en general, no fueron seguidos. En cualquier caso, la Wehrmacht no quería comprometer demasiadas fuerzas en una aventura que consideraba inútil.

Sin duda, el gobierno nazi estaba interesado en el éxito final de Franco. Pero su ayuda en términos de hombres sería siempre bastante pequeña. Según el general Sperrle, en noviembre del 36 llegaron a Cádiz 6.500 alemanes. Pero esta llegada masiva fue excepcional. Los alemanes nunca serían más de 10.000 hombres. A menudo eran especialistas y cuadros. Algunos oficiales y suboficiales fueron destinados a la formación de cuadros españoles, en particular para asegurar la formación de los falangistas. La carta escrita desde Salamanca el 10 de diciembre de 1936 por el embajador Faupel así lo atestigua: «Solicito de la manera más apremiante el mayor número posible de oficiales o suboficiales de habla hispana, reservistas. Pido que el comandante Von Issendorf se desprenda de la inspección de caballería para hacerse cargo de la formación de la Falange. También enviar al mayor Von Frantzius, retirado del Instituto Iberoamericano [10], como jefe de una formación de la escuela de infantería, al mayor Siber, retirado, para que se encargue de la formación de las unidades de inteligencia. La llegada de estos cuadros y sin duda de algunos refuerzos, en el transcurso de enero del 37, explica el agradecimiento dirigido por Franco a Roma y Berlín.

Los oficiales mencionados aquí servirían en unidades españolas. Pero la mayoría de los técnicos alemanes se agruparon en una formación especial, la «Legión Cóndor». Organizado a partir de noviembre del 36, cuando la resistencia republicana se hizo más intensa, nació de la presencia, antes de esa fecha, de un grupo de técnicos, entre los que se encontraban en particular especialistas en artillería antiaérea, y de aviadores. Berlín aceptó enviar personal, pero puso condiciones imperativas: las formaciones alemanas estarían bajo la dirección de un jefe alemán, único asesor de Franco en este sentido. Un comando alemán se instaló en el Hotel Maria-Christina de Sevilla, bajo la dirección del Coronel Warlimont. Así se formó una fuerza efectiva, cuyo grueso estaba constituido por la fuerza aérea: un grupo de bombarderos, un grupo de cazas y un escuadrón de reconocimiento reforzado. Se le añadieron tres regimientos de la D.C.A., varias unidades de transmisión y algunos destacamentos del ejército y la marina, cuatro compañías de tanques, cada una de ellas con doce tanques, y una compañía de detectores. El mando fue ejercido por aviadores: Sperrle, luego Von Richthofen.

El reclutamiento se organizó cuidadosamente. Había un personal en Berlín llamado W… cuyo jefe era el general de la fuerza aérea Wilberg. Los hombres de la legión Cóndor eran ciertamente nombrados de forma automática, pero las ventajas que se les concedían, un salario elevado y el atractivo de la aventura representaban a menudo un argumento determinante para ellos. El aviador Galland cuenta cómo fue elegido para España, al igual que muchos de sus compañeros que desaparecieron repentinamente durante un periodo de seis meses. Fue convocado a la oficina de la W … oficina, que se encargaba de organizar la salida de los «voluntarios» y les proporcionaba ropa de civil, papeles y dinero. Los aviadores se marcharon bajo la pacífica apariencia de turistas enviados de vacaciones pagadas por la organización «Work through Joy». Su dirección postal seguía siendo Berlín. Galland, que fue asignado automáticamente, estaba sin embargo satisfecho con su destino y parecía encontrar muy interesante participar en la guerra española. Cuando llegó a España, de nuevo con un uniforme marrón y olivo, se incorporó finalmente a la Legión Cóndor. Con su grupo de cazas, se desplazaba de un frente a otro en función de los combates, siempre donde el peligro era más preciso: los aviadores alemanes se apodaban a sí mismos «bomberos de Franco». El Caudillo reconoció el valor de su ayuda; lo subrayó en particular en un discurso dirigido al último comandante de la Legión Cóndor, Von Richthofen, con ocasión de su desfile de despedida. La eficacia de este apoyo, aunque menos importante que el de Italia, se explica sobre todo por la perfecta organización que presidió esta empresa y por el valor del material alemán puesto al servicio del ejército nacionalista.

En efecto, la guerra de España había permitido comprobar la eficacia de estos equipos. La ayuda en armas proporcionada por Alemania obviamente superó con creces el equipamiento de la legión Cóndor. De hecho, gran parte del equipamiento del que disponían los nacionalistas era de origen alemán. Franco tenía un hombre de confianza en Berlín que, incluso antes del reconocimiento del gobierno nacionalista, se encargaba de dar todos los detalles necesarios sobre las necesidades de armas y municiones del ejército de Franco. El material llegó primero a través de los puertos gallegos o del sur controlados por los nacionalistas o a través de Portugal, donde los vapores Kamerun y Wigbert fueron denunciados el 22 de agosto de 1936. Tras la proclamación del embargo de las armas destinadas a España, se habló incluso de enviarlas a través de Holanda. Pero estos desvíos eran muy complicados, aunque el gobierno alemán había sido advertido de la urgencia de las necesidades nacionalistas: «Es la superioridad del material la que tomará la decisión», escribió Voelckers en septiembre del 36. Por lo tanto, el transporte de municiones tomaría una ruta más directa. Si, según el general Sperrle, en noviembre de 1936 sólo había una escuadra de bombarderos Junker 52, una de cazas Heinkel 51, una de hidroaviones Heinkel y una batería de cañones antiaéreos de 88 mm, luego se añadieron grupos de aviación -cuatro escuadras de doce bombarderos, igual número de cazas, doce aviones de reconocimiento-, compañías de ingenieros, baterías antiaéreas pesadas, trenes de búsqueda…

Esta fuerza, que sin duda fue muy útil en los primeros meses de la guerra, se volvió insuficiente cuando los equipos rusos comenzaron a llegar a los republicanos. Los primeros aviones alemanes eran lentos y los combates de la guerra española pusieron de manifiesto sus deficiencias en comparación con los aviones rusos, o incluso con los Savoïa-Marchetti italianos. Sin embargo, poco después de la llegada de Galland a España, a principios de mayo del 37, llegaron nuevos aviones desde Alemania. Los bombarderos eran los Heinkel 111 y los Dornier 17, los cazas, que dieron a las fuerzas aéreas franquistas una superioridad aérea total, fueron los aviones más rápidos y maniobrables utilizados durante el conflicto, los Messerschmitt 109, que reaparecerían durante las campañas de Polonia y Francia.

El Hisma

El equipo y las municiones alemanas siguieron enviándose a España durante toda la guerra, excepto durante el breve periodo de la crisis checoslovaca de septiembre-octubre de 1938. Los alemanes habían puesto en marcha una verdadera empresa comercial y no descuidaron la rentabilidad del negocio español. Por supuesto, era Hitler quien dirigía personalmente las operaciones y tomaba las decisiones importantes, como hacía Mussolini en Italia. Pero una vez dadas las órdenes, su ejecución estaba en manos de la Auslandsorganisation. El almirante Canaris, jefe de la Abwehr, es decir, de los servicios de inteligencia alemanes, estaba al mando: pero fue un miembro de la organización, Johannes Bernhardt, un empresario residente en Marruecos, quien desempeñó el papel principal en España. Bernhardt creó una empresa de transportes, la Hispano-Marroqui de Transportes (Hisma Limited para abreviar), para facilitar la ayuda alemana a Franco, cuya primera operación, el 2 de agosto, fue transportar tropas marroquíes a España.

A la Hisma que operaba en España le correspondió una empresa exportadora creada en Alemania con la ayuda del general Gœring [11], la Rowak. La instalación del tándem Hisma-Rowak permitió evitar la multiplicidad de transacciones y los movimientos demasiado llamativos de los representantes de Franco y Mola en Berlín. A partir de ahora, todos los envíos de material pasarán por estas empresas. En particular, Hisma transportaba el material de guerra descargado en Lisboa o en los puertos nacionalistas. Pero el tráfico pronto fue más allá de un simple envío de material, y la empresa siguió desarrollándose. En octubre de 1936, Von Jagwitz, confidente de Gœring, que dirigía a Rowak en nombre de la Auslandsorganisation, instaló sus oficinas en doce habitaciones de la Columbus Haus de Berlín. La organización dispone ahora de una flota.

El poder de esta empresa y la autoridad real que Bernhardt tenía tanto en Berlín como en los círculos nacionalistas permitieron al representante de Hisma actuar en beneficio de los intereses alemanes en España. Una de las preocupaciones más constantes del gobierno de Berlín era hacer que Franco reconociera las deudas que debía pagar Burgos. Ya en octubre del 37, Stohrer evaluó los gastos o pérdidas en dinero sufridas por Alemania hasta ese momento, para presentar la factura al gobierno nacionalista: «Los daños sufridos por los alemanes se evalúan en 90 millones de marcos, más un sobregiro por suministros a España de 70 millones de marcos. Hacia el final de la guerra, el subsecretario Weizsäcker vuelve a dar cuenta de los gastos realizados: Ya no se trata de los daños a las personas, sino de los gastos de mantenimiento de la legión Cóndor hasta noviembre del 38; por un lado, los gastos de personal, 75 millones de Reichsmarks, y por otro, los gastos de material y equipo, que fueron mucho más elevados, ascendiendo a más de 190 millones de Reichsmarks; hay que suponer que esta estimación está aún muy por debajo de la realidad, ya que una nota de Sabath afirma que los gastos totales ascienden a 500 millones de Reichsmarks [12].

Lo que Berlín pide es, de momento, sólo un reconocimiento de deuda. Los alemanes querían ser pagados, pero no necesariamente en dinero. En 1939, la España nacionalista no pudo devolver las sumas adeudadas a Italia y Alemania. Todo lo que podía hacer -y haría con respecto a Berlín- era aceptar el principio de reembolso en plazos anuales. En este sentido, es notable que Alemania haya obtenido una satisfacción más completa que Italia.

En realidad, las exigencias de Berlín eran más vagas y más amplias. Es la «restauración del germanismo en España». Una nota del Stôhrer, fechada el 14 de abril de 1939, hace un balance de la penetración alemana en España: acuerdo policial, acuerdo cultural de enero del 39, que asegura ventajas considerables para ambas partes contratantes, creación de institutos culturales que se benefician de desgravaciones fiscales, colegios alemanes en España que podrán otorgar diplomas de la misma manera que los colegios superiores en Alemania, cooperación cultural asegurada por intercambios de estudiantes, profesores y asistentes, comunicación de emisiones de radio, películas, pero también la garantía de que ciertas obras literarias proscritas por razones políticas en cada país lo serán en el otro.

En este balance positivo hay que incluir la promesa de un trato preferente para los alemanes que regresen a España para reanudar su trabajo, el Tratado de Amistad Hispano-Alemán, sobre el que volveremos más adelante, y la adhesión de España al Pacto Antikomintern, que supone un éxito conjunto para Italia y Alemania.

Desde el punto de vista económico, durante la guerra no hubo ningún tratado que regulara el comercio entre España y Alemania. El único acuerdo existente expiró a finales de 1936 y sólo se renovó por un año.

En estas condiciones, todas las negociaciones que tuvieron lugar se basaron en un único texto, de alcance e interpretación muy generales: el protocolo del 15 de julio del 37. Este protocolo, firmado por el Embajador Faupel y el Ministro Jordana, establece que «los dos gobiernos tienen un deseo real de ayudarse mutuamente en el suministro de materias primas, productos alimenticios y artículos manufacturados y semimanufacturados de especial interés para el país importador». Asimismo, cada uno de los dos gobiernos tendrá en cuenta, en la medida de lo posible, los intereses de exportación de la otra parte. Todo esto es muy vago. España piensa principalmente en equilibrar su balanza de pagos exportando productos agrícolas a Alemania.

Acuerdos mineros germano-franceses

Pero el problema al que Berlín concedía mayor importancia era el de las empresas mineras de propiedad alemana en España, que debían enviar materias primas esenciales para la industria bélica alemana. Desde el comienzo de la Guerra Civil, los alemanes se interesaron por los recursos minerales de España y del Marruecos español, como el cobre, el wolframio y el bronce. En enero del 37, se informó que las minas de hierro de Zeghenghen, cerca de Melilla, eran operadas por personal alemán. La ocupación de las minas de cobre de Río-Tinto, y luego la conquista de Asturias, hicieron del aprovechamiento del mineral español la principal preocupación de las autoridades alemanas en España.

El 20 de enero, Faupel escribió que se había prometido a la empresa Hisma que podría recibir hasta el 60% de la producción de las minas de cobre de Río Tinto. Y, a principios del año 38, Bernhardt, haciendo un balance de las exportaciones mineras a Alemania durante el pasado año, indica que se han enviado más de dos millones y medio de toneladas, entre ellas 1.600.000 toneladas de hierro, procedentes ya en parte de Bilbao [13]. Estas cifras son considerables; sin embargo, para estar seguro de mantenerlas, Berlín necesita no sólo una promesa española de exportación, sino también el control alemán de la producción. Para ello, Bernhardt recibió el encargo de negociar la creación y el control financiero de las empresas mineras en nombre de Hisma.

Sin embargo, esta vez, la penetración económica alemana encontró una gran resistencia. El obstáculo fue un decreto del 9 de octubre del 37, emitido bajo la influencia de un grupo de técnicos y financieros españoles [14]. Este decreto anuló las concesiones mineras otorgadas desde el inicio de la Guerra Civil. Oficialmente, el objetivo era denunciar las concesiones que pudieran haber hecho las autoridades valencianas. En realidad, Alemania es el objetivo directo: la ley no permite a los extranjeros tener una participación financiera superior al 30% en las empresas mineras. Tal vez esta decisión deba verse a la luz de los esfuerzos de los países anglosajones en la misma época por acercarse a la España nacionalista (antes de la guerra, Inglaterra recibía la mayor parte de los minerales españoles).

Alemania apeló a los sentimientos de amistad de los nacionalistas. Estamos comprometidos, dice Bernhardt en su informe, «en una guerra económica»; tenemos «derecho a esperar suministros inmediatos de España» [15]. El objetivo era crear una empresa privada, Hisma-Montana, para adquirir todas o parte de las acciones de las empresas mineras, cuya explotación controlaría Alemania. Debemos», dice Bernhardt, «poner nuestra influencia diplomática, militar y cultural al servicio del único objetivo a alcanzar, nuestro dominio económico.

Desde el 12 de octubre de 37, los funcionarios de Hisma protestaron contra el decreto de las empresas mineras. Este fue el inicio de una serie de gestiones diplomáticas encaminadas a obtener al menos una participación del 50% en estas empresas; la primera reunión, el 20 de octubre, entre Jordana y dos delegados de Hisma, Pasch y Klingenberg, se celebró; los españoles rechazaron la «igualdad de trato recíproca» exigida por los alemanes. El 3 de noviembre del 37 tuvo lugar una reunión entre Bernhardt y el Secretario General Nicolás Franco: se dieron dos apaciguamientos: en primer lugar, la promesa del gobierno de Burgos de que las demandas formuladas por Hisma serían examinadas tan pronto como se formara un verdadero gobierno[16]; en segundo lugar, el consejo de enviar una solicitud a la Junta de Burgos para obtener la autorización de continuar los trabajos mineros en curso; esta solicitud sería recibida favorablemente.

Pero las relaciones entre Alemania y España habían entrado en una fase difícil. Fue imposible, incluso para el embajador Stöhrer, obtener promesas firmes del Generalísimo. Además, se crearon dificultades para la entrada de mercancías alemanas en España [17], se denegaron los permisos de importación. Gœring, partidario de la vía dura, habló de enviar a Jagwitz a Salamanca para «poner una pistola en el pecho de Franco»… De hecho, lo que Berlín no había podido obtener en lo inmediato, la extensión de la guerra y la necesidad de equipamiento de Franco le permitirían finalmente adquirirlo.

Las negociaciones fueron llevadas simultáneamente por Bernhardt, en nombre de la Hisma-Rowak, y por el nuevo embajador Von Stöhrer, preparado por su pasado para tal tarea, un hombre brillante, pero en la tradición de los diplomáticos conspiradores [18]. El planteamiento conjunto que hicieron al Generalísimo el 20 de diciembre demostró que «Hisma y la representación del Reich eran una misma cosa»[19]. La actitud de Franco durante esta conversación no fue muy alentadora: «Me ha sorprendido -dijo- que la Hisma, a la que he encomendado la regulación del comercio y los pagos, pretenda también adquirir y en secreto derechos mineros. No obstante, admitió la formación de una comisión mixta para estudiar casos particulares. Finalmente, una nueva ley de minas dio satisfacción a los alemanes en junio de 1938. La participación del capital extranjero en las empresas mineras españolas se fijó en un máximo del 40%, y no se descartó la posibilidad de aumentar este porcentaje. La ley», dice Bernhardt, «nos ofrece la plena posibilidad de participar en la explotación del subsuelo español como queríamos.

Sin embargo, el decreto está redactado de tal manera que sólo depende de la buena voluntad de los españoles que los alemanes puedan obtener la mayoría o la igualdad en las empresas mineras que exigen. Por ello, Bernhardt propuso que el 20% de este capital se ofreciera a la suscripción pública y fuera comprado por los nominados españoles de Hisma-Montana. Evidentemente, esta solución sólo podría aplicarse si el gobierno aceptara hacer la vista gorda. La amenaza de suspender las entregas de armas y municiones fue suficiente para que los nacionalistas, cuyos suministros de material dependían totalmente de Roma y Berlín, cedieran. En noviembre de 1938, cinco sociedades anónimas se hicieron con los derechos mineros de Hisma-Montana[20]. Según los términos de la ley, a Alemania le correspondía el 40% de las acciones; en realidad, estaba previsto aumentar la participación alemana, que en la empresa Aralar, por ejemplo, podría alcanzar el 35% del capital.

Al mismo tiempo, considerando que la ley minera sólo se aplicaba a la península y no a Marruecos, Hisma-Montana compró importantes acciones en las empresas mineras del Rif, y el gobierno nacionalista aceptó garantizar la fundación de una empresa llamada Mauritania, con sede en Tetuán, que sería totalmente alemana. Las negociaciones económicas germano-españolas supusieron otros beneficios sustanciales para Hisma a través de «varias empresas bajo su gestión» [21].

Se otorgó un papel especial a Nova, que no sólo debía encargarse de la construcción de la red de radio española, sino que también tenía previsto desempeñar un importante papel en la reconstrucción económica de España tras la guerra, el armamento aéreo, el equipamiento del ejército, el transporte, las tareas de defensa económica, el aumento de las exportaciones españolas a Alemania, las inversiones y el suministro de maquinaria.

Este es el balance del progreso económico realizado. Berlín había gastado mucho y había hecho un gran esfuerzo material; pero, aparte de que parte de este equipo era recuperable, otra parte era en cualquier caso demasiado obsoleta para ser de alguna utilidad para la Wehrmacht. Por último, las lecciones aprendidas de los combates, y el hecho de que los productos mineros esenciales para el rearme alemán estaban llegando y seguirían llegando durante toda la guerra mundial, compensaron con creces los costes incurridos.

Adhesión al Pacto Anti-Komintern

Políticamente, los resultados fueron menos satisfactorios. Sin embargo, se firmaron dos acuerdos: el primero fue el protocolo del 20 de marzo de 1937, que parece haberse inspirado en gran medida en el acuerdo italo-español; incluye consultas sobre problemas de interés político común, el principio de no agresión y la idea de neutralidad benévola en caso de guerra con una tercera potencia. Pero no fue hasta el final de la guerra civil que se firmó un verdadero tratado de amistad, válido por cinco años a partir del 31 de marzo de 1939, y redactado en términos mucho más precisos y serios que el protocolo del 37. Sin embargo, no se trataba de un tratado de alianza incondicional.

El 27 de marzo de 1939 se firmó en Burgos un protocolo por los embajadores de Italia, Alemania y Japón, así como por Jordana, entonces ministro de Asuntos Exteriores del gobierno nacionalista: la España de Franco se adhería al Pacto Antikomintern. Como esperaba Mussolini en 1937, entró en el sistema de alianzas del Eje. Independientemente de los tiras y aflojas que pudieran surgir entre los aliados [22], una deuda financiera y moral unía a Franco con sus socios.

Notas

[1] Estos contactos se conocen sobre todo por los libros de Ansaldo y Lizarza.

[2] Informe del cónsul alemán, Draeger.

[3] De los cuales 2.352 muertos y 198 desaparecidos.

[4] Diario del Conde Ciano.

[5] Participó en numerosas operaciones en el frente norte, en Bilbao y Sautander, en el ataque de ruptura al norte de Teruel y en los combates en el bucle del Ebro. Véanse los extractos de la prensa italiana de marzo del 38 citados por Jacquelin.

[6] Archivos de la Wilhelsmstrasse.

[7] Entrevista Mussolini-Gœring de noviembre de 1937, reportada por Ciano.

[8] Archivos de la Wilhelmstrasse.

[9] Citado por Ciano.

[10] El propio Faupel era, cuando fue elegido embajador en España, director del Instituto Iberoamericano de Berlín desde 1934. Es interesante observar el reclutamiento de agentes alemanes de las agencias oficiales.

[11] Gœring se encargaba personalmente de todo lo relacionado con la guerra de España, desde las negociaciones económicas hasta el apoyo aéreo.

[12] Es cierto que la nota del consejero de la legación Sabath añade «intereses simples y compuestos» a la suma debida por los suministros directos al año español.

[13] Sólo en el mes de diciembre, los envíos de mineral de hierro desde Bilbao ascendieron a 90.000 toneladas; las exportaciones desde Marruecos ascendieron a 100.000 toneladas.

[14] Incluyendo a Zabala, director de las minas de Vizcaya.

[15] Informe Bernhardt sobre el proyecto Montana, 4 de noviembre de 37. Archivos secretos en la Wilhelmstrasse.

[16] Se formó dos meses después.

[17] Informe del Stöhrer del 27 de noviembre.

[18] Durante la Primera Guerra Mundial, fue primer secretario de la embajada de Madrid y fue destituido por ser sospechoso de haber participado en un complot contra el Conde de Romanones.

[19] Archivos secretos de la Wilhelmstrasse.

[20] Son: la Compañía de Exploraciones mineras Aralar, de Tolosa; la Compañía explotadora de Minas Montes de Galicia, de Orense; la Sociedad anónima de Estudios y Explotaciones mineras. Santa Tecla, de Vigo; Compana de Minas Sierra de Gredos S. A., de Salamanca; Compana minera Montanas del Sur, de Sevilla.

[21] Lo mismo ocurre con la Société Agro, que ha comprado y explota fincas en los alrededores de Sevilla, y sobre todo Sofindus, que posee el 90% de las acciones de una fábrica de corcho, Corchos zum Hingste, la Compaña General de Lanos, la Sociedad Exportadora de Pieles, la Société des Transports Marion, que es la única que proporciona todo el transporte a Sofindu.

[22] La reunión que se celebró entre el general Franco y Gœring en mayo de 1939 fue la ocasión de una serie de dificultades entre España y Alemania y provocó la repentina retirada de Bernhardt.

La vida de Malatesta (1936) – Luigi Fabbri

Introducción: Cómo conocí a Errico Malatesta

El día que conocí a Errico Malatesta es el recuerdo más vívido de mi lejana juventud.

Fue en abril de 1897. La monarquía conservadora y burguesa que se sentaba en Saboya había asfixiado al pueblo italiano durante casi un año bajo una dura tormenta de medidas reaccionarias que prefiguraban el fascismo, deteniéndose a apaciguarlas sólo cuando amenazaban con perturbar el tranquilo lujo de las clases dominantes.

Francesco Crispi, el viejo ministro jacobino que se escondía tras la [bandera de la X] mientras perseguía todas las nuevas ideas, se vio obligado a dimitir gracias a la marea de indignación popular por la derrota de Italia en Abisinia. La megalomanía imperial del monarca Humberto I y de su ministro fue puesta a descansar, y la península volvió a respirar un pequeño suspiro de libertad.

El movimiento revolucionario proletario comenzó a crecer. Cuatro meses antes, los primeros números de ¡Avanti! (¡Adelante!), el primer diario socialista de Italia, se había publicado en Roma, y los anarquistas que habían sido desarticulados y reducidos al silencio por la reacción de mediados de 1894, volvieron a tener un par de periódicos: Futuro Social (L’Avvenire Sociale) en Messina y Nueva Palabra (Il Nuovo VerboLa Nueva Palabra) de Parma.

Muchos compañeros, sin embargo, seguían en la cárcel o en domicilio coatto*, los más famosos de los cuales eran Galleani, Molinari, Gavilli, Binazzi y Di Sciullo. Otros, como Malatesta, Gori y Milano, vivían bajo la pesada carga del exilio. Los jóvenes partidarios surgieron para llenar la brecha dejada por su ausencia, y sustituyeron a los que, bajo la persecución, habían desaparecido del movimiento o se habían pasado al campo socialista. Saverio Merlino, un conocido ejemplo de esto último, había llegado a intentar comprar su salida de la cárcel insistiendo públicamente en que los anarquistas aceptaran el sistema electoral y parlamentario.

Al mismo tiempo, algunos de los condenados y deportados recuperaron su libertad, y otros, como Pietro Gori, volvieron de su huida.

El 14 de marzo de ese año vio la luz un nuevo semanario, L’Agitazione, en Ancona, capital de la provincia de Marcas y tradicional sede de los anarquistas. El subtítulo del periódico lo declaraba «periódico anarquista socialista». Por aquel entonces, yo era estudiante de derecho en la universidad de la cercana ciudad de Macerata. Tenía 19 años y estaba lleno de entusiasmo por las ideas anarquistas que, desde que las había abrazado en 1893, ya me habían costado alguna persecución policial, un breve juicio y un poco de cárcel. Desde Ancona, mis viejos amigos Recchioni, Agostinelli y Smorti me animaron a escribir para su nuevo periódico, en el que ya me habían anunciado como colaborador.

Decidí aceptar su invitación con una breve vacilación. La lectura de los primeros números del periódico me había afectado intensamente. Era una publicación diferente a todo lo que había leído antes: impecablemente escrita, compilada e impresa, con un tono más propio de una revista que de un periódico. Errico Malatesta colaboró desde Londres.

Los autores que leí en ella rebosaban de pensamiento y estaban animados por un espíritu que era maravilloso y nuevo para mí. Me sentí confusamente inferior intelectualmente a ellos; lo único que conocía era la prensa anarquista de los últimos tres o cuatro años. Escribí y presenté un artículo teórico sobre la «Armonía natural», puliéndolo tan bien como pude. Explicaba la anarquía como una aplicación de las leyes de la naturaleza a la sociedad humana por medio de la ciencia, que al negar a Dios nos lleva a la negación de toda autoridad, política o económica. Sus citas se basaban sobre todo en la autoridad intelectual de Kropotkin y del filósofo italiano Giovanni Bovio.

Francamente -y quién no ha sido joven y ha cometido tales pecados de presunción como tirar la primera piedra-, creí que había escrito una pequeña obra maestra. En cambio… mi artículo no se publicó. Pregunté a mis amigos de Ancona qué había fallado y me dijeron que no estaban de acuerdo con mi artículo; lo publicarían junto con sus críticas si yo insistía, pero me negué, para no dar a los lectores la impresión de una disputa familiar. Me invitaron a ir a Ancona para intercambiar ideas en persona.

¡Me caí de las nubes! ¿Por qué estos camaradas no estaban de acuerdo conmigo? Les escribí unas líneas diciéndoles que no me molestaría en viajar por algo tan insignificante, pero de todos modos, al encontrar la dirección de Malatesta en Londres en el periódico, le escribí por primera vez, expresando mi asombro por el hecho de que el periódico para el que escribía no compartiera mi concepción de una anarquía completa y justa. Malatesta no respondió, pero unos días más tarde Cesare Agostinelli me escribió para que fuera a Ancona, diciendo que a los amigos les gustaría verme allí, añadiendo que no se trataba sólo del artículo… Me enviaron el dinero que me faltaba para hacer el viaje, pero incluso sin esto ya estaba decidido a ir.

Me decidí un sábado por la tarde, relajando mi habitual vigilancia contra la policía. Tomé el tren a Ancona y llegué al anochecer. Agostinelli me recibió en su pequeña tienda al final del Corso y, sin demora, me llevó por calles laterales hasta el lejano suburbio de Piano San Lazzaro.

Al llegar a una casa, abrió la puerta con una llave y subimos una escalera de madera al final del pasillo, para descubrir que conducía a una especie de buhardilla.

Mientras subíamos, oí una voz desconocida que preguntaba: «¿Quién es?».

«Es el ‘Armonista'», respondió Agostinelli, obviamente refiriéndose a mi artículo rechazado. Al subir a la cima, vi una pequeña habitación con una cama de campo a un lado, una lámpara de aceite encendida sobre la mesa y un par de sillas. En las sillas, en la mesa, en la cama y por todo el suelo había un número indescriptible de papeles, revistas y libros en aparente desorden. Un desconocido de baja estatura y pelo negro me recibió con los brazos extendidos y unos ojos profundos y risueños. Agostinelli bajó de la escalera y me explicó: «Le presento a Errico Malatesta».

Cuando Malatesta me abrazó, el corazón me dio un salto en el pecho; estaba aturdido y petrificado. Ya era una leyenda -demonio de toda la policía de Europa, revolucionario audaz, prohibido en Italia y en otras partes, y refugiado en Londres-, pero aquí había estado escondido todo el tiempo. Mi impresión, la de un joven inexperto lleno de una fe casi religiosa, es más fácil de imaginar que de describir.

«¿Qué?», le preguntó a Agostinelli, «¿No le has dicho nada?».

Despejamos las sillas y nos sentamos, Agostinelli se fue momentos después.

Mi amistad con Malatesta se formó casi inmediatamente, como si la renováramos y él hubiera sido un hermano mayor o un camarada de muchos años. Le habría hablado como a mi padre si no hubiera parecido tan joven -tenía cuarenta y cuatro años pero parecía aún más joven-, tal era su carácter franco y desenvuelto, su aire cómodo que sólo se desarrolla en compañía de iguales.

Enseguida comenzó una larga y animada discusión, principalmente sobre los puntos de mi artículo. Sería demasiado largo de repetir, pero en su mayor parte es fácil de imaginar, conociendo las ideas de Malatesta, y mi artículo que exponía puntos de vista comunes entre los anarquistas de la época. A las tres de la mañana seguíamos debatiendo. Dormí allí como pude, en un cojín que Agostinelli (que había vuelto con comida para nosotros) había improvisado para mí en un rincón.

A las siete de la mañana estaba de nuevo despierto, expresamente para continuar nuestra discusión. Hablamos sin descanso, durante todo el día, hasta que la noche cortó el momento y nos separamos emocionalmente antes de mi tren para Macerata. Tenía que volver al día siguiente para ayudar en las clases, pero también quería evitar alertar a la policía de mi ausencia.

Hacía aproximadamente un mes que Malatesta había llegado a Ancona de incógnito para montar L’Agitazione. Todavía vivía bajo el peso de una condena de tres a cuatro años dictada contra él en Roma en 1884 por «asociación con malhechores»; la amenaza apenas le cambió. Permaneció escondido durante unos nueve meses antes de que la policía lo atrapara, pero el veredicto ya estaba decidido.

Dos meses después, la falta de productos de primera necesidad provocó rebeliones populares en Ancona y otros lugares, y fue detenido de nuevo. Esta vez, a la detención le siguió un encarcelamiento más largo, un juicio, un domicilio coatto, y más. [consultar cronología]

Después de nuestro primer encuentro, volví a menudo a Ancona para ver a Malatesta en la clandestinidad y más tarde, durante su encarcelamiento y el juicio de abril del 98. Ese primer encuentro determinó el curso de mi vida, espiritual e intelectualmente, y puedo decir que también cambió el resto de mi vida. En nuestro largo coloquio, de más de veinticuatro horas, tuve la sensación de que mi cerebro había tomado vuelo en mi cráneo. Todavía lo recuerdo, como si fuera ayer, cuando los argumentos de los que estaba tan seguro se discutían una y otra vez, pero finalmente se desmoronaban. Ahora no podría repetir mis puntos, mientras que los argumentos de Malatesta me afectaban con algo más que su lógica: una lógica tan natural y coherente que parecía que cualquier niño la hubiera conocido, tan obvia que era imposible de refutar.

A través de este encuentro, la anarquía, la fe más radiante de mi primera juventud, había pasado de ser una simple fe a convertirse en una profunda convicción. Si antes había sido posible cambiar mis creencias por otras, sentí que con aquel episodio me había convertido en un anarquista de por vida; que ya era imposible cambiar por otra cosa que no fuera una traición frívola y vil, o un giro oscuro e involuntario de mi conciencia.

Han pasado siglos desde aquella remota primavera de 1897. Los azares de la vida y de la batalla han hecho que se produzcan largas separaciones entre nosotros más de una vez. Desde entonces, han pasado años sin una carta. Pero siempre que fui a verle -en Londres en 1906, en Ámsterdam en 1907, en Ancona unidos de nuevo por el trabajo común de 1913-14, y finalmente sin interrupción desde 1920 hasta 1926- siempre me pareció el mismo que aquella primera vez. Físicamente, parecía que los años no le pasaban factura. En Bolonia, en 1920, le vi jugando con mis hijos y lleno de pasión, con el mismo espíritu que en Ancona, treinta años antes, cuando quería hacer el tonto y correr por las calles, o me animaba a hacer algo de ruido para escandalizar a los camaradas mayores.

Vivía una juventud perenne, y su espíritu siempre joven domaba su naturaleza física. Dicen que la edad y la muerte no son más que prejuicios, y la profunda verdad psicológica (incluso fisiológica) de esta paradoja puede verse en la historia de su larga vida. Sin embargo, su frágil salud había amenazado con la enfermedad desde los primeros signos de problemas veinte años antes. Cuando se conocieron en 1872, Bakunin no creía que Malatesta fuera a durar otros seis meses y los médicos estuvieron de acuerdo; es justo decir que derrotó a la enfermedad durante sesenta años con su voluntad de vivir. Nunca se rodeó de médicos y enfermeras con un miedo agónico a la muerte, sino que tenía el aire de quien no cree en la muerte, creyendo en sus propias energías y siendo escéptico de las artes médicas. Tenía una fuerza interior que se convirtió en un manantial de energía física para él. La mayor parte de esa fuerza interior procedía, sin duda, de su optimismo poco favorable, que nunca se vio cojeado ni fatigado por la desilusión, los amargos desaguisados y las catástrofes, ni las tumbas que se cavaron. Pocos han visto tanto sufrimiento en toda su maldita existencia. Al final, cuando se sintió cerca de la muerte, vio signos de la inminente rebelión y liberación que esperaba con una fe tan indestructible. Es ese optimismo el que -en formas salvajes de lenguaje que llegan a los límites de una creatividad arrolladora llena de humanismo- le reanimaba siempre después de la derrota, como la leyenda de Anteo, siempre cayendo de nuevo a la madre tierra, sólo para decir: «No importa: volveremos a empezar.»

Cuando en julio de 1926 fui a Roma a saludarle, antes de huir de Italia en busca del pan y de la libertad que mi patria «fascistizada» me había robado, no podía imaginar que sería nuestro último encuentro. Tenía el mismo aspecto que treinta años antes, menos algunos cabellos blancos y un andar algo cansado, pero con su vieja sonrisa, sus ojos vivos y profundos para los amigos, remotos y doloridos por las crueles artimañas de sus enemigos. Y siempre en su lógica cerrada a la razón, siempre firmemente esperanzado en que la victoria está cerca.

Mi parte en su vida termina tristemente aquí, cuando decidió quedarse en Italia. Aunque apreciaba las serias razones que me obligaban a marcharme, el recuerdo de su decisión siempre reabre la herida lacerante del remordimiento. Me ha escrito varias veces para decirme que ha estado bien, que su decisión se basó en expectativas que nunca se materializaron, etc. A pesar de todo, a menudo me invade la duda de que si hubiera sido más fácil quedarse… ¡Quién sabe! Pero sea como fuere, aquel último día se despidió de mí no como un amigo que parte para siempre y al que tal vez no vuelva a ver, sino que acompañó nuestro abrazo de despedida con una sola palabra cuyo optimismo inquebrantable le salió del corazón, como si la separación fuera a ser corta, y el día en que las puertas de Italia se abrieran de par en par y los exiliados pudieran caminar libremente por la tierra: «¡Ciao!»

Han pasado más de siete años y todavía ninguno de los dos se ha visto.

¡Malditos sean los tiranos que nos dividieron para siempre y nos negaron hasta el amargo consuelo de arrojar una flor sobre su tumba!

El hombre

Las generaciones futuras entenderán a Malatesta a través de lo que queda de él: el vasto complejo de sus ideas y la historia de su vida. Estos llenarán fácilmente una generosa página de la historia que nunca podrá ser borrada. Su personalidad viva es lo que ha desaparecido, y por muy elocuente que sea el testimonio de sus escritos o el frío recuento de sus logros, éstos sólo serán un reflejo incompleto de lo que vimos nosotros, los que vivimos un poco de su vida y nos calentamos con los fuegos apasionados de su corazón.

El verdadero Errico Malatesta sigue vivo y entero en nuestros espíritus y recuerdos, pero esta impresión que causó y la influencia que ejerció sobre nosotros, ¿no se disolverá con el tiempo por los esfuerzos corrosivos del tiempo? En cualquier caso, cuando los que le conocimos personalmente hayamos desaparecido, una última parte viva de él desaparecerá con nosotros. No para descartar esta inevitabilidad, sino para suavizar un poco su efecto, intentaré describir aquí esa parte viva de él, independientemente de la historia de su vida y de las ideas que defendió en sus escritos, que presentaré y comentaré por separado. No tengo la habilidad de revivirlo en sus aspectos más bellos, por lo que mi intento se quedará necesariamente corto.

Quizá en algún momento del futuro otro autor haga lo necesario mejor que yo; pero sé que mis esfuerzos completarán al menos una imagen de él, cuando ningún pintor o fotógrafo podrá devolverle la luz que se ha apagado para siempre. Temo que mi trabajo pueda ser confundido con una de las habituales apologías de los partidos políticos. No lo es. Me he preguntado más de una vez, incluso en vida, si habría sentido la misma admiración y el mismo afecto hacia él si hubiéramos tenido opiniones políticas diferentes. Por muy difícil que fuera separar a la persona de su pensamiento, siempre me he respondido que mis sentimientos hacia él, después de conocerlo tan bien, no podrían haber sido diferentes. La prueba de que no se trata simplemente de mi propia parcialidad es que las cualidades morales de Malatesta también han golpeado y conquistado a cualquiera que haya tenido la oportunidad de acercarse a él de alguna manera real, independientemente de sus diferencias de ideas, opiniones políticas o su lugar en la sociedad. En más de una ocasión, sus enemigos más sanguinarios se sintieron impulsados a respetar ante él; incluso los matones que fueron más amables -por muy fugaz que fuera el momento- después de conocerlo.

Su bondad / amabilidad

El pensamiento y las acciones de Malatesta no pueden entenderse plenamente sin conocer la bondad que había en el propagandista y en el militante. A pesar de las rencillas teóricas y prácticas que a veces podían separarle de los demás, fue realmente el hermano del alma de los que podrían llamarse -como los llamó Pietro Gori- los «héroes de la bondad»: Elise Reclus, Peter Kropotkin, Louise Michel, y otros menos conocidos, entre los que se encontraba la mayoría de la humanidad, a veces inculta y casi analfabeta, como eran muchos de los que habíamos conocido en el mundo revolucionario. Tampoco estaban exentos de fealdad y bajeza, por supuesto, y eran todavía ciertamente demasiado pocos, pero ya suficientes para hacer honor a la humanidad e inspirar la creencia en la más brillante de las esperanzas para nuestro futuro. La bondad, y no la debilidad o la ceguera, es la mejor materia prima para todas las rebeliones constructivas contra los tiranos y las miserias sociales.

La bondad de Malatesta iba unida a un carácter inflexible y resuelto, que no se quedaba en palabras inútiles, sino que se sentía en cada una de sus manifestaciones habladas o escritas como se siente el calor del sol. Cuando hablaba a las multitudes, lo que hacía que sus razonamientos y sus ánimos calaran entre las personas que se apresuraban a escucharle y elevaban su entusiasmo, a pesar de la desnudez literaria de su discurso, era, además de la seriedad de lo que decía, el gran sentimiento de amor que se sentía debajo de todas sus palabras.

Del mismo modo, cuando se esforzaba por convencer a alguien para atraerlo a sus ideas en una conversación privada, su interlocutor se dejaba ganar por encima de todo por un sentimiento contagioso que despertaba las mejores cualidades del alma y producía una creencia tranquilizadora en sí mismo y en todas las personas.

Naturalmente, los escritos de Malatesta no tenían la misma eficacia que su palabra hablada, cuando sus ojos agudos podían iluminar y dar calor, firme y dulce a la vez, su voz y sus gestos tan expresivos y afectuosos. Sus escritos seguían teniendo una extraordinaria capacidad de persuasión, no sólo por su claridad, sencillez y concisión, sino también por el noble e incansable amor humano que constituía su medio espiritual, sin necesidad de recurrir a esa palabrería sentimental que no es más que la exhibición artificial de la bondad. Su bondad personal se revela allí en un optimismo razonado y razonable que arroja sobre el lector un sentimiento de seguridad y de consuelo, aunque permaneciendo siempre anclado en las incertidumbres más reales y dolorosas.

Debo subrayar el carácter combativo y los efectos dinamizadores de la bondad de Malatesta, para que no se le confunda con uno de esos que, pasivos y resignados, consienten culpablemente a los tiranos y malvados. Odiaba lo malo tanto como amaba lo bueno; el odio, solía decir, es a menudo una expresión de amor, aunque el amor y no el odio es el verdadero factor de liberación humana.

Su bondad innata era un arma de lucha, un instrumento de revolución, la levadura de la rebelión. Lejos de ocultar esta bondad ante las más duras necesidades de la acción revolucionaria, la blandía con resuelta animación y la afirmaba con una inexorabilidad sin concesiones. Permaneció siempre alerta en él, recuperándose de cada amarga batalla, pensando en el objetivo humano de cada lucha, confundiendo en la misma piedad superior a los vencidos y caídos de todos los lugares. Esto era tan sincero y obvio en todos sus actos y palabras, particularmente para aquellos que estaban bajo la influencia directa de su presencia, desarmándolos de todas las prevenciones malévolas y hostilidades partidistas de personas, que no fueran los notorios canallas cavadores o vergonzosos pagados con el único objeto de atacarlo y difamarlo.

Se podrían contar muchas historias, algunas curiosas y otras espeluznantes, sobre la influencia ejercida por Malatesta en los más diversos ambientes, sobre personas de las más altas clases sociales y más alejadas de sus ideas y propuestas, que se toparon con él en el curso de la ajetreada vida cotidiana. En una ocasión, los periódicos inventaron un estúpido y conspirador drama sobre el simple hecho de la profunda impresión que causó Malatesta en la ex-reina de Nápoles, María Sofía, y la estima que le tuvo después de su conocimiento casual[1] El famoso escritor y periodista político inglés William Steed dio testimonio de su más alta estima por Malatesta, y habló abiertamente de él como uno de los italianos más interesantes de su tiempo. Su influencia humana se hizo sentir incluso entre los jueces, carceleros y agentes de policía encargados de condenarlo, mantenerlo en custodia y vigilarlo.

En el curso de la narración de su vida, a continuación, tendré la oportunidad de elaborar algunos de los episodios que ya he tocado y que mejor caracterizan la influencia de la personalidad de Malatesta. Recuerdo que una vez vi lágrimas en los ojos de algunos magistrados y soldados mientras hablaba a los jueces de amor y familia en el juicio de Ancona de 1898. También en 1898, durante mi propio interrogatorio en la cárcel, mencioné el nombre de Malatesta a un investigador -el reaccionario juez católico Alipio Alippi, que más tarde presidió el Tribunal Supremo de Apelación hasta su muerte- que lo había conocido en Ancona unos meses antes por motivos oficiales, y exclamó que si todos los anarquistas hubieran sido como Malatesta, la anarquía habría sido una realización de la Palabra de Cristo. Lo mismo me dijo un humilde policía que me detuvo en Bolonia en 1920, confesando un entusiasmo por Malatesta, su gran secreto: «¡Ah, si todos los anarquistas hubierais podido ser como él…!» Y sé que en 1913-14, en Ancona, los guardias encargados de vigilar la puerta de su casa día y noche se preguntaban a veces por las noches si no se escaparía al día siguiente, y después iban tranquilamente a la casa, diciendo a algún vecino: «Un hombre tan bueno no puede hacer nada malo»[2].

Creo que aún ahora, Bolonia recuerda una reunión que Malatesta celebró en San Giovanni, Persiceto, en la primavera o el verano de 1920.

El pequeño teatro de la ciudad ya estaba lleno, y el público no se molestó en ocultar su indignación ante la gran patrulla de soldados comandada por un teniente, llegado recién llegado de Bolonia y armado hasta los dientes al servicio de la seguridad pública, que se había alineado a lo largo de un muro lateral. Parecía un montaje. Cualquier nimiedad podría haber precipitado una tragedia. Llegó Malatesta y alguien le preguntó si debían arrebatar la sala a esta fuerza pública. «No», respondió Malatesta, «déjenlos en paz. Yo también hablaré por ellos»

Comenzó a hablar de las condiciones miserables de las familias campesinas del sur de Italia, de las que la mayoría de los soldados y agentes de policía habían sido reclutados por la presión del hambre. Evocó las tristes figuras de madres lejanas que esperan ayuda y noticias de sus hijos, cuyo peligro intuyen vagamente. Más tarde llegó a hablar de otras madres trabajadoras de las ciudades más desarrolladas, también temerosas de no ver a sus propios hijos volver a casa después de ir a un mitin o a una manifestación… Un escalofrío recorrió la sala, de las dos agonías que se enraizaron en la única nota de la humanidad desechada. En el silencio, los oyentes palidecieron, su odio desapareció; los soldados parecían los más pálidos de todos, y en sus ojos se podía leer lo que podrían haber sido sentimientos totalmente nuevos para aquellas almas. El teniente hizo en seguida un gesto cortante a su tropa, y en fila dieron la espalda al balcón del orador, marchando a toda prisa. La impresión que las palabras de Malatesta habían causado en sus hombres convenció al teniente de que lo más prudente era marcharse y permitir que la reunión se desarrollara sin ninguna protección.

No insistiré más, sólo añadiré que, aunque Malatesta atraía sin quererlo la simpatía de las personas cuyas circunstancias estaban más alejadas de las suyas, su gran amor por la humanidad se centraba por completo en los humildes, los desheredados, los pobres, los débiles, los indefensos, en las víctimas de todo tipo -sin distinción- del sistema social vigente. Recuerdo que un día se enfadó con un camarada, poniéndose rojo y callado porque éste se había permitido hablar irrespetuosamente de una pobre prostituta. Y demostró, no sólo con sus palabras y escritos, sino también con sus actos, sus sentimientos de solidaridad con los infelices, en cualquier lugar y en todas las ocasiones que se presentaran. Era pródigo sin medida y daba sin contar, de la manera más sencilla y espontánea, como si fuera lo más habitual. Por ejemplo, todo el mundo sabe que en sus últimos años, bajo el régimen fascista, vivió de forma estricta y sólo gracias a los camaradas del extranjero. Pero la mayoría de la gente no sabe que esta ayuda le fue concedida en parte para ayudar también a los demás, y que a menudo enviaba alguna suma al otro lado de la frontera para ayudar a un refugiado lejano de cuya miseria era consciente. Sentía los percances de los demás como si fueran propios -y recuerden, no sólo los de los compañeros de fe-, los que tenían problemas contaban con su solidaridad inmediata e instintiva más allá de todo sectarismo y espíritu de partido.

Quiero relatar un episodio contado por el viejo anarquista francés L. Guerineau, en algún periódico, no recuerdo cuál*, del período en que se encontró refugiado en

Londres con Malatesta. Una vez, en un momento de crisis, sus amigos consintieron que Malatesta tratara de ganar algo vendiendo pasteles en las calles y plazas. Se procuró un carrito de mano, caramelos a bajo precio de un mayorista, y más… Pero el primer día, estando en una plaza de la ciudad llena de gente, con pasteles expuestos, un niño mal vestido le pidió uno de regalo. Se lo dio inmediatamente con un abrazo cariñoso. Un poco más tarde se vio rodeado por un mar infinito de niños pobres del barrio, entre los que la noticia de la generosidad del pastelero se había extendido en un instante, y distribuyó tan libremente que al final toda la mercancía había sido devorada. Naturalmente fue el principio y el fin de ese tipo de negocio… Algunos días después Kropotkin, que no sabía nada de esta perdición, le preguntó a Malatesta cómo iba su nuevo comercio. «No me faltan clientes», respondió sonriendo, «pero no puedo comprar ninguna mercancía».

Ser amable era lo que significaba para él la anarquía. En una breve discusión que mantuvimos por carta,[3] escribió sobre la justicia y la anarquía: «El programa anarquista, fundado en la solidaridad y el amor, va más allá de la justicia per se… el amor da todo lo que puede, y quiere dar cada vez más… Hacer a los demás lo que te gustaría que hicieran (en otras palabras, hacer el máximo bien) es lo que los cristianos llaman caridad y nosotros llamamos solidaridad; en suma, es amor.»

Todos sus camaradas saben especialmente bien lo que sentía por este ideal de amor, ya que el afecto de Malatesta por ellos era inmenso: una verdadera ternura, como no podría dar la familia más cariñosa. Había conocido una infinidad de compañeros de la enorme familia anarquista, vasta como el mundo. Se acordaba de todo y reconocía a todos, incluso después de una separación de décadas. Participó en sus alegrías y en sus penas. En sus casas se sentía como en la suya propia, y por supuesto los compañeros iban a su casa como si fuera la suya, hasta que la continua vigilancia fascista le hizo retirarse a su suburbio. Cuando ya tenía un pie en la tumba, sabiendo perfectamente que todo había terminado para él, se preocupó no por él mismo, sino por la enfermedad de un camarada lejano, y para animarle y no causarle dolor, mintió diciendo que se estaba recuperando.

Sintiéndose cerca de la muerte, temblaba al pensar en el dolor que experimentaban sus camaradas más queridos; miraba las fotografías como un amante afligido. Y en realidad, ¿qué eran los compañeros dispersos que giraban por el mundo, sino su querida familia, una representación de la futura familia de la humanidad que él esperaba con tanta fe a lo largo de su vida?

Leyenda y realidad

Este sentimiento de humanidad no era sólo una fuerza instintiva en Malatesta, un animador indirecto del pensamiento y de la acción, sino que constituía la razón fundamental de su doctrina; era la doctrina anarquista misma. Ya lo hemos visto. Según él, para ser anarquista no basta con creer con la lógica y la teoría que la organización capitalista y estatista es injusta y perjudicial para la humanidad; no basta con mostrar la convicción de que una organización dispersa, sin explotación y sin gobiernos, es posible y sería benéfica para todas las personas. Esto por sí solo no equivaldría, según Malatesta, a ser un buen anarquista, si el anarquista no sintiera por encima de todo el dolor que los males sociales causan a los demás más intensamente que el que le causan a uno mismo. Sólo ese sentimiento de dolor ante el sufrimiento ajeno, la solidaridad humana que despierta y la necesidad que provoca el remedio, son capaces de empujar al hombre a la acción, de hacer del hombre un rebelde consciente, de formar al anarquista completo que quiere emanciparse no sólo de la miseria y de la opresión, sino a todos los desheredados y oprimidos del mundo.

Cuando se le presentaba un problema que era una cuestión de humanidad, no se preguntaba si una posible solución correspondía a la fórmula estratégica de esta o aquella plataforma, sino si de esta solución surgiría un bien real y duradero: algo bueno sólo para unos pocos, o para muchos; que no perjudicara a nadie excepto a los opresores y explotadores. Esta predisposición psicológica y mental suya explica en gran medida ciertas aparentes contradicciones que formalistas y doctrinarios secos, especialmente sus rivales, han creído descubrir con gran error entre las teorías afirmadas por Malatesta, y ciertas expresiones y muestras de sentimiento en momentos dolorosos o trágicos de la lucha social.

Una vez, a cierto frío sectarismo que parecía dispuesto a seguir el ejemplo de Torquemada y a sacrificar a media humanidad para salvar para la otra mitad la árida fórmula de los principios, dijo «¡Renunciaré a todos los principios para salvar a un solo hombre!» En otra ocasión, frente a un terrorismo que se creía revolucionario porque las ejecuciones en masa le parecían necesarias [a ellos] si la revolución iba a triunfar, Malatesta exclamó «Si la victoria exige que se erijan horcas en la plaza, ¡prefiero perder!». En julio de 1921, en su juicio en Milán, terminó sus declaraciones a los miembros del jurado con unas palabras de dolor por la feroz lucha que el fascismo había provocado en su país, una lucha «que repugna a todos y no beneficia a ninguna clase o partido.» Y en estas tres ocasiones no perdieron la oportunidad de acusar a Malatesta de tolstoiano o de algo peor.

Sin embargo, era Malatesta quien tenía razón. Se puede imaginar que tal o cual frase, tomada por sí misma y separada del resto de sus razonamientos, sobre todo si el momento no permitía una larga explicación, podría dejar a los simples oyentes con una interpretación injusta. Pero quienes conocían los sentimientos íntimos de Malatesta y el complejo de sus ideas sabían que el sentido de sus palabras no era en absoluto tolstoiano, sino perfectamente coherente con su sentimiento revolucionario y su pensamiento anarquista, en el que no es la humanidad la que debe servir a un principio establecido antes del hecho, sino los principios los que deben servir a la salvación de la humanidad. Consideraba que un principio era justo sólo en la medida en que servía a la humanidad. Si su aplicación fuera perjudicial, eso significaría que el principio estaba en un error y tendría que ser abandonado. Pero no lo abandonó precisamente porque lo consideraba justo y humano al mismo tiempo; y sus palabras no podían interpretarse de otro modo que como premisa y conclusión simultáneas del principio de liberación humana que predijo [¿anticipó?] toda su vida.

Es correcto decir, [aunque] dejando de lado la posible mala fe con la que sus rivales pudieron malinterpretar la personalidad de Malatesta, que [al menos] una mala comprensión de sus sentimientos e ideas ha contribuido en gran medida a las leyendas que se crearon en torno a su nombre en los largos años que se vio obligado a vivir en la clandestinidad o en el exilio, lejos del contacto directo con el pueblo. La contradicción que algunos creyeron descubrir en él cuando lo vieron directamente en su trabajo y lo conocieron, fue sólo entre las falsas leyendas y la verdadera realidad de su ser. Pero algunas leyendas estaban ya tan arraigadas que nada menos que su [presencia] desmentida personal y categórica lograba deshacerlas por completo, y entonces, por un fenómeno no infrecuente, la leyenda habría cobrado crédito entre no pocos de sus compañeros de pensamiento que no lo conocían personalmente y estaban dispuestos a imaginarlo según sus creencias particulares, tal vez por sus propios errores mentales.

Una de las injusticias de las que Malatesta fue víctima durante mucho tiempo, y que se agravó en 1919-20 por todo lo malicioso y feroz que su odio a la clase social inspiraba contra él, era la leyenda que lo describía como promotor de desórdenes, teórico del homicidio, hombre violento en la propaganda y en los hechos, demonio sediento de sangre. Se encontraron indicios de este rumor no sólo en los periódicos conservadores, reaccionarios y policiales, sino en algunos de ideas progresistas. Recuerdo, entre otros, un violento e innoble artículo contra Malatesta en La Iniciativa Republicana de Roma[4], en el que se aseguraba que él había provocado, por capricho, tumultos sangrientos, cuando era bastante evidente que todos ellos habían sido provocados por la policía italiana con el fin deliberado de detener el progreso del movimiento revolucionario, o de crear un momento favorable para deshacerse del temible agitador.

Desde 1870 se había mezclado en una cantidad de movimientos e intentos de revoluciones e insurrecciones europeas, y al mismo tiempo los informes fabricados de la policía de los distintos países, que periodistas burgueses y ciertos escritores del estilo de Lombroso, por un sentido profesional de servilismo o por ignorancia tomaron por el oro de la ley, habían permitido que se extendiera la estúpida leyenda. Esto, sobre todo en la Italia de 1919 y más aunque antes de 1913, Malatesta era desconocido para la gran mayoría de los camaradas, especialmente los que se habían incorporado al movimiento en los últimos treinta años. [Hasta] 1885 había ido varias veces a Italia, clandestinamente es cierto, pero sólo vio a unos pocos amigos de confianza; la mayoría no había oído hablar de él más que como una persona distante y misteriosa. En 1897 llevaba diez meses en Ancona, pero casi nueve de ellos en la clandestinidad; y en el poco tiempo que le quedaba apenas tuvo ocasión de desplegar su actividad más allá de la región de las Marcas antes de ser llevado a prisión, después en arresto domiciliario, y más tarde de nuevo en fuga.

Fue en 1913 cuando pudo de nuevo (un derecho que le fue negado desde 1885) vivir verdaderamente una vida pública en Italia como un hombre de carne y hueso; pero también esta vez el público se tomó el tiempo de seguir su actividad durante varios meses no exclusivamente a través de los periódicos, cuando la «Semana Roja» y las persecuciones que le siguieron le expulsaron de nuevo de Italia, adonde sólo podría regresar a finales de 1919. Por lo tanto, cuando en este último período Malatesta se lanzó de nuevo al torbellino de la agitación italiana, para las masas seguía siendo el hombre de las viejas leyendas, lo que ciertamente no le privaba de un prestigio atractivo y novelesco, pero siempre fue un gran obstáculo para la comprensión de su personalidad y para la [evolución] que hubiera sido más útil. A pesar de todos sus esfuerzos en sentido contrario, una enorme cantidad de personas se empeñó en ver a Malatesta no como el hombre que realmente era, sino sólo como lo que algunos deseaban y otros temían y odiaban, acogiendo -salvo los pocos que tuvieron la oportunidad de conocerlo mejor, fuera del tumulto de las reuniones públicas- la vieja y falsa leyenda que lo presentaba como violento, campeón de los desórdenes más mal planificados.

Sin embargo, toda la vida pasada de Malatesta, la real y no las novelas inventadas por la policía y los periodistas, era toda una refutación de la leyenda que había crecido a su alrededor. En sus actos, en sus palabras y en sus escritos había demostrado siempre -y siguió haciéndolo hasta el final- que se guiaba sobre todo por ese elevado y puro amor humano que he tratado de iluminar más arriba, por el criterio de la mejor coordinación posible de las fuerzas, deseando evitar los sufrimientos y los dolores de sus semejantes, por la intención de salvar en lo posible no sólo la sangre y las vidas de los amigos, sino también de los enemigos.

Malatesta fue verdaderamente un revolucionario en el sentido más completo, y como tal, un partidario de ese tipo de «desorden» tan temido por los reaccionarios, que es el desorden inicial de toda revolución, no involuntario, sino una preparación consciente para un orden superior, como lo han sido tantas personas conocidas universalmente a lo largo de los siglos por su bondad, pero que acompañan la bondad con una clara visión de la realidad, para quienes la violencia insurreccional aparece como una necesidad ineludible, un sacrificio que hay que afrontar para liberar a los hombres de mayores sacrificios y de males y sufrimientos incomparablemente mayores, de sangre y de muerte.

Una vez que llegó a la conclusión de la necesidad de la revuelta y la revolución, Malatesta no disimuló las consecuencias. Desdeñó las sutiles distinciones e hipocresías de los políticos, diciendo su pensamiento en su totalidad; pero este pensamiento, si se toma en su totalidad y no como una frase insignificante y aislada especulada de mala fe, es la verdadera negación de todos los sistemas de violencia.

El orador y el escritor

Además, su propaganda, incluso en la exposición de las ideas más radicales y hasta en la defensa de los actos más enérgicos de rebelión e insurrección, era en su forma y modo de expresión algo totalmente diferente a la violencia o la vehemencia. Todavía recuerdo la impresión que me causó de joven vivir por primera vez una de sus conferencias, en Porto San Giorgio (en Marcas), en 1897, cuando estaba escondido en Ancona y se presentaba con otro nombre. Apenas le conocía, y las aterradoras leyendas sobre él aún se cernían sobre mí. ¡Qué prueba tuve de lo contrario! Sus ideas y su exposición, los razonamientos, fluían de los labios del orador; el sentimiento que le animaba se comunicaba a sus oyentes a través de sus palabras, de su gesto firme y, sobre todo, de la expresión de sus ojos vivos. El auditorio se sentó remachado por aquella palabra tranquila, espontánea, como la conversación de los amigos, sin pretensiones pseudocientíficas, ni paradojas vacías, ni ataques verbales, ni invectivas, ni ladridos de odio, y alejada de toda retórica política.

En los años de distancia entre aquel día y su final, siempre he sentido lo mismo. Hablaba en el lenguaje del sentimiento y de la razón al mismo tiempo; nunca en el del resentimiento o la venganza. Hablaba a la mente y al corazón, haciéndolos pensar y temblar; no tocaba los nervios con el único objetivo de excitarlos. Eso no quiere decir que no fuera conocido por aprovechar la oportunidad para hacer eco de tonos de rabia contra los asesinos y traidores del pueblo, y estos tonos eran mucho más efectivos cuando eran menos habituales, aunque sus palabras a veces se elevaban a las más altas cimas de la inspiración apostólica. A veces alguna sutil ironía producía una sonrisa en los labios de los oyentes, o en cambio, palabras de sufrimiento y piedad arrancaban lágrimas. En los debates, parecía invencible; las interrupciones no le distraían, sino que alimentaban nuevas elaboraciones y confundían al adversario, que parecía despedazado por su dialecto persuasivo y convincente, accesible a todos. Los más viejos de Romaña aún recuerdan su debate con Andrea Costa (en Rávena, 1884), cuando tras una larga sesión tuvieron que hacer una pausa hasta el día siguiente, y al siguiente… Costa ya había abandonado la ciudad.

La oratoria de Malatesta fue la más eficaz en la propaganda anarquista. En mi opinión era mejor en las conferencias expositivas o teóricas sobre el método, la enseñanza revolucionaria, la crítica, la historia y, sobre todo, las controversias; pero menos apta en los comités de la plaza, donde la multitud exige más palabras emocionantes y menos ideas-sustancia. Y si en estas plazas fue recibido calurosamente, quizá se debió más a su nombre, al hecho de que dijera cosas diferentes a las de los demás y al momento en que las dijo, que a la veracidad y al éxito en sí mismo de su tipo de oratoria. Las personas vulgares y esos mismos camaradas que más aman las palabras y la retórica en la base de las fuentes del artificio, a veces no ocultaban un cierto sentimiento de desilusión después de un acontecimiento en el que Malatesta había intervenido.

Cuando se sintieron insatisfechos por la falta de masacres verbales y de invectivas demasiado escasas, sino que escucharon afirmaciones razonadas y realistas; cuando lo compararon con los que vinieron antes y después de él, evocando todas las reencarnaciones del apocalipsis, creyeron que era su inferior. Algunos decían: «¡Esperábamos mucho más!» ¡Oh, no esperaban más que palabras vanas, sustituidas por los pensamientos de los que huían!

Creo que uno de los graves errores de tantos anarquistas italianos en 1920 ha sido -y el propio Malatesta estuvo de acuerdo más de una vez- el de no haber cortado la serie de reuniones en incesante repetición, útil al principio, pero peligrosamente agotadora de energía después, y Malatesta se había visto obligado a pasar de una a otra, forzando un tipo de actividad para la que era menos apto, y en la que parecía menos eficaz que los muchos sentenciadores; y no haber dado más que algunas de sus admirables conferencias expositivas y didácticas, en las que habría podido enseñar de manera mucho más metódica y completa lo que debía hacerse por la revolución, y en la revolución, e imprimir con estas conferencias una dirección más eficaz al movimiento, un impulso más anarquista, más serio, más duradero.

Ciertamente, en esos comités Malatesta debería haber cedido algo a su entorno, mezclarse un poco con el tipo en boga; sin embargo su oratoria fue siempre en el lenguaje menos violento de todos los oradores revolucionarios que surgían en la época. Tampoco sería inútil este recuerdo: el del último gran comité en el que le escuché, en Bolonia, en defensa de las víctimas políticas en octubre de 1920. También entonces había hablado como era su costumbre, lleno de pasión y de razón al mismo tiempo, pero sereno, con una percepción exacta del momento crítico, sin gritos inútiles ni frases altisonantes e incendiarias; eso que los otros oradores anarquistas hacían de la tertulia. Pero ¡qué increíble violencia de lenguaje lanzaron los otros oradores, especialmente los socialistas, y más que todo un joven profesor que, sólo dos meses más tarde, sería atraído de la manera más humillante al orbe naciente del fascismo! Sin embargo, de todos los oradores de aquella reunión, Malatesta fue el único detenido, pocos días después, y en el posterior juicio de Milán su discurso en Bolonia figuró entre los principales cargos que se le imputaron.

Mucho de lo que he dicho sobre el orador Malatesta tendría que repetirlo sobre el escritor. Ya he hablado del sustrato psicológico de bondad que subyace en sus escritos y, de paso, de su claridad, sencillez y concisión. Éstas tienen el gran mérito de hacer que se le lea con apetito, aunque cuando tratan de las cuestiones menos actuales y apasionadas, porque Malatesta tomó de ellas el aspecto más humano y más en relación con los intereses generales, y al mismo tiempo con los intereses específicos de los de su auditorio, tocando las cuerdas más íntimas del alma y conquistando simultáneamente sus mentes con una lógica coherentemente razonada. Rápidamente entraba al unísono con el lector, hablándole en un lenguaje sensato y comprensible, fácil y convincente, sin una sombra de ese tipo de matonismo intelectual de los escritores doctrinarios que se pronuncian desde lo alto. Quien le lee tiene casi siempre la sensación de ver expresado su propio pensamiento, o unas buenas ideas muy diferentes a las suyas, pero que no están fuera de la realidad humana común, pues esas ideas se dicen con naturalidad, de igual a igual, como si fueran verdades evidentes y aceptables para todos.

Cómo se llenaban los salones y las plazas al anunciarse que iba a hablar; casi todos los periódicos o revistas que iniciaba alcanzaban rápidamente la más amplia difusión y tenían el mérito de salir pronto del círculo de los ya convencidos, en el que la mayoría de los periódicos regulares de propaganda y de partido tienen el defecto de quedar confinados.

Casi todas las impresiones de sus conocidos panfletos fueron absorbidas en el más breve plazo y reimpresas cientos de veces en todos los idiomas. No sólo su influencia personal y la eficacia de su propaganda oral, sino también la forma en que desarrollaba la propaganda con sus escritos, explican cómo nada más publicar uno de sus papeles en un lugar determinado, poco a poco el ambiente se fue levantando y caldeando, los anarquistas se multiplicaron, el espíritu revolucionario creció y se agitó como una marea, y no pocas veces, como por la acción de una levadura oculta, surgieron importantes movimientos colectivos, mejor de lo que Malatesta esperaba.

En la prosa de Malatesta nunca se encuentra una actitud profesional o pedante; no hay efectos literarios estudiados, ni abstrusos doctrinarios, ni ostentaciones eruditas; no hay palabras «difíciles» en la jerga científica o filosófica, ni citas de autores. Tal vez esto lo perjudicó un poco entre esa categoría especial de lectores que pueden entender lo que leen rápidamente y bien, y concluir que el autor no debe tener profundidad ni originalidad, y que descubren la originalidad y la profundidad sólo en lo que no pueden entender, o sólo entienden laboriosamente, cuando dentro no hay más sustancia que algunas banalidades comunes o la más absoluta vacuidad enmascarada por la fraseología más grandilocuente. Pero la intención de Malatesta era también reaccionar contra esta tendencia a la oscuridad del lenguaje en la propaganda; y por otra parte su éxito en penetrar en nuevos ambientes y en hacer conversos entre los obreros de gustos más sencillos y menos podridos por un intelectualismo tan falso como barato, le compensaba con interés el fracaso de complacer a unos pocos amantes de la escritura bella e incomprensible.

Lo que más le gustaba era hacerse entender, y ser entendido por el mayor número de lectores; y lo consiguió admirablemente, afrontando los problemas más difíciles y explicando los conceptos más elevados de la manera más precisa y clara, con una sencillez que nada tenía que ver con la simplificación.

Al igual que en los argumentos hablados, en las controversias escritas se encontraba en su elemento. La larga discusión, que duró casi un año en las columnas de L’Agitazione de Ancona (1897), con su viejo amigo Merlino, que para entonces se había convertido a la táctica parlamentaria, es un modelo del tipo. Sus numerosas discusiones con los socialistas, los republicanos, los masones, los sindicalistas, y con las diversas corrientes anarquistas que no compartían su punto de vista, fueron un ejemplo de cómo es posible discutir con todos, defender las ideas propias y criticar las ajenas, con toda serenidad, con una cortesía digna, respetando a los adversarios y sin necesidad de sospechar a toda costa de su mala fe, pero poniendo enérgicamente en su lugar a los que sobrepasan los límites de la equidad o muestran una insinceridad demasiado evidente o algún objetivo ulterior deshonesto. Tuvo que discutir constantemente con Andrea Costa, Bissolati, Prampolini, Zibordi, Cirpriani, James Guillaume, con infinidad de compañeros y, salvo al principio de sus discusiones con Costa, la discusión nunca llegó a ser violenta. Recuerdo que, tras un breve debate entre La Giustizia de Reggio Emilia y Umanità Nova en el verano de 1920, el director de la primera tuvo que cerrar la discusión con una brevísima carta privada que terminaba enviando al «querido Malatesta» sus mejores deseos: «¡Giustizia y Umanità Nova!»

Malatesta condujo sus discusiones y razonamientos con el método que los pedagogos llaman «socrático», hasta un grado de refinamiento que no me parece que hayan alcanzado otros, al menos entre los escritores modernos sobre asuntos políticos y sociales. Su dialéctica -utilizo esta palabra en el sentido normal del arte de razonar y no en el extravagante y variable que le han dado los sofistas antiguos y modernos- se elevó bajo su pluma y llegó a ser tan contundente que retenía al adversario como en un vicio, y el oyente o lector indiferente o dudoso, absorbía (por así decirlo) las ideas casi sin darse cuenta. De ahí que sus escritos propagandísticos en forma de diálogo sean los que más éxito tienen en el proselitismo, de los cuales el más célebre es el panfleto Fra Contadini (Entre campesinos).

La literatura dialogada no es ciertamente la más fácil, sobre todo cuando el diálogo se desarrolla en torno a cuestiones generales y más o menos teóricas. Sin embargo, ésa ha sido la forma literaria clásica de todos aquellos -desde Sócrates y Platón hasta Bruno y Galileo- que a lo largo de los tiempos se han visto movidos por pasiones ideológicas, científicas o políticas para difundir entre vecinos y distantes, y transmitir con la pluma, aquello que creían que era la verdad y en lo que tenían fe. También Malatesta ha adoptado la misma arma de propaganda, alcanzando el máximo de eficacia, no privada de belleza literaria. Estoy seguro de que en el futuro, cuando la ira y las pasiones de la discordia nos cieguen menos, los diálogos de Malatesta serán muy apreciados por los que son y siguen siendo contrarios a las ideas que en ellos se propagan.

¿Lenin de Italia?

Debo añadir algunas cosas para ayudar a aclarar la posición de Malatesta respecto a la cuestión de la violencia.

Más adelante trataré de explicar las ideas de Malatesta, incluidas las relativas a la violencia, de forma más organizada. Aquí me limitaré al núcleo de su pensamiento al respecto: la idea de que nadie tiene derecho a utilizar la violencia o la amenaza de violencia para imponer a los demás sus propias ideas, su forma de vivir y organizarse, sus sistemas, sus leyes o cualquier otra cosa, bajo cualquier pretexto (incluso el de hacerlo bien). La conclusión lógica es el derecho de los individuos y los pueblos a rebelarse contra los gobiernos y los amos. Lo llamó «derecho de legítima defensa» contra las imposiciones coercitivas de estos gobernantes, que oprimen y explotan al pueblo mediante la violencia y la amenaza de violencia, o su equivalente, el chantaje del hambre. De ahí la necesidad de la violencia revolucionaria contra la violencia conservadora de la actual organización política y económica de la sociedad.

Malatesta se oponía a cualquier forma de violencia coercitiva, y la necesaria violencia revolucionaria no era una excepción, al contrario de lo que piensan todos los revolucionarios jacobinos, bolcheviques y, en general, autoritarios. No creía que fuera útil, considerándolo el peor de los males, violar la libertad de otra persona para doblegarla a uno mismo, a sus propios métodos, a sus creencias particulares. La revolución debía liberar al pueblo de todas las imposiciones de sus gobiernos y amos, no crear nuevas imposiciones. Y exigió esta libertad para todas las personas, a partir de hoy, ya sea en la órbita del movimiento revolucionario, o en las relaciones con el entorno exterior. La revolución se hace «con la fuerza» -no podía ser de otra manera- pero no puede hacerse «por la fuerza».

Sin embargo, estas ideas estaban tan mal perfiladas en la leyenda de Malatesta como «jefe» de conspiraciones y motines, a la que he aludido parcialmente más arriba, que a su llegada a Italia en 1919 no fueron pocos los que en el país se apresuraron a verlo como -los reaccionarios temiéndolo y los revolucionarios esperándolo- el «Lenin de Italia». Por muy halagador que pudiera parecer el nombre, sobre todo en aquel momento, puso inmediatamente a Malatesta en el peor de los aprietos y, dado que algunos de sus camaradas habían dejado escapar la frase de sus labios o de sus plumas, temía un peligroso cambio de ideas entre ellos. Aldo Aguzzi, anarquista italiano refugiado en Sudamérica, contó la historia de su primer encuentro con Malatesta durante una conferencia que dio en Montevideo inmediatamente después de la muerte de Malatesta. Está directamente relacionado con lo que estoy diciendo, así que permítanme el dolor de referirlo tan literalmente como pueda:

«Yo era entonces un muchacho, que había abandonado el Partido Socialista poco antes junto con mis compañeros del círculo juvenil de Voghera, y fundamos un ‘grupo juvenil subversivo’ al margen del Partido. No éramos anarquistas, sino algo parecido a lo que son hoy muchos comunistas, es decir, opuestos a los reformistas y entusiastas de Rusia. En aquella época creía que era «casi anarquista», pero en realidad sabía muy poco de anarquía, hasta el punto de que se podría decir que la única diferencia que veía entre un anarquista y un socialista era que el primero amaba la violencia y el otro no. Necesito estos antecedentes para explicar lo que me ocurrió.

«Llegué a Voghera a principios de 1920, llamado por el grupo anarquista local, Errico Malatesta, y otros compañeros suyos como Borghi y D’Andrea. Malatesta iba a hablar en el salón de una escuela primaria. Me pidieron que lo presentara, y lo presenté como el Lenin de Italia que, superando a los socialistas, nos llevaría a una revolución como en Rusia. Después de mi charla subió al estrado, agradeciendo a la multitud que no dejaba de aclamarle… con el título que yo le había cargado, y después de abordar muchas otras cosas, en un momento dado empezó a hablar de la definición que yo había dado de él. La verdad es que no me maltrató, incluso me hizo algunos cumplidos; pero me explicó que no podía ser, no quería ser y no debía ser un Lenin. Para resumir, por más que sea capaz de resumir a doce años de distancia, y teniendo en cuenta mi confusión en este momento, esto es lo que dijo

«El joven que me presentó podría ser sincero y entusiasta, y podría haber creído que me complacería diciendo que soy vuestro Lenin. Creo que no es un anarquista, y los que habéis aceptado su grito tampoco debéis serlo. Él y vosotros sois revolucionarios, ya entendéis que los viejos métodos reformistas no sirven para nada, quizás habéis perdido la fe en vuestros líderes socialistas, por eso ahora buscáis a un hombre que os inspire confianza y os lleve a la revolución. Os agradezco mucho vuestra confianza, pero os equivocáis. Tengo todo el deseo de hacer el bien por vosotros, y por mí mismo también, pero soy un hombre como todos los demás, y si me convirtiera en vuestro líder no sería mejor que los que hoy repudiáis. Todos los líderes son iguales, y si no hacen lo que tú deseas, no es siempre porque no quieran, sino también porque no pueden. Hablando además de la revolución, este no es un hombre que pueda hacerla: tenemos que hacerla juntos. Soy anarquista, no quiero obedecer, pero sobre todo no puedo mandar. Si me convierto en vuestro Lenin, como desea ese «joven», os llevaré al sacrificio, me convertiré en vuestro amo, en vuestro tirano; Traicionaré mi fe, porque no traería la anarquía, y traicionaría la vuestra, porque con un dictador os cansaréis de mí, y yo, convertido en ambicioso y quizá convencido de que cumplía con mi deber, me rodearía de policías, burócratas, parásitos, y daría vida a una nueva casta de opresores y privilegiados por la que seríais explotados y vejados como lo sois hoy por el Gobierno y la burguesía. ‘

«Recuerdo que Malatesta también dijo: ‘Si me amáis de verdad, no esperéis que me convierta en vuestro tirano’. Pero ahora se me escapan muchos detalles y frases. Más tarde explicó cómo debía ‘hacerse la revolución’* Recuerdo que entre otras cosas habló de ‘ocupar las fábricas’, de armar al pueblo, de la formación de grupos armados, expresándose con calma, más tranquilo que los reformistas de la época… A decir verdad, el público se quedó algo desilusionado (y yo también, al principio) porque Malatesta no estuvo a la altura del ‘tipo’ que se había imaginado. Pero el hecho es que después de esa conferencia comprendí lo que era la anarquía y lo que querían los anarquistas, y me convertí en uno de ellos…»

Este episodio, similar a tantos otros -repito que por un instante la leyenda del «Lenin de Italia» siguió su curso incluso entre quienes habían sido y se creían anarquistas- demuestra bien el error originado en una incomprensión de su personalidad e ideas por parte de quienes estaban fuera de su entorno inmediato.

Ese error, por su contundente contraste con la realidad, hizo que muchos pasaran de un malentendido a otro opuesto. Cuando Malatesta logró por fin hacer comprender la diferencia que existía entre lo que muchos creían, por un lado los reaccionarios y los enemigos que con mala fe veían en el Malatesta real una ficción y lo atacaban con una violencia sin precedentes como un lobo vestido con lana de cordero;[5] por otro lado, los revolucionarios más tomados por el autoritarismo y los amantes de la violencia por sí misma, los bolcheviques y los bolchevizadores, creían que había cambiado y veían en él, como ya hemos dicho, a un tolstoiano. La prensa comunista bolchevique, que al principio lo había cubierto de flores, terminó con su habitual fraseología estereotipada y lo llamó contrarrevolucionario, pequeño burgués, etc.

Sin embargo, Malatesta siempre fue el mismo. Si había un hombre en Italia que, después de cincuenta años de lucha constante, podía repetir el alarde del poeta Giuseppe Giusti: «No he flexionado ni vacilado», era él. Sus palabras en los mítines de 1920 fueron las mismas que toda su propaganda pasada desde 1872. Aquel «pequeño burgués» había combatido durante medio siglo a la burguesía, a la pequeña y a la grande, y durante toda su vida se había ganado la vida como obrero con el sudor de su frente. Aquel «viejo contrarrevolucionario» no había hecho otra cosa desde niño que propagar y preparar la revolución. Aquel «tolstoiano» había sido y seguía siendo el defensor de todas las rebeliones, había invitado a los obreros a ocupar las fábricas y a los campesinos la tierra, había instado «tranquilamente» al pueblo a armarse y a los revolucionarios a formar grupos armados, y (ahora que ha muerto se puede decir), allí donde ha podido, hasta el último momento, no se limitó a animar a los demás; sino que puso sus propias manos en la masa, nunca fue tacaño con los que estaban dispuestos a hacer algo, ni con su ayuda, ni con su participación directa.

El hombre de acción

Errico Malatesta encarnó magníficamente el lema de Giuseppe Mazzini de «pensamiento y acción». No puedo decir que él hubiera estado de acuerdo con esta fórmula, dada su antipatía hacia todas las fórmulas; pero si es cierto que en la concepción de Malatesta el pensamiento y la voluntad preceden a la acción, también es cierto que siempre, por encima de todo, trató de ser un hombre de acción, trató de encender la acción a su alrededor -preferentemente la acción de las masas, que creía la más necesaria, aunque también trabajó inagotablemente por la acción grupal e individual, ya que la acción de masas no siempre es posible.

Para él, las ideas no tienen vida propia, si no es a través de la acción. La acción no como un simple fin en sí mismo; no como los estallidos fragmentados de las multitudes exasperadas que tras un momento de furia se vuelven más pasivas que antes, ni como la violencia ciega de la desesperación individual sin un objetivo justo y bien definido -comprendía todo esto y encontraba su explicación y justificación en la injusticia social que lo provocaba, pero no le gustaba ni lo aprobaba-, sino a través de los actos de personas o de individuos motivados por la voluntad premeditada de hacer el bien, guiados por la razón y por un alto sentido de la humanidad. Pero era fundamental que fueran hechos y no sólo palabras, acciones y no vanas academias.

Baste recordar aquí que el viejo organizador de la «propaganda por los hechos» de los grupos de Castel del Monte y de Benevento, en 1874 y 1877, continuó siempre, hasta su final, presentándose allí donde había esperanza y posibilidad de «pescar en el río revuelto» -para usar la expresión maligna de la policía internacional- de trabajar útilmente por la revolución, siguiendo sus intenciones: abiertamente donde podía, clandestinamente en los países de los que había sido expulsado o donde tenía que soportar juicios y condenas: en la insurrección de Herzegovina y en Serbia contra el gobierno turco antes de 1880; en Egipto, alzándose contra los ingleses en 1883; en París durante los movimientos del Primero de Mayo de 1890 y de 1906; en España en 1892 y en Bélgica en 1893 durante las conmociones de esos años; en Italia en la época de los motines de 1891, más tarde en 1894, en 1898 y más tarde participando en la «semana roja» de 1914.

Todos recordamos su presencia en todas partes en Italia, después de la guerra, tanto en las fábricas ocupadas como en las calles y las plazas en medio del pueblo. En 1921-22 participó activamente en todas las acciones que intentaron frenar la marea del fascismo, alentando la formación de los arditi del popolo y preparando la última huelga general que precedió a la «marcha sobre Roma».

Ningún supuesto dogmático le impidió examinar cada oportunidad de acción revolucionaria con amplio apoyo. Si la situación se presentaba, se valía de movimientos paralelos de personas alejadas de sus ideas, o incluso se abría paso entre los objetivos revolucionarios de algún adversario, como la empresa de d’Annunzio en Fiume en 1920. Sin embargo, pronto abandonó esto, dejando de preocuparse por ello en cuanto vio que no había suficiente gente que necesitara para superar y derrotar las peores tendencias enemigas.

Pero en casos tan delicados y peligrosos siempre supo mantener el equilibrio y las distancias necesarias, y le importaba actuar bajo su propia responsabilidad sin comprometer a los demás, evitando cualquier posible motivo solapado y oculto de los que se acercaban a él, permaneciendo constantemente como el anarquista más consecuente que nunca perdió de vista ni un minuto el propósito de la revolución: la libertad.

La idea dominante para Malatesta era la insurrección popular, y esta preocupación le acompañó en todas sus otras actividades e inspiró cada uno de sus juicios sobre la estrategia y el método. Como un trabajo serio de preparación de la insurrección popular, hecho abierta y directamente, nunca habría sido tolerado por las fuerzas masivas del gobierno y de la burguesía, que lo habrían cortado a toda costa al principio y lo habrían dejado pronto fuera de juego, Malatesta iniciaba casi siempre simultáneamente o de antemano otro trabajo de «cobertura», legalmente permitido, que requería más la atención de todos y distraía la de la autoridad -por lo general, agitación pública y documentos relativos a cuestiones de interés general (encarcelamiento de ancianos, domicilio coatto, víctimas políticas, libertad de prensa)- que servía a los objetivos más comunes y frescos de la propaganda y, al mismo tiempo, guardaba indirectamente el flanco de la otra obra más importante pero menos abierta, alimentando una atmósfera espiritual favorable para ella entre los simpatizantes, los elementos afines y las masas en general. Esto se vio con frecuencia, por ejemplo en 1897, en 1914 y en 1920, ya que Malatesta supo emplear acertadamente este sistema suyo con óptimos resultados.

De los actos de rebeldía individual -aunque convencido de la utilidad moral y política que pueden asumir los mejor dirigidos en momentos decisivos o por motivos especiales, pero consciente por otra parte de la gran dificultad de alcanzar cada vez la unión de las dos cualidades más raras en una sola persona, la energía extrema y la conciencia, que son sin embargo indispensables- nunca hizo propaganda incitadora. En sus conferencias (en los escritos a veces hacía alusiones evidentes a ella) sólo hablaba de las que se producían necesariamente en el curso de una verdadera y natural insurrección. Pero también fuera de este caso, aunque sin instigar a nadie, no ocultaba la necesidad que a veces producían las circunstancias, ni negaba su fraternal cooperación cuando se presentaba la ocasión a quienes se decidían voluntaria e irrevocablemente con justicia y bondad en sus proposiciones[6] Y al día siguiente no se envolvía en reservas ni en prudentes desmentidos, sino que testimoniaba abiertamente a los rebeldes la más conmovedora y total solidaridad de su pensamiento y sentimientos.

Esta línea de conducta, del revolucionario sabio y pleno, que no dejaba escapar ningún elemento de acción, pequeño o grande, que pudiera influir en los acontecimientos en un sentimiento de libertad y de progreso social, encuentra un paralelo en la historia de Italia, en una conducta no diferente poseída al respecto durante los muchos años de su largo exilio, ese otro gran apóstol que fue Giuseppe Mazzini, aunque la estúpida calumnia posterior de sus enemigos y la prudencia oportunista de los amigos hayan contribuido de varias maneras a oscurecer y disimular este lado todavía muy desconocido de la actividad revolucionaria del mayor autor de la liberación política de Italia.

En la acción, Malatesta no conocía las divisiones de tendencias. Y si amaba mucho a los camaradas que comprendían su pensamiento en su mejor expresión, no amaba con menos fuerza a los que tenían la misma pasión de revuelta, incluso cuando estaban divididos de él por alguna disensión sobre la teoría o la estrategia. No dudó a veces, en mostrar rudamente su desaprobación a algunos de sus amigos más cercanos, cuando parecían subordinar por un momento el deber de solidaridad con los rebeldes a consideraciones de incierta oportunidad y frío doctrinarismo. Hubo ciertamente hechos violentos que desaprobó y rechazó; y si se produjeron, expresó claramente su crítica. Pero no implicaba a priori a las personas de los autores, en quienes no veía más que otras víctimas de la injusticia reinante, que era realmente la más responsable; y si conocía el desinterés y la bondad originaria de sus intenciones, se alzaba en su defensa, sin importarle la llamada opinión pública, contra la venganza legal que se desataba sobre ellos.

Cuando surgía la necesidad de alguna acción que le parecía indispensable, no se limitaba a dar consejos al respecto, no le gustaba decir a los demás lo que tenían que hacer; él mismo trabajaba con los demás y como los demás. Esto se vio durante los días de la «semana roja» en Ancona en 1914 y en otras ocasiones. No desdeñaba los encargos modestos ni los más peligrosos.

Un amigo me contó que, en 1914, antes de los sucesos de junio -se preveía la inminencia de una huelga general de los ferroviarios y un posible gran desahogo insurreccional, y se vivió un momento de febril y presionada preparación de material para no ser sorprendidos por la falta de recursos-, un día Malatesta cruzó el centro de Ancona con un saco de explosivos, ante las narices de los policías que lo vigilaban. Su amigo le preguntó después si era cierto y por qué no había confiado ese cargo a otros. «Porque no tuve tiempo», respondió, «de llamar a las personas más adecuadas, y quise preparar las cosas para que no se le ocurriera a alguien utilizarlo antes de tiempo para otro acto, lo que habría arruinado todo nuestro trabajo más urgente en ese momento.»

Este último episodio ilustra el sentimiento de responsabilidad que nunca abandonó Malatesta, y que podría pensarse como una falta de prudencia por su parte. Eso sería un error. Aceptó los riesgos, pero no los buscó sin razón; y tomó todas las precauciones necesarias, sin exhibir un miedo inútil. A veces tomaba precauciones que otros a su alrededor, sin entender sus causas, encontraban exageradas: especialmente cuando trabajaba simultáneamente en alguna otra iniciativa que le interesaba más, o cuando el riesgo podía implicar a terceras personas. En realidad, no le faltaba astucia para engañar las investigaciones policiales y las pesquisas magistrales. Pero la mayor parte de su astucia consistía en su genialidad y naturalidad espontáneas: ilustradas tan bien por Edgar Poe en una célebre novela, de esconderse lo menos posible o no hacerlo, como cuando vivió nueve meses en Ancona de incógnito y, mientras la policía lo buscaba por todas partes, él paseaba tranquilamente por la ciudad, frecuentaba todos los lugares públicos e iba donde quería con la única precaución de no ser visto en la calle junto a los compañeros más conocidos.

Lo cierto es que Malatesta, a lo largo de cincuenta años, se había mezclado en una cantidad de pequeños y grandes actos y movimientos de carácter revolucionario y subversivo; había sido encarcelado infinidad de veces, estaba siempre bajo sospecha, y a menudo era juzgado, ya que la policía intuía su presencia efectiva en todas partes. Sin embargo, casi nunca le habían pillado, como se dice, con las manos en la masa. Quizá sea el revolucionario italiano que, habiendo hecho más, ha sido condenado menos -apenas dos o tres veces en toda su larga vida- y además injustamente, es decir, sin pruebas, y por hechos que no eran suyos o que no constituían delito. «¡Sólo me han condenado cuando era inocente!», me dijo un día en broma, pero no sin una pizca de malicia.

El intelectual

Esta fiebre de acción que siempre poseyó a Malatesta es quizá lo que más que otra cosa le distrajo de dedicarse a un trabajo intelectual metódico y continuado, que sin duda le habría colocado entre los más ilustres del mundo científico y literario, siguiendo la rama del saber que había consagrado su inteligencia más genial, y le habría hecho mucho más conocido de lo que es hoy como principal teorizador del anarquismo, que a pesar de todo lo fue.

Sin embargo, no desdeñaba en absoluto las alegrías del trabajo intelectual y a menudo sentía una aguda nostalgia por él. Pero lo consideraba un poco como el otium de los romanos en la vieja y tempestuosa república, un poco antes de que fuera un imperio, para quien el verdadero trabajo era sólo el dedicado a las preocupaciones del Estado, a las guerras civiles o a la conquista, a las batallas del foro, del tributo o del senado, mientras que el aprendizaje de las letras y la filosofía era simplemente el agradable reposo de los días de tregua entre una expedición militar en provincias lejanas y una sangrienta lucha interna contra una facción rival. En Malatesta el hombre de estudios era constantemente derrotado por el hombre de acción. Tenía verdaderamente esos «demonios interiores» que Bakunin -a quien tanto se parecía en esa subordinación del trabajo teórico a la agitación- deseaba sobre todo en sus camaradas, colaboradores y discípulos. El gran revolucionario ruso vio inmediatamente eso en él, desde su primer encuentro en 1872 con el fogoso joven italiano; y XXX a quererlo y considerarlo como su «Benjamín», que era el nombre que Bakunin daba a Malatesta en el lenguaje convencional de la conspiración.

Malatesta había renunciado a la tranquilidad del trabajo intelectual puro desde los dieciocho años, cuando empezó a descuidar sus estudios y finalmente los abandonó por completo para dedicarse por completo a la propaganda, a la agitación revolucionaria y a la lucha, sin dar marcha atrás hasta su muerte. Más de una vez, en el abandono de alguna conversación íntima, cuando explicaba algunas de sus ideas originales y nuevas sobre los problemas más difíciles del pensamiento contemporáneo, y yo le preguntaba cuándo se decidiría a explicarlas en su totalidad y no sólo insinuarlas en artículos ocasionales, me respondía: «Más adelante, cuando tenga tiempo; ¡ya ves que ahora hay tantas cosas más importantes que hacer!» Y, sinceramente, el trabajo práctico del movimiento fue siempre grande, y todos nosotros sentíamos que su trabajo era indispensable; pero también sentíamos que el otro trabajo sería útil, ¡sobre todo cuando él ya no estuviera! Algunos de nosotros, dos de los más insistentes, Max Nettlau y Luigi Bertoni, le propusimos a menudo que escribiera sus memorias, que serían útiles para la historia contemporánea y para la comprensión de los asuntos en los que se había visto envuelto; y él respondía: «Sí, tal vez… Pero no hay prisa; pensaré en ello cuando no haya otras cosas más importantes que hacer, cuando sea viejo».

Pero como siempre encontró algo más importante que hacer y nunca reconoció que era viejo, sus memorias nunca se escribieron. Básicamente, no quiso escribirlas, un poco por una falta de voluntad interior de hablar de sí mismo, y otro poco porque sus escrúpulos no le permitían decir todas las verdades. «La historia no se escribe mientras hay guerra», decía, «y es más importante hacer historia que escribirla». Sin embargo, un editor inglés le hizo la oferta más favorable para una obra de este tipo mientras estaba en Londres, y en sus últimos años un editor italiano hizo lo mismo. Pero también le repugnaba pedir los medios para vivir con ocupaciones puramente intelectuales que le hubieran distraído del movimiento.

Siempre vio el reposo de la vejez como algo lejano a él. «Uno es viejo sólo cuando quiere serlo», decía, «y la vejez es una enfermedad del espíritu», y avanzaba entre risas hasta llegar a la paradoja de que «la muerte es un prejuicio». La siguiente anécdota es característica en este sentido. Unos jóvenes obreros y estudiantes le comunicaron un día (tenía casi setenta años) que habían creado un «grupo juvenil anarquista». «¡Muy bien!», les dijo, «contad conmigo también en vuestro grupo». Criticó amablemente la errónea tendencia a separar a los elementos más jóvenes de los demás y señaló la verdad, a la que llegó por larga experiencia y por su propio espíritu, de que a menudo ciertos jóvenes son mayores que los mayores, y viceversa. De hecho, a los setenta y cinco años seguía siendo el más joven de todos.

A pesar de todo esto, los escritos de Malatesta que nos quedan constituyen por sí solos una producción tan vasta y de tan gran valor que serían más que suficientes, si se reubicaran y reunieran, para darnos, si no la obra que podría tener, ciertamente no una obra inferior a nuestro deseo. Tal vez, por otra parte, también desde el punto de vista estrictamente intelectual, el pensamiento de Malatesta, desarrollado y expresado fragmentariamente en cientos de artículos, sin un orden lógico aparente, entre una batalla y otra, en un estudio que se hizo siempre en relación con los acontecimientos en los que participó, con el toque ardiente de la lucha y la vida real que vivió? más, en medio del movimiento proletario y popular, bajo el constante vaivén de los contrastes y de las polémicas – tal vez, digo, que el pensamiento de Malatesta es más cercano a la verdad, más actual y vital, más eficaz para orientar a los hombres en la conducta y en la acción, más dinámico (como se dice hoy), que el que pudo elaborarse en la tranquila soledad de un estudio privado y surgir de una especulación intelectual de sobremesa, siempre, a pesar de todo esfuerzo contrario, fuertemente separada del continuo movimiento de los hombres y de las ideas.

El propio Malatesta, a pesar de su insatisfacción, no se mostró contrario a una recopilación de sus escritos periodísticos cuando finalmente se lo propuse; y sabiendo que yo había acumulado parte de este material suyo, me proporcionó otros -y sólo me pidió que esperara a publicarlo para poder ocuparse de la selección, la reordenación y algunas notas y correcciones. Nuestra separación impidió, sin embargo, este trabajo; pero la muerte de Malatesta nos obligaría a decidirnos finalmente a proceder ahora a esta reedición de todos sus escritos, para la que los legítimos retrasos habían cesado con su desaparición[7].

La cosa no es fácil, pero está lejos de ser imposible. Las mayores dificultades las plantea, es cierto, el momento crítico de este período histórico tumultuoso y catastrófico, en el que la colectividad anarquista, que sería la más interesada en realizar tal labor, y la que más debe hacer, está más que ninguna envuelta en el ardiente torbellino de la tempestad social, y más urgentes encargos y deudas absorben sus energías y los medios materiales de los militantes que son tan pobres. Pero estas dificultades deben ser superadas por los hombres de buena voluntad, ya que hay para todos un interés material en que el pensamiento de Malatesta sea presentado en su conjunto más completo a la atención de los revolucionarios de las jóvenes generaciones y de todos los trabajadores y luchadores por la libertad, de los que se pueden extraer luces y consejos de inigualable valor, justamente en los que la mayoría está comprometida hoy, y en las revoluciones que parecen inminentes.

El Obrero

Los impedimentos intrínsecos de carácter que Malatesta encontró en sí mismo, de los que ya he hablado, no bastarían, hay que decirlo bien, para que no lograra al final, superando su incontinencia, alcanzar en terreno intelectual la coronación final y sintetizadora de su vasta obra que le precedió, como ciertamente deseaba también, si hubiera podido disponer materialmente de toda la tranquilidad y el tiempo necesarios. Su exactitud habría contribuido a hacer más perfecta esta obra suya. Pero el tiempo y la tranquilidad nunca los tuvo.

Aparte de las exigencias de la propaganda, de la lucha y de la acción revolucionaria, que para él constituían el imperativo categórico de toda su vida, encontraba por delante, continuamente, muchas dificultades materiales, extrínsecas, que le impedían dedicarse a una metódica labor cultural de corazón. No hablo aquí de las persecuciones policiales, de la cárcel y de la huida que le dejaban poco tiempo; éstas entraban en la vida normal de todo militante revolucionario que, como decía el propio Malatesta, «nunca es libre y siempre está en libertad provisional.» El mayor impedimento material era el de tener que trabajar siempre para vivir.

También es cierto que este obstáculo se lo había creado él voluntariamente. Procedente de una familia rica[8], en cuanto pudo se desprendió de todos sus bienes, entregándolos a la propaganda y a los pobres, y abandonando sus estudios universitarios para estar mejor «al servicio del pueblo» (como se decía en 1870, a ejemplo de los revolucionarios rusos), había querido aprender un oficio para vivir. Desde entonces, siempre fue pobre como un junco. Se hizo mecánico en el taller de su amigo internacionalista Agenore Natta, en Florencia; y con ese oficio había podido entonces ganarse el pan de cada día, salvo en los intervalos en que las causas superiores de la lucha le obligaban al trabajo de agitación y periodismo, y éste también era demasiado absorbente y febril para permitirle concentrarse en la actividad puramente intelectual.

Hubo períodos en los que, de no ser necesario el trabajo manual de su ocupación, habría podido disfrutar de la relativa tranquilidad necesaria para la actividad educativa… sobre todo en el tiempo que pasaba en Londres en las pausas bastante largas entre uno y otro de sus viajes por el continente europeo o americano. Pero justo entonces, en la época de su mayor virilidad, un trabajo agotador le absorbía de la mañana a la noche, y también muchas noches debían ser sacrificadas para dar clases que complementaran sus escasos ingresos por el trabajo manual. El trabajo de mecánico electricista le confinaba en su pequeño taller en el barrio de Islington y le obligaba a recorrer Londres con su caja de herramientas a cuestas y a llevarle allí donde le llamaban para ajustar aparatos eléctricos o de gas, cocinas económicas, etc. «Tenía que instalar tuberías de gas e instalaciones eléctricas, o repararlas, en lugares fríos y expuestos a las corrientes de aire, a veces en el suelo sobre pavimento helado o sobre piedra dura»[9].

Pietro Gori me contó que una vez, durante su exilio en Londres de 1894, paseando con Kropotkin y algún otro camarada para buscar a Malatesta, lo encontró encima de una escalera con un martillo y un cincel haciendo un agujero en una pared, en la calle, para colgar el rótulo de una firma comercial. Kropotkin al verlo exclamó: «¡Qué hombre tan admirable!». Y Gori le respondió: «Sí, Malatesta es admirable; pero ¡qué mundo tan triste es éste, que obliga a una inteligencia tan elevada a gastar tiempo, energía y salud en un trabajo como éste, que tantos otros sabrían hacer, impidiéndole hacer lo que sólo él sabe hacer! Y qué gran error es el de nuestro movimiento al no encontrar la manera de permitir a este hombre hacer ese trabajo útil a la humanidad del que sería tan capaz!» Que Gori tenía más que un poco de razón lo sentí también en mi interior, cuando en diciembre de 1906 fui a Londres para pasar siete días de vida en común con él en la casa donde vivía, con el matrimonio Defendi. La familia me dijo que estaba contenta con mi llegada, porque Errico para estar conmigo se había tomado una semana de vacaciones, de las que (añadieron) necesitaba para su salud, dado el serio trabajo que realizaba.

Pero ni siquiera esto estaba fuera de la voluntad de Malatesta, no sólo porque había elegido esa vida para formar parte de hecho del pueblo trabajador en medio de quien y por quien luchaba, sino porque había hecho norma de conducta el no pedir al movimiento y al partido en el que militaba los medios para vivir. Él mismo había explicado las razones en unas cartas a amigos personales publicadas después de su muerte:[10] la cuestión no se planteaba de escrúpulos u objeciones morales, sino que se encontraba que vivir de la propaganda se traducía prácticamente en un mal ejemplo, por el efecto que produce en el público, en exceso inclinado a ver fines interesados y personales en todo. Se habría sentido disminuido y paralizado por ella, mientras que vivir de un trabajo fuera de la propaganda le permitía una mayor libertad de espíritu y de movimientos.

También cuando, al dedicarse a iniciativas fijas de cierta duración e importancia para la causa, que no le hubieran permitido otra ocupación, tuvo que dejar de trabajar durante algún tiempo, prefirió vivir con la ayuda de amigos personales, antes que pesar sobre esas mismas iniciativas. Se mantuvo fiel cuando pudo a tal norma de conducta, hasta la edad más avanzada, obligado a pesar suyo a hacer algunas excepciones en sus últimos años. En 1923, tras los tres años de Umanità Nova, seguía trabajando. Tenía ya setenta años, cuando en ese año, llevándome a Roma para verle durante las vacaciones de Pascua…, tardé un día en encontrarle en la misma actitud en la que Gori y Kropotkin le habían visto unos treinta años antes, desde lo alto de una escalera en un gran establecimiento de la capital dando grandes golpes a una pared con un martillo para colocar la red eléctrica.

Durante casi cincuenta años duró esta vida suya de artesano y obrero, menos los breves paréntesis de las cumbres de la batalla. También su aspecto físico estaba completamente asimilado a su condición. Nadie en Londres en 1900, o en Roma en 1930, había imaginado al rico y delicado estudiante de la Universidad de Nápoles de treinta o sesenta años atrás, en el hombre modestamente vestido, de rostro bronceado y manos callosas, si no fuera por cierto refinamiento de modales que revelaba su fina educación. Sin decir cuándo hizo el trabajo más humilde (portero, vendedor de helados, etc. ) a los que circunstancias particularmente difíciles le obligaron más de una vez, ha trabajado en su oficio de mecánico electricista en todos los lugares en los que permaneció durante largos periodos: incluso antes de 1880 en París, luego en Florencia, en Buenos Aires, largamente en Londres y finalmente en Roma – hasta que la edad, la enfermedad y el aislamiento en el que la vigilancia fascista le inmovilizó le obligaron a abandonar el trabajo manual y a permitir que la ayuda para vivir viniera de su familia de hermanos del alma y de los hijos que vio y tanto amó en los compañeros de fe dispersos por todo el mundo.

A principios de noviembre de 1926, la última tienda en la que Malatesta trabajaba todavía tres años antes, en una de las calles de la antigua papal romana, fue invadida una noche y devastada por una horda de fascistas, en odio al noble trabajador de brazo y pensamiento que representaba para ellos la antítesis viva de la violencia despótica y rapaz que se había apoderado del gobierno de Italia.

El anarquista completo

Habiéndose consagrado a la causa de la emancipación proletaria y de la libertad, Malatesta se sacrificó en su totalidad a esa causa, sin darse cuenta de que lo había hecho y casi siempre con la impresión de que no hacía lo suficiente. En los últimos días nos escribió a Bertoni y a mí en términos amargos, y quizá también a otros. Habría querido vivir, pero «para hacer algo bueno», él que había hecho tanto y ofrecido sacrificios sin descansar nunca, quizá porque nunca los consideró como tales. Y de ellos no fue el menor ciertamente -aunque también tal vez no lo percibió- el de renunciar voluntariamente a lo que le hubiera dado el gran privilegio de la inteligencia, a cuyos frutos hubiera tenido derecho incluso desde el punto de vista más riguroso de sus ideas.

Si hubiera podido y preferido dedicarse a una labor de aprendizaje fuera de la política, por ejemplo en la medicina que había abandonado pero que siempre le había seguido interesando, o también a las ciencias físico-mecánicas que le ocupaban a intervalos, o a las disciplinas históricas y filosóficas en las que era erudito -aunque a menudo se complacía en burlarse de los diletantes de la filosofía- habría podido ganar los más altos laureles y cultivar él mismo una posición afortunada, sin necesidad de abandonar sus ideas anarquistas,. Con el ejemplo de sus amigos Kropotkin y Reclus. Pero él no quería esto, aunque siempre estudiaba por sí mismo, robando el tiempo al sueño y al descanso para mantenerse al tanto de todos los progresos más recientes del saber y para evitar que sus vastos conocimientos envejecieran y se oxidaran. Pero su amplio y fresco aprendizaje lo alimentaba en su papel revolucionario, con el objetivo de tomar de él armas intelectuales y materiales para la propaganda y la batalla.

Hablaba y escribía en francés y español como en italiano, y también bastante bien en inglés, y era un periodista y orador anarquista en las cuatro lenguas. Sabía suficiente alemán para leerlo, lo que a la postre le sirvió para mantenerse informado de las corrientes del movimiento a través de las revistas anarquistas alemanas, que escapaban más fácilmente a la censura fascista. Durante algún tiempo pudo y se apasionó por el esperanto, no porque creyera en la utopía de una lengua universal, sino sólo porque el esperanto le permitía estar en contacto con los revolucionarios de los países más variados y distantes. Estaba informado de las últimas conquistas de la física y la química aplicadas, de la aviación (de la que se ocupó en Londres, aunque antes de que el primer avión surcara el cielo), etc.; no sólo por curiosidad, sino porque en cada rama de esas ciencias veía alguna utilidad práctica para llegar a fuerzas de oposición adecuadas a las enormes fuerzas del privilegio y la opresión.

Tanto en el ámbito del pensamiento como en la vida práctica, en el aire de la lucha y fuera de ella, nunca se aisló de su entorno, ni se alejó de la realidad, más bien chocó con ella. Como los antiguos filósofos, nada de lo humano le era ajeno. Sabía descubrir lo bueno, aunque fuera escaso, incluso cuando se escondía en lo malo, y lo apreciaba. No cedía a lo malo por ningún precio.

Sabía recoger todas las oportunidades favorables a su causa, pero desdeñaba todo oportunismo. Severo consigo mismo, era el más indulgente con las debilidades y errores atribuibles a la naturaleza humana de quienes parecían tener buenas intenciones.

Pero respecto a él, le eran desconocidos esos simples y aparentemente insignificantes oportunismos, que en el seno del mismo partido empujaban a veces a los más débiles o desinteresados a entregarse a una tendencia nociva, a una preconcepción equivocada, a una desviación utilitaria, a un error de método o de doctrina.

Su vida activa como anarquista fue un monolito de humanidad: unidad de pensamiento y de acción, equilibrio entre los sentimientos y la razón; coherencia entre la predicación y la práctica; adhesión de la energía inflexiblemente combativa a la bondad del hombre; fusión de una graciosa dulzura, con la más rígida firmeza de carácter; concordancia entre la más completa fidelidad a sus colores y una agilidad mental que escapaba a todo dogmatismo y todo le hacía afirmar las inciertas necesidades del campo de acción? – y todo ello para comprender los aspectos del progreso, aunque aparentemente en contraposición, del campo del pensamiento.

Era el anarquista completo. El empleo de los medios necesarios para vencer permaneció, en lo que dijo e hizo, en constante compenetración con el fin liberador que se perseguía; el entusiasmo y la furia del momento no perdieron nunca de vista las necesidades inmediatas y futuras; la pasión y el buen sentido, la destrucción y la creación, armonizaron siempre, en sus palabras y en su ejemplo; y esta armonía, tan indispensable para vencer con fecundidad de resultados, imposible de dictar desde lo alto, la llevó con eficacia entre el pueblo, confundiéndose con él, sin preocuparse si eso hacía desaparecer su obra personal en el vasto y ondulante océano de las masas anónimas. Lo que, lejos de disminuirlo como individualidad diferenciada, hacía que ésta brillara aún más. Las multitudes, sin embargo, no comprendieron todo lo necesario: intuyeron bien, sobre él, durante algún breve instante, que en su enseñanza estaba el camino de la salvación, pero no lo dominaron, ni por tanto hicieron el esfuerzo necesario para realizarlo. A veces aclamaban su nombre, pero tomaban muy poco de su espíritu. Pero no fue por culpa suya.

Lejos de mí cualquier intención de querer presentar a Malatesta en estas páginas como un hombre perfecto y sin defectos. Ciertamente tenía defectos, aunque el dolor de su partida y el gran afecto por él no me permiten verlos ahora, o me harían olvidarlos. El mismo hecho de que haya sido tan universalmente amado es una prueba de que su humanidad participaba de las debilidades comunes, pero más de las que se acercan al corazón de las personas que de las que se alejan. Siempre se confesaría lleno de defectos, y tal vez los peores fueran estos de excesiva modestia y de no estar nunca satisfecho de sí mismo, de los que ya he dicho algo, que a veces y en algunos campos han limitado excesivamente el desarrollo de su obra, y en algunos ambientes y circunstancias le han impedido dar todos los frutos que de él cabía esperar. Pero no temo, ciertamente, exagerar o caer en la vana adulación si digo lo que, estando él vivo no hubiera permitido, que él, hombre de carne y hueso, falible como todos los mortales, fue en todo sentido mejor que muchos de sus contemporáneos, sentado ya en la ciudad futura de sus esperanzas/auspicios , y al mismo tiempo el más cercano a su tiempo, ardiente por la realidad objetiva de la naturaleza humana y de las condiciones de hecho, no como él quería que fueran en un mañana lejano, sino las que existen hoy con todos sus errores y sus deficiencias.

Esto nos hace lamentar enormemente el vacío que ha dejado entre nosotros como militante de la revolución, como animador de las multitudes, como sostenedor de la energía, como coordinador de los esfuerzos, en esa fusión total del espíritu de la idea con el sentido de la realidad de la que será tan necesaria en los esperados días decisivos del valor y de la lucha. La revancha vendrá, podemos estar seguros, después de los desvíos que hicieron que el ocaso de la vida fuera tan angustioso para él. Sin embargo, no la verá, ya no podrá ayudar ni cooperar, como había sido el sueño de toda su vida y el supremo de sus últimos y desconsolados días. ?

La vida

La vida de Malatesta es el mejor libro que ha escrito. No es posible, por tanto, comprender su figura histórica en el valor perenne del sentimiento y del pensamiento que permanece a través de sus escritos, sin tener presente el cuadro completo de su larga existencia a través del movimiento social y revolucionario de más de medio siglo. De aquí la necesidad, antes de pasar una exposición suficientemente completa de sus ideas, de conocer al menos sumariamente la historia de su vida.

Max Nettlau, conocido como un historiador del anarquismo escrupulosamente documentado, había publicado a diez u once años de la muerte de Malatesta un interesantísimo volumen sobre la vida y la obra del agitador anarquista italiano. Han aparecido ediciones en alemán, italiano y español, siendo esta última, de reciente publicación (1923), la más completa y detallada[11].

Era deseable que Nettlau completara esta obra con el relato de los años que llevaron a su muerte. El libro de Nettlau es una obra histórica fundamental para quien desee conocer la vida de Malatesta en relación con su tiempo y con el movimiento social moderno. Debo señalar que las páginas que siguen se basan en gran medida en este libro, ya que mis recuerdos personales sobre él son bastante incompletos antes de 1897[12].

Los límites impuestos por las proporciones de la obra no me permiten extenderme todo lo que quisiera y me sugeriría el afecto sobre el hombre. Para decirlo todo y decirlo bien -lo que me siento incapaz- tendría que dar a los lectores una obra que les interesara como la más conmovedora de las novelas. Hay episodios de importancia secundaria que por fuerza tendré que dejar en el tintero, que por las más diversas razones no sólo darían mejor vida al relato, sino que aportarían la satisfacción de la curiosidad histórica. También debo omitir algunas de estas historias por uno de los mismos motivos que impidieron a Malatesta escribir sus propias Memorias: que aún no ha llegado la hora de decir ciertas verdades sobre terceras personas que aún viven y que es una obligación moral dejar de lado. Otras cosas, además, aunque interesantes y perfectamente seguras de relatar, agrandarían demasiado este trabajo.

Los lectores me disculparán, por tanto, si la siguiente biografía de Malatesta se ha vuelto, contra todos mis deseos, demasiado fría y esquemática. Comprenderán también la desproporción de medios que se deriva del hecho de que el relato hasta 1897 es una referencia tomada de lo que he leído u oído a otros y al propio Malatesta, mientras que los últimos treinta y cinco años son más bien de mi conocimiento directo. Por otra parte, mientras que las partes del relato que se refieren a lo que se ha publicado varias veces serán más concisas, habrá más detalles sobre los puntos de los que se sabe poco o nada, o sobre los que el conocimiento popular es erróneo o poco claro.

El estudiante. – De republicano a internacionalista. – Primeras detenciones. – Encuentro con Bakunin.

Hijo del matrimonio Federico Malatesta y Lazzarina Rostoia, Errico nació en Santa Maria Capua Vetere, cerca de Nápoles, en la provincia de Caserta, el 14 de diciembre de 1853. Su familia era rica y poseía varias casas en Santa Maria. Mientras estudiaba en el Liceo, vivió con ellos en Nápoles en la mansión Pignatelli, en una calle del mismo nombre. En Nápoles, Errico estudió clásicas como alumno interno de las escuelas de los Escolapios… (una orden religiosa dedicada a la enseñanza), donde trabó amistad con el alumno de la casa Saverio Merlino, aunque su amistad no era todavía política.

Desde entonces, el joven mostró tendencias y espíritu de rebeldía. Tenía catorce años en 1868 cuando escribió una carta insolente y amenazante al rey Vittorio Emanuele II, firmándola. Como resultado, el 25 de marzo sufrió su primer arresto. Le costó caro, ya que su padre, un hombre de ideas moderadamente liberales, había intentado liberarlo haciendo que todo pareciera una broma, poniendo en marcha todas las conexiones que tenía con el mundo oficial de Nápoles. Errico estuvo detenido todo ese día en la comisaría. Por la noche, tras un duro sermón del cuestor que había querido encerrarlo en un correccional, el joven fue devuelto a su padre.

Durante la cena en casa, su padre trató de reprocharle y decirle que al menos actuara con más prudencia, pero el muchacho respondió con una terquedad y una determinación tan intransigentes que su pobre anciano terminó exclamando con lágrimas en los ojos: «¡Pobre hijo, odio decírtelo, pero acabarás en la horca!»

El adolescente rebelde digirió lo que ya había sido un año o dos de ideas republicanas. Los republicanos eran el partido histórico de la Revolución Italiana y atraían irresistiblemente al fogoso estudiante, lleno de recuerdos clásicos de la antigua Roma y de los actos heroicos del todavía inacabado Rissorgimento. Incluso desde su exilio, Giuseppe Mazzini, uno de sus campeones, fascinaba al joven. Quince años más tarde, Malatesta explicó su republicanismo de la época, que creía que prometía la realización de sus esperanzas de completa libertad y justicia social, pero más tarde encontró un mejor reflejo de sus esperanzas en el socialismo anarquista[13] Aunque se encontraba frecuentemente entre la multitud republicana, no pertenecía al partido. Pidió, junto con su amigo Leone Leoncavallo (el hermano mayor del músico), el ingreso en la «Alianza Republicana Universal». La solicitud fue transmitida al Comité Central, es decir, a Mazzini, que los rechazó porque juzgó que los dos aspirantes tenían tendencias excesivamente socialistas y pronto desertarían a las filas de la Internacional.

Hasta ese momento Malatesta nunca había oído hablar de la Internacional, y quiso saber qué era. La buscó y la encontró. Entonces conoció, entre otros, a Giuseppe Fanelli, Saverio Friscia, Carmelo Paladino y Gambuzzi, y bajo su influencia (sobre todo la de Fanelli y Paladino) abrazó decididamente -en 1870- las ideas internacionalistas[14] Es sabido que en la Italia de entonces el socialismo y la Internacional debían su carácter marcadamente revolucionario y anarquista a la influencia de Bakunin, ejercida desde 1864. Los acontecimientos de la Comuna de París de 1871 y la efervescencia por los esparcidos por todas partes reforzaron la fe recién abrazada por Malatesta, cuyo entusiasmo fue creciendo hasta llegar a un crescendo.

El 4 de agosto de 1872 se reunió en Rímini un congreso de internacionalistas de diversas partes de la península, conocido posteriormente como la «Conferencia de Rímini», donde se constituyó la Federación Italiana de la Asociación Internacional de Trabajadores. Antes de este acontecimiento ya se habían difundido por Italia secciones aisladas de la Internacional -la más importante de ellas en Nápoles-, fascios obreros, sociedades de resistencia, etc. En Rimini se consolidó una organización común. El presidente de la conferencia fue Carlo Cafiero y el secretario Andrea Costa. Malatesta no participó en esta conferencia, pero pronto se convirtió en uno de los miembros más activos de la Federación. Desde enero era secretario general de la Federación Obrera Napolitana, cuyo programa había formulado. Había colaborado el año anterior (1871) con Cafiero en L’Ordine de Nápoles,[15] y era colaborador habitual de La Campana, también de Nápoles (1871-2), el periódico internacionalista más importante de su tiempo, por la vivacidad, la seriedad y la densidad de su pensamiento.

La Federación Italiana fundada en Rimini tenía un programa revolucionario socialista-anarquista, era antimarxista en sus métodos y tenía un carácter público debido a su propaganda, pero era conspiradora en cuanto a la insurrección que trataba incansablemente de provocar. Malatesta se volcó en cuerpo y alma en el trabajo del programa, dejó de preocuparse por sus estudios[16] o por sus asuntos personales y entregó toda su herencia a la propaganda y a los pobres, como se ha dicho en otro lugar. Infatigable en sus actividades de agitador y conspirador, estaba siempre en movimiento, capaz y serio, en cualquier lugar donde se pudiera encontrar algo que hacer. Irradiaba un entusiasmo que se comunicaba a todos los que se acercaban a él. Ya era un razonador sutil y persuasivo, que pronto ejerció con éxito una extraordinaria influencia entre los trabajadores y la juventud. Esto le convirtió rápidamente en la Bestia Negra de la policía italiana, que siguió sus pasos y le persiguió sin descanso, deteniéndole a cada paso con los pretextos más triviales, o a veces sin ni siquiera éstos. Más tarde, en su juicio en Roma en 1884, puso de manifiesto el hecho de que, sin haber sido nunca condenado por un delito hasta ese día, ya había cumplido más de seis años de cárcel.

El mismo año en que se celebró el Congreso de Rímini, Malatesta acudió al Congreso Socialista Internacional antiautoritario de Saint-Imier (15 y 16 de septiembre de 1872), saliendo varios días antes para ir a Zurich, donde se encontró con Bakunin por primera vez. Permaneció en compañía de Bakunin un total de quince o dieciséis días antes y después del Congreso, y pronto entró en una completa comunión con sus ideas. También participó en la «Alianza», una especie de fraternidad secreta revolucionaria y anarquista que Bakunin había fundado unos años antes con el nombre de «Alianza Socialista Democrática» y que más tarde se llamó «Alianza Socialista Revolucionaria».

A pesar de su gran energía, el joven Errico tenía una salud frágil, y puede decirse que era un enfermo natural. Cuando tenía unos 15 o 16 años su médico creía que le costaría llegar a los 24. Bakunin lo notó en su primer encuentro con él, cuando vio a Errico llegar a Zurich con tos y fiebre. En el quincuagésimo aniversario de la muerte de Bakunin, en 1926, Malatesta habló de este viaje, recordando cómo conoció al gran revolucionario ruso. Creyendo que no se le oía, Bakunin había dicho a uno de los camaradas que le rodeaban en su casa: «¡Qué lástima que esté tan enfermo! Lo perderemos pronto; no estará en seis meses»[17].

A partir de entonces las relaciones entre Bakunin y Malatesta fueron estrechas y frecuentes. Se veían a menudo y se escribían, y durante algún tiempo Bakunin tuvo al joven anarquista italiano como secretario. Errico podía ir a pasar tiempo con él, especialmente en el periodo en que Bakunin vivía en la «Baronata», una casa de campo cerca de Locarno, en Suiza. Malatesta estaba en la Baronata en julio de 1873 cuando Bakunin le encargó que viajara a Barletta, donde vivía entonces Carlo Cafiero, para organizar con él una fiesta rural en España. Pero Malatesta fue detenido allí, llevado a Trani y encerrado en la cárcel de la ciudad.

Desde la cárcel de Trani consiguió enviar una carta a sus amigos del exterior, pero fue encontrada por la policía en un cuaderno. Se hizo una investigación, y el resultado fue que el preso fue aislado en una fortaleza desalentadora llamada «la torre de Tiepolo», bajo la custodia especial de un ex tutor religioso. Pero éste, que había estado en una prisión militar bajo los Borbones -un curioso tipo de patriota- se hizo amigo de Malatesta, y las cartas del joven revolucionario salieron de la cárcel con más facilidad que antes. Aquel guardián, que había sido miembro del gabinete del ministro Silvio Spaventa bajo el antiguo gobierno, le confió a Malatesta que le encantaría matar al ministro para castigarlo por haber abandonado a sus antiguos camaradas; y con el mayor secreto le mostró el puñal que había estado afilando con ese fin al final de cada día.

En ese período de encarcelamiento Malatesta trabó también amistad con el director de la cárcel, un tal Carlo Battistelli, también viejo preso político patriótico. La amistad comenzó con un enfurecido arrebato del director, cuando Malatesta mencionó a algún «agente de policía». Se produjo una discusión, y Battistelli se mostró muy comprensivo con su prisionero. Malatesta permaneció en la cárcel durante seis meses y fue liberado, todo ello sin ninguna acusación concreta ni juicio.

Estos breves episodios pueden servir para mostrar la influencia que Malatesta ejercía sobre todos los que se cruzaban con él. Veremos otro ejemplo en un episodio no muy posterior.

Sufrió un poco por su estancia en la cárcel, pero sobre todo por el gran derroche de su ajetreada vida -al salir de la cárcel de Trani, se había dedicado a trabajar para preparar la próxima insurrección en el sur de Italia, al que se unieron en Locarno Bakunin, Costa, Cafiero y otros-, su salud se había agotado. Sus médicos le ordenaron un periodo de reposo absoluto y fue invitado por Carmelo Paladino a pasar unos días de vacaciones en su casa de Cagnano Varano (durante el carnaval de 1874). Malatesta entró en contacto con el grupo estratégico de esa pequeña ciudad, que se reunía por la noche en una farmacia y en poco tiempo procedió a enfrentarse con el diablo [idioma] en la forma del interventor de la ciudad, el cura y el mariscal de la guardia, todos de la farmacia. Para el último día del carnaval organizaron una mascarada política: «La muerte de la burguesía», y el funeral se celebró en las calles de la ciudad, con el ataúd rodeado de la forma más divertida por estos cuatro disfrazados. Después de la partida de Malatesta, algo debió sentirse en lo más alto: el mariscal fue trasladado, el cura llamado por el obispo y el auditor censurado por el prefecto.

Los movimientos insurreccionales de 1874. – Los congresos internacionalistas de Florencia y Berna (1876).

La tentativa insurreccional de 1874 fue promovida por Andrea Costa y Bakunin, y fue planeada en la casa de Bakunin, la «Baronata», en diciembre de 1873, mientras Malatesta estaba todavía en la prisión de Trani. El joven salió de la cárcel y se dirigió a Nápoles, donde Cafiero le puso al corriente de los acontecimientos, e inmediatamente dedicó su colaboración al asunto. Se liberó… en un breve paréntesis de reposo en Cagnano (ya mencionado), hizo viajes a todo el sur de Italia, que le fue especialmente encomendado, y fue a Locarno para reunirse con Bakunin. A finales de julio estuvo en Apulia para los últimos preparativos. Se consiguieron cajas de armas en Nápoles, se tomaron disposiciones definitivas, y en agosto, mientras la policía italiana ya había intuido algo del asunto y había realizado las primeras detenciones de internacionalistas y de entre una facción de los mazzinianos favorable al proyecto (las detenciones de Villa Ruffi en Romaña), se inició el movimiento en varios puntos de Italia.

No es mi tarea contar aquí la historia de ese movimiento, pues ya es suficientemente conocida. En su lugar, aludiré brevemente a las acciones en las que Malatesta participó directamente, para iluminar su papel y su posición en medio de ellas más que nada. El movimiento fue en general abortivo, tal vez porque la policía ya estaba preparada para ello, o tal vez porque las rebeliones populares debidas a la miseria de principios de año ya se habían calmado. También pudo acabar por alguna disensión surgida en el último momento entre internacionalistas (la ruptura entre Cafiero y Bakunin y la marcha del primero a Rusia), quizá por otras causas menores, entre ellas probablemente la falta de sinceridad de Costa. Sin embargo, en todas partes se produjeron pequeñas tentativas, que más tarde dieron lugar a una serie de juicios en Roma, en Massa (Carrara), Liorna, Florencia, Perugia, Palermo (¿o Giregenti?), Trani y en Bolonia.

Estos últimos fueron los más importantes, ya que sólo en Emilia (el grupo de los prados de Castel del Monte) se produjeron hechos de notable dignidad, una excursión armada y encuentros con la policía y los soldados. El juicio de Florencia también fue importante, no por los hechos concretos que no se produjeron, sino por el gran número de personas implicadas y la notoriedad de algunas de ellas (entre ellas Garibaldi), las escenas que se representaron, etc. Giuseppe Garibaldi había hecho saber a Bakunin que él también participaría en el movimiento si éste se convertía en algo serio. No fue así. Bakunin se encontraba clandestinamente en Bolonia, desde donde se las arregló con gran dificultad para ponerse a salvo una vez terminado el asunto.

Al comienzo de los acontecimientos de Apulia, en los que Malatesta debería haber participado personalmente, se encontró en Molfetta y debió ir a Terlizzi. Fue advertido a tiempo de una emboscada de agentes de la policía para asesinarlo, por lo que se fue por calles inusuales y no encontró a casi nadie; de allí con otro se dirigió a Castel del Monte. Allí, en el viejo castillo de Federico II de Suavia, que era el lugar de encuentro decidido, se le unieron algunos otros elementos aislados. Según contó Malatesta más tarde, «varios cientos de conspiradores habían prometido encontrarse en Castel del Monte;

Me dirigí a la reunión, pero en el lugar de encuentro, de los cientos que se habían jurado, encontramos seis. No importaba; la caja de armas estaba abierta… estaba llena de mosquetes. [No importa. Nos armamos y declaramos la guerra al ejército italiano. Cruzamos el campo durante varios días, tratando de llevar a los campesinos con nosotros, pero no encontramos respuesta. El segundo día nos encontramos con ocho soldados, que creyeron que éramos un grupo mucho mayor y no nos dispararon. Tres días después nos dimos cuenta de que estábamos rodeados de soldados. No había nada más que hacer; enterramos los mosquetes y decidimos dispersarnos; me escondí en un carro de heno[…], y en él abandoné la zona de peligro»[18].

El relato, demasiado breve, debería haber terminado, pero tenían muy pocos miembros. Nettlau dice que el pequeño grupo de insurrectos de aquellos días se multiplicaba por la actividad y por las constantes movilizaciones; se presentaba en Anria, Molfetta, Corato y Minervino, dando la impresión de que había otros grupos, pero siempre era el mismo. Malatesta me dijo que los campesinos aprobaban y se interesaban por la propaganda, estando de acuerdo con lo que proponían los conspiradores, pero ninguno hasta el punto de unirse a los insurrectos. Un episodio: en una de esas incursiones, un día, a los días [], tomando un camino rural, la pequeña banda vio que se acercaba a ellos una patrulla de soldados, dirigida por un carabinero. Decidieron luchar y tenían las armas preparadas, pero cuando estaban lo suficientemente cerca como para distinguirse, el carabiniero hizo una señal a Malatesta como si fuera un oficial superior, detuvo a los soldados y les dio órdenes, y luego se alejaron. Malatesta había reconocido al carabinero como su amigo mariscal de la mascarada de Cagnano Varano.

Hoy todo esto puede parecer pueril, pero no lo era en aquellos tiempos, todavía llenos de recuerdos recientes de las tentativas de Mazzini, Garibaldi, Pisacana, etc., en los que la pequeña iniciativa hablaba con un poder tan sugestivo, mientras la hostilidad hacia el gobierno era tan grande, el poder de gobierno de los nuevos dominadores todavía débil y la lealtad de sus propios instrumentos [pueblo] todavía incierta. Las intenciones eran enormes, y de ellas se derivaba un optimismo lleno de exaltación y una profunda seriedad.

El castillo de Federico I estaba siendo utilizado como depósito de armas y punto de reparación, de descanso nocturno y de encuentro para los diferentes lugares de las acciones planificadas. Se esperaban nuevos reclutas hasta el final, y este castillo se convertiría en el centro, en el cuartel general de un vasto levantamiento. Los seis insurrectos se habían atrincherado allí como en una fortaleza desde la que hacían constantes incursiones, y por la noche sus ocupantes se turnaban como centinelas de un campamento. En el último de los cinco o seis días de la empresa, la banda de Castel del Monte tomó el camino de Spinazzola. En un punto del camino se detuvieron en una zona rural para descansar. Gugliemmo Schiralli (que más tarde sería un conocido socialista de Apulia) llegó en un carro y notificó a los seis que estaban estrechamente rodeados. Se decidió disolverlos. Había carros de heno que tenían que salir; Malatesta y algunos otros se escondieron en ellos, y cruzaron el cordón de soldados sin ser notados.

Malatesta consiguió llegar a Nápoles, donde estuvo escondido varios días; luego partió hacia Marcas, y se dirigió a la Baronata en Suiza, donde se le esperaba. Pero en Pesaro fue reconocido y detenido. Los carabineros del cuartel estaban furiosos con él, pues habían leído en los periódicos la noticia de que había disparado a sus compañeros en Apulia. Le desnudaron y fingieron interrogarle. Malatesta sabía que le iban a dar una paliza, y anunció que tenía grandes revelaciones que sólo podían ser contadas a un juez de instrucción. El juez vino, pero Malatesta sólo confió… que no sabía nada y que había sido detenido injustamente. El primer peligro había sido superado; pero los fusileros, después del inútil interrogatorio, lo encerraron en una especie de jaula de hierro para animales feroces que había en el patio del cuartel, y todos fueron a mirarlo allí.

Finalmente, llegó la orden de transportar a Malatesta a Trani. Encadenado todo el viaje, llegó a la ciudad de Apulia y fue conducido a las cárceles que ya conocía. El director Battistelli, al ver entrar a su antiguo huésped, lo admitió exclamando apenado: «¡Oh, te has quedado atrapado!».

Siguió el tiempo de prisión habitual. La amistad del director ayudó enormemente a la preparación de la defensa por parte de los abogados; en previsión, compartieron las versiones de los hechos y los testigos en la cárcel. El abogado Lamberto Valbois defendió a Malatesta. El juicio, que tuvo lugar del 1 al 5 de agosto de 1875, fue una enorme y continua reunión de propaganda, que hizo que la Internacional fuera mucho más popular que antes. Todo terminó con una absolución general,[19] gracias al veredicto favorable de once de los doce miembros del jurado, algunos de los cuales quisieron unirse a la Internacional un poco más tarde.

Poco después Malatesta se encontraba de nuevo en el cantón del Tesino, en la «Baronata», donde estaba Cafiero, ya de vuelta de Rusia con su mujer, Olimpia Kutusoff. Algunos otros camaradas ya estaban allí, pero no Bakunin. La ruptura entre Cafiero y Bakunin era definitiva, y este último se había establecido en Lugano. Tuvo que ver con un desacuerdo puramente personal, sin hostilidad, y todavía intercambiaron algunas cartas. Malatesta, que fue a ver a Bakunin a Lugano, dijo más tarde a Nettlau (de quien tengo estos datos) que cada uno había hablado del otro sin resentimiento. Creo que Malatesta intentó entonces reconciliar a los dos viejos amigos, pero tuvo la impresión de que a partir de entonces, debido a la edad y a la enfermedad, Bakunin había terminado su vida como revolucionario activo. Pero también había terminado físicamente: el indomable agitador ruso murió ocho o nueve meses después de la visita de Malatesta, el 1 de julio de 1876, en Berna, donde había ido a recuperarse.

Malatesta permaneció en Suiza sólo brevemente, y en septiembre o un poco más tarde (1875) hizo su primer viaje a España, donde además de ocuparse de la propaganda y la organización para la Internacional (también, probablemente, para la Alianza revolucionaria secreta), participó en los intentos de liberar a un camarada de la cárcel por astucia y por la fuerza. Visitó muchas zonas (entre ellas Barcelona, Cádiz y Madrid), pero a finales de octubre regresó a Nápoles.

Estaba en esa ciudad cuando, ante la insistencia de sus amigos, aceptó una propuesta para ser admitido en la masonería, esperando poder repetir con mejor suerte el intento ya realizado por Bakunin de impulsar la asociación hacia un terreno revolucionario. Pero pronto se sintió decepcionado y el único resultado que obtuvo fue conocer a jóvenes entusiastas fácilmente ganados por sus ideas. Permaneció allí menos de dos años, y en la época en que Nicotera ascendió al ministerio y la masonería de Nápoles decidió celebrarlo con las banderas en alto, Malatesta se marchó indignado y combatió desde entonces a la masonería como el enemigo más intransigente[20].

Un curioso episodio en la vida de Malatesta ocurrió en Nápoles a finales de 1875 o principios de 1876. Fue denunciado para ser sometido a la «ammonizione» (amonestación)[21] y como el procedimiento permitía la detención preventiva, Malatesta se resistió. Sin abandonar la ciudad, trató de no ser sorprendido y se fue por la noche a dormir a casa de algún amigo. La policía le seguía de cerca.

Un día, en una calle lateral de Nápoles, se encontró inesperadamente frente al antiguo director de la cárcel de Trani, Battistelli, que se giró a verlo con gran alegría y le hizo mil preguntas. Malatesta le contó que era perseguido por la policía y que no sabía dónde esconderse para dormir cuando llegara la noche. «Ven a mi casa», le dijo Battistelli, «yo te esconderé». «¿Dónde?» «¡En la cárcel!» Le dijo que había sido trasladado desde Trani como director de una de las cárceles de Nápoles. Malatesta aceptó. Así que durante varios días, para no ser encarcelado, el temido internacionalista se refugió… ¡en la cárcel!

En esa época, la fiebre de acción en la que se deleitaba el joven revolucionario le llevó a ir a Herzegovina para participar en la insurrección que había estallado en 1875 contra los turcos. Por medio de un amigo (Serafino Mazzotti) dio a conocer sus intenciones a Bakunin, quien le aconsejó que no lo hiciera, pero él persistió en la idea y trató de llevarla a cabo poco después de estar en Roma en una conferencia de internacionalistas sobre temas de organización en marzo.

Se marchó -ni siquiera podría dar una fecha aproximada[22]- y llegó por Hungría a las orillas del río Sava. Mientras se preparaba para cruzar el río a nado una mañana en campo abierto, la policía húngara vestida de civil, que parecía estar allí para trabajar la tierra, corrió hacia él y lo detuvo. Lo condujeron a la ciudad (Neusatz) y desde allí lo llevaron a Fiume, donde tras sus ásperas palabras contra el gobierno italiano, el cónsul puso en su contra a la policía húngara…, que entonces le hizo viajar casi totalmente a pie. El viaje fue largo y muy penoso (salvo el último y breve trayecto por territorio austriaco), pasó mucha hambre, y cuando fue entregado a la policía italiana un mes después, estaba irreconocible, llegando sucio y con la ropa y los zapatos hechos jirones.

Sin embargo, una segunda vez, un poco más tarde, fue a Serbia con el mismo objetivo, cuando también estaba allí Alceste Faggioli, el afamado internacionalista de Bolonia. Nettlau escribe que Garibaldi animó entonces a los jóvenes a esas expediciones. Malatesta estuvo ciertamente a favor, en algunos momentos, ya sea con la esperanza de que la intervención de revolucionarios conscientes pudiera dar a la insurrección una dirección más valiente… o como una especie de demostración de valentía y espíritu de lucha que pudiera aumentar el prestigio de los internacionalistas italianos. Pero allí, ante casos similares, cambió totalmente de actitud.

De regreso a Nápoles desde la frontera austriaca, se detuvo brevemente en Florencia, donde se encontraba entonces la Comisión de Correspondencia de la Internacional Italiana. En Nápoles comenzó de nuevo el trabajo de organización y propaganda. Ya se estaba preparando el Congreso Internacionalista Italiano, en el que Andrea Costa estaba más ocupado que ninguno, y en junio se decidió celebrarlo en Florencia. Todo el mundo esperaba que fuera un congreso interesante, ya que mientras tanto se había perfilado un notable cambio ideológico entre los más conocidos exponentes del movimiento.

Fue en esos meses que precedieron al congreso, efectivamente, cuando por correo y de viva voz se discutió largamente entre los camaradas la cuestión del colectivismo y el comunismo. Hasta ese momento toda la Internacional del ala libertaria, que era la única que permanecía activa (el ala marxista se había extinguido poco después de 1872), consideraba el colectivismo como la mejor forma de reconstrucción social por encima del terreno económico, siguiendo las ideas de Bakunin. Pero eso ya no satisfacía el pensamiento de algunos internacionalistas italianos, como Emelio Covelli, Cafiero, Malatesta y Costa.

Malatesta dijo a Nettlau que él, Covelli y Cafiero discutieron mucho en Nápoles en esos meses, en largos paseos por la orilla del mar, y llegaron a formular la concepción del anarquismo comunista[23].

El congreso se fijó en Florencia para octubre de 1876, y los acuerdos finales lo decidieron para los días 21 y 22. Pero la policía estaba a la espera. Los primeros internacionalistas que llegaron a Florencia el día 20 supieron que el día anterior Andrea Costa, Natta, Grassi y otros de la Comisión de Correspondencia habían sido arrestados, el congreso prohibido y el lugar donde debía celebrarse ocupado por la policía. Pero afortunadamente todos los documentos estaban fuera de peligro. Se decidió, a pesar de todo, celebrar el congreso. El camarada Fortunato Serantoni había sido enviado a Pontassieve (una ciudad de la provincia a pocos kilómetros de Florencia) para ver si había forma de reunirse allí o en los alrededores, y la respuesta fue positiva.

En la noche del 20 al 21 los congresistas salieron de Florencia individualmente, llegando a Pontassieve al lugar de encuentro, donde Serantoni – todavía un niño y desconocido para la policía – mostró a los reunidos, nada más llegar, la calle y el punto donde debían situarse. Este punto estaba muy lejos, en el caserío… de Tosi, fracción del municipio de Rignano, ya entre los montes Apeninos…

El congreso no pudo comenzar hasta la noche del 21 de octubre, después de que los congresistas realizaran una marcha de nueve horas bajo una lluvia torrencial. Asistieron unos cincuenta delegados de toda Italia, sin contar las adhesiones… enviadas por carta. El trabajo inicial fue realizado por cuatro comisiones de estudio; luego comenzaron los debates, que se prolongaron hasta el día siguiente. Pero en un momento dado llegó la noticia de que la policía había conseguido saber algo en Pontassieve; una compañía de soldados, un fuerte número de guardias y carabineros habían llegado a esa pequeña ciudad. Nueve congresistas habían sido detenidos, entre ellos Enrico Bignami, en la estación de ferrocarril. Por precaución, el día 22 el congreso fue trasladado en masa a los bosques cercanos, y en uno de sus claros las discusiones continuaron pacíficamente.

La discusión más importante estuvo relacionada con la conclusión de adoptar el principio expresado en la fórmula comunista «de cada uno según sus fuerzas, a cada uno según sus necesidades». Se rechazó toda idea de recurrir al establecimiento de cualquier forma de gobierno, y a tal efecto un gran número de delegados recibió un mandato imperativo de sus secciones. Se reafirmó el carácter anarquista del socialismo internacional. En cuanto a la táctica, se condenó la participación en elecciones políticas y administrativas «porque desvían al proletariado y hacen de él un instrumento inconsciente de la burguesía». Más tarde se habló de la prensa, de las relaciones entre las secciones, de las relaciones internacionales, de la propaganda en el campo y en el ejército, y sobre todo entre los maestros de primaria y entre las mujeres (también hubo una representación de un grupo de mujeres de Florencia en el congreso). Al final, el congreso concluyó tras haber nombrado a Errico Malatesta y Carlo Cafiero, allí presentes, como representantes de la Federación Italiana en el siguiente congreso de la Internacional en Berna.

Una vez finalizado el congreso, un grupo de delegados continuó reuniéndose de nuevo en Florencia, y allí se editó una protesta, comunicada a la prensa, contra la prohibición del congreso, las detenciones y la violación arbitraria de la libertad de reunión perpetrada por el poder ejecutivo. La protesta llevaba diecisiete firmas, entre las que destacaba… los nombres de Malatesta, Cafiero, Covelli, Serantoni, Temistocle Silvagni, Napoleone Papini, Tomasso Schettino y otros[24].

El octavo congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores comenzó en Berna cuatro días después de que terminara el de Florencia, y duró del 24 al 30 de octubre. Como delegados italianos, además de Cafiero y Malatesta, estaban Giovanni Ferrari y Oreste Vaccari, enviados por otros grupos. No me extenderé sobre este congreso, del que se pueden encontrar extensas reseñas en numerosas publicaciones, y me limitaré, por brevedad, a referirme a lo que corresponde a Malatesta, que representó en él una de las partes más importantes.

Hizo una exposición oral sobre las «relaciones a establecer entre individuos y grupos en la sociedad reorganizada». Desarrolló sus nuevas ideas y las de sus compañeros italianos sobre el comunismo anárquico (hoy demasiado conocidas para tener que volver a hablar de ellas aquí); insistió en la necesidad de trabajar y organizar la acción no sólo contra las instituciones autoritarias, sino también contra las naturales resistencias individuales y colectivas con medios morales; propuso la «revolución permanente» como un complejo de luchas, acciones y reacciones contra la sociedad burguesa; aludió a la necesidad de estudiar las formas de organización futura como un «esfuerzo por descubrir el futuro mediante el estudio del presente y del pasado» sin pretensiones de garantizar el futuro. También protestó contra la costumbre de llamarnos y hacernos llamar bakunistas, ya que -dijo- «no somos él, no compartimos todas sus ideas teóricas y prácticas, y no lo somos sobre todo porque seguimos ideas y no hombres, y nos rebelamos contra esa costumbre de encarnar un principio en un hombre.»

En ese congreso se hizo una sección aparte, en secreto, excluyendo al público y a los periodistas, sobre el tema: «La solidaridad en la acción revolucionaria». Fue entonces cuando se discutió la cuestión de la insurrección como «propaganda por los hechos», y Malatesta sostuvo la necesidad de hacer intentos insurreccionales que, atacando directamente al Estado y a los organismos de autoridad y procediendo a las más vastas expropiaciones posibles en beneficio de las poblaciones pobres, harían entre éstas la más eficaz propaganda. Fue en el curso o como consecuencia de estas discusiones que se ventiló el proyecto de una tentativa de este tipo en Italia, que más tarde cuajaría en el movimiento de la conocida «Banda de Benevento» al año siguiente. Malatesta me dijo que, cuando él y Cafiero regresaron a Italia después del congreso, ya estaban de acuerdo con ese proyecto.

(Quizás fue después del congreso de Berna cuando hay que situar la referencia al segundo viaje de Malatesta a los Balcanes (en Serbia), del que he hablado antes, después del relato del intento de penetración en Herzegovina. Pero no estoy seguro, y no he encontrado a tal efecto ninguna otra noticia aparte de una alusión fugaz en una de las notas tomadas tras una conversación con Malatesta. Antes del congreso habría sido difícil disponer del tiempo material, y además él mismo me dijo que los movimientos balcánicos continuaban todavía en 1877).

Sobre todo, el tiempo estaba ocupado en la búsqueda de los medios financieros, los compromisos…, y demás, para el proyectado intento insurreccional. Malatesta y Cafiero se esforzaron por encontrar trabajo manual para ganar algo, pero en vano. Siempre con el objetivo de encontrar dinero, hicieron una escapada a Neuchatel, donde se encontraron con Pedro Kropotkin (Malatesta y Kropotkin se vieron entonces por primera vez), pero no obtuvieron nada. Hasta que, inesperadamente, Cafiero consiguió cinco o seis mil francos, lo último que tenía,[25] y esto, más una suma menor que un socialista ruso había puesto a su disposición anteriormente, constituyó el fondo de guerra para el movimiento revolucionario que se preparaba.

El levantamiento de Benevento (1877)

Max Nettlau señala una distinción fundamental entre los movimientos de 1874 y el de Benevento que Cafiero y Malatesta ayudaron a escenificar en 1877. El primero prometía desencadenar una insurrección en toda Italia, mientras que el segundo tenía más bien un carácter demostrativo de hacer propaganda con hechos. Los movimientos de 1874 fueron preparados e inaugurados en varias partes de la península. En 1877, en cambio, la acción fue específica para el campo del Matese, en la provincia de Benevento. Naturalmente, no debemos pasar por alto su esperanza de que el movimiento evolucione y se extienda -como siempre había dicho Malatesta, «los hechos traen los hechos»-, pero el objetivo concreto era anunciar la revolución con su ejemplo, independientemente de cuál fuera el resultado práctico final. Hay que mencionar que Andrea Costa era adverso a este movimiento y se mantuvo al margen.

Los preparativos se desarrollaron sin contratiempos y un número considerable de campesinos había prometido su ayuda en la intervención. Muchos se habían dejado convencer por un tal Salvatore Farina, que podía presumir de tener influencia local. En el pasado, Farina había conspirado contra los Borbones con su amigo Nicotera, que era ministro.* Esta vez, traicionó a todos sus conocidos y los hizo arrestar, con la excepción de Cafiero y Malatesta, que supieron evitar hábilmente las investigaciones policiales. El contacto con los campesinos se interrumpió por la traición de Farina, pero los preparativos continuaron. El revolucionario ruso Sergei Stepniak (Kravchinski) se encontraba entonces en Nápoles y quiso participar en el esfuerzo.

El movimiento se precipitó por una situación inesperada e inoportuna, que no sorprende en circunstancias similares. ? Stepniak, una mujer rusa y Malatesta habían alquilado una casa en Cerreto con el pretexto de la convalecencia de una anciana, pero en realidad serviría como depósito de armas[26] Las armas llegaron en grandes cajas el 3 de abril de 1877. La casa estaba siendo vigilada por la policía sin querer, y dos días más tarde un grupo de internacionalistas se enfrentó a los soldados cercanos que les esperaban: dos de ellos resultaron heridos y uno murió posteriormente a causa de las heridas. Hubo detenciones y los compañeros, apenas una cuarta parte del número que esperaban, juzgaron que debían comenzar inmediatamente su campaña, sin esperar a los demás. Salieron durante la noche, armados, y se apostaron [¿se apostaron?] en las montañas de los alrededores, donde se les unieron algunos otros que no tenían armas.

Eran unos treinta en ese momento, con Cafiero, Malatesta, Stepniak y Cesare Ceccarelli a la cabeza[27]. Atravesaron las regiones montañosas del Monte Matese entre el 6 y el 8 de abril -Pietravia, Montemutri, Fileti y Bucco- comiendo y durmiendo por la noche en las casas de los campesinos (a los que pagaban generosamente por todo), hasta llegar a Lentino. Entraron en la ciudad enarbolando una pancarta roja e invadieron el Ayuntamiento justo cuando el Consejo estaba reunido. En nombre de la revolución social, declararon al rey como un viejo fósil y exigieron al Consejo la entrega de los documentos oficiales, las armas incautadas a los ciudadanos y el contenido de las arcas municipales, dando recibo de todo ello al secretario municipal en estos términos «Nosotros, los abajo firmantes, declaramos haber entrado en posesión de las armas [que estaban] en manos del municipio de Lentino, en nombre de la revolución social». Las armas confiscadas, las herramientas y el escaso dinero que se encontró en la tesorería se distribuyeron entre los habitantes de la ciudad. Se destruyó la balanza para pesar los aranceles a los campesinos y se quemaron todos los documentos oficiales irrelevantes para el bien público. Se pronunciaron discursos que fueron escuchados con aprobación por los habitantes de la ciudad.

Continuaron hasta la ciudad vecina de Gallo. Antes de entrar se encontraron con el párroco Vincenzo Tamburi, y le obligaron a entrar con ellos; él les precedió y calmó [pacificó] al pueblo declarándose también comunista. Invadieron el municipio y procedieron como en Lentino. Después de la conferencia final, según el relato de Nettlau, un campesino tomó el protagonismo y preguntó: «¿Quién puede asegurarnos que no sois soldados disfrazados para descubrir cómo pensamos y arrestarnos después?» Nettlau observa con precisión que esta desconfianza podría haber sido causada por el recuerdo fresco de la traición de Farina, o por el hecho de que los rebeldes eran todos norteños. La ciudad del Sur guardaba mucho resentimiento contra el gobierno de Saboya, bajo el mando de Piamonte, que había introducido el servicio militar obligatorio en el Sur, y un sistema degradante y explotador de tributos.

Mientras tanto, las tropas del gobierno comenzaron a ocupar la región, mientras que, al igual que en Puglia en 1874, la gente escuchaba con simpatía las conferencias de los rebeldes, pero se cuidaba de no unirse a ellos. Los días 9 y 10 de abril, los insurrectos se enfrentaron a los soldados y acabaron retirándose. Malatesta entró una noche en Venafro para comprar municiones, estuvo a punto de ser detenido y sólo se salvó huyendo a un bosque. Comenzó a llover, nevando en la alta montaña. La situación era desesperada. Sus armas, además, quedaban inservibles en cuanto se mojaban los cartuchos. Querían cruzar a la provincia vecina de Campobasso, pero tendrían que escalar una alta montaña, ¡imposible! Discutieron qué hacer, si debían disolverse o no, y decidieron permanecer unidos. Dos de los que querían marcharse se quedaron a poca distancia. Malatesta y Cafiero habrían preferido salvarse, pero estaban solos en esto, así que optaron por quedarse con los demás para afrontar sus responsabilidades compartidas. Los veintiséis dieron la vuelta y se refugiaron en el caserío de Cacetta, a pocos kilómetros de Lentino, y allí un campesino los denunció a los soldados. Entre las once y las doce de la noche, los militares los sorprendieron en la casa y detuvieron a veintitrés. De los otros tres que habían huido a tiempo, dos fueron apresados en las cercanías, y el tercero fue capturado en Nápoles algún tiempo después.

Así, la empresa, que había durado diez o doce días, llegó a su fin. Los detenidos fueron llevados a las cárceles de la corte de Santa Maria Capua Vetere. Se realizaron más detenciones. Veintiséis, incluido Malatesta, estaban en Santa María; ocho en la cárcel de Benevento. La ociosidad de la prisión no fue del todo desperdiciada. Cafiero se ocupó de escribir un Compendio del Capital de Marx, y Stepniak el libro La Rusia subterránea; Malatesta escribió un informe a la Comisión de Correspondencia de Florencia sobre los detalles del levantamiento, y también varios artículos. Estudiaron, discutieron, etc. En el IX Congreso de la Internacional celebrado en Verviers (del 5 al 8 de septiembre de 1877), se leyó una declaración firmada por los implicados en Benevento, dirigiéndose desde su cárcel como «Capítulo Internacionalista del Monte Matese».

Mientras tanto, el rey Vittorio Emmanuele II había muerto el 9 de enero de 1878, y ese mes de febrero su ministro Crispi decretó una amnistía general para los presos políticos. Las implicaciones para la banda de Matese deberían haber sido claras, pero se les mantuvo en la cárcel porque el magistrado dudaba si la amnistía se aplicaba a la muerte de un soldado en Lentino el 5 de abril de 1877. Se decidió enviarlos ante el Tribunal de Benevento para su juicio, donde los acusados sometieron dos preguntas al jurado: En primer lugar, si los acusados eran culpables o inocentes de la muerte del soldado; en segundo lugar, si eran culpables, si la muerte había tenido lugar en el curso de la insurrección o no. Si la muerte se había producido en el curso de la insurrección, sería un delito político y se aplicaría la amnistía. En abril todos los acusados fueron trasladados a la cárcel de Benevento, y en agosto de 1878 comenzó el juicio. Durante el juicio -una nueva oportunidad para la propaganda- los acusados declararon que habían disparado por encima de las cabezas de los soldados; pero a pesar de todo esto, el jurado los encontró totalmente inocentes del acto, y fueron absueltos.

Entre los que participaron en la defensa del juicio estaba Francesco Saverio Merlino, el abogado de confianza de Malatesta. Merlino era entonces un abogado en Nápoles, sin opiniones políticas firmemente decididas; pero cuando leyó en los periódicos que su amigo de la adolescencia estaba en la cárcel y acusado de los sucesos de Matese, se ofreció a los acusados.

Malatesta aceptó con gusto su ayuda, y en los largos coloquios carcelarios entre el detenido y su defensa, aprovechó para explicar a Merlino sus propias ideas, dándole argumentos que le permitieran preparar una defensa con cierto conocimiento de causa. Pero para defender a Malatesta, Merlino tenía que convertirse en internacionalista, socialista y anarquista, y cuando pronunció su defensa se había convertido efectivamente en todo ello. Ese mismo año, Merlino publicó su primer panfleto de propaganda: A proposito del processo di Benevento, Bozzetto sulla questione sociale.

En Egipto, Francia e Inglaterra. – El Congreso Internacional de Londres (1881).

Cuando salió de la cárcel, en agosto de 1878, y regresó a Nápoles, la observación policial se hizo más sofocante que nunca, ¡y ya había sido insoportable! La policía le pisaba los talones constantemente, molestando y provocando a cualquiera que pasara por allí, o a cuya casa fuera, y entre otras cosas, esto impedía a Malatesta encontrar el trabajo que necesitaba para ganarse la vida.

Sus padres ya habían muerto, dejándole una herencia que le hubiera garantizado su comodidad en aquellos tiempos. Ya he mencionado que había dedicado toda su herencia líquida (algo más de cincuenta mil liras) a la propaganda, y la había gastado en la labor de conspiración e insurrección, desde 1877. Le habían dejado varias casas en Santa María Capua Vetere, alquiladas por gente pobre. Nettlau da el testimonio de un viejo camarada, aparentemente bien informado, de que poco después de salir de la cárcel de Benevento volvió a Santa María y cedió las casas a los inquilinos sin ninguna remuneración[28] Y así se convirtió en el proletario que seguiría siendo el resto de su vida.

Además, el gobierno mostró una evidente intención de deshacerse de él. De un momento a otro le amenazaron con un arresto que le enviaría al «domicilio coatto», una medida preventiva de la policía italiana en la que los reincidentes o los juzgados incorregibles eran desterrados a las pequeñas islas situadas a lo largo de la costa del sur de Italia y de Sicilia. Esta medida ya se había aplicado a algunos internacionalistas, de forma arbitraria desde el punto de vista legal. Malatesta decidió alejarse del país, al menos por un tiempo, y partió hacia Egipto, donde otros compañeros ya se habían refugiado.

En los últimos meses de 1878, Malatesta había encontrado trabajo como empleado privado en Alejandría, cuando el 17 de noviembre tuvo lugar en Nápoles el atentado de Passanante contra el rey Umberto I. El elemento monárquico y burgués del barrio italiano de Alejandría organizó una manifestación que terminó cantando «¡Mueran los internacionalistas!» Los internacionalistas celebraron a su vez un mitin de protesta, pero en la mañana del día elegido, la policía procedió a la detención de varios camaradas. Malatesta fue detenido un poco más tarde al salir de la casa de un amigo para comer. Algunos [¿allí?] habían sido sobornados por agentes de la policía italiana para señalar a tipos sospechosos, y prepararon una emboscada para eliminarlo.

Bajo custodia, Malatesta pidió que lo entregaran a Italia. Sus protestas no fueron escuchadas; fue llevado a bordo de un barco y enviado, y sólo en alta mar el capitán le dijo que no sería descargado hasta Beirut, Siria. Desembarcó allí con sólo 20 francos en la cartera, y tras pasear un poco por la ciudad se presentó ante el cónsul italiano local, reiterando su demanda de ser enviado a Italia.

«Prohibido», le dijo el cónsul, «usted no es bienvenido en Italia», añadiendo su irritada opinión sobre el gobierno italiano, y sobre su colega alejandrino que le había enviado a Malatesta.

«Pero no tengo medios para vivir aquí, donde no sé qué hacer».

«No te preocupes por eso; vete al hotel y todo estará pagado».

«No quiero que me retengan», exclamó Malatesta, «Si no pueden repatriarme, entonces arréstenme y enciérrenme en la cárcel».

«Imposible. ¿Por qué iba a hacer esto sin motivo?»

«Pronto te daré la razón; te lanzaré este tintero a la cara…» (hizo un movimiento para coger el tintero de la mesa). El cónsul entró en [arraigo]: no podía enviarlo de vuelta a Italia, pero podía hacer que lo enviaran a Esmirna. Malatesta se negó al principio, pero finalmente decidió aceptar. Embarcó en un barco francés que partía hacia Esmirna, el Provenza. A bordo conoció a otro camarada, Alvino, que se encontraba aproximadamente en la misma situación que él.

En el mar, Malatesta forjó una amistad con el capitán del barco, un tal Rouchon, que aceptó no hacerle bajar en Esmirna, sino que le permitió continuar el viaje con él. Malatesta y Alvino vagaron, pues, por todas las costas del Mediterráneo oriental, hasta llegar a las costas de Italia. Se quedó brevemente en Castellamare, donde la policía italiana había sido informada de que Malatesta estaba de paso, [hasta…] llegar a Liorna. Allí, los agentes de policía abordaron e intentaron detener a los dos internacionalistas, pero el capitán se negó a entregarlos sin una orden explícita del embajador francés. Los compañeros de Liorna también fueron alertados y fueron a ver a Malatesta. Por la tarde se presentó la policía con el prefecto de la ciudad a la cabeza, que respetuosamente entregó al capitán un telegrama que «autorizaba» (no ordenaba) la entrega de los fugitivos. Pero el capitán rompió el telegrama y dio órdenes de que «esos señores» fueran acompañados a la escalera y despedidos. Mientras tanto, el muelle y algunos barcos se llenaban de numerosos camaradas y trabajadores de Liorna, que recibieron a los funcionarios con las manos vacías con un fuerte silbido cuando bajaron del Provence.

El vapor siguió su camino y los dos italianos se bajaron… en Marsella. Desde allí, Malatesta se dirigió a Ginebra, donde se vio envuelto en los acontecimientos. Allí conoció a Kropotkin, que junto con Herzig y Dumartheray [había] montado la empresa de Le Révolté y les ayudó con el trabajo material de los primeros números[29] Pero en ese momento estaba ocupado casi exclusivamente con los acontecimientos de Italia, en medio de una gran miseria, hasta el punto de sufrir literalmente de hambre. Mientras se iniciaba el proceso contra Passanante por su atentado contra el rey [en Nápoles], escribió un violento manifiesto que concluía con estas palabras «Humberto de Saboya, dicen que eres valiente. Demuestra tu valentía condenando a muerte a Passanante». A causa de ese manifiesto, Malatesta y los demás refugiados italianos fueron expulsados de Suiza.

De Ginebra partió hacia Rumanía, donde permanecería algún tiempo, ganándose penosamente el escaso pan dando clases de francés, y enfermo. Pronto partió hacia Francia. Nos encontramos en París a finales de ese año, 1879. Se puso a trabajar como mecánico. Pronto fue uno de los más apasionados del movimiento, formando parte de un grupo socialista revolucionario que incluía a Deville, Guesde y Jean Grave. Comenzó a hablar en reuniones públicas, participó en manifestaciones callejeras y discutió con los marxistas en los periódicos. Todo ello hasta que, tras denunciar a un espía y agente provocador italiano en una reunión pública, el gobierno francés le expulsó, dándole cinco días de plazo para marcharse. Cambió de casa y de nombre (adoptando «Fritz Robert») pero no se fue. Fue detenido poco después, el 8 de marzo de 1880, y [los soldados] lo llevaron [y a un grupo] a la frontera.

Fue a Bruselas[30], a Londres, y luego volvió a París en junio, donde tuvo que cumplir cuatro meses de cárcel por violar la orden de expulsión. Se marchó a Lugano (Suiza). Había ido simuladamente, a principios de 1881, con la intención de quedarse allí, ya que no estaba seguro de la expulsión de 1879, de la que nunca se le había notificado oficialmente, y dudaba de que se tratara de una expulsión sólo del Cantón y de Ginebra, y no de toda Suiza. En cambio, fue detenido el 21 de febrero. Tras catorce días de cárcel fue acompañado a la frontera. Volvió a partir hacia Bruselas, pero allí también fue detenido. Finalmente, se dirigió a Londres, en marzo de 1881.

Después de tales riesgos, Malatesta pudo disfrutar de un poco de tranquilidad en Londres. Pero era una tranquilidad muy relativa. Entre otras cosas, tuvo que [contar] lo difícil que era ganarse la vida, y para superarlo probó un poco de todo, vendiendo pasteles y helados en las calles, y consiguió abrir un pequeño taller mecánico. También en Londres comenzó a trabajar en el movimiento inmediatamente. Ese verano planeó publicar un periódico italiano, L’Insurrezione -del que sólo salió la circular-, firmado por él mismo, Vito Solieri y Cafiero. Este último, su buen amigo, más bien un hermano, estaba ya afectado por la grave enfermedad mental que le dejaría completamente loco un poco más tarde[31] Malatesta xxx el primero de los mayores dolores de su vida.

Ese año se celebró en Londres el Congreso Socialista Revolucionario Internacional (del 14 al 19 de julio de 1881), que podría considerarse realmente la última reunión de la antigua Internacional y la primera de la Internacional anarquista. Malatesta fue el principal organizador, junto con Gustave Brocher. Su intención era que el congreso intentara revivir la primera Internacional, que ya estaba muerta en casi todas partes. Este fue el último congreso. Tuvo que superar los prejuicios contra el congreso del propio Kropotkin, que desde lejos había sospechado una maniobra [simulada] de Marx, completamente inexistente. No sólo fueron invitadas a intervenir las últimas secciones supervivientes de la Internacional en diferentes países, sino también los grupos anarquistas autónomos y los círculos socialistas revolucionarios. Realmente [de hecho] intervinieron casi todos los anarquistas -entre los más conocidos Kropotkin, Merlino, Herzig, Neve, Louise Michel y E. Gautier- y algunos de los socialistas más avanzados.

«Malatesta representó a la Federación Toscana de la Internacional, a las secciones de Forli y Forlinpopoli, al círculo Figli de los Trabajadores [Lavoro] de Alejandría, al círculo obrero de Turín y Chiavasso, a los socialistas revolucionarios de Marsella, a los socialistas de las Marcas, a los anarquistas de Ginebra, a la Alianza socialista revolucionaria de Turín y a las Federaciones de la Internacional de Constantinopla y de Alejandría de Egipto. En la sesión del 15 de julio intervino largamente. Dijo, entre otras cosas, que «queremos una revolución. Pertenecemos a diferentes escuelas, pero todos queremos una revolución. Todos estamos de acuerdo en que es necesaria una insurrección que destruya las condiciones de la sociedad actual. Las revoluciones políticas no son suficientes para nuestro objetivo, que es destruir totalmente las bases de la sociedad, y no podemos llegar a la armonía con los que quieren la dictadura y la centralización. Es necesaria la autonomía de los grupos. Acuerdo hasta la revolución. ¿Es necesaria la Internacional? Es necesaria una nueva organización, similar a la Internacional, manteniendo su nombre, pero que enfatice los principios de forma revolucionaria. La lucha económica no puede mantenerse sola, es necesaria la lucha política; ya que la propiedad no se destruye si no se destruye al mismo tiempo la autoridad que la mantiene. En Italia, una sacudida política puede hacer posible un levantamiento económico. Dejar la elección de los métodos a cada grupo. Adhesión de masas a la Internacional con acentuación de sus principios, autonomía y solidaridad para las acciones verdaderamente revolucionarias…»[32].

Malatesta hizo todo lo posible para que el congreso aceptara su punto de vista. Formalmente, tuvo éxito en parte (se concretó una [apariencia] de organización, se nombró una oficina de correspondencia, etc.), pero en el fondo sus esperanzas se vieron frustradas. Las persecuciones en los diferentes países absorbieron toda la actividad de los compañeros y el trabajo organizativo completo y las necesarias relaciones internacionales continuas; y por otro lado, bajo la influencia de los círculos anarquistas franceses, ya atenazados por aquel entonces por un fuerte espíritu antiorganizativo. «El relato exacto de Kropotkin, publicado en el Révolté», según Nettlau[33], «deja claro que Malatesta era uno de los pocos que tenía una idea clara de lo valiosa que sería una solución práctica al problema de la organización. Pero había una formidable oposición contra él, de modo que en un momento dado tuvo que exclamar: ‘Somos doctrinarios impenitentes’. La mayoría de los participantes en el congreso querían y no querían una organización, es decir, consideraban todos los pasos prácticos para realizarla como un atentado contra la propia autonomía.»

A pesar de las precauciones tomadas para garantizar la seguridad de los debates ante las investigaciones de la policía internacional -entre otras medidas, los delegados recibían un número en lugar de su nombre-, un agente de la policía francesa participó en el congreso en la persona de un tal Serreaux, que publicó en Saint Cloud (cerca de París) un violento periódico llamado La Révolution sociale, en el que consiguió que colaboraran Louise Michel, Cafiero, Gautier y otros. Dos meses más tarde, ese sujeto, que había despertado sospechas durante algún tiempo, fue desenmascarado por Kropotkin y Malatesta en particular[34]; pero eso no impidió que ciertos detalles del congreso de Londres fueran utilizados por la policía contra Malatesta y Merlino en su juicio en Roma en 1884.

En Egipto de nuevo. – Regreso a Italia. – El juicio de Roma y «La cuestión social» de Florencia. – Con los enfermos de cólera en Nápoles (1884).

La comisión de correspondencia anarquista en la que participó Malatesta, nombrada por el congreso de Londres, no dio muchas muestras de vitalidad. El hecho de que Malatesta sólo permaneciera en Inglaterra unos meses más habla de ello. Cuando ‘Urābī Pascha capitaneó la rebelión que estalló en Egipto en junio de 1882 contra los europeos, y el 11 de julio los ingleses bombardearon Alejandría, Malatesta formuló el proyecto de ir a unirse a los insurrectos. En agosto logró salir de Europa, junto con Cesare Ceccarelli, Gaetano Marocco y Apostolo Paulides.

Los cordones militares trazados alrededor de la ciudad y las continuas pequeñas escaramuzas -una historia que contó muchos años después Icilio Parrini, que entonces vivía en Alejandría- les impidieron alcanzar su objetivo. Pensaban desembarcar en Abu Qir y llegar a Ramley por tierra, cerca del Nilo. La decisión más peligrosa y arriesgada fue su intento de cruzar el lago Maryût, que estaba seco debido al cierre del canal de Mahsnondich. Como en los intentos anteriores, este último obstáculo no les detuvo; sin embargo, el blando lecho del lago les obligó a retroceder[35].

En un último intento en barco, pensaron que habían desembarcado con seguridad, pero en cambio se encontraron rodeados por soldados ingleses, detenidos y [devueltos] a Alejandría. Desde allí Malatesta decidió volver a Italia. No sé dónde ni cuánto tiempo permaneció mientras tanto (tal vez en la misma Alejandría); pero el hecho es que en la primavera de 1883, algún tiempo después de marzo, desembarcó clandestinamente en Liorna y se llevó a Florencia.

La policía no tardó en darse cuenta de que estaba cerca. Seguía manteniendo la idea de mantener unidas las fuerzas socialistas de tendencia libertaria en Italia y, como veremos, también se aferraba a la idea de dar nueva vida al movimiento internacionalista. Escribió un par de artículos en este sentido durante un debate con Andrea Costa en L’Ilota de Pistoia en abril. Tuvo la oportunidad de ver a su amigo Cafiero en el hospital psiquiátrico de Florencia, ¡en qué estado se encontraba! Aunque reconocía a Malatesta (no así a otros amigos), el pobre Cafiero pronunciaba discursos tan absurdos y extravagantes que se perdía toda posible esperanza de recuperación. Entre los numerosos camaradas que se encontraban entonces en Florencia, [M] no tardó en reanudar su labor de propaganda, sobre todo para neutralizar la de Andrea Costa, que dos años antes había abandonado definitivamente las ideas anarquistas de su primera juventud, había sido nombrado diputado y era partidario de las estrategias electorales y parlamentarias. Pero en mayo de 1883, Malatesta se disponía a publicar un nuevo periódico, trabajando para Agenore Natta como mecánico, y fue detenido.

El 18 de marzo de ese año, vigésimo aniversario de la Comuna de París, se habían distribuido manifiestos revolucionarios conmemorativos en varias ciudades italianas, gracias a la pluma de Francesco Saverio Merlino, mientras Malatesta seguía en Egipto, y se dirigía a Liorna. Algunos conocidos internacionalistas colgaban el manifiesto en las paredes de Roma y fueron detenidos. Durante las persecuciones que la policía hacía a diestro y siniestro, se encontró el manuscrito del manifiesto. Merlino fue detenido en Nápoles, y todos fueron notificados de que habría un juicio por conspiración contra ellos. Malatesta, mientras tanto, había desembarcado en Liorna, y fue detenido más tarde en Florencia sin ninguna razón legal; como se necesitaba un pretexto para mantenerlo cautivo, fue incluido en el juicio contra los prisioneros de Roma y Nápoles. En las cárceles romanas, un espía llamado De Camillis fue puesto en una celda con uno de los más inexpertos de los detenidos, apenas un muchacho, y le convenció para que echara toda la culpa a Malatesta, para que dijera que él había escrito el manifiesto y había dado las direcciones para ayudar a enviarlo a varios lugares. «Como», insinuó De Camillis, «Malatesta está fuera del país, salvaremos a todos sin perjudicar a nadie». Y así se fabricó la prueba contra Malatesta.

Pero el juicio por conspiración era lo suficientemente serio como para dejarlo en manos de la competencia del Tribunal de Apelación [de Asís], y en su vista se tuvo la certeza inmediata de que los jurados habrían absuelto a todos. Así que se cambió el nombre del delito, se desechó la «conspiración» por la «asociación de malhechores», un cargo menos grave, pero bajo la jurisdicción del tribunal correccional, cuyos magistrados mecánicos [de carrera], dóciles como siempre a las órdenes del gobierno, los condenarían. Pero el nuevo estilo de acusación no permitía la prisión preventiva, por lo que en noviembre todos los acusados fueron puestos en libertad provisional, habiendo sufrido Malatesta seis meses de cárcel y los demás ocho. Malatesta se dirigió inmediatamente a Florencia, donde un mes más tarde (22 de diciembre de 1883) se publicó el primer número del periódico La Questione Sociale.

Fue la primera publicación importante al cuidado de Malatesta: un periódico cultural, pero rico en propaganda y debate, tanto teórico como práctico[36]. En él aparecen artículos notables (recuerdo un artículo sobre las ideas de Bentham que duró varios números, seguramente escrito por Merlino), una parte de la obra de Malatesta, Anarquía, apareció más tarde como folleto, y sobre todo escritos vivos y polémicos sobre el patriotismo, la masonería, la república, el parlamentarismo, etc. El debate más acalorado fue con el renegado Andrea Costa, lo que ocasionó el viaje de Malatesta a Rávena para una polémica, que Costa [acabo’ por negarse]. Allí apareció un artículo en el que Malatesta explicaba su evolución del republicanismo al anarquismo, traducido un poco más tarde en Révolté de Ginebra (he dicho más arriba).

El periódico fue pronto objeto de la atención de la policía y sufrió dos o tres breves interrupciones. Mientras tanto, se proseguía con las audiencias del juicio de Roma, cuya sesión principal se celebró el 29 de enero de 1884; duró tres o cuatro días. Malatesta estuvo presente con los demás acusados, que hicieron declaraciones enérgicas y elevadas. Malatesta «habla con franqueza, es seguro y mordaz hasta la impropiedad, declarándose miembro de la Asociación Internacional de Trabajadores; sus discursos al final del juicio prometían causar un escándalo hasta que el presidente le quitó la palabra». El tribunal repartió las condenas: Merlino, cuatro años de cárcel;

Malatesta y D. Pavani, tres años; A. Biancani, dos años y medio, C. Pernier y E. Rombaldoni, quince meses; L. Trabalza y Vennanzi, seis meses. Su defensa fueron los abogados Pessina, Nocito y Fazio»[37].

Un detalle típico de este juicio fue la tesis sostenida por el representante del rey, que se complacía en reconocer que los acusados, tomados uno a uno, eran personas honestas y trabajadoras; pero, tomados en grupo, como asociados, se convertían en «malhechores.» [malhechores] Y fueron condenados como tales…

Terminado el juicio, apelaron la sentencia y ganaron el derecho a permanecer en libertad provisional, por lo que Malatesta regresó a Florencia para seguir editando La Questione Sociale. Esta apareció hasta el 4 de agosto de 1884. Al final del verano, Malatesta y algunos compañeros de varias partes de Italia fueron a Nápoles como voluntarios médicos, para atender a los afectados por una epidemia de cólera. Los dos anarquistas Rocco Lombardo y Antonio Valdre murieron allí, llevados por la enfermedad. El conocido anarquista Galileo Palla se distinguió de manera especial por su abnegación, energía y espíritu de sacrificio. A Malatesta, como ex estudiante de medicina, se le encomendó una sección de enfermos que tendría el mayor índice de recuperación, porque supo obligar a la ciudad de Nápoles a dar alimentos y medicinas en abundancia, que Malatesta distribuyó generosamente. Fue condecorado como funcionario jurado de [beneme’rito], a lo que se negó. Cuando la epidemia terminó, los anarquistas abandonaron Nápoles y publicaron un manifiesto en el que explicaban que «la verdadera causa del cólera era la miseria, y la verdadera medicina para evitar su regreso no puede ser otra que la revolución social»[38].

Después de que Malatesta regresara a Florencia en enero, el Tribunal de Apelación de Roma discutió un recurso final de los acusados. La pena de prisión de Merlino se redujo en un año y Trabalza fue absuelto, pero luego se añadieron seis meses de vigilancia policial a cada condena. Los condenados acudieron al Tribunal Supremo como último recurso, que sólo confirmó las sentencias; pero antes de que esto fuera definitivo, todos se habían refugiado fuera del país. Malatesta fue uno de los últimos en huir y la orden de captura ya había sido emitida. Se encontró en Florencia en la casa de Natta, en cuya tienda había estado trabajando. Un día la casa fue rodeada por la policía. Malatesta fingió estar enfermo, evitando así una detención inmediata. Mientras tanto, se organizó su fuga. Lo encerraron en una gran caja de máquinas de coser y lo trasladaron de la tienda de Natta a un vagón que esperaba fuera. Un policía se ofreció amablemente a ayudar a subir la caja al vagón. Poco después, Malatesta se puso en camino hacia la frontera, y procedió a subir a un barco con destino a Sudamérica (no podría dar una fecha exacta, pero debió ser en marzo o abril de 1885).

Hay que recordar que fue durante este período de su estancia en Florencia cuando Malatesta publicó el conocido folleto «Entre campesinos» (Fra Contadini), un diálogo que más tarde se convirtió en un gran éxito. Durante el mismo periodo, le entusiasmó la idea de resucitar la vieja Internacional o al menos su ala italiana, e incluso [incluso] publicó anónimamente un proyecto de programa. Pero el proyecto no tenía ninguna esperanza de realización práctica.

Un refugiado en Sudamérica. – «La Questione Sociale» de Buenos Aires (1885). – En busca de oro. – Regreso a Europa (1889).

La emigración de Malatesta a Sudamérica tuvo que ser planeada de común acuerdo con algunos otros camaradas. En Buenos Aires encontró a otros camaradas que habían militado activamente con él en los archivos de la Internacional: Agenore Natta, Cesare Agostinelli y otros, algunos de ellos más jóvenes como Galileo Palla. Natta y Malatesta montaron un pequeño taller mecánico para salir adelante, y Malatesta comenzó de nuevo su labor de propaganda, bien entre los numerosos obreros italianos emigrados, bien entre el elemento autóctono, cuya lengua pronto conoció. Reunió un círculo socialista, en el que, o para el que, daba continuas conferencias, debates, etc. Mantuvo frecuentes discusiones y peleas con el elemento republicano, entonces numeroso entre los expatriados italianos, y durante algún tiempo publicó un pequeño periódico italiano, al que llegó a dar el nombre de La Questione Sociale.

He podido consultar una colección incompleta de este pequeño periódico en Italia, pero no recuerdo ninguna fecha precisa. No salieron más de diez o doce números, que se publicaron en agosto de 1885 y alrededores. El periódico, casi totalmente lleno de cuestiones y discusiones locales, nunca llegó a tener la importancia de su homónimo florentino, del que reprodujo algunos de los artículos más destacados. La actividad importante de Malatesta fue, en cambio, la de promover el surgimiento de organizaciones de resistencia obrera, y su recuerdo se mantiene aún vivo en Buenos Aires, donde su propaganda llegó a suscitar en tal sentimiento la formación en esa época de la asociación de panaderos, que fue una de las más florentinas de las que siguieron, la más animada por el espíritu de liberación y revolución. Su mejor colaborador en esta obra fue Ettore Mattei, muerto algunos años después, que fue uno de los más renombrados y valientes apóstoles del anarquismo obrero en Sudamérica.

En 1886, se difundió la noticia de que había ricos rendimientos en las arenas cargadas de oro del extremo sur de Argentina, por lo que surgió la idea entre un grupo de compañeros de ir tras ellas, esperando obtener una suma considerable para dedicarla a la propaganda. Malatesta, Agostinelli, Palla, algún Meniconi y otro partieron en babor hacia el estrecho de Magallanes y desembarcaron en la playa de Cabo Vírgenes. Trabajando para empresarios locales, a 14 grados bajo cero [¿C?], cubrieron sus necesidades durante tres meses, más los fondos para una [casilla], y se dirigieron a la zona dorada. Pero fue una desilusión. Las zonas de mayor rendimiento ya habían sido acaparadas por una compañía de especuladores; en las demás había poco que hacer. El oro era escaso, apenas ganaba lo suficiente para vivir, y les costaba mucho trabajo. Los cinco se alimentaron cazando nutrias, [¿un roedor?] abundante en aquellas tierras. También trabajaron durante algún tiempo en la nómina de la compañía, siendo escandalosamente robados.

Permanecieron en la zona de Cabo Vírgenes más de siete meses, durante el profundo invierno polar, hasta que se convencieron de que no podían hacer nada y decidieron partir. Malatesta se dirigió a caballo hacia el río Gallegos, con la idea de conseguir allí un barco de vapor para los compañeros que prefirieran quedarse y esperar a que pasara por Cabo Vírgenes unos días después. El vapor llegó, pero no esperó. La noticia llegó a la costa, y el barco giró para ponerse en marcha mientras los cuatro compañeros, aún distantes, corrían hacia la playa. Entonces Galileo Palla se lanzó al agua, en aquel mar casi helado, y nadó hacia el vapor mientras el resto agitaba una camisa y gritaba. El vapor se detuvo, lanzó una lancha al agua para recuperar a Palla y lo subió a bordo. Pero una vez allí, el capitán se negó a buscar a los otros tres; y entonces, Palla, aunque todavía empapado y rígido de frío, se dispuso a lanzarse de nuevo al agua y volver con sus compañeros. Fue inmovilizado a la fuerza, pero hizo tanto ruido y gritó de tal manera que los pasajeros se conmovieron y obligaron al capitán a enviar una lancha en busca del resto[39]. Cuando el vapor llegó al río Gallegos, Malatesta -que había vivido allí durante ese tiempo trabajando como [mozo de cuerda]- también subió a la embarcación, encontrándose con los compañeros que habían partido quince días antes, y juntos se dirigieron a la Patagonia, donde fueron abandonados como náufragos. Y cuando el siguiente vapor salió de la Patagonia hacia Buenos Aires, todos regresaron a la capital argentina.

Tras este tormentoso paréntesis, Malatesta retomó su vida anterior y, salvo una breve escapada a la vecina Montevideo en Uruguay, permaneció en Argentina hasta mediados de 1889. Poco antes de su partida, los diarios se ensañaron con él, nombrándolo jefe de una banda de falsificadores.

La policía italiana se aprovecharía de este incidente durante el juicio contra él en Ancona (1898), pero pronto se descubrió la verdad. Galileo Palla había sido detenido por la policía, y en un allanamiento habían encontrado un billete argentino falso. Dado que era conocido como anarquista y como amigo de Malatesta, los órganos policiales insinuaron que él y Natta habían hecho dinero falso. Pero todo acabó ahí. Reconociendo la buena fe y la inocencia de Palla, fue puesto en libertad y no se inició nada contra Malatesta y Natta, permaneciendo este último en Argentina durante años. Malatesta partió poco después (a finales de 1889). El año anterior, Cesare Agostinelli había ido a Italia y al regresar a su Ancona, fundó el periódico anarquista El Pacto Libre (Il libero patto, 1888-1889).

L’Associazione en Niza y Londres (1889-90). – Congreso en Capolago. – En Suiza, Francia, Bélgica y España. – Los movimientos italianos de 1891 y 1894. – Congreso Internacional Socialista de los Trabajadores en Londres. – L’Anarchia (1896).

En 1889, Malatesta se encuentra en Niza y el 10 de octubre se publica el primer número de L’Associazione. La plataforma y la intención del periódico eran fundar un partido revolucionario anarquista internacional, [preconizando] que se basara en el acuerdo, el apoyo mutuo y la comprensión recíproca entre las diversas escuelas del anarquismo. Le interesaba especialmente acercar a los anarquistas comunistas y colectivistas, [¿estos últimos?] que eran aún mayoritarios en España en aquella época.

No pudo permanecer mucho tiempo en Niza debido a su expulsión de Francia diez años antes. Cuando utilizó las páginas de la Asociación[40] para desenmascarar al viejo espía Terzaghi , revelando que había renovado su nefasta labor desde Ginebra bajo el falso nombre de Azzati, la policía francesa persiguió a Malatesta, pero antes de que lo encontraran, se había refugiado en Londres. Después de escribir tres números de su periódico en Niza, otros cuatro fueron publicados en Londres. La Asociación tuvo que cerrarse después del número 7 (23 de enero de 1890) porque un camarada de mala muerte, un tal Cioci, desapareció un día y se llevó todo el dinero del periódico.

Fue una gran pena, ya que la Asociación había sido perfectamente [mucho esmero] editada y llena de material interesante. Merlino también había colaborado en él. Publicó notables escritos sobre el parlamentarismo, las opciones de protesta, el comunismo y el colectivismo, la organización, la práctica del robo, etc.

Malatesta, que entretanto había montado su habitual pequeño taller mecánico en el barrio de Islington, no perdió su espíritu. Publicó una serie de folletos, entre ellos la edición definitiva de Entre campesinos (Fra Contadini) y la primera edición de Anarquía (L’Anarchia), y volvió a escribir para los periódicos anarquistas italianos y franceses. Sobre todo, trabajó para establecer relaciones con los compañeros italianos y dar un mayor impulso al movimiento en la península. Uno de los resultados de este trabajo de organización fue que los compañeros decidieron organizar un congreso anarquista italiano al año siguiente.

Eran los primeros años de las manifestaciones internacionales del Primero de Mayo y éstas habían desarrollado un fuerte carácter revolucionario en todas partes. Se preveían acontecimientos sensacionales, especialmente en París, por lo que Malatesta partió hacia esa ciudad a finales de abril de 1890 con la esperanza de poder participar en un movimiento serio. Un artículo posterior y crítico[41] aclara su intención, o al menos lo que él creía que podría hacer, y lo que sin duda habría aconsejado a los compañeros: fomentar grandes manifestaciones en las calles, y aprovechar la ocasión para llevar a todos los anarquistas y a una parte de los manifestantes a algunos de los barrios más ricos [altos] de París, como Monmartre o Belleville. Aprovechando que todas las fuerzas policiales se concentrarían en la zona del Sena, y que sería posible atrincherarse en esos barrios [populares], levantando barricadas y defendiéndose. Tal vez no habrían controlado el campo de batalla más que unos días u horas, pero mientras tanto podría comenzar la expropiación y las masas lo verían, hechos que servirían de ventanas a la revolución. Dada la situación en Francia y Europa en ese momento, habría causado una enorme impresión y habría sido una tremenda propaganda. Sin embargo, las esperanzas de Malatesta no se hicieron realidad y regresó a Londres días después.

Debemos a la pluma de Malatesta un largo y enérgico manifiesto abstencionista publicado en noviembre de 1890, con motivo de las elecciones generales en Italia. Era una especie de «declaración de guerra» y de «guerra a muerte» a los dominadores italianos, firmada «[por encargo] por cargo […] de grupos y federaciones anarquistas» por setenta compañeros residentes en el extranjero, entre los que se encuentran los nombres, además del de Malatesta, de los más famosos compañeros de la época: Luigi Galleani, Saverio Merlino, Amilcare Cipriani, Nicolo Converti, Francesco Cini, Galileo Palla, Attilio Panizza, etc.[42] En aquellos tiempos Malatesta se desplazó clandestinamente a París, mientras que Amilcare Cipriani y Andrea Costa estaban allí. Gracias a la intervención de Cipriani, Malatesta se reconcilió con Costa, con quien había roto violentamente todas las relaciones hacia 1880, cuando Costa abandonó sus principios, pero su reconciliación fue muy superficial.

Los preparativos del congreso italiano continuaron, y se decidió que se celebraría en el cantón del Tesino. Públicamente se celebraría el 11 de enero de 1891 en Lugano, y los socialistas de todas las corrientes fueron invitados a participar. (Todavía no había una separación permanente entre anarquistas y socialistas, a pesar de su profundo desacuerdo teórico y práctico; la llamada separación oficial se produjo en Italia en la conferencia de Génova de 1892, y en la serie de conferencias internacionales de Londres, 1896). El trabajo de preparación local en Lugano había sido realizado por Attilio Panizza, Francesco Cini y Antonia Cagliardi. Cini fue detenido y expulsado debido a un incidente provocado por la policía, y Amilcare Cipriani, que en ese momento se declaraba anarquista, debía sustituirle. La policía suiza se alarmó y todos los organismos policiales europeos enviaron a sus agentes a Lugano. En el último momento, el congreso fue ilegalizado y se anunció que los congresistas que hubieran sido expulsados de Suiza serían detenidos. Pero el día 7 de enero se corrió la voz de que el congreso ya se había celebrado, en Capolago, y había completado sus trabajos. Había durado tres días (4, 5 y 6 de enero) y habían participado muchos delegados, entre ellos Cipriani, Malatesta, Merlino, Gori, Molinari y Luigi Pezzi (Galleani fue detenido durante el viaje).

La posición anarquista triunfó en el congreso (apenas asistieron dos o tres socialistas, que además permanecieron como espectadores) en la línea que Malatesta ya había sostenido en la Asociación durante su estancia en Londres. Sus resoluciones se publicaron en un folleto, y también en La Sociedad Nueva (La Societé Nouvelle, Bruselas), [ilustrada] por Merlino. Las dos resoluciones más importantes fueron: la constitución de una organización socialista anarquista revolucionaria en Italia, y la preparación de grandes manifestaciones en todas las ciudades para el próximo Primero de Mayo. Se tomaron acuerdos en secreto para tratar de dar a esas manifestaciones un impulso insurreccional. Después del congreso, a pesar de las investigaciones realizadas por la policía suiza, Malatesta se escabulló y partió como todos los demás. Regresó a Londres sin inconvenientes, y todavía estaba allí en marzo, ya que el día 18 se conmemoraba la Comuna de París.

Como consecuencia de los acuerdos tomados en Capolago, Cipriani inició poco después una gira de conferencias y reuniones por el centro y el sur de Italia, que concluyó con el gran encuentro de Roma del 1 de mayo, en la plaza de la Santa Croce de Gerusalemme (), y que terminó -como se recordará- de forma trágica y con las detenciones de Cipriani y de otros compañeros. Ese día también se produjeron graves acontecimientos en Florencia. Malatesta había llegado clandestinamente a Italia en abril y estuvo allí hasta algún tiempo después de los acontecimientos. Visitó el norte de Italia y parte de las regiones centrales. No sé si estuvo en Roma o en Florencia el primero de mayo. Se detuvo durante algún tiempo en Carrara, donde había, y había sido durante mucho tiempo, un poderoso núcleo anarquista listo para la acción. Cuando abandonó Italia para dirigirse a Suiza, se detuvo en Lugano, en la casa de Isaia Pacini, donde, avisada por un espía italiano, la policía suiza logró finalmente detenerlo (22 de julio de 1891)[43].

Juzgado por violar la expulsión, fue condenado a 45 días de cárcel, al final de los cuales se le mantuvo en prisión porque el gobierno italiano había pedido entretanto su extradición. El pretexto era que Malatesta había organizado la conferencia de Capolago, que los sucesos del 1 de mayo se habían decidido allí, y que se trataba de hechos delictivos ordinarios. Pero el tribunal federal de Lausana denegó la extradición con una sentencia que fue una bofetada al gobierno italiano. Decía, en un momento dado: «El gobierno italiano pretende que Malatesta y sus compañeros son unos inútiles, lo que oscurece la naturaleza política de sus crímenes; más bien, estos mismos documentos enviados por el gobierno italiano resultan tratar de sus enemigos políticos, de los que quiere deshacerse, calumniándolos como malhechores.» Pero la satisfacción que pudo haberle dado no impidió que Malatesta cumpliera otros 45 días de cárcel por ello, tres meses en total, tras los cuales regresó a su refugio londinense.

Debió salir de Londres poco después, porque a finales de año y principios de 1892 estuvo en España; primero en Barcelona, donde permaneció algún tiempo y escribió para El Productor -en el que mantuvo un debate con P. Schicci, que luego escribió para el Porvenir anarquista, que tendía a ser antiorganizativo-, luego en Madrid, Andalucía, etc., realizando una gira de conferencias junto a Pedro Esteve. Todavía estaba allí cuando el 6 de enero de 1892 estalló la revuelta jerezana de la Frontera, que fue sofocada con sangre. La policía española, que sospechaba de su mano en los hechos, le persiguió frenéticamente, pero desapareció y llegó a Londres pocos días después.

En esos años, 1891-92, Malatesta mantuvo largos, acalorados y a veces ásperos debates con los anarquistas que discrepaban con él en las más diversas cuestiones: organización, sindicatos, moral, asesinatos, etc. En el momento de la conferencia de Capolago, Le Révolté también le criticó amargamente. En Londres se publicaron violentos manifiestos contra Malatesta, Merlino, Cipriani y otros. En París aparecieron unas hojas tituladas Il Pugnale (El puñal) en el mismo tono. Esas discusiones tuvieron naturalmente repercusiones en Italia y continuaron durante un tiempo. Para apoyar sus ideas, Malatesta escribió muchos artículos en varios periódicos (La Révolté y En-dehors de París[44], La Campana de Macerata, La Propaganda de Imola, y otros). Una entrevista con Malatesta sobre los asesinatos apareció en Le Figaro de París. También dio conferencias sobre estos argumentos, y mantuvo debates en los clubes anarquistas de Londres. Ejerció una influencia más que pequeña en ese período, de 1892 a 1895, sobre los anarquistas franceses que vivían en Londres durante las persecuciones que siguieron a los frecuentes asesinatos de esos años. A esta influencia se debe también el impulso con el que algunos refugiados que regresaron a Francia se entregaron a un trabajo metódico de penetración en el movimiento obrero.

Pero siguió interrumpiendo su estancia en Londres, donde siempre trabajó como mecánico, con escapadas secretas al continente, cada vez que se presentaba la oportunidad de un movimiento revolucionario popular. Aunque tenía prohibida la entrada en Bélgica desde 1880, fue allí con Carlo Malato en 1893[45] durante la gran agitación obrera socialista por el sufragio universal. Ésta terminó en una huelga general que en un momento dado pareció convertirse en una revolución.

Amilcare Cipriani también estaba allí, pero por su trabajo. Al año siguiente, 1894, durante los movimientos más o menos socialistas en Sicilia, y la tentativa anarquista insurreccional de Carrara, estuvo de nuevo clandestinamente en Italia -esta vez de acuerdo con Saverio Merlino, Carlos Malato y Amilcare Cipriani, pero cada uno en zonas diferentes y determinadas- visitando la mayor parte del norte y el centro de la península. También pasó unos días en Ancona, donde editó uno o dos números del periódico anarquista L’Art. 248*, que se publicaba allí, y el folleto Il Commercio. La policía italiana sabía que estaba cerca, todos los periódicos hablaban de ello, fue perseguido ferozmente, pero después de estar donde quería estar (en Milán, reunido con Filippo Turati), y tras el desafortunado final de los movimientos, regresó a Londres indemne. Cipriani y Malato también llegaron a París, pero un espía denunció a Saverio Merlino y fue detenido en Nápoles.

Desde mediados de 1894 hasta principios de 1896 hubo un periodo de fuerte reacción contra los anarquistas en casi toda Europa, y su prensa enmudeció en casi todas partes durante más de un año. Todavía era posible hacer algo en Inglaterra, y muchos refugiados se refugiaron en Londres, especialmente los de Italia (Gori, Edoarno Milano) y Francia (Emile Pouget, Guernieau, Malato, y otros). La casa y el negocio del matrimonio Defendi, donde vivía Malatesta, el 112 de High Street en Islington, fue un punto de convergencia para todos los que llegaron a Londres. Cuántas discusiones tormentosas y fraternales se dieron en la pequeña cocina a través de… la tienda de comestibles de la buena familia Defendi, que servía un ateneo! Y cuántos proyectos, esperanzas, penas… La policía francesa había marcado esa dirección en todas las oficinas de correos, para incautar toda la correspondencia enviada allí.

Fue en medio del fuerte número de refugiados anarquistas de varios países en la capital británica, que se concertó una intervención regular… y bien organizada en la segunda mitad de 1895, acordada por todos los camaradas ingleses, de las fuerzas anarquistas y de los trabajadores de tendencia más liberadora y revolucionaria, en el próximo Congreso Internacional Socialista del Trabajo que se celebraría en Londres al año siguiente. Malatesta fue uno de los autores más activos de los preparativos subsiguientes: escribió un largo manifiesto, solicitó un enviado de delegados y delegaciones para los camaradas de Londres, hizo propaganda entre los elementos ingleses, incluso los que no eran anarquistas, etc. La esperanza de que muchos en la conferencia afirmaran su anarquismo, aunque no fueran mayoría, fue posible gracias a la postura libertaria adoptada por muchos sindicatos franceses, bajo el impulso de F. Pelloutier, Pouget y Tortelier; por la determinación de una fuerte corriente anarquista entre el núcleo de socialistas alemanes que seguía a Landaver; por las tendencias antimarxistas de algunos socialistas ingleses, como William Morris, Tom Mann y Keir Hardie; por el predominio del socialismo bibliotecario en Holanda, con Domela Niuewenhuis; por la facción germanista del socialismo francés; etc. Tal es así que, cuando en julio (del 27 de julio al 1 de agosto de 1896) se reunió el congreso en Londres, los socialdemócratas y marxistas sólo tendrían mayoría por el gran número de sus delegados alemanes, belgas e ingleses, y por las representaciones y delegaciones, en gran parte ficticias, que habían llegado de los lugares más lejanos y minúsculos.

Malatesta desempeñó un papel notable en el congreso[46]. Fue uno de los pocos oradores anarquistas que consiguió imponerse y hacerse oír, a pesar del sistemático y ruidoso obstruccionismo de la disciplinada mayoría marxista. Fue el delegado de la mayoría de las asociaciones obreras libertarias españolas (que no pudieron enviar a sus propios representantes debido a la reacción), de algunos grupos anarquistas italianos y de un sindicato francés. Fernand Pelloutier fue el delegado de las Oficinas de Trabajo italianas; Pietro Gori, de los grupos italianos y de las sociedades obreras de Norteamérica. En cualquier caso, la mayoría marxista se impuso y consiguió votar fácilmente la exclusión definitiva de los anarquistas, de los socialistas antiparlamentarios y de todos los sindicatos que no aceptaban la conquista de los poderes públicos, de los futuros congresos socialistas internacionales. Malatesta escribió un animado relato de las sesiones del Congreso en dos o tres artículos para el Italia del Popolo, un diario republicano de Milán, y resumió sus ideas al respecto en el folleto L’Anarchia, que publicó después del congreso (Longon, agosto de 1896)[47].

Este folleto L’Anarchia, además de precisar la posición del anarquismo y del socialismo, en contraste con la socialdemocracia, pretendía también reafirmar el carácter socialista y humano del anarquismo en contraste con sus tendencias individualistas, defender la práctica de la organización anarquista y obrera y reaccionar contra las tendencias amorales y desconsideradas de algunas formas de propaganda y actividad anarquista. Esa publicación tuvo una gran influencia sobre el movimiento anarquista italiano, y puede decirse que sentó las bases de una orientación bien definida y metódica, que el propio Malatesta iría a Italia a propagar y defender personalmente poco después.

Escondido en Italia. – «L’Agitazione» de Ancona (1897-98). – Movimientos italianos en 1898. – Detención, juicio y sentencia. – Cárcel y «domicilio coatto». – Fuga. – «La Questione Sociale» de Paterson (1899-1900).

Sólo unos meses después, en marzo de 1897, Malatesta volvió a pasar a la clandestinidad en Ancona, Italia, esta vez para publicar un nuevo periódico: L’Agitazione. Aproximadamente un mes después de su llegada tuve el gran placer de verlo por primera vez, como he relatado en la Introducción. Su sentencia de 1884 se cumpliría en pocas semanas, pero llegó con el deseo urgente de frenar rápidamente la devastación amenazada por el reciente giro de Saverio Merlino hacia el socialismo parlamentario.

El extraordinario ingenio y aprendizaje de Merlino, su evidente buena fe y la influencia de su nombre hacían la amenaza mucho más peligrosa. Malatesta no dudó en enfrentarse a su viejo amigo y camarada, aunque conservando la máxima calma y cordialidad en la discusión que mantuvieron. Ya se había producido una breve discusión entre ambos a través de cartas públicas en un popular diario romano,[48] y se prosiguió largamente en L’Agitazione, en el primer número (14 de marzo de 1897), y durante todo ese año. Cuando la polémica cesó, sus efectos fueron evidentes. Casi ningún anarquista siguió a Merlino -la única excepción notable fue el joven abogado Genuzio Bentini, que más tarde se convirtió en uno de los representantes socialistas más elocuentes. Merlino permaneció aislado, demasiado revolucionario, ecléctico e independiente para ser aceptado en la escena socialista, pero demasiado legislativo para los anarquistas, aunque siguieron manteniendo los términos más amistosos hasta su muerte. Malatesta dio a Merlino la más amplia libertad para desarrollar sus ideas en L’Agitazione de ese año y, naturalmente, lo refutó de la manera más completa.

La necesidad de permanecer oculto hizo casi imposible la acción práctica y la propaganda pública, pero esto no le restó importancia a su trabajo intelectual. El nuevo periódico, que a mi juicio ha sido el más importante histórica y teóricamente de los que Malatesta ha dirigido, tenía más el carácter de una revista que de un periódico de gran tirada, y su carácter impresionante lo llevó a la atención inmediata tanto de los camaradas como de los adversarios. Debido a su influencia, no pocos nuevos miembros, especialmente socialistas, se pasaron al campo anarquista: entre otros, Giuseppe Ciancabilla, editor de ¡Avanti!, y Mamolo Zamboni de Bolonia (padre del Anteo Zamboni que atentó contra la vida de Mussolini en octubre de 1926). Fue L’Agitazione, junto con la actividad que suscitó en los congresos, lo que encendió en Italia un movimiento anarquista de ideas y hechos coherentes, nunca absorbido por el momento.

Las ideas y la táctica que Malatesta proponía en este documento eran las mismas que las expresadas en el primer número de L’Anarchia en Londres. En el que había enfatizado una crítica al marxismo y al individualismo, reaccionaba contra las tendencias de Kropotkin hacia la armonía y el espontaneísmo -aunque sin polemizar contra él directamente, y casi sin nombrarlo- e insistía en la necesidad de organizar el anarquismo en un partido, y de propagar la primera oleada de sindicalismo y de acción directa en Italia[49] El lenguaje que utilizaba para argumentar la propaganda y criticar las instituciones activas era sereno, completamente desprovisto de violencia verbal y retórica. Hubo compañeros que le reprocharon en su momento que era «demasiado inglés», pero él respondía que prefería hablar de una manera que fuera aceptada y entendida por el público, en lugar de escribir de una manera chirriante que sólo atrajera a los conversos, alejándolo del pueblo o provocando la toma del periódico. Eso sería lo mismo que no decir nada. En L’Agitazione demostró experimentalmente cómo se podían decir las cosas más transgresoras y audaces con las palabras menos violentas y más razonables.

El tono del periódico y su creciente popularidad preocuparon al gobierno italiano. Sus agentes ya habían descubierto que Malatesta había desaparecido de las afueras de Londres y empezaron a sospechar que estaba en Ancona o en algún suburbio. Una nube de espías, con los más variados y cómicos disfraces, cayó sobre la pequeña ciudad. Por toda la provincia de Marcas irrumpieron en las casas de los viejos internacionalistas y se apoderaron de la correspondencia de días, pero en vano. Sorprendentemente, Malatesta rara vez se escondía físicamente. La única precaución que tomaba era salir solo de casa y nunca en compañía de otros anarquistas. A veces, rivales conocidos se tropezaban con él, y no se privó de celebrar varias conferencias en la zona (incluyendo las ciudades de Iesi, Fabbriano, Porto S. Giorgio y Foligno), en las que se presentaba simplemente con el nombre de Giuseppe Rinaldi.

Un poco más tarde publicó en L’Agitazione una carta que simulaba estar escrita desde una lejana pequeña ciudad italiana, en la que protestaba contra la policía fisgona. En ella reconocía que había estado en Italia todo el tiempo, pero escribía que evitaba la atención pública para no ir a la cárcel, ya que la antigua sentencia de Roma seguía siendo una amenaza, independientemente del derecho que tuviera a ser dejado en paz.

Al final, tras nueve meses de permanecer oculto, fue descubierto por casualidad en noviembre. Para desvelar el secreto de las misteriosas visitas de su marido, una mujer se dirigió a la casa donde Malatesta había estado viviendo, en el número 24 de la calle Podesta. Ignorante de todo, creyó que él se había estado viendo con otra mujer que vivía en el último piso del edificio, y se le echó encima en la calle. La vecina ofendida gritó que el marido de la mujer había estado viendo a «alguien oculto». Fue un pequeño escándalo y se celebró una reunión. Esa noche sus amigos le aconsejaron a Malatesta que cambiara rápidamente de casa; pero él prefirió no hacerlo. Prefirió afrontar lo que viniera. A la mañana siguiente la policía fue a la casa y no tuvo que hacer más que empujar una puerta abierta para encontrar a un hombre desconocido escribiendo en una mesa, en medio de una masa de libros y publicaciones periódicas. Inmediatamente les dijo quién era y fue detenido, luego llevado a la comisaría con un montón de sus cartas; pero unas horas más tarde, y con sólo unas breves explicaciones a su interrogador, se le devolvió todo y se le dejó libre.

Entonces, pudiendo moverse con libertad, tomó parte más activa en el movimiento. Multiplicó sus conferencias en la ciudad y en la provincia, celebró debates con oradores de otros partidos, organizó reuniones, etc. Lamentablemente, sería por poco tiempo. En enero, los disturbios… por la fuerte subida del precio del pan empezaron en el sur y acabaron por propagarse a la provincia de Marcas, y más tarde envolvieron a toda Italia durante cerca de medio año. Durante una manifestación popular el 18 de enero, Malatesta fue detenido con un grupo de compañeros en una calle de la ciudad. También fueron arrestados Adelmo Smorti, el administrador de L’Agitazione, Felicioli, Bersaglia y otros. En gran número fueron sometidos a juicio por el delito de «asociación ilícita». Hubo una novedad en este juicio: hasta entonces los anarquistas llevados a juicio negaban regularmente el hecho de estar organizados, afianzándose bien en una concepción de la antiorganización, pero Malatesta y sus compañeros se declararon organizados, reivindicando el derecho de los anarquistas a asociarse en un partido.

Esto desencadenó una agitación en toda Italia «por la libertad de asociación», promovida por la Federación Anarquista Socialista de Roma, y conducida con fervor a través de las columnas de L’Agitazione, que continuó imprimiéndose a pesar de las repetidas incautaciones y las sucesivas detenciones de los distintos redactores que llegaron del extranjero para hacerse cargo de la obra (Vivaldo Lacchini, Nino Samaja, Luigi Fabbri). Más de tres mil compañeros, en nombre de una infinidad de grupos y círculos anarquistas, presionaron con un manifiesto público, en el que declaraban su fe, afirmaban su asociación como partido y su total solidaridad con los juzgados de Ancona. La protesta traspasó las fronteras. Se asociaron a ella camaradas y simpatizantes de otros países europeos y famosos miembros de otros partidos populares, entre los primeros […] Giovanni Bovio.

El juicio se convirtió en una verdadera guerra civil por las libertades públicas, además de ser como tantos otros un medio óptimo para la propaganda anarquista. Las sesiones tuvieron lugar ante el Tribunal Correccional de Ancona del 21 al 28 de abril; fueron ricas en incidentes, los acusados hicieron enérgicas declaraciones, y finalmente Malatesta hizo una autodefensa que conmovió a todos. Numerosos testigos hablaron a favor de los procesados y de la libertad de pensamiento y asociación, entre ellos Enrico Ferri, Saverio Merlino y Pietro Gori, este último aprovechando la ocasión para dar una de sus cautivadoras conferencias en defensa del ideal anarquista. A pesar de todo, no se consiguió la deseada absolución; Malatesta fue condenado a siete meses de prisión, Smorti, Felicioli, Panfichi, Petrosino, Bellavigna, Baiocchi y Bersaglia a seis meses, y Cerusici fue absuelto.

Esta vez, como había ocurrido también en el proceso contra Malatesta, Merlino y compañeros en 1884, el representante de la acusación rindió homenaje a la honestidad personal de los acusados, que se habían convertido en «delincuentes» sólo por el hecho de estar organizados. El ministro público dijo más respecto a la moralidad de los acusados: señaló con prestigio que cuando la propaganda de Malatesta había comenzado en Ancona, se había producido un notable descenso de la delincuencia en la ciudad, especialmente de las disputas, los actos violentos, la embriaguez y cosas por el estilo. Pero, añadió, ¡la delincuencia había disminuido sólo porque se estaban preparando cosas mucho más graves! Por eso se dictaron las sentencias, pero no los homenajes para el acusador oficial…

Sin embargo, desde el punto de vista político este veredicto fue una victoria porque se había descartado la acusación de «asociación delictiva», cambiando radicalmente la jurisprudencia italiana con respecto a las asociaciones anarquistas, que todavía no se consideraban compuestas por malhechores, sino simplemente por subversivos. También fue un beneficio material, ya que la asociación criminal podía implicar penas de hasta cinco años de reclusión […] y siete para los dirigentes, o supuestos dirigentes, mientras que la asociación sediciosa no podía recibir más que un máximo de 18 meses de detención. El veredicto fue confirmado posteriormente en apelación y en y por lo tanto se convirtió en definitivo.

Durante el tiempo que Malatesta estuvo en la cárcel, los disturbios populares se habían transmitido del sur al norte de Italia; pocos días después del juicio, el 8 de mayo (1896), se produjeron en Milán estallidos más violentos que los anteriores, seguidos de una feroz represión con muchos muertos y heridos. La reacción desatada en toda Italia fue del tipo más implacable. L’Agitazione fue suprimida y los pocos redactores que quedaron libres fueron detenidos o huyeron. El Parlamento aprobó leyes extraordinarias, el domicilio coatto fue revisado y dotado de peores sistemas que antes. Malatesta debería haber sido liberado a mediados de agosto y el resto un mes antes, pero todos fueron mantenidos en prisión y condenados a cinco años de domicilio coatto en las islas. Malatesta fue trasladado a Ustica, llegando posteriormente a Lampedusa.

No estuvo mucho tiempo en la isla. La idea de la fuga se presentó inmediata y espontáneamente, frente al Mediterráneo, mientras en esa especie de peñasco estéril e inhóspito sentía que pasaba sus días aburrido e inútil. Su traslado de Ustica a Lampedusa fue motivado precisamente por el temor del gobierno a una fuga, más fácil desde la primera isla que desde la segunda. En cambio, en Lampedusa la tarea fue más fácil gracias a una circunstancia similar a su amistad con el director de la cárcel de Trani en 1874. Malatesta inspiraba una simpatía tan viva […] en el jefe de la colonia penal que le contaba a él y a los demás presos políticos todas las condiciones favorables, cerrando los ojos a todo. Muchos deportados vivían fuera de sus lugares de cautiverio destinados, mantenían correspondencia con el continente y hacían excursiones al interior de la isla. Los preparativos para la fuga se hacían con facilidad. Sé que también le ayudó el socialista Oddino Morgari, que visitó la colonia una vez en calidad de representante del Parlamento. Lo cierto es que en la noche del 9 de mayo (1899), en la más absoluta oscuridad y con un mar picado, Malatesta, el camarada Vivoli de Florencia y un compañero de prisión nadaron hasta un barco pesquero que (el socialista siciliano Lovetere a bordo) esperaban que los llevara, y una vez a bordo pusieron rumbo a Malta.

El director de la colonia aún no sabía de la fuga, cuando al día siguiente llegó a la isla un inspector del gobierno. Al parecer, ya había llegado a Roma la noticia de los proyectos de Malatesta. El inspector pidió ver a Malatesta, pero… Malatesta no pudo ser encontrado. En una palabra: se descubrió la fuga y se telegrafió la noticia a Roma y a Girgenti. Fueron detenidos nuevos presos, amigos y compañeros de Malatesta sospechosos de complicidad, y el directorio de la colonia renunció pocos días después. Los detenidos y trasladados de Lampedusa a Girgenti, al encontrarse en las cárceles de esta ciudad, recibieron un día la visita del ex director que quería saludarles. Compartió su alegría por la fuga de Malatesta, sólo exclamó con amarga pena y casi con lágrimas en los ojos: «¡Malatesta no tenía confianza en mí; si me lo hubiera dicho, yo también habría escapado con él!»

Malatesta llegó a Malta. Estuvo allí ocho días esperando el barco que le llevaría a Inglaterra, y algún tiempo después estaba en Londres, en su antiguo alojamiento en el barrio de Islington[50]. Aceptando las invitaciones que le llegaban de Norteamérica, en particular de su viejo amigo español Pedro Esteve, que vivía en Paterson, N.J., aceptó ir a pasar unos meses haciendo propaganda en los Estados Unidos. En agosto ya estaba en Paterson.

Nettlau recuerda en su libro que mientras Malatesta estaba preso en la isla, socialistas y republicanos le propusieron ser candidato en las elecciones comunales para obligar al gobierno a liberarlo; pero él se negó enérgicamente con una carta al ¡Avanti! de Roma (21 de enero de 1899). Saverio Merlino, que tal vez consultó con los socialistas y republicanos que hicieron esa propuesta, lo intentó de nuevo en mayo, después de la fuga; pero Malatesta volvió a protestar con una carta a Jean Grave desde Londres (Les Temps Nouveaux, París, 9 de junio).

En Paterson, N.J. se publicaba desde 1895 el periódico anarquista La Questione Sociale con un programa anarquista comunista en nombre del grupo «Diritto all’Esistenza» (Derecho a la Existencia). Pero desde 1898 se había confiado a Giuseppe Ciancabilla, que en el extranjero y durante su estancia en París se había orientado poco a poco hacia el individualismo antiorganizativo. El periódico cambió un poco su orientación, pero el grupo Diritto all’Esistenza se mantuvo fiel a su programa original. Cuando Malatesta llegó a Paterson, el contraste entre el grupo y el periódico se agudizó; en una reunión se decidió por ochenta votos contra tres que el periódico siguiera siendo fiel al programa organizativo original; Ciancabilla se retiró y fundó otro periódico en West Hoboken, L’Aurora. La Questione Sociale fue entonces confiada a Malatesta, que amplió el formato y le dio su habitual toque personal.

La Questione Sociale bajo la dirección de Malatesta fue como una continuación de L’Agitazione. Como era inevitable, en varios números sostuvo un animado debate contra L’Aurora, y la divergencia de ideas asumió por un momento un carácter personal, debido al especial temperamento de Ciancabilla y quizá al de Malatesta. Fue durante este debate, y como consecuencia involuntaria del mismo, que durante una conferencia, en el calor de la discusión, Malatesta recibió un disparo de revólver y fue herido levemente en la pierna. Pero Malatesta se negó enérgicamente a dar importancia y continuidad […] al incidente; no habló de él en el periódico, y cuando los amigos lejanos insistieron en hacer vehementes protestas, intervino con estas simples palabras, de forma impersonal: «El camarada Errico Malatesta -viendo las protestas que se publican en los periódicos italianos, además de las que se nos enviaron directamente, sobre la pequeña desgracia que le ocurrió y que creemos que no vale la pena discutir- agradece a los amigos que han querido expresar sus condolencias de esta manera, pero les ruega… que cesen.»[51]

Durante su estancia en Estados Unidos dio numerosas conferencias de propaganda en italiano y español en las ciudades más importantes desde el Atlántico hasta el Pacífico, sosteniendo diversos argumentos, entre ellos varios con el representante socialista Dino Rodani. En el periódico que dirigía, publicó algunos ensayos sobre teoría y táctica, algunos de importancia fundamental, que fueron traducidos y reimpresos más de una vez en otros países. Entre ellos destaca una serie de artículos sobre «Il nostro programma» (Nuestro programa) que utilizó más tarde, en 1920, cuando se encargó de editar el programa de la Unión Anárquica Italiana en Bolonia.* Pero razones personales decidieron pronto su regreso a Londres.

Antes de volver a Inglaterra viajó a Cuba para dar algunas conferencias. Llegó el 27 de febrero de 1900 y dio la primera conferencia el 1 de marzo en el Círculo Obrero. El gobierno local lo había prohibido, y sólo en el último momento lo permitió con la condición de que no se tratara el tema del anarquismo. Malatesta hizo una completa exposición de sus principios anarquistas sin utilizar nunca la palabra «anarquía», y al final, señalando irónicamente hacia donde estaba sentado el delegado del gobierno, dijo: «Como pueden ver, como no había otra opción, he hablado de todo menos de la anarquía.» Dio otras tres conferencias, eludiendo como pudo las prohibiciones gubernamentales, pero éstas fueron finalmente tan apremiantes que Malatesta decidió marcharse, y se embarcó de nuevo para Nueva York el 10 de marzo[52].

En abril estaba en Londres.

La vida de un obrero en Londres (1900-13). – Documentos y panfletos. – Congreso anarquista en Ámsterdam (1907). – En la cárcel de Londres. – Regreso a Italia (1913).

Tras su salida de Estados Unidos, Malatesta permaneció en Inglaterra durante trece años sin interrupción, salvo breves viajes al continente.

El año de su regreso, el 29 de julio de 1900, el rey Humberto I fue asesinado con un revólver en el parque de Monza por el anarquista Gaetano Bresci. Había venido de América expresamente para vengar, en la persona del monarca, a las víctimas de la guerra de África y a los trabajadores masacrados de 1894 a 1898. Esperaba acabar con el régimen antiliberal y reaccionario que oprimía a Italia, del que el rey era el mayor responsable, y trataba de empujar a los italianos a la rebelión con el ejemplo que daba.

Más tarde se reconoció, en artículos de Enrico Ferri, Filippo Turati y otros, que el asesinato hizo que la situación italiana fuera mucho más democrática. Sin embargo, en su momento, el hecho suscitó estúpidas muestras de fingida piedad y amor por el monarca muerto, en reacción a lo cual Malatesta -que había conocido a Bresci en Paterson y se había convertido en su buen amigo[53]- publicó un panfleto en defensa del héroe de Prato, Cause ed Effetti (Londres, septiembre de 1900), explicando su gesto como un «efecto» lógico de la «causa» encarnada en la tiránica y sangrienta monarquía.

En Londres, naturalmente, se puso a trabajar como mecánico (ahora también era electricista) en su pequeño taller de Islington, cerca de su apartamento. Como ya he tenido ocasión de decir, el trabajo absorbía la mayor parte de su tiempo y, sobre todo, le agotaba, de manera que le quedaba poco para dedicarse a su constante y continua labor intelectual. También dedicaba las noches a dar lecciones de italiano, francés y cultura general a cualquier alumno que le cayera encima, para complementar las míseras ganancias de su trabajo manual. Además, dedicaba gran parte de su tiempo a seguir las corrientes intelectuales, no sólo de las particularidades de la práctica e ideología anarquista de los distintos países, sino también de las novedades del pensamiento científico y filosófico contemporáneo, al que prestaba atención con gran interés. Nada le resultaba ajeno o poco estimulante, y como mecánico eléctrico no se contentaba con el trabajo cotidiano que le encargaban sus clientes, sino que a través de libros y revistas trataba de ampliar cada vez más sus conocimientos.

El idealista y el combatiente, sin embargo, estaban siempre vivos en él, incluso cuando sus intereses residían en las cosas que parecían más alejadas del objeto de sus pasiones dominantes de revolucionario y anarquista. En las diversas corrientes del pensamiento contemporáneo encontró siempre nuevos argumentos para apoyar sus propias ideas, y éstas se hicieron más frescas. En los avances de la mecánica, la física y la química buscó armas que pudieran dar a la revolución formas de enfrentarse al formidable arsenal de muerte y destrucción de la clase dominante. Pero no exageró la importancia de sus conocimientos. Veía las cosas como eran, encontrando la poca utilidad que podía sacar de ellas y dejando de lado el resto. Por ejemplo, fue durante esta estancia en Londres cuando cultivó diligentemente el esperanto, sin creer en modo alguno que de ello se derivaran resultados grandiosos. Se contentó con poder, por medio del esperanto, tener amistad con camaradas de los países más lejanos, donde las diferencias de idioma habían impedido toda correspondencia.

Ni el trabajo cotidiano, ni las necesidades de la vida, ni el estudio constante, indispensable para su intelecto, le impidieron hacer lo que podía por la propaganda y por el movimiento, por mucho que la pobreza limitara los medios de su actividad. Permaneciendo siempre en contacto con el movimiento inglés y con los pocos camaradas italianos de Londres, colaboraba de vez en cuando en los periódicos de diferentes lenguas y seguía con pasión los acontecimientos de Italia[54] En 1901 fundó, con un grupo de camaradas, la publicación L’Internazionale, de la que sólo se imprimieron cuatro números; en 1902 Lo Sciopero Generale (Huelga General), en italiano y francés (tres números) y La Rivoluzione Sociale (nueve números); en 1905, L’Insurrezione[55].

También compartía las esperanzas de muchos anarquistas de la época sobre el desarrollo que había tomado el sindicalismo obrero de acción directa en Francia, del que había sido precursor, en cierto modo, desde 1890. […] En 1906 este movimiento estaba en su apogeo y los anarquistas ejercían en él una influencia preponderante. En vísperas del Primero de Mayo se soñaba que la clase obrera francesa, especialmente en París, aprovecharía la ocasión de la tradicional manifestación para salir a la calle y librar abiertamente la batalla por la jornada de ocho horas. Malatesta se escondió entonces en París y permaneció allí hasta el día siguiente. Publicó un panfleto en italiano, L’Emancipazione, al que también contribuyeron Cipriani, Malato, Felice, Vezzani y otros. No creó muchas ilusiones: «este movimiento no marcará», decía, «una gran conquista, tal vez ni siquiera sea una gran batalla, pero al menos esperamos que haya una gran demostración y un gran experimento que dé frutos para el futuro».

Pero regresó a Londres decepcionado. A finales de año, invitado por Malatesta y cargado por un grupo de camaradas italianos de Norteamérica, fui a Londres y me quedé en su casa durante una semana en diciembre de 1906. Dormí en una cama improvisada a su lado y, como puede imaginarse, las conversaciones se extendieron durante el día y la noche. Se había tomado una semana de vacaciones en el trabajo y pudo pasar todo el tiempo conmigo. Lo que más me sorprendió fue su disminución de la fe en el movimiento sindicalista, que había sido tan grande en 1897 y después. París le había dado la impresión de que el sindicalismo estaba ya en una fase de declive y que seguía disminuyendo en lugar de reforzar la vivacidad del elemento anarquista. Sobre todo tenía la impresión de que el bello temple de los combatientes los había inmovilizado y colocado en puestos de responsabilidad y dirección dentro de las organizaciones sindicales; y que, por otra parte, la hostilidad de los revolucionarios sólo encontraba una expresión sangrienta y violenta contra los más insignificantes engranajes de la maquinaria estatal, la policía y la guardia urbana, o contra los desconocidos esquiroles rompehuelgas, mientras que nunca actuaban contra los máximos responsables, ni contra los capitalistas, con los que, en cambio, iban a discutir amistosamente, con el sombrero en la mano.

«Imagínese», dijo, «que el Primero de Mayo, en una manifestación, el jefe de policía Lepine se encontrara accidentalmente en algún lugar de París, perdido y separado de sus agentes en medio de una multitud. No le tocaron un pelo; la gente le rodeó respetuosamente e incluso despejó la calle para que pudiera retomarla con su gente. Si hubiera sido un pobre agente aislado o un esquirol, lo habrían liquidado a golpes».

Yo no compartía todavía su opinión, quizá porque en Italia el sindicalismo revolucionario estaba todavía en su fase ascendente y me permitía muchas ilusiones; pero tres o cuatro años después vi que sus previsiones se habían realizado también allí.

Más aún, me habló de su temor de que el espíritu de rebeldía se desvaneciera también entre los anarquistas italianos, indicado por su tendencia a tomar los caminos más fáciles, aunque sin caer en una verdadera y propia incoherencia con sus principios. «Sindicatos, grupos, federaciones, huelgas, conferencias, manifestaciones e iniciativas culturales, sí, son cosas hermosas y también necesarias, pero todo esto se vuelve inútil sin la lucha y las tomas de posesión directas y activas, sin hechos revolucionarios concretos.

Estos hechos pueden pedir graves sacrificios y pueden parecer que arruinan por el momento el trabajo práctico y las iniciativas particularmente simpáticas, pero son los que mantienen abiertas las puertas del futuro y de la verdadera victoria.» Un día que hablábamos en su salita, vi sobre la mesa un manuscrito suyo sobre «Anarquistas y violencia». Conociendo sus ideas sobre el debate, le pregunté si lo haría publicar. «No», respondió, «no es el momento. Hoy me parece que los anarquistas padecen el defecto contrario a los excesos violentos que me ocupaban en este artículo. Es mejor reaccionar ahora contra las tendencias al acomodo y a vivir tranquilamente que se manifiestan en nuestros ambientes. Ahora es más urgente resucitar la pasión revolucionaria que languidece, el espíritu de sacrificio, el amor al riesgo.» En todo esto me encontré totalmente de acuerdo con él[56].

Recuerdo que, unos meses después del attentat de Mateo Morral contra el rey de España en Madrid, Malatesta me contó que el director de un importante y reaccionario diario inglés insistió en arrancarle una entrevista, o al menos unas palabras de denuncia del acto. Malatesta se había negado: «Ustedes son enemigos, y las explicaciones no se dan a los enemigos». Como el redactor insistía y seguía hablando de los inocentes alcanzados por la metralla, Malatesta en algún momento se impacientó y le interrumpió: «Sinceramente, ese pobre señor herido de muerte era sin excepción inocente.» El periodista, al salir, le dijo: «Está bien que no hayas querido concederme una entrevista; pero ya la he hecho, y la publicaré igualmente.» «¡Cree en las entrevistas ahora!», concluyó Malatesta.

Volví a Italia como si fuera un baño de entusiasmo y de fe. Malatesta me había prometido que volvería pronto con nosotros, que trabajaría en nuestros papeles, etc., y por eso fui a varias ciudades italianas para prepararme. Pero no lograría persuadir a mucha gente sobre los proyectos sugeridos, y las circunstancias que Malatesta creía indispensables para que su regreso no fuera en vano esperarían aún muchos años. Otra razón por la que no se trasladó de Londres fue para facilitar su asistencia al Congreso anarquista internacional del año siguiente en Amsterdam, que se celebró del 24 al 31 de agosto de 1907.

En ese congreso, Malatesta desempeñó un papel crucial, con discursos notables, entre ellos algunos sobre la organización anarquista y sindicalista, que ayudaron a que ganara preponderancia una posición igualmente alejada de las exageraciones individualistas y del unilateralismo sindical.

Discutió en particular con Pierro Monatte, exponente de la corriente sindicalista.

Yo mismo fui al congreso, junto con el difunto camarada Aristide Ceccarelli, con quien tuve el placer de pasar los siete días. (Recuerdo que estaba con él su hermano, comerciante en Egipto, entonces de viaje y sólo en el congreso por casualidad, ya que no era camarada). En el congreso, cuando fui a votar sobre el sindicalismo firmé una moción diferente a la de ellos (Monatte, Duvois, etc), sin embargo luego también les di el voto a ellos, pues no me pareció que contrastara del todo con lo que yo prefería. En aquella ocasión Malatesta me concedió una entrevista, ésta sí auténtica, para un periódico italiano. Yo vivía entonces para el periodismo, y me habían pedido algunos artículos sobre el congreso, ayudándome a ganar parte de los gastos del viaje. La entrevista se publicó a mi regreso en Il Giornale d’Italia de Roma (no recuerdo la fecha).

Malatesta escribió un largo relato del congreso, resumiendo y comentando, exponiendo sus ideas sobre los argumentos más importantes, en Les Temps Nouveax de París[57] En artículos similares discutió el sindicalismo en Freedom de Londres e Il Risveglio de Ginebra (1908 y 1909). En Amsterdam había sido nombrado miembro de la Comisión de Correspondencia de la «Internacional Anarquista» que había ideado con R. Rocker, A. Schapiro, J. Turner y G. Wilquet, cuya sede estaría en Londres. Pero los compañeros de los distintos países, más preocupados por los movimientos internos de cada una de sus naciones, lamentablemente no se tomaron en serio el proyecto internacional, por lo que poco a poco la función del «Bureau» de Londres cesó.

Max Nettlau describe en su libro los años de la vida de Malatesta que siguen con suficiente detalle; sus relaciones con Kropotkin, Tcherkesoff, Tarrida de Mármol, E. Recchioni, Arnold Rollor y otros. Señala que en este periodo Malatesta empezó a sentir el peso de la edad, junto con los peligros de su profesión. En una ocasión se cortó la mano mientras trabajaba de forma tan grave que fue un milagro que evitara una infección sanguínea. A menudo tenía que instalar conductos para el gas y la electricidad, haciendo reparaciones, y con frecuencia se veía obligado a trabajar en lugares fríos, expuesto al viento y a veces tumbado en el pavimento helado. Esto le provocó otro ataque de inflamación pulmonar que lo puso en peligro de muerte algunas semanas; y si se salvó fue sólo por las atenciones de sus huéspedes, especialmente de la mujer de Defendi, que se ocupó de él con el mayor esmero e incesantemente.

En diciembre de 1910 Malatesta tuvo una aventura tan desagradable como involuntaria, que pudo tener graves consecuencias para él, incluso sin su sangre fría y la opinión generalizada sobre las eventuales consecuencias de su salud. Había permitido que un terrorista ruso de Letonia trabajara por su salario en el taller mecánico de Malatesta en Islington. El ruso, abusando de su hospitalidad, se había llevado una bombona de oxígeno que fue utilizada posteriormente en un intento de robo. Descubiertos, él y sus compañeros, pillados in fraganti, se defendieron a tiros y fueron seguidos hasta su casa de Sidney Street, donde fueron bombardeados y murieron con la valiente dignidad de una buena causa. El acto tuvo una repercusión extraordinaria. La policía pronto descubrió el origen del cilindro y su paso por la tienda de Malatesta. Éste demostró lo ocurrido y no se le molestó más. Pero imagínense las consecuencias para él en un entorno diferente (Italia, por ejemplo), o en la propia Inglaterra si las cosas hubieran ido de otra manera y la veracidad de sus palabras se hubiera puesto en duda.

El incidente dio a Malatesta la oportunidad de escribir uno de sus artículos claros y precisos sobre la práctica del robo y la relación entre el robo legal de la burguesía y el ilegal: «Capitalistas y ladrones», en Les Temps Nouveax de París[58].

Cuando en 1911 el gobierno italiano, con Giolitti a la cabeza, llevó al país a la conquista de Tripolitania y Cineraica, con el claro objetivo de desviar la atención popular de las cuestiones internas y aliviar la presión cada vez más urgente de las masas trabajadoras, a Malatesta le pareció que las condiciones que faltaban en 1907 se harían realidad en Italia (aunque fuera del partido anarquista). No se equivocaba: la guerra de África revitalizó el espíritu revolucionario en la oposición proletaria, que antes aparecía hundida en los valles muertos del reformismo predominante. Escribió a varios de nosotros sobre su intención de volver a Italia.

Tuve una prueba indirecta de tales proposiciones de Malatesta al ver entrar un día en mi casa, en Bolonia, a un tipo, un tal Ennio Belelli, que se decía anarquista y escribía a veces en prosa y en verso en nuestros periódicos, residente en Londres, a quien Malatesta me había señalado en 1906 y me había dicho que me mantuviera en guardia porque, sin elementos positivos concretos o suficientes, sospechaba mucho que fuera un espía. Belelli me dijo que había llegado a Italia «encargado por Malatesta» para estudiar el terreno para su posible regreso. Evidentemente era un mentiroso; pero ciertamente se olía algo y venía a cuenta de quien le pagaba para asegurarse de ello. Comprendí que las dudas sobre él eran cada vez más fundadas: Belelli era un agente del gobierno italiano en Londres, con la misión especial de vigilar a Malatesta y su entorno. Sin embargo, no había una prueba segura y traté de que no entendiera nada. Pero seguramente intuyó igualmente que había sospechas, me saludó después de haber aceptado una reunión al día siguiente, y luego no volvió a verme. Supe un poco más tarde que había regresado casi inmediatamente a Londres.

Sobre sus intenciones de volver a Italia fue un artículo que Malatesta envió esos días al periódico L’Alleanza libertaria de Roma (Che fare?, en el nº 133 del 21 de septiembre de 1911), en el que por el momento no recomendaba la celebración de un congreso que ese periódico tenía previsto y decía sus ideas sobre lo que los anarquistas debían hacer antes para cumplir el destino del movimiento.

Mientras tanto, la guerra en África continuaba y se convertía en guerra contra Turquía. Socialistas y anarquistas se habían posicionado en contra. Un soldado anarquista, Augusto Masetti, había disparado a su coronel en el cuartel de Bolonia, mientras hacía cola con sus compañeros en las calles para partir hacia África. El ambiente era cada vez más irritante. En Londres, Malatesta también hizo propaganda contra la guerra entre el elemento italiano. Publicó también un panfleto, La Guerra Tripolitania (Londres, abril de 1912). Fue entonces cuando el espía Belelli se reveló como lo que era. Tuvo la desvergüenza de acusar a Malatesta de ser… ¡un agente de Turquía! Malatesta se preparó para desenmascarar a Belelli en un manifiesto, firmado con su propio nombre: Errico Malatesta alla Colonia Italiana di Londra. Per un fatto personale. Propuso que se reuniera un juez y un jurado para decidir si él era un calumniador o Belelli un sinvergüenza. Belelli se abstuvo de aceptar el reto y prefirió denunciar a su acusador ante los tribunales ingleses por ofensa a su honor (sin ayuda de pruebas, naturalmente); y dada la jurisprudencia inglesa, la condena de Malatesta era inevitable.

En efecto, el 20 de mayo fue condenado a tres meses de prisión, sin posibilidad de apelación, y recomendado al gobierno para su expulsión de Inglaterra. Esto provocó la indignación de la opinión pública inglesa y de los sindicatos obreros. El Manchester Guardian dedicó un artículo en profundidad a la defensa de Malatesta el 25 de mayo; una elocuente carta de P. Kropotkin apareció en The Nation; surgió un comité de agitación; hubo reuniones y encuentros, etc. El gobierno reconoció que la expulsión no podía tener lugar, y cuando Malatesta salió de la cárcel pudo permanecer en Londres sin que nadie le molestara. Mientras tanto, desde Roma habían llegado pruebas concretas (a través de Arnold Roller) de que Belelli era realmente un espía al servicio del gobierno italiano; y la documentación se publicó en el folleto La Gogna, editado por los anarquistas italianos en Londres. Belelli desapareció de su entorno londinense y se sabe que regresó a Italia.

Gustave Hervé, habiendo ido a Londres a finales de ese año, todavía en aquella época revolucionaria intransigentemente socialista, para dar una conferencia, Malatesta iba a escucharle en el Shoredith Hall. Aunque se declaraba siempre revolucionario, Hervé aludía, desde hacía tiempo, a un cambio de estrategia -a una «rectificación del punto de vista», decía-, pero en sus palabras, Malatesta intuyó al futuro tránsfuga; tomó la palabra contra él y reafirmó la bondad del método insurreccional que Hervé había abandonado, deteniéndose, entre otras cosas, en las relaciones entre guerra y revolución. Esas ideas suyas las expuso sintéticamente en un artículo un poco más tarde en la revista Le Mouvement Anarchiste de París (números 6-7 de enero-febrero de 1913).

Como su salud seguía siendo delicada, aún más comprometida por su reciente estancia en las cárceles inglesas, pensó ya en abandonar Inglaterra, cuando se presentó una circunstancia que le convenció decididamente de partir hacia Italia.

«Volontà» de Ancona (1913-14). – Los motines de la «Semana Roja». – La huida a Londres (1914).

Desde 1911, la escena anarquista italiana se vio afectada por desagradables disputas internas y personales, fomentadas sobre todo por dos o tres individuos de carácter argumentativo que pronto desertaron al campo burgués, y yo -que tuve la desgracia de ser amigo de algunos de los contendientes, y que cometí el error de verme envuelto en esas disputas- me había separado del movimiento, había dejado de escribir artículos, y me había retirado a una ciudad rural de Emilia para convertirme en maestro de escuela primaria. Era la primavera de 1913 cuando un viejo y estimado camarada, Cesare Agostinelli, uno de los más fieles amigos de Malatesta, me propuso colaborar en un nuevo periódico anarquista en Ancona, donde vivía.

Envió su proyecto también a Malatesta, quien aprobó la idea, respondiendo que un nuevo periódico sería útil para pacificar el campo anarquista y poner fin a las disputas; y que la escena italiana, desgastada por la guerra de Trípoli, exigía nuestro compromiso en un trabajo «práctico», para el que un periódico bien hecho serviría excelentemente. Prometió que colaboraría, sugiriendo que le diéramos al periódico el hermoso título de Volontà (Voluntad), y también prometió, si el periódico estaba bien presentado, que vendría a Ancona a editarlo tan pronto como pudiera arreglar sus asuntos para dejar Inglaterra.

Agostinelli me dijo que estaba muy contento con esta buena noticia; me encargó la edición de una circular para anunciar el periódico, lo que hice inmediatamente, y en definitiva, el primer número de Volontà salió el 8 de junio de 1913. Tras la lectura de un par de cartas recientemente publicadas, escritas en aquella época a Luigi Bertoni en Ginebra,[59] se puede ver que Malatesta se apasionó inmediatamente por esta nueva iniciativa. Según él, debía servir sobre todo como «cobertura para un trabajo más práctico», es decir, un trabajo de preparación espiritual y material de carácter revolucionario e insurreccional. Al parecer, veía en Italia las condiciones indispensables para ese trabajo, condiciones que, a su juicio, faltaban después de mi viaje a Londres en 1907.

El nuevo periódico de Ancona pronto tuvo las fuertes marcas de los periódicos anteriores de Malatesta. Aunque no lo firmó, Malatesta escribió la tribuna del periódico en el primer número y otros artículos, tanto firmados como sin firmar. Continuó su copiosa colaboración desde Londres durante unos dos meses, hasta que sus dudas cedieron y partió hacia Italia. Se desvió por Milán y fue bien recibido por los socialistas; en ese viaje conoció a Mussolini, director del ¡Avanti!, quien hizo que un redactor lo entrevistara y le extendió sus cordiales relaciones. Pasó por Bolonia, donde pude abrazarle y conocer sus intenciones, y antes de mediados de agosto llegó a Ancona, desde donde envió un ardiente «Llamamiento a los camaradas de Italia»[60], en el que confirmaba felizmente que había un gran despertar en las masas populares italianas, que marchaban hacia la revolución, y animaba a los camaradas a demostrar que estaban a la altura de la situación escalada, concluyendo el ensayo con: «¡Una vez más, a trabajar!»

Desde sus primeros momentos, el periódico Volontà tuvo un claro y evidente tono de preparación para la revolución; lo que no impidió que fuera al mismo tiempo -como lo habían sido las otras publicaciones de Malatesta- un laboratorio de ideas. Allí aparecieron artículos e interesantes discusiones sobre el socialismo y el parlamentarismo, el sindicalismo, la huelga general, la organización anarquista, el insurreccionalismo, el individualismo, el robo, la educación, el ateísmo, el proteccionismo, el libre comercio, la república, la guerra, el militarismo, etc. Los diez diálogos de «En el café» se imprimieron de nuevo, tras haber sido interrumpidos en 1897 en L’Agitazione, y añadió cuatro nuevos diálogos, que no fueron los últimos. Tuvo lugar un largo debate entre Malatesta y James Guillaume (que escribía desde París) sobre el sindicalismo, centrado en su historia y teoría, en el que ambos resumieron recuerdos y detalles inéditos sobre la primera Internacional y sobre Bakunin.

El trabajo «de portada» no era obviamente menos serio e interesante que lo que se «cubría». Pero era esto último lo que más interesaba a Malatesta, y a ello se dedicó en cuerpo y alma. Antes que nada, consiguió poner fin a las viejas disputas, de las que ni siquiera se hablaba dos o tres meses después, y reorientó el elemento anarquista hacia un camino de acuerdo y acción común, pasando las diferencias teóricas a un segundo plano. Al mismo tiempo, contribuyó a una reunión espiritual de los elementos revolucionarios dispersos en los diferentes movimientos subversivos, entrando en relación con todas las personas que parecían tener buena voluntad revolucionaria o que podían ser útiles en un movimiento insurreccional, sondeando el terreno en todos los ambientes, sin necesidad de contratos o negociaciones de ningún tipo con los diferentes partidos oficiales, hacia los que se mantuvo absolutamente intransigente.

Estuvo en varias ciudades italianas (Roma, Milán, Florencia, Bolonia, Liorna, Turín, etc.) para dar conferencias y celebrar reuniones, y en cada lugar estableció relaciones, conoció gente nueva y aprendió cosas. Como periodista, asistió a todos los lugares donde se reunían las fuerzas populares y proletarias -una reunión de exinternacionalistas en Imola, el Congreso socialista de Ancona, uno republicano en Bolonia, y una reunión de sindicalistas en Milán, etc.- y en esas ocasiones estudió qué elementos serían más proclives a un movimiento unido serio. Tuvo predilección por la labor de la Unión Sindical Italiana, que se había fundado poco antes y que parecía la más oportuna para sus intenciones y la más cercana por la participación que en ella tenían algunos anarquistas. Intervino personalmente, aunque no como delegado oficial, en el congreso sindical de Milán (diciembre de 1913) y fue invitado a intervenir en una sesión al margen de las sesiones ordinarias del congreso. En el congreso republicano de mayo de 1914, fue llamado a la tribuna tras la conclusión de la sesión y pronunció un discurso revolucionario y antimonárquico que entusiasmó a los presentes. Participó acaloradamente en la agitación antimilitarista por la liberación de Augusto Masetti y contra las compañías disciplinarias…; y así sucesivamente.

Todavía aprovechó la oportunidad, dos o tres veces entre agosto de 1913 y junio de 1914, para reunirse con Benito Mussolini. El lenguaje revolucionario y blanquista de este último y la posición audaz y antimonárquica que destacaba en el ¡Avanti! habían permitido a Malatesta confiar momentáneamente en que el inquieto Romangnan podría, en el momento oportuno, contribuir con fuerza a precipitar la situación italiana. Pero no se engañó por mucho tiempo. Una noche de mayo de 1914, durante el congreso sindical de Milán, los dos fuimos a una reunión con Mussolini en el Avanti. Hablaron largo y tendido, y yo escuché. Malatesta suplicó a Mussolini que explicara su posición sobre el argumento de una posible insurrección italiana; pero no consiguió arrancarle ni una sola palabra que indicara una voluntad precisa. El director de los ¡Avanti! estaba totalmente dominado por su aversión a los reformistas, totalmente interna y partidista, y mostraba la mayor desconfianza y odio hacia los sindicalistas y republicanos; estaba harto de la casa de Saboya, de los generales, de Giolitti, etc. Pero en cuanto a la revolución, mostraba un escepticismo sobrehumano y disparaba llamas contra el «cuarantottismo» (contra la mentalidad de 1848). Al salir y ya en la escalera, refiriéndose al juicio desprejuiciado de Mussolini sobre Giulio Barni y Libero Tancredi,[61] a los que llamó hipercríticos y nada más, Malatesta me dijo: «¿Lo has pillado? Llamó hipercríticos a Barni y Tancredi, pero el que es hipercrítico es él y nada más. Este tipo sólo es revolucionario en el papel. No quiero tener nada que ver con él».

Los anarquistas italianos estaban preparando un congreso nacional para el verano siguiente, con el apoyo de Malatesta, cuando estallaron los sucesos de la «Semana Roja» en Marcas y Romagna, que interrumpieron todo el trabajo. Como suele ocurrir, los preparativos revolucionarios, apenas iniciados y aún insuficientes, se vieron perjudicados por un hecho grave e improvisado que se precipitó antes de los acontecimientos.

El primer domingo de junio, fiesta oficial del Estatuto, habían comenzado las manifestaciones en toda Italia para exigir la liberación de Augusto Masetti y la abolición de las compañías militares disciplinarias. Esa mañana, el 7 de junio de 1914, la policía había disuelto grupos de manifestantes en las calles de Ancona y había detenido a Malatesta, dejándolo libre unas horas más tarde. El mitin anunciado se celebró esa tarde en Villa Rosa, sede del partido republicano, y en él intervinieron oradores de varios partidos, entre ellos Malatesta. A su término, el millar de manifestantes se encontró con los accesos a la calle bloqueados por guardias y fusileros; se produjo un conflicto inevitable. Bajo el fuego de los guardias, tres personas murieron en la acera y varias resultaron heridas.

El proletariado salió inmediatamente a la calle. Se proclamó una huelga general. Hubo asaltos y robos contra las armerías, los guardias de aduanas fueron expulsados y la fuerza pública se vio obligada a retirarse a sus cuarteles. Al día siguiente, toda la ciudad estaba en manos del pueblo; el movimiento se propagó como un reguero de pólvora por todo Marcas y Romaña. En ciudades y pueblos, desde Foligno hasta Roma, y desde Imola y Ravenna hasta el Norte, se vio desaparecer la fuerza pública, y las multitudes insurrectas quedaron como dueñas de la situación. Los trenes dejaron de circular y sólo los automóviles de los comités de agitación iban de ciudad en ciudad; se necesitaban alimentos; en el campo todos los vehículos estaban detenidos, exigiendo salvoconductos a los Comités… En Fabriano, una compañía de soldados confraternizó con los obreros; en Forli fue quemada una iglesia; cerca de Rávena fue hecho prisionero un general del ejército.

Mientras tanto, las noticias de los sucesos de Ancona se extendieron como la luz por toda Italia. Las organizaciones proletarias, sindicales y políticas declararon una huelga general nacional[62], pero ésta, fuera de Marcas y Romagna, no duró más de dos días y medio, cortada en el momento culminante por una orden traidora de ponerle fin por parte de la Confederación General del Trabajo. Sin embargo, Marcas y Romaña fueron abandonadas y permanecieron en la brecha hasta el domingo siguiente. Anarquistas, socialistas y republicanos mantuvieron sus puestos en las calles al unísono, día y noche. En Ancona, Malatesta, entre los primeros, inagotable, siempre en medio de la multitud, en la Cámara del Trabajo… y en la plaza, suplicando repetidamente al pueblo, aconsejando, animando. El viernes 12, publicó una proclama en la que se refería a los rumores de que la revolución se extendía por? Italia y que la monarquía estaba a punto de caer, sugiriendo los medios más urgentes para las provisiones y para la extensión del movimiento y señalando no creer ni prestar oídos a las noticias de la orden de cese de la huelga de la Confederación.

Pero mientras tanto, el gobierno italiano envió masas colosales del ejército a todas las regiones rebeldes para interrumpir la resistencia. El sábado se reconoció que la fiesta había terminado. Los trenes militares comenzaron a llegar sobre las líneas puestas en condiciones por los batallones de Zapadores. El domingo 14, la ocupación militar era completa en todas partes, incluso en los pueblos más pequeños. El lunes la huelga terminó incluso en Marcas y Romaña; la «semana roja» había pasado. Uno o dos días después, Malatesta pudo quedarse en Ancona, con la única precaución de cambiar de casa. Todavía preparó un número de Volontà. Su artículo de fondo se titulaba «¿Y ahora?», y continuaba: «Ahora… continuaremos. Seguiremos más que nunca llenos de entusiasmo, de actos de voluntad, de esperanza, de fe. Seguiremos preparando la revolución liberadora, que asegurará la justicia, la libertad y el bienestar para todos» (nº 24 del 20 de junio de 1914).

Inesperadamente, incluso antes de que el periódico saliera a la luz, se advirtió que la policía había ido a su residencia habitual para detenerlo. Había desaparecido. Un automóvil le llevó al sur de Italia, donde, en una pequeña estación, superficialmente disfrazado -se había limitado a ponerse un cortavientos de moda… sobre la ropa y se había afeitado-, tomó el tren para Milán en primera clase. Por la noche pasó por la estación de Ancona, militarmente ocupada, y llegó a Milán; desde allí, por Como, llegó a la frontera suiza, que cruzó sin retenciones. Por Lugano y Ginebra, pasando por París, llegó unos días después a Londres. El 24 de junio el Avanti! publicó una breve nota suya saludando a amigos y compañeros, haciéndoles saber que había regresado a su antigua casa.

La guerra mundial. – Argumentos contra la guerra y el intervencionismo. – Regreso a Italia (1919).

Unos amigos pudieron verle en París, de camino, y algunos diarios (entre otros La Guerre sociale y La Bataille Syndicaliste), le entrevistaron. En Londres, Malatesta reconstruyó los sucesos de Ancona en otras dos extensas y detalladas entrevistas para diarios italianos (Il Secolo de Milán, 30 de junio, e Il Giornale d’Italia de Roma, 1 de julio de 1914). Escribió un artículo sobre el argumento de Freedom, el conocido órgano anarquista de Londres, del que apareció una traducción al italiano en la Cronaca Souversiva de Lynn, Mass. (25 de julio de 1914).

Cerrado este otro paréntesis de la batalla, en Londres Malatesta retomó la vida que le era habitual desde los 25 años. A pesar de los años transcurridos, volvió a su oficio de mecánico electricista, sin dejar de otear el horizonte en busca de señales precursoras de una nueva tempestad que le llamara de nuevo a su terreno favorito. Y ya, precisamente en esos días de su regreso a Londres, el horizonte europeo se cubrió de nubes, se escucharon los primeros truenos y el aire fue cortado por los primeros rayos de la tremenda e inminente guerra.

Pero su atención se vio desviada durante algún tiempo de los asuntos exteriores por una grave desgracia que afectó a la familia Defendi, de la que había sido huésped durante muchos años. La mujer Emilia, que le había prestado las atenciones de una hermana cariñosa en sus anteriores enfermedades, enfermó ella misma y murió tras una amarga agonía, entre grandes espasmos. Ayudó a la familia a atenderla durante todo el curso de su enfermedad, hasta el último instante. Los amigos que tuvieron ocasión de ver a Malatesta en la intimidad de su refugio londinense, entre aquella familia que lo consideraba como propio, rodeado de los numerosos hijos, grandes y pequeños, de los Defendis, que lo querían como al pariente más apreciado, pueden imaginar el estado de su alma, de un corazón tan grande y tan lleno de ternura para todos los que lo rodeaban.

Pero la desgracia personal no le impidió, sin embargo, sentir la profunda desgracia universal que sobrevino a la humanidad en aquel trágico verano. Y cuando se tuvo el doloroso espectáculo de una parte del socialismo europeo arrastrado, incluso moralmente, al desastre general, llevado a renegar en un instante de la prédica internacionalista de medio siglo, y ponerse del lado -en Alemania como en Francia, en Austria como en Inglaterra- de los gobiernos burgueses y de los militarismos de sus propios países; cuando Malatesta vio incluso a los anarquistas, pero de los mejores y entre sus más queridos amigos, seguir por una hábil acción del espíritu el mismo camino de los ideales derrumbados, un dolor aún mayor invadió su alma. No dudó entonces en separarse de los amigos que se habían desviado de manera tan lamentable, y en decir alto y fuerte su fiel pensamiento al internacionalismo anarquista revolucionario.

Después de que Kropotkin publicara su famosa declaración jurándose a la causa de los ejércitos aliados inglés-francés-ruso, Malatesta publicó en Freedom (Londres); en Il Risveglio (Ginebra); y en Volontà (Ancona) (núm. 42 de noviembre de 1914),[63] un artículo conciso y consumado: «Anarquistas, ¿habéis olvidado vuestros principios?», que expresaba con exactitud las opiniones y los sentimientos fieles a sus ideas. La amistad entre él y Kropotkin, que había durado casi cuarenta años, se rompió, aunque conservando el uno para el otro, a pesar de todo, la estima y el respeto mutuos. «Fue», contó algunos años más tarde, «uno de los momentos más tristes y trágicos de mi vida (y me atrevo a decir que para él también), que después de una discusión en extrema dureza, nos separamos como adversarios, casi como enemigos»[64].

Como indica el artículo anterior, Malatesta había dicho en algún momento que, prescindiendo de todo, preveía la derrota de los ejércitos alemanes como el menor de los males, ya que eso habría provocado la revolución en Alemania, Mussolini -que un poco antes había pasado del neutralismo más absoluto al intervencionismo más bélico y había fundado en contra de su partido y a favor de la guerra el nuevo diario Il Popolo d’Italia de Milán- se agarró a esta frase aislada para acusar a Malatesta de contradicción y sostener la necesidad de la intervención italiana contra Alemania. Malatesta respondió con una carta-artículo, fechada el 1 de diciembre de 1914, en la que demostraba que la contradicción era inexistente y decía que la primera condición para que se produzca una revolución, es que los revolucionarios no traicionen su causa en ningún país. Mussolini se cuidó de no publicar esa respuesta, que apareció más tarde en los periódicos anarquistas (Volontà nº 46 del 24 de diciembre).

A pesar de la censura de la prensa y del correo, Malatesta no cesó ni un instante su propaganda contra la guerra, tanto personalmente en Londres, como en otros lugares con artículos, cartas, llamadas, etc. Algunos de sus escritos enviados a la sede de Volontà fueron interceptados por el correo inglés, como señaló en una carta a Luigi Molinari el 9 de octubre (publicada en L’Università popolare de Milán). Pero más tarde consiguió hacer llegar algunos a Italia, Francia y España. En marzo de 1915 colaboró en la redacción de un manifiesto internacional contra la guerra, fechado en Londres, pero firmado, además de por él, por varios anarquistas conocidos de todos los países: Domela Niewenhuis, Emma Goldman, A. Berkman, L. Bertoni, C. Frigerio, E. Recchioni, L. Combes, L. D. Abbot, Hippolyte Havel, A. Schapiro, y otros (Volontà, nº 12 del 20 de marzo). Uno de sus artículos más importantes, muy extenso, fue: Mentra la strage dura (Volontà, núm. 14 del 3 de abril), en el que predijo el desencadenamiento de la guerra, que más tarde se realizó plenamente. Y cuando, no obstante, Italia fue arrastrada también al ardiente crisol por la monarquía, lanzó un grito de angustia y cólera en Libertad: «¿También Italia?»[65].

En 1916, habiendo difundido el mundo voces angustiadas y esperanzas de paz, los anarquistas intervencionistas que seguían a Kropotkin publicaron un manifiesto en protesta por «la paz prematura» y por la guerra llevada a cabo hasta el completo aplastamiento del potencial militar alemán. Este fue el «manifiesto de los dieciséis», llamado así porque había dieciséis firmantes, entre ellos Kropotkin, J. Grave, C. Malato, M. Pierrot, A. Laisant, C. Cornelissen y P. Reclus. Malatesta protestó a su vez contra ellos en un artículo en Libertad (abril de 1916), que luego se imprimió clandestinamente en París con el título «Anarquistas del Gobierno». En Italia todos los intentos de publicación fueron frenados por la censura[66].

Ese mismo año, 1916, Malatesta pidió al consulado italiano en Londres un pasaporte para volver a Italia; dado el estado de guerra, habría sido imposible regresar de otra manera como lo había hecho en el pasado. Por un lado, en Inglaterra la reacción militar impedía, en lo sucesivo, todo movimiento o forma de mostrar el pensamiento propio; y por otro, Mslatesta había previsto que en Italia, donde el pueblo había permanecido unánimemente hostil a la guerra y la revuelta germinaba bajo el yugo del militarismo, se estaba gestando una situación cada vez más revolucionaria. Esa impresión fue confirmada más tarde por las discusiones de los socialistas italianos que fueron a Londres y con los que tuvo la oportunidad de reunirse. La verdad es que pesaba sobre él la orden de capturar y juzgarle por los sucesos de la «semana roja»; pero a pesar de ello, quería volver a toda costa y deseaba enfrentarse al juicio que le esperaba en Italia[67].

Se le negó inexorablemente. Y continuó viviendo en Londres otros dos años y pico, que ignoraré por completo. Lo que sí puede afirmarse es la alegría con la que tuvo que saludar el estallido de la revolución rusa en febrero de 1917 y el creciente interés con el que seguiría su desarrollo durante todo ese año. Sabía que había tenido la intención de marcharse a Rusia, pero no fue posible; y luego abandonó la idea por la impotencia en que le habría sumido su desconocimiento del idioma ruso. Pero no estoy seguro de todo esto.

Desde 1917 no recuerdo más que una carta, a Armando Borghi, en la que repite su deseo de volver a Italia y habla de la insistencia del gobierno italiano en negarle el pasaporte; habla de la inutilidad de la participación de los anarquistas en el congreso de socialistas parlamentarios de Estocolmo y de lo útil que sería en cambio una Internacional sobre otras bases; desaprueba que la Unión Sindical Italiana se comprometa con el movimiento de Zimmerwald, a pesar del placer con que lo veía; y, finalmente, da noticias de la poca o nula importancia de las corrientes socialistas revolucionarias en Inglaterra (Guerre di Classe, Florencia, núm. 53 del 16 de noviembre de 1917).

No sé si se ocupó de la revolución rusa de manera especial. Habría que consultar a Freedom (Londres) al respecto. Pero sus ideas sobre el triunfo del bolchevismo en su seno, podían predecirse desde entonces, dada su irreductibilidad anarquista e intransigente. En el fondo, tales ideas, radicalmente adversas, aunque inicialmente sostenidas por una cierta simpatía (sobre todo antes del triunfo de los bolcheviques), fueron reafirmadas en una carta que me escribió desde Londres el 30 de julio de 1919 y que publiqué en el rearisen Volontà (Ancona) (nº 11 del 16 de agosto de 1919). Sentía entonces la mayor simpatía por los socialistas italianos, que a pesar de ciertas actitudes incongruentes y de la conducta patriótica de sus facciones reformistas más hacia la derecha, habían mantenido honorablemente en alto la bandera del internacionalismo contra el chovinismo y el militarismo reinantes durante la guerra, y la oposición más activa posible en las circunstancias y su mentalidad. Una muestra de esta simpatía se encuentra en su intervención en una reunión en Londres, convocada por la sección local del partido socialista italiano en noviembre de 1919.

Mientras tanto, insistió varias veces más en la obtención de un pasaporte. Los ministros cambiaron en Italia, pero todos plantearon la misma negativa, aunque dos amnistías sucesivas borraron toda imputación legal contra él. Finalmente, sólo a mediados de noviembre de 1919, el consulado en Londres tuvo la orden de darle su pasaporte, debido a la intensa agitación realizada en la península a este efecto por la Unión Sindical Italiana. Pero fue como si no lo hubiera obtenido. Incitada por el gobierno italiano, la Francia oficial le negó el visado necesario para cruzar su territorio y la policía inglesa impidió a todos los capitanes de barco llevar al rebelde prohibido. Entonces los camaradas italianos interesaron en el asunto al capitán Giuseppe Giulietti, que era secretario de la Federación Italiana de Trabajadores del Mar [ital], y envió a su hermano Alfredo a Londres para preparar la huida de Malatesta. Verdaderamente éste, por su intervención, logró finalmente embarcarse disfrazado en Cardiff en un carguero griego que lo llevó a Taranto, donde Alfredo Giulietti fue por tierra a esperarlo. Éste, para disimular la cosa y cubrir de algún modo la responsabilidad del capitán del barco, subió a Malatesta rápidamente y sin que nadie se diera cuenta a Ginebra en un carro-cama rápido, donde llegaron juntos después de atravesar toda Italia absolutamente sin ser reconocidos[68].

Umanità Nova de Milán (1920). – Comités, conferencias y congresos. – Ocupación de las fábricas. – Detención (1920).

Así pues, desembarcado en Ginebra el 24 de diciembre de 1919, Malatesta volvió triunfalmente a la vida pública italiana. En la gran ciudad ligur fue acogido por una enorme multitud que le aplaudió. Los barcos anclados en el puerto hacían sonar sus sirenas e izaban banderas en señal de alegría, los barrios populares se adornaban con pancartas rojas y el pueblo anunciaba? Malatesta en las calles y plazas con una especie de delirio. En un gran mitin, en el que intervino para dar el saludo de los anarquistas italianos a ese magnífico orador que era Lugigi Galleani -también recién llegado de Norteamérica-, subió también al escenario para dar las gracias a… y para decir enseguida lo que luego tendría que repetir en todas partes: que había llegado la hora de la revolución y que había que prepararse rápidamente para hacerla cuanto antes, antes de que se nos escapara la hora.

Inmediatamente inició un festín de propaganda desde Ginebra y de exploración de todo el norte y centro de Italia. En todas las ciudades -Turín, Milán, Bolonia, Ancona, Roma, Florencia, etc.- y lo mismo en los pequeños centros provinciales y campestres, innumerables masas de gente se apretujaban para aclamarlo y escucharlo. En Bolonia, donde se alojó en mi casa y pude tener un primer intercambio de ideas con él, en una gran reunión en el teatro Comunal insistió en la necesidad de la revolución, ya que, dijo, «si dejamos pasar el momento favorable tendremos que pagar después con lágrimas de sangre el miedo que ahora infundimos… a la burguesía».

«El anarquista Malatesta», decía el Corriere della Sera (Milán) el 20 de enero de 1920, «es por ahora una de las grandes figuras de la vida italiana. Las multitudes de la ciudad corren a su encuentro, y no le entregan las llaves de sus puertas como en otro tiempo, sólo porque no hay llaves y no hay puertas.»

Él, aunque naturalmente se contentaba con el significado revolucionario que tenía la gran aceptación popular…, unos días más tarde pensó que debía poner freno a esos homenajes que le parecían asumir un carácter excesivamente personal de disculpa, e imprimió una breve carta a los amigos, en la que entre otras cosas decía: «¡Gracias, pero basta! … La hipérbole es una forma retórica de la que no se debe abusar, y exaltar a un hombre es políticamente peligroso y moralmente insano para el exaltado y los exaltadores».

Cuando estaba a punto de terminar ese primer festín de propaganda, aproximadamente dos meses después de su llegada, a mediados de febrero, el aterrorizado gobierno italiano quiso detenerlo. Con ocasión de un viaje entre Liorna y Florencia, la policía lo bajó del tren en la pequeña estación de Tombolo, y lo transportó en un coche a las cárceles florentinas. Pero la inmediata y espontánea protesta del pueblo en las ciudades toscanas, donde había ido a proclamar una huelga general, obligó a su liberación. A la mañana siguiente se encuentra en Bolonia.

Un recuerdo personal: Malatesta, unos meses antes, me había escrito desde Londres, extendiéndose para explicarme sus ideas sobre lo que debía hacerse para hacer una revolución italiana. Me dijo que el movimiento debía iniciarse «en tono bajo», elevarse gradualmente y, mientras tanto, trabajar inteligentemente en el terreno práctico, solidificando las relaciones, tomando contacto con otras fuerzas revolucionarias, etc. Vino a hablar de esas ideas a mi casa a su llegada a Bolonia, después de la detención en Tombolo, y me interrumpió en la conversación: «¡Es imposible seguir ese camino! No pensé que encontraría una ebullición… como ésta. Ya no se trata de preparar el terreno, está preparado. Se trata precisamente, en cambio, de hacer lo que podamos cuanto antes, porque la revolución ya está en marcha, mucho más cerca de lo que pensaba al escribirle desde Londres.» Yo compartía su opinión, y sólo más tarde me asaltó la duda más angustiosa sobre el carácter revolucionario de aquel notable entusiasmo popular y el temor de que éste no hiciera ver la verdadera profundidad de las cosas.

Correspondiente a esas primeras semanas de 1920 fue la idea que se tuvo por algunos momentos entre un pequeño círculo de revolucionarios, de utilizar la situación creada por Gabriele d’Annunzio con la ocupación de Fiume a la cabeza de algunos restos del ejército que le era fiel, realizada un mes antes y que duró hasta diciembre de 1920. La cosa no se llevó a cabo y permaneció en secreto durante dos años, y ni siquiera después se supo mucho de ella, porque los que se habían ocupado del asunto se habían encerrado, por razones comprensibles, en la máxima reserva. Ahora bien, puede decirse que Malatesta fue uno de los pocos (incluso el principal) que se mezcló en las breves negociaciones de entonces sobre el proyecto. Pero él, interpelado varias veces, se negó siempre a dar explicaciones, imposibles sin el consentimiento de todos los interesados. En una carta de junio de 1920 me decía que la parte de la verdad que podía hacerse pública era ésta:

«Se trata, básicamente, de un proyecto insurreccional en 1920, una especie de marcha sobre Roma, si se quiere llamar así. El primero en conceptualizar la cosa, que habría podido conseguir el apoyo de Fiume de hombres y sobre todo de armas, puso como condición sine qua non la asistencia, o al menos la aprobación, de los socialistas, para tener más posibilidades de éxito, o porque temía ser denunciado como agente de d’Annunzio. Se celebraron un par de reuniones en Roma al respecto; los socialistas no quisieron saber nada, y no hicieron nada.» No me siento autorizado, ni siquiera ahora que Malatesta ha muerto, a decir más. ¿Quién puede imaginar el curso que habrían tomado los acontecimientos entonces, si los socialistas tuvieran un poco más de sentimiento revolucionario práctico?»

Mientras tanto, a finales de febrero, los anarquistas italianos consiguieron que apareciera en Milán el diario Umanità Nova (27 de febrero de 1920), cuya dirección había aceptado Malatesta desde Londres, y redactaron la circular programática. Fijó su residencia en Milán. Pero desde allí acudía continuamente a toda Italia cuando los camaradas le llamaban, para dar conferencias, celebrar asambleas, reuniones, huelgas, etc. En todas partes, su presencia daba lugar a imponentes manifestaciones, a menudo tumultuosas. Hay que decir que se abusó mucho de su condescendencia… robándole así el tiempo para realizar un trabajo más positivo, que sólo él podría hacer.

Le llamaron a una ciudad por un día; llegó y se encontró con que le habían preparado tareas para una semana, que se habían convocado asambleas y reuniones para toda la provincia, con teatros y salones pagados, etc. Y él, viendo los sacrificios que ya habían hecho los compañeros, no supo negarse y se quedó allí.

La policía italiana, cada vez más irritada…, trató de provocar algún «atropello»… por todas partes para capturarlo o asesinarlo. Su intención fue visiblemente comprendida en varias ocasiones. En Milán, Piacenza y Florencia, entre otras, se vio a la policía abrir fuego ostensiblemente en los puntos donde se encontraba. Entonces, la prensa más desvergonzada por el escándalo le reprochó que no había sido asesinado, le agredió con todo tipo de injurias, calumnias ridículas y verdaderas y propias incitaciones al homicidio.

Mientras tanto, Umanità Nova prosperaba. En vano, solapadamente, el gobierno trató de poner obstáculos a su publicación, rechazando o frenando el papel ya pagado de las papeleras autorizadas. Los mineros de la Valdarna amenazaron en un momento dado con hacer una huelga en las minas de lignito si no se daba papel al diario anarquista, y sólo entonces un telegrama del gobierno consintió en entregarlo. El periódico rebelde alcanzó una tirada de 50.000 ejemplares, y unos ingresos que superaron el millón de liras.

En Umanità Nova, como de costumbre, Malatesta desarrolló su propaganda, tranquilizadora y fogosa a la vez. Insistió siempre, como un estribillo, en el concepto afirmado en sus primeras conferencias: hacer pronto la revolución, aprovechar la hora favorable, so pena de pagar después el miedo del enemigo. Su línea, como en el pasado, tenía dos aspectos: la clarificación de las ideas anarquistas y la preparación de la revolución. Persiguió… la propaganda del comunismo anarquista, con un gran sentimiento de comprensión y conciliación de todas las tendencias anarquistas. Era partidario del «frente único» revolucionario, pero el primer acuerdo debía ser la estabilidad entre los anarquistas; luego, lo más posible, sin traicionar los principios y preservando la total libertad de acción, con todas las demás fuerzas proletarias y revolucionarias, las fuerzas anarquistas por sí solas no podían ser suficientes para vencer la resistencia del Estado y de la burguesía. Insistió a menudo en los medios prácticos en la época de la revolución: particularmente en la necesidad de destruir todo lo que es nocivo, pero guardándose bien, salvo en casos de extrema necesidad imperiosa, de destruir lo que podría ser útil para la vida de las poblaciones insurrectas, como las casas, los medios de transporte, las herramientas de trabajo, los artículos comestibles, etc.

Continuó propagando y defendiendo la concepción libertaria del socialismo y de la revolución en contraste con la autoridad de los socialdemócratas y los bolcheviques. En el periódico sostuvo más de un debate con unos y otros; conservando, sin embargo, en los límites de lo posible, la mayor cordialidad de la forma. El sectarismo comunista no se había vuelto tan pesado e irritante, por lo que sólo en los últimos tiempos el debate con este sector se había vuelto un poco más agrio. Las relaciones con los socialdemócratas eran más tensas, especialmente con ciertas facciones reformistas confederadas, que en los momentos más decisivos presionaban para echar agua al fuego o desacreditar las rebeliones populares. Nada más llegar a Italia, tuvo que vérselas cansinamente con algún político lobardiano que había perjudicado y prejuzgado, ante las autoridades, a los claramente implicados en un movimiento en Mantua. Pero no le gustaba atacar a nadie sin motivos serios.

Dedicó mucha actividad a la organización también, llamada de partido de las fuerzas anarquistas. Desde abril de 1919 en un congreso en Florencia se habia constituido una Union Anarquica Italiana, siguiendo los principios y la estrategia que el habia favorecido desde antes de 1890. Al llegar a Italia se había comprometido con su acción, participando en ella constantemente. En los dos congresos de julio de 1920 en Bolonia, y de noviembre de 1921 en Ancona, su intervención fue una de las más activas e influyentes; compiló, sobre la base de algo antiguo que había escrito, el programa de la Unión aprobado por el congreso de Bolonia; fue miembro del Consejo general; la representó en diversas conferencias, políticas y proletarias, públicas o secretas; lo defendió con serenidad, pero con firmeza, contra las críticas de los camaradas antiorganizativos; le redactó más de una vez mociones y manifiestos, el último de los cuales, el del primero de mayo de 1926, cuando el Sindicato ya había sido llevado a una miserable vida clandestina bajo el terror fascista reinante.

Flanqueó además la actividad de la Unión Sindical Italiana con el más amplio espíritu de solidaridad, interviniendo directamente en toda agitación o movimiento en el que pudiera concurrir -la conocida organización de clase de las tendencias sindicales revolucionarias, que desde 1914 en adelante fue inspirada y dirigida preferentemente… por los compañeros anarquistas-, aunque conservando y reafirmando sus particulares opiniones (adversas en muchos puntos) frente al sindicalismo y a las variadas cuestiones que se le planteaban. No veía con buenos ojos la división del trabajo en el terreno sindical, pero comprendía las inevitables relaciones que se derivaban del pasado, y se daba cuenta de la incierta utilidad de la Unión Sindical, como tal era, para la causa de la revolución, considerada inminente. Por lo tanto, aceptó, sin discutirlo demasiado, el estado de las cosas, y se mantuvo junto a la organización obrera que más se aproximaba al anarquismo, y sólo opinó que se convertía en una responsabilidad para los anarquistas estar organizados, y estar mejor en una organización que en otra. Lo importante para él era que los anarquistas, organizados o no, o adheridos a las organizaciones sindicales de cualquier tendencia, siguieran siendo anarquistas y ayudaran a desarrollar la acción anarquista allí donde la encontraran.

Todo sectarismo y exclusividad de tendencia no se encontraba en él, sobre la cuestión de la organización anarquista y sobre la organización sindical, contentándose con colaborar en el terreno práctico y revolucionario, en todas las ocasiones posibles, con todos los anarquistas, incluso con los que disentían de él. Y hasta el final quiso que Umanità Nova fuera el órgano de todos los anarquistas, y no sólo de su propia corriente, aunque reconociendo que en tiempos normales sería preferible hacer un periódico de orientación homogénea.

El periódico que culminó la actividad de Malatesta fue el verano de 1920, cuando parecía que la revolución iba a estallar de un momento a otro, entre el motín de Ancona en junio[69] y la ocupación de las fábricas en septiembre. Se multiplicaron; reuniones interproletarias, negociaciones secretas para la acción, prácticas para la adquisición de armas, conferencias y asambleas, agitación por las víctimas políticas, y así sucesivamente, hasta que en la ocupación de las fábricas se entregaron, día y noche. Mientras tanto, desde que el periódico aconsejaba lo que había que hacer, él… intervenía personalmente en las fábricas ocupadas en Milán para sostener la resistencia, corría a las reuniones más o menos clandestinas entre anarquistas y partidarios, para sostener las proposiciones más oportunas, y se oponía en todas partes a quien aconsejaba la limitación o el cese de un movimiento tan bien comenzado.

Lo que sostenía entonces en público y en privado era esto: que nunca podría presentarse una ocasión mejor para ganar casi sin derramar sangre; extender la ocupación de la metalurgia a todas las demás industrias y terrenos; donde no hubiera industrias, lanzarse a la calle con huelgas y rebeliones locales que distrajeran a las fuerzas armadas del Estado de los grandes centros; desde las localidades más pequeñas, donde nada se podía hacer, ayudar a los lugares más grandes y cercanos; entrar en actividad de grupos de acción; armarse en el mayor número posible, etc. Sería demasiado largo decirlo todo, y tal vez aún no sea el momento. Se sabe cómo el movimiento se vio frustrado por la deliberación de la Confederación General del Trabajo, dominada por los socialdemócratas, de devolver las fábricas a los propietarios bajo la promesa del gobierno de Giolitti de una ley que introduciría el control obrero en las fábricas.

En vano, los anarquistas (y Malatesta de la manera más enérgica) se opusieron y lucharon aquí y allá para galvanizar el movimiento, particularmente donde por su número, o con el diario Umanità Nova, o a través de la Unión Sindical Italiana, tenían una influencia importante. En toda Italia el proletariado se batió en retirada, y comenzó a perder el ánimo, la incertidumbre y la desilusión comenzaron entre las masas. El entusiasmo general se apagó y la voluntad de lucha se quedó en las minorías revolucionarias más restringidas, que el gobierno consiguió aislar rápidamente. La burguesía pasó a la cabeza y pasó de la defensiva a la ofensiva[70].

Alrededor de un mes después, al día siguiente de las grandiosas asambleas en toda Italia en defensa de las víctimas políticas, y de una tarde de huelga general, el 14 de octubre, terminada en algunas ciudades con tumultos sangrientos, el gobierno comenzó la reacción contra los anarquistas[71].

En esos días Malatesta estuvo en mi casa de Bolonia, donde durmió durante dos semanas. ¡Un descanso muy relativo! Fue en esos días cuando -además de participar el 10 de octubre en la reunión del Consejo General de la Unión Anárquica- trabajó en la revisión, reordenación y finalización, con otros diálogos finales, de su pequeño libro de discusión, En el Café, publicado un poco más tarde en su primera edición completa. Sin decírselo, los camaradas lo anunciaron como orador en el mitin de Bolonia -lo abrió leyendo el manifiesto al que nos hemos referido-, básicamente habló ese día junto a otros oradores en la Plaza Umberto I, ante una enorme multitud. Después del mitin fue a la Cámara de Trabajo con algunos de nosotros para escribir una carta refutando al Resto del Carlino, que lo había acusado de ser una «casa dormitorio»; y mientras estábamos allí llegaron noticias de un grave enfrentamiento entre manifestantes y fuerzas públicas en el centro de la ciudad, cerca de la cárcel, con muertos y heridos de ambos grupos. Dos días después partió hacia Milán, donde, nada más llegar, el 17 de octubre de 1920, fue detenido.

Uno o dos días antes habían sido detenidos también otros redactores de Umanità Nova, y aún antes, Armando Borghi y otros militantes de la Unión Sindical. Siguieron otras detenciones de anarquistas en diferentes partes de Italia. Umanità Nova siguió publicándose igualmente, algunos de los detenidos fueron puestos en libertad; pero Malatesta, Borghi, Corrado Quaglino (director del diario anarquista) y Mario Baldini fueron encarcelados y juzgados en Milán. Dante Pagliai, director del periódico…, y algunos otros, redactores, administradores y colaboradores, fueron implicados también en el juicio; pero estos últimos, excepto Pagliai, desaparecido, fueron dejados fuera de la acusación más tarde, durante la vista del juicio.

En la cárcel (1920-21). – Huelga de hambre. – Juicio y absolución. – La lucha contra el fascismo. – La «Marcha sobre Roma» (1922).

El golpe fue fuerte. Inmediatamente se celebró en Florencia una conferencia de partidos y organizaciones sindicales y, a pesar de las promesas hechas anteriormente, se rechazó toda acción de protesta. Los anarquistas se quedaron solos. En la reunión, Serrati, que dirigía el Avanti!, calificó la detención de Malatesta de «episodio transitorio» y dijo que no se podía hacer nada al respecto. Esta actitud dio aún más aire al gobierno y a la burguesía; la reacción se intensificó. El fascismo había surgido un año y medio antes, y hasta ese momento había sido insignificante y ridículo. Para sorpresa de todos, vio engrosar sus filas, levantó la cabeza y en Bolonia, el 21 de noviembre, apenas un mes después, infligió la primera y más grave derrota a las fuerzas socialistas del proletariado, arrebatándoles las calles y las responsabilidades municipales… Este fue el comienzo de la debacle que terminaría dos años después con la «marcha sobre Roma».

Malatesta y sus tres compañeros, mientras tanto, seguían en la cárcel. Los poderes de la justicia no conseguían fundamentar y hacer plausibles las acusaciones contra ellos, pero sin embargo no querían soltar su premio. La vista amenazaba con no ser concluyente y el juicio se aplazaba sin cesar. Los acusados, exasperados, decidieron recurrir a una huelga de hambre para que el tribunal los liberara o precisara los cargos que se les imputaban y los llevara a juicio, y comenzaron el 18 de marzo de 1921. A los pocos días se difundió la noticia de que Malatesta, debido a su edad y a su incierta salud, estaba reducido a tal agotamiento por el hambre que corría un grave riesgo de muerte. Toda la Italia obrera y subversiva se estremeció, pero sin una actitud efectiva de eficacia. Las huelgas locales de protesta estallaron en Romaña, Toscana, Valdarno, Carrara y Liguria, pero cesaron casi inmediatamente y no se vislumbraba ningún éxito.

Entre los anarquistas la exasperación llegó a un punto álgido. Umanità Nova publicaba angustiosos y urgentes llamamientos. Mientras tanto, en diferentes partes de Italia, casi como un desafío, la violencia fascista aumentó, y el más letal y sangriento de estos episodios se produjo en el propio Milán: el asalto al círculo socialista de la calle Bonaparte, la noche del 21 de marzo, con la muerte del socialista Inversetti,. Dos días después, la noche del 23 de marzo, una bomba explotó contra una puerta lateral del teatro Diana, en Puerto Venecia, matando a veinte personas en su interior e hiriendo a muchas más.

El terrible atentado, según se entiende, tuvo una viva repercusión en toda Italia, y más aún en Milán. El origen no se conoció inmediatamente; se hicieron las más contradictorias conjeturas. Pero era fácil predecir – como los acontecimientos confirmaron más tarde – que se debía a un acto individual de los anarquistas, decidido por la exasperación y la desesperación, llegado al paroxismo. Malatesta, que aunque comprendía y explicaba actos de ese tipo como producto inevitable de las injusticias sociales y de las provocaciones de los poderosos, había mostrado siempre en su propaganda la más decidida adversidad a los mismos, experimentó la más dolorosa sensación, más lacerante aún por el pensamiento de que el objeto de afecto hacia él no debía ser extranjero. Él y sus compañeros, después de haberse consultado entre ellos, pusieron fin a su huelga de hambre.

Mientras tanto, los fascistas, en la misma noche del atentado, una o dos horas más tarde, asaltaron en pandilla las oficinas de Umanità Nova, cerradas y desiertas, a medianoche, y lo destruyeron todo. Pero no lograron del todo la proposición, porque apenas unos meses después, el 14 de mayo, el periódico anarquista que tanto odiaban reanudó su publicación en Roma -al principio quincenal, luego, a principios de julio, de nuevo diaria- bajo la dirección de provisión de Luigi Damiani[72].

El proceso contra Malatesta se celebró ante el Tribunal de Apelación… de Milán, del 27 al 29 de julio de 1921. Los inculpados Malatesta y Borghi, más allá de sus posiciones personales en relación con las acusaciones que se les hacían, ilustraron la situación italiana tal como era desde 1919, y afirmaron sus ideas. En la defensa estaba, con otros abogados, Saverio Merlino, el viejo e infatigable amigo de Malatesta. Pero a la luz de la discusión las acusaciones contra el inculpado parecían tan torpes e insostenibles, que el propio fiscal del rey se vio obligado a excluir toda existencia de delito. Por lo tanto, Malatesta que pretendía terminar hablando una autodefensa, que, como en los juicios anteriores, hubiera podido hacer buena propaganda anarquista, se vio privado de la oportunidad de pronunciarla, y se limitó a una breve declaración invocando, aún en la lucha inevitable, un futuro próximo más civilizado y humano que la violencia bárbara que el fascismo en Italia proporcionaba en ese momento -y tendría que seguir dando en lo que siguió- un espectáculo tan triste.

Todo terminó con una absolución general, y la tarde de aquel último día de debate, Malatesta volvió a estar libre entre nosotros y los camaradas de Milán. Quince días después, en Roma, volvió a su puesto de dirección de Umanità Nova.

Mientras tanto, durante los diez meses que Malatesta estuvo en prisión, el fascismo -ayudado secretamente… por el gobierno, financiado por la alta burguesía, apoyado por la policía y el gobierno, respaldado por las fuerzas policiales y militares y por todos los partidos antisocialistas- se impuso en casi media Italia. Ya era amo indiscutible en Emilia, Toscana, Polesina y en otros puntos menores. La resistencia al fascismo fue planteada, más o menos, por anarquistas, comunistas, socialistas, republicanos, además de las diversas organizaciones sindicales. Malatesta se lanzó inmediatamente a la contienda, y con Umanità Nova y su actividad personal, y en algunos casos como representante de la Unión Anárquica Italiana, participó activamente en todos los intentos de resistencia proletaria contra el nuevo látigo. Intervino, como en el pasado, en todas las reuniones posibles, públicas o clandestinas; favoreció la formación de escuadras de «arditi del popolo» que se organizaron para la resistencia armada; contribuyó con sus consejos a la formación de la Alianza de trabajo concertada entre los diversos organismos sindicales italianos; estimuló en todos los sentidos las diferentes iniciativas de acción individual y colectiva.

Ya he señalado su participación en el congreso anarquista de Ancona del 1 al 4 de noviembre de 1921. La intervención de Malatesta al respecto puede ser interesante en relación con la discusión que allí se mantuvo sobre el atentado de Diana en Milán. Inmediatamente después del suceso, la comisión de correspondencia de la I.A.U., antes incluso de conocer a los autores y bajo la responsabilidad de quién, había hecho una declaración pública donde expresaba su angustia por el luto de los muertos y la sangre resultante, arrojaba la responsabilidad sobre la clase dirigente, provocadores y asesinos de la libertad, poniendo al anarquismo a salvo y refiriéndose a ideas sobre algunos actos similares explicados en otros momentos por Malatesta. Como algún compañero del congreso hizo reservas sobre tal declaración, Malatesta la defendió, declarándose de acuerdo con ella y sosteniendo que la Comisión había cumplido una deuda anarquista de expresar su propia opinión en esa ocasión. En otro de sus discursos, relativo a la misión de los anarquistas en el movimiento obrero, combatió las ideas de quienes hubieran querido hacer obligatoria la adhesión a la Unión Sindical para los trabajadores anarquistas. Aunque expresaba hacia este organismo la mayor simpatía y la más calurosa preferencia, sostenía la libertad de los compañeros para pertenecer a los sindicatos que creyeran que harían el trabajo más útil, con la condición de que esta acción se inspirara sin concesiones en las ideas anarquistas.

Un mes más tarde, el 23 de abril de 1922, Malatesta estuvo con otros compañeros (Pasquale Binazzi, V. Cantarelli, Fabbri, N. da B. y H. M. ) en representación de la Unión Anárquica en una conferencia en Spezia con el anarquista-bolchevista Hermann Sandormirsky -jefe del comité de prensa de la delegación sovietista rusa en la conferencia interestatal de Ginebra- en busca de información y para un intercambio de explicaciones sobre la posición de los anarquistas en Rusia frente al estado bolchevique que perseguían. En aquella ocasión los fascistas del lugar intentaron en vano perturbar la reunión, mantenida a distancia por la improvisada intervención del proletariado de Spezia. En base a esas conversaciones, que se desarrollaron en profundidad, se celebró un breve debate entre Malatesta y Sandormirsky en las columnas de Umanità Nova. Del 9 al 31 de mayo tuvo lugar en Milán el juicio por la tragedia de Diana del 23 de marzo del año anterior. Los anarquistas Giuseppe Mariani, Ettore Aguggini y Giuseppe Boldrini fueron acusados directamente como autores, los dos primeros confesados, el tercero inocente y declarado como tal por los otros dos. Hubo otros catorce acusados por hechos menores, vinculados arbitrariamente a los sucesos de la Diana bajo el título genérico de asociación para delinquir. Mariani y Boldrini fueron condenados a prisión militar; Aguggini, menor de edad, a treinta años de reclusión. Los demás fueron condenados a penas que van de 4 a 16 años de reclusión. Tres fueron absueltos. Más tarde se celebró un juicio para uno de ellos en el extranjero.

En ese juicio, Malatesta, aunque mostró su conocido buen juicio sobre el hecho, tomó la más ardiente defensa de los acusados, no sólo de los actos menores y de los inocentes, sino también de los más responsables. Se ofreció a declarar y habló al jurado en su defensa; pero su ofrecimiento no era legalmente admisible ni aconsejable, según los abogados. En sustancia, en algunos artículos que dedicó al juicio en Umanità Nova, sostuvo que los autores de los atentados lo habían cometido en un estado pasional irresponsable, que su excitación había sido por motivos enteramente idealistas, altruistas y desinteresados, y para ello reunió todas las atenuaciones y discriminaciones posibles a su favor. Sin embargo, las palabras de tan alto sentimiento humano eran demasiado elevadas para que el bajo ambiente al que las dirigía pudiera ser escuchado. ¡Y así la primera tragedia fue coronada y agravada por una nueva tragedia!

El fascismo procedió vergonzosamente, con metódico y criminal abuso de poder y con su absoluta impunidad, al sometimiento de otras regiones italianas, como Apulia, Lomellina y Véneto; en julio las bandas de camisas negras se concentraron en Rávena y el luto y la destrucción se sembraron en casi toda Romaña. La Alianza del Trabajo quiso jugar la última carta y proclamó una huelga general defensiva el 30 de julio de 1922 en toda Italia, que anarquistas, comunistas y socialistas revolucionarios propusieron desde un momento. Malatesta, que presionó para ello en Umanità Nova, utilizó el peso de toda la influencia personal de que gozaba entre la mayor parte de los exponentes de los organismos proletarios, con los que estaba en contacto día y noche en aquellos tiempos, para que se declarara la huelga. Así fue, pero el desesperado intento no alcanzó el efecto que perseguía, y fue sofocado con sangre por las bandas fascistas y la policía oficial. El fascismo se plantó como amo, con la más feroz violencia, también en Marcas y Milán.

El campo de intervención dirigido por Malatesta se fue restringiendo poco a poco, y se limitó cada vez más a Roma y sus alrededores, donde la resistencia obrera por un lado, y por otro la política hipócrita y oportunista del gobierno, dictada en la capital por conveniencia diplomática, para salvar la cara, seguían impidiendo la penetración abierta del fascismo. Umanità Nova podía publicarse, pero ya no podía difundirse en las provincias, fuera de unos pocos lugares: en todas partes, como la mayor parte de la prensa antifascista, el periódico era incautado en el correo, o arrebatado a los vendedores y quemado, y los vendedores, suscriptores y compradores eran golpeados con palos en las calles. La publicación diaria tuvo que ser suspendida y se convirtió en un semanario, después de la última desastrosa huelga general de agosto (con el número 183, el 12 de agosto).

Un breve paréntesis sereno y elevado en la atormentada vida de Malatesta en este período lo tuvo una fuga a Suiza en septiembre. Aunque expulsado de allí desde 1879, se iba a celebrar el quincuagésimo aniversario de la histórica conferencia antiautoritaria de Saint-Imier, donde -Bakunin y Malatesta presentes- en septiembre de 1872 había nacido el movimiento anarquista moderno. Malatesta, buscado en vano por la policía italiana y suiza, pasó al otro lado de las montañas, permaneció pacíficamente en Bienne el 16 y en Saint-Imier el 17, participó activamente en las reuniones anarquistas internacionales que se convocaron, y regresó al otro lado de la frontera, pacíficamente, a Roma. De las discusiones mantenidas en aquellas jornadas de Malatesta sobre los distintos problemas de la revolución -en particular con el anarquista Colomer, cruzado después al bolchevismo- apareció un colofón de artículos argumentativos poco después en Umanità Nova y en Le Libertaire (París).

Un mes después del regreso de Malatesta de Suiza, o un poco más tarde, tuvo lugar la famosa «marcha sobre Roma» -a finales de octubre- con la que el fascismo consiguió, gracias a la complicidad del rey, asumir oficialmente el poder, rompiendo las últimas formalidades y obstáculos de la Constitución italiana.

En esta víspera Malatesta aún no perdía la esperanza de la salvación de Italia. Lo habíamos visto unos días antes, en una reunión privada entre camaradas de distintas partes de Italia en Roma -con motivo de la reunión del consejo administrativo de Umanità Nova- y seguía siendo optimista. Pero su optimismo fue totalmente refutado por los acontecimientos. Las consecuencias que se produjeron… Italia son bien conocidas. En Roma, un pequeño grupo de audaces intentó en vano una resistencia en los barrios de San Lorenzo, Porta Trionfale y Città Giardino. Las fuerzas fascistas que convergieron de todas partes y entraron en Roma del lado del ejército, en cuanto Mussolini fue llamado al Quirinal por el rey, hicieron impotente toda fuerza de oposición. Un detalle ridículo: en Piazza Cavour, los fascistas encontraron una caricatura de Malatesta en una de las casas que invadieron y devastaron, y la destrozaron con sus bayonetas, para luego quemarla.

Pero MAlatesta no fue molestado personalmente. Sólo en la noche del 30 de octubre, en el lejano barrio de Santa Croce in Gerusalemme, la redacción y la prensa de Umanità Nova fueron asaltadas y parcialmente destruidas. Una nueva invasión, algunos días después, completó la destrucción. Malatesta consiguió, sin embargo, publicar otros dos números en otras prensas, con un lenguaje enérgico y directo frente al enemigo triunfante, pero entonces el gobierno intervino directamente, primero con la policía para prohibir formalmente a los tipógrafos la impresión del periódico, y día… después con una orden de arresto del administrador Giuseppe Turci, que supuso la incautación de todos los papeles, los libros de contabilidad y el dinero que quedaba en las arcas.

Por tanto, murió Umanità Nova, cuyo último número (196) fue del 2 de diciembre de 1922. Más tarde se inició un proceso contra Malatesta y varios redactores y colaboradores del periódico en Roma y otras partes de Italia; pero fue un simple pretexto para obligar a su supresión, ya que no se habló más de él posteriormente.

Un año de trabajo manual (1923). – «Pensiero e volontà» de Roma (1924-26). – Persecuciones.

Con la pluma rota en la mano, Malatesta no perdió el impulso. Buscó y encontró un pequeño local en alquiler, el 87 de San Giovanni, en Laterano, cerca del Coliseo, y allí montó un modesto taller de mecánica eléctrica. Volvió, pues, después de tres años de batalla periodística, a la profesión que había ejercido en ocasiones en Londres desde 1882 hasta 1919.

El trabajo no le faltaba, tal vez porque todavía era capaz y tenía fuerzas a pesar de sus sesenta y nueve años, tal vez por las grandes simpatías de que gozaba en los más diversos ambientes. Pero pronto comenzó para él una difícil lucha de otro tipo, con la policía fascista que le seguía a todas partes donde iba a trabajar en instalaciones eléctricas, cocinas de gas, reparaciones, etc. Los agentes molestaban e intentaban intimidar a quienes le daban trabajo regularmente. En abril de 1923, los periódicos se ocuparon de un robo improvisado en la casa de un alto jefe militar, en el barrio de Città Giardino Aniene, donde Malatesta instalaba equipos eléctricos[73].

En los intervalos que el trabajo le dejaba libre, seguía ocupándose de los acontecimientos del movimiento anarquista. Además de la persistente labor de estímulo y propaganda que desarrollaba con su influencia personal entre los que se acercaban y de las habilidades con las que mantenía los archivos de los compañeros en las coaliciones, lo que naturalmente escapaba a toda documentación, encontramos un par de artículos suyos en dos publicaciones hechas en Roma por Temistocle Monticelli: Per la prossima riscossa (el folleto Solidarietà, Roma, febrero, 1923) y Perché il Fascismo vines e seguila a spadroneggiare in Italia (en el periódico Il Libero accordo, Roma, no. 78 del 28 de agosto de 1923). En el periódico Fede! que se inició en Roma ese año por Luigi Damiani, antes editor de la suprimida Umanità Nova, recuerdo entre otras cosas un par de artículos suyos discutiendo con los comunistas (nº 7 y 11 del 28 de octubre y del 25 de noviembre), y un informe escrito a petición de la Unión Anárquica Italiana para el Congreso anarquista de París (que debería haberse celebrado a finales de ese año, pero no lo hizo): «La conducta de los anarquistas en el movimiento obrero» (¡Fede! nº 3 del 30 de septiembre).

Malatesta cumplió setenta años a finales de año (1923), y desde diversas partes del mundo llegaron muestras de simpatía y afecto de compañeros y amigos. Se celebraron reuniones en París y Buenos Aires en memoria y solidaridad con el viejo guerrero. En Italia estas muestras se mantuvieron dentro de los modestos límites de la intimidad familiar debido a la observación y a la reacción fascista. Pero sus amigos más cercanos aprovecharon la ocasión para ofrecerle los medios para un trabajo más útil a la causa, y al mismo tiempo menos peligroso y más independiente. Por iniciativa del periódico Fede!, con la colaboración de los camaradas de Italia y del extranjero, se reunieron varios miles de liras para que Malatesta pudiera iniciar un nuevo periódico propio y regular. Y así fue como el 1 de enero de 1924 apareció en Roma la revista quincenal Pensiero e Volontà.

En sus inicios el régimen fascista consintió, en Italia, una máscara legal de libertad de prensa, obligado a ello por la vieja constitución política oficial que no pudo ser abolida del todo de una vez, aunque luego esta libertad fue limitada al máximo, ilegalmente, con la violencia privada de sus bandas de matones e incendiarios, y mediante medidas policiales arbitrarias y excepcionales. La nueva revista de Malatesta aprovecharía esa ráfaga de libertad que sobrevivía.

Pensiero e Volontà tenía el carácter de todas las demás publicaciones de Malatesta: claridad y serenidad de… lenguaje, digno ante el enemigo, intransigente en sus ideas, aguda observación de los hechos, profundidad y pensamiento. Dada la situación, se vio obligado a escapar o eludir ciertos argumentos de la vida real, o mejor a tratarlos de la manera que imponían las circunstancias. Pero cuando era necesario, Malatesta decía francamente lo que correspondía a los dominadores omnipotentes de Italia, y al propio Mussolini, firmando lo que escribía, como hizo, por ejemplo, cuando Mussolini habló de un pretendido «anillo Albertini-Malatesta», » para insinuar la existencia de fantásticas relaciones entre la hostilidad anarquista al fascismo y la oposición oportunista y moderada de algunos monárquicos conservadores, o cuando se atrevía a presumir en la prensa extranjera de la libertad mostrada por su gobierno al conocido agitador anarquista.

La vida de la revista fue pronto difícil y laboriosa por este motivo. Apenas seis meses después, al día siguiente del asesinato fascista de Matteoti, el gobierno estableció la censura de la prensa, Pensiero e Volontà comenzó a ser objeto de incautaciones, que fueron tan frecuentes que a lo largo de los primeros meses de 1925 la revista no pudo publicar con regularidad.

A menudo, tras la incautación de la primera edición, también lo eran los borradores de la segunda y tercera, por no hablar del sabotaje postal y las incautaciones fascistas arbitrarias en cada localidad. Los veinticuatro números regulares sólo pudieron imprimirse el primer año; en el segundo (1925) sólo salieron dieciséis números, y dieciséis en el tercero, con cinco entregas más de los números censurados[74] El último número fue el núm. 16 del 10 de octubre de 1926. El número 17, entregado a la imprenta a principios de noviembre, con un artículo de Malatesta contra la pena de muerte propuesta por el gobierno fascista, nunca aparecería. El gobierno suprimió completamente Pensiero e Volontà, al igual que suprimió toda la prensa italiana antifascista o meramente independiente tras el atentado de Anteo Zamboni contra Mussolini en Bolonia, a finales de octubre.

La voz de Malatesta quedó así constreñida al más absoluto silencio, y se le cortó toda posibilidad de vivir del trabajo intelectual. Aunque su avanzada edad se lo hubiera permitido,… no podría volver a su trabajo manual, ya que su taller de mecánica eléctrica de la calle S. Giovanni de Laterano, confiado a sus amigos obreros hacía tres años, había sido invadido y devastado por los fascistas tras el atentado de Zamboni. De todos modos, en la situación que siguió, nadie le habría dado trabajo.

Así que desde entonces, Malatesta pudo vivir -junto a su compañera Elena Melli, con la que estaba unido desde 1921, y con su hija Gemma, a la que adoraba como a su propia hija- sólo con la ayuda de los compañeros que eran casi amigos y de otros que, aunque distantes, se interesaban por él. Esta ayuda nunca le faltó, hasta el final, el modesto pan que necesitaba; aunque no podía ser más que la ayuda de los pobres a un pobre. Quien conocía a Malatesta no podía menos que pensar en su disgusto espiritual en una posición similar, él que siempre lo había dado todo a los demás y que nunca hubiera querido costar un céntimo a nadie. Pero no era más que una consecuencia inevitable de la prepotencia del enemigo, como los agravantes materiales y morales de la prisión, y de los vuelos de su pasado. En realidad, la suya era la condición de un prisionero, cuyos hijos y hermanos se esfuerzan por aliviar los sufrimientos de la prisión.

Un prisionero era, en verdad, a pesar de todas las apariencias, ya que el fascismo lo aisló poco a poco en la llana Roma de todo contacto con el mundo circundante. Más de una vez los cercanos y lejanos le aconsejaron que huyera; pero él no quiso. Desde principios de noviembre de 1926 se había suprimido toda libertad, adoptando el gobierno los medios más draconianos y las persecuciones más sangrientas contra todos los hombres libres y enemigos del fascismo, intensificándose el éxodo de los italianos que se sentían más amenazados, o para quienes el ambiente italiano era más insoportable. Durante un tiempo, Malatesta pudo marcharse, oportunidad que le ofrecieron amigos suizos y franceses. Pero él prefirió quedarse, y aconsejó a otros que se marcharan: era justo (les dijo) quedarse en el lugar, dar un ejemplo de resistencia al resto, esperar la ocasión de una acción imposible desde lejos, hacer lo poco que se podía hacer, permanecer en condiciones de mantenerse informado de los… acontecimientos que se decidirían de un momento a otro, etc.[75] Más tarde, sobre todo cuando tuvo lugar la revolución española, quiso partir; pero entonces fue demasiado tarde.

Hasta finales de 1926, las persecuciones contra él, aunque de forma simulada e hipócrita, aumentaron progresivamente. Ya en septiembre de 1926, tras el atentado de Gino Lucetti contra Mussolini, había sido detenido (y también su compañero) y mantenido en prisión durante 12 días. Tras el otro atentado de Zamboni en Bolonia, había escapado de la detención sólo escondiéndose durante varios días. Pero a finales de año, tras la huida de Turati de Italia, y más aún a mediados de 1927, tras la salida clandestina de otras personas que se sabía eran sus amigos, la vigilancia contra él se intensificó hasta ser literalmente asfixiante, y además peligrosa para los que se acercaban a él.

No se rebajaron a encarcelarlo, al carecer de todo pretexto visible para ello, y debido a su edad -los mayores de 70 años no eran enviados a confinamiento- y el fascismo temía la enorme repercusión que su detención habría tenido fuera de Italia, y tal vez el espíritu de represalia que el hecho habría suscitado entre sus camaradas. Se prefirió tenerlo como rehén, en una especie de confinamiento domiciliario, rodeándolo de una ostentosa e insuperable barrera policial.

Ya desde finales de 1921 o principios de 1922, unos meses antes de la «marcha sobre Roma», Malatesta había alquilado, con su pequeña familia, un apartamento de dos habitaciones y una cocina en el número 8 de la calle Andrea Doria (entonces Piazzale degli Eroi), en el tercer piso, en el barrio de Porta Trionfale. Su apartamento, por el que pagaba un modesto alquiler, formaba parte del amplio complejo del Instituto de las Casas del Pueblo de la Comuna de Roma. Y Malatesta vivió allí hasta su muerte.

Una prisión invisible. – La vida bajo la tiranía. – Colaboración con la prensa anarquista extranjera. – Enfermedad y muerte (1938).

Desde principios de 1927, el gobierno fascista había instalado una especie de guardia policial en la puerta del edificio donde vivía Malatesta, apostada allí día y noche y equipada con coches y motos. Más tarde hubo también un centinela en el rellano del tercer piso, junto a la puerta de su apartamento. Cuando Malatesta salía, era seguido a todas partes por una escolta a pie y en vehículos. Si entraba en una casa, la policía fingía […] entrar también, o impedía que Malatesta entrara. Si alguien iba a la casa de Malatesta, se le detenía y se le dejaba libre sólo si no era un subversivo; y se le insinuaba que no volviera nunca. Si alguien le saludaba o le paraba por la calle, corría el mismo riesgo; lo menos que ocurriría sería que le inscribieran en un registro[76] Su compañera Elena Melli y su hija Gemma también eran seguidas al salir de la casa. La policía dedicada a Gemma, una estudiante, también entraba en los locales escolares… y la esperaba fuera del salón durante sus clases.

No acabaría nunca si empezáramos a contar los detalles de esta observación opresiva y los incidentes que tuvieron lugar. Relataré algunos de los más destacados:

El edificio donde vivía Malatesta tenía una salida secundaria, que la policía selló con un muro. De dos amigos, un padre y un hijo, que fueron a visitarlo una vez, uno fue enviado a confinamiento y el otro sometido a «ammonizione» (observación especial para la seguridad pública). Una mujer inglesa que Malatesta había conocido en Londres, lo conoció y lo invitó a su casa, y por ello tuvo tantos disgustos que se arrepintió de romper toda relación con él. Un conocido abogado que había llegado a Roma desde provincias quiso hacerle una visita de cortesía, y eso bastó para que lo arrestaran durante todo un día, y eso sólo brevemente porque sus amigos, personas muy situadas y bien vistas por el régimen, hicieron un serio esfuerzo por liberarlo. En otra ocasión, Malatesta, interesado por uno de los profesores de su hija, quiso asistir a una de sus clases en la universidad: eso bastó para que el profesor viera suprimidas sus conferencias y se sometiera él mismo a una audiencia. En una ocasión, se produjo un grave incidente para la joven Gemma; un policía había molestado a una de sus compañeras de colegio y ella había protestado. En venganza, el policía la esperó cerca de la casa de Malatesta y la lanzó contra las sillas cercanas a un café, hiriéndola gravemente.

Los que conocen el carácter sociable y afectuoso de Malatesta comprenderán el sufrimiento emocional que le producía este aislamiento, y aún peor que el aislamiento, el peligro constante de causar daño y miseria a los que se veían impulsados por el afecto a acercarse a él. Fue él mismo, en su mayoría, quien desde los primeros momentos dijo a todos sus amigos que se abstuvieran de visitarlo para evitar irritaciones desagradables. Cuando veía en la calle a algún amigo o conocido que parecía que iba a acercarse a él, guiñaba el ojo y hacía señas al incauto para que pasara de largo sin decir nada, no fuera a caer en manos de la policía que le seguía.

Esta penosa situación se vio agravada por la más rigurosa censura a la que fueron sometidas sus cartas. Todas las publicaciones periódicas extranjeras eran confiscadas; y era un acontecimiento solemne para él cuando, por algún error de la vigilancia, llegaba a sus manos el periódico de algún amigo. Lo mismo ocurría con los libros; entre lo que se incautaba estaba el conocido libro inglés de Ishill sobre Elias y Elise Reclus. Se pretendía, sin éxito, evitar que los Bancos transmitieran el dinero que le enviaban los amigos del exterior. Un cheque fue devuelto al banco del que procedía, una primera vez, con la motivación de tratarlo como «dinero antinacional». El banco, a su vez, expidió el cheque, haciendo que se observara la ridiculez del hecho.

Todas las cartas que llegaban eran leídas por una oficina especial y luego entregadas, a menudo con grandes retrasos, al destinatario; y algunas publicaciones periódicas no eran devueltas en absoluto. Pero se renunció a la interceptación completa, claramente porque el gobierno había encontrado más útil para sus objetivos enviar las cartas en su camino, para leer todo lo que podía ser de interés. Astuto, pero inútil, porque Malatesta había advertido a todos que sólo escribieran lo que pudieran escribir a una persona en la cárcel. A veces, con el correo certificado que no había sido abierto ya en la oficina, uno de los guardias de la policía entraba en la casa con el cartero y fingía que Malatesta los abría en su presencia, sobre todo para apoderarse de las impresiones o de las publicaciones periódicas que había en ellas. Estas medidas preventivas no impidieron otras de carácter represivo. De vez en cuando entraban en la casa de Malatesta, se incautaba algún libro o papel, o algún artículo en el que estaba trabajando o que no había enviado, o una carta. Un artículo que había escrito en francés para la Enciclopedia Anarquista de Sebastián Faure (La Enciclopedie Anarchiste), sobre el «determinismo», corrió esta suerte en manos de la policía. En otro caso, un artículo inglés sobre «Ciencia y anarquía» fue confiscado cuando se disponía a enviarlo. Pero, por lo general, el pretexto para ir a su casa era interrogarle o… estar informado de su salud, simplemente con el objetivo de asegurarse de que estaba en casa si no salía a su hora habitual. No faltaron incidentes más graves. En 1928, tras la explosión de una bomba en la plaza Julio César de Milán, su compañera Melli fue detenida, sólo porque vivía en esa metrópoli de Lombardía desde hacía tiempo. Estuvo en la cárcel unos dos meses sin que nadie la interrogara, y sin ningún motivo, además del evidente de atormentar a la familia de Malatesta.

Era inevitable que con el paso de los años, la siempre indecisa salud de Malatesta le fallara. A principios de 1926, tuvo uno de sus ataques de bronquitis, complicado con una fuerte hemorragia que alarmó a su médico, quien le aconsejó pasar la temporada de verano junto al mar. En julio se fue con su compañera y la hija de ésta a Elena, un pequeño pueblo al borde del Tirreno, cerca de Gaeta. Pero la policía no le dejó en paz. Como ocurriría después en Roma, quien se acercaba a él era detenido. Además, los que llegaban a la ciudad desde fuera eran detenidos si eran izquierdistas conocidos, como le ocurrió al abogado Di Mambro, de la cercana Cassino, cuando bajó del tren. «Porque Malatesta está en la ciudad», le dijeron. Al cabo de dos o tres días, el amigo que disfrutaba de la hospitalidad de Malatesta fue cruelmente acribillado y golpeado por los fascistas. Para evitar otros incidentes con sus amigos, Malatesta fue presionado para regresar a Roma. Lo mismo, más o menos, se repitió cinco años después. Su estado se había agravado, estaba muy débil y el médico llegó a recomendarle que se fuera a respirar el aire marino de alguna playa. Malatesta fue con Gemma a Terracina, no muy lejos de Roma.

Esta vez un camión de policías y su jefe le siguieron desde la capital. Es inútil relatar las nuevas vejaciones que sufrió, junto con quien se acercó a él o a la chica. Le señalaron y prohibieron hablar una palabra a los camareros que le servían en el café. ? Una pobre chica de 14 años que había conocido a Gemma en la playa y fue a visitarla fue llamada por la policía y amenazada de tal manera que enfermó y quedó postrada en la cama con fiebre. La juventud del lugar empezó a mostrar un malhumor y Malatesta, para evitar otros incidentes o poner en peligro a la gente por su culpa, interrumpió su cura casi antes de que empezara y tomó el tren para Roma.

El mayor temor del gobierno y de la policía era que Malatesta encontrara una forma de escapar y se refugiara en otro país. Es cierto que sus intenciones fueron cambiando poco a poco. Ya no era de la opinión de que lo mejor era quedarse en Italia. Hace poco le había escrito que lamentaba haberse marchado, él respondió que se había equivocado y que estaba convencido de que su sacrificio por permanecer allí había sido inútil. Se le había hecho insoportable vivir así. Ser una especie de cebo para la policía, que estaba al acecho con el objetivo de atrapar y poner bajo su poder a quienes mostraban afecto o interés por él, le humillaba y le hacía sufrir. Más de una vez me dijo y escribió que prefería mil veces el encierro de la cárcel a esa «libertad» suya, falsa e hipócrita.

Cuando más tarde la caída de la monarquía española hizo que nacieran situaciones revolucionarias inesperadas, sintió con más fuerza el peso de la inmovilidad que se le imponía. El 25 de abril de 1931 me escribió «Tengo fiebre (no te alarmes, hablo metafóricamente) por los acontecimientos de España. Me parece que la situación presenta grandes posibilidades y me gustaría ir allí. Me enfurece estar aquí, encadenado». ¡Qué bien se entiende! Siempre tuvo las mismas esperanzas que Bakunin en una posible revolución española. Había estado allí más de una vez a través de la primera Internacional; algunos de sus amigos más cercanos eran españoles, el idioma le era familiar; y si hubiera podido ir, realmente habría podido desarrollar la acción más útil. Pero ya era imposible. La policía debería haber podido adivinar su deseo; y en Terracina se lo hicieron entender fácilmente. Precisamente en aquel verano de 1931 se había ventilado un proyecto, no del todo fantástico, para organizar su huida de Italia. Pero los eternos oradores y las estúpidas publicaciones en los periódicos hicieron imposible la realización de los más pequeños comienzos, y quizá fueron la causa de una vigilancia más rigurosa sobre su entorno.

Pero no hay que creer que la atormentada y difícil situación en que se encontraba Malatesta por las persecuciones, los disturbios y las enfermedades le impidieran seguir viviendo su vida intelectual y espiritual, en armonía con sus sentimientos de hombre libre, de revolucionario y de anarquista. Al contrario. No renunció en absoluto, a pesar del silencio al que se vio obligado en Italia, a decir sus ideas, a estimular la acción, a denunciar las infamias de los opresores, a cooperar en la incesante elaboración de las ideas libertarias, a interesarse por el movimiento social y anarquista internacional. No hay cuestión importante que, en estos últimos años y hasta la víspera de su muerte, se haya debatido en el campo anarquista, sobre la que él no haya dicho su opinión. No fue tacaño con los consejos y exhortaciones, en particular si oía el eco de ciertas controversias antipáticas entre los compañeros, o si creía descubrir desviaciones peligrosas en algunas actitudes teóricas o tácticas. ? Además de los artículos para los periódicos, escribía a infinidad de camaradas, decía todo lo que pensaba y sabía sin preocuparse por la censura, y dirigía a todos palabras de afecto, estímulo y esperanza, en las que siempre se veía el mismo fuerte amor humano y su inquebrantable confianza en el futuro.

Después de 1926 y hasta su final, continuó con sus escritos, siempre tan lúcidos y originales -en ese momento sólo publicados en el extranjero- y colaborando con la prensa anarquista. Serían demasiadas para enumerarlas. La mayoría han aparecido en Il Risveglio Anarchico de Ginebra, y finalmente no pocos en L’Adunata dei Refrattari de Nueva York, donde ha aparecido su último artículo en orden cronológico, sobre el llamado «revisionismo anarquista», el 12 de marzo de 1932. Ha escrito beneficiosamente otros artículos, además, para La Lotta umana y Le Libertaire de París, para Studi Sociali de Montevideo y Probuzhdenie (una revista rusa) de Detroit, Michigan, y probablemente para otras publicaciones que he ignorado u olvidado.

Algunos de estos escritos, de notable amplitud, tienen una especial importancia, como por ejemplo su crítica al proyecto de «plataforma anarquista» de un grupo de camaradas rusos (1927), un estudio sobre el «régimen de la propiedad después de la revolución» (1929), otro sobre la misión de los «anarquistas en el momento actual» (1930), uno de recuerdos y críticas a Pedro Kropotkin (1931), y otros más. Lo más importante, especialmente desde el punto de vista histórico, es un largo prefacio al reciente libro de Max Nettlau, Bakunin y la Internacional en Italia (Bakunin e l’Internazionale in Italia, Ginebra, 1928), una especie de descripción retrospectiva de la Italia revolucionaria en torno a 1870. He dicho (en otra parte de este trabajo) sus intenciones más recientes de preparar una especie de reelaboración teórica e histórica de sus ideas en relación con los recuerdos de su vida. Pero no he sabido nada más de eso. Lo más probable es que le faltara tiempo, y sobre todo tranquilidad, para hacerlo.

Mientras tanto los golpes a su salud se hicieron más frecuentes y amenazantes. Después de la grave enfermedad del año 1926, se había recuperado bastante, aunque seguía pagando cada invierno su vieja infección bronquial que siempre le había atormentado desde niño. En la primavera de 1931 tuvo una gravísima recaída de la que no se había recuperado del todo. El verano siguiente, él, que nunca había sufrido el calor, incluso lo disfrutaba cuando otros lo encontraban insoportable, por primera vez se sintió agotado por él. La enfermedad contribuyó a desanimarle ese verano y en otoño (1931) en dos ocasiones, y de forma grave, por parte de su compañera, que se esforzaba en ayudarle día y noche.

Con el invierno comenzó a sentirse peor, entre continuos altibajos, aunque sin recaídas demasiado graves. La peor debilidad persistía y crecía, a pesar de la resistencia de su espíritu. En el año nuevo de 1932 me escribió una breve postal: «Uno se congela aquí, literal y figuradamente; y yo estoy congelado por fuera y por dentro». Esperaba ansiosamente el sol de primavera, confiado en una renovación de sus fuerzas. Su corazón se resistía cada vez menos. Tenía momentos de asfixia, provocados a veces por el menor movimiento, y para aliviarlo recurría de nuevo a la respiración con oxígeno. Su voluntad luchó enérgicamente contra la enfermedad, y en marzo comenzó a sentirse mejor. Sus cartas a los amigos se hicieron más frecuentes, más largas, más tranquilas; volvió a escribir algunos artículos. Pero fue por poco tiempo.

El 26 de marzo de 1932, un ataque broncopulmonar, sumado a su bronquitis crónica, lo encerró en la cama. Esta vez la enfermedad fue muy grave. El 9 de abril estuvo a punto de morir; el peligro duró varios días, remitiendo poco a poco. Pero la recuperación fue lenta e incierta. Consiguió abandonar la cama, ir de una habitación a otra, dormir tranquilamente durante varias horas. La fatiga le molestaba menos y la necesidad de oxígeno artificial disminuía. Volvió a escribir a sus amigos. Pero la recuperación se vio interrumpida un poco más tarde por fuertes fiebres, y la fatiga volvió a aparecer. Esta crisis parecía superada, hasta el punto de que el 30 de junio me escribió una nota con palabras de esperanza renacida.

Pero en lo que siguió no se hizo muchas ilusiones. Según comprendí después, me escribió cartas un poco más refrescantes, porque sabía que yo también estaba enfermo y no quería afligirme. Pero a otro buen amigo suyo, Luigi Bertoni, de Ginebra, le abrió más su espíritu. Sus últimas cartas fueron otro reflejo de su alma, tan llena de ganas de vivir, llena de amor a la idea, de ternura por todos los compañeros de fe.

«Paso -escribía a Bertoni- una parte del día medio dormido, como un tonto (generalmente no puedo dormir por la noche), y por la otra mitad vivo la tragedia íntima de mi espíritu, es decir, me estremece el gran afecto que los camaradas sienten por mí y al mismo tiempo mi tormento por el sentimiento de haberlo merecido tan poco y, lo que es mucho peor, por la conciencia creciente de no poder ya hacer nada en el futuro. Francamente, cuando uno ha soñado y esperado tanto, es triste morir en las condiciones en las que tal vez moriré, tal vez en la víspera de los acontecimientos esperados. Pero, ¡qué quieres! Tal vez no haya más remedio que esperar el final teniendo ante los ojos de mi mente la imagen de aquello que tanto he deseado y que tanto he amado.» Y en otra carta a la misma persona, el 30 de junio, «… En relación con mi salud, aquí me harían creer que estoy mejor, y yo para no afligirte demasiado para fingir creerlo. Pero sé que no es cierto. Es cierto, sin embargo, que el buen tiempo y el calor, en los que tanto confío, aún no han comenzado: hay, pues, lugar para la esperanza…»[77].

Alguien cercano a él me escribió después de su muerte: «No quería dejar su escritorio: noche y día estaba allí en esa silla, en su mesa, y no se le veía abandonar ese lugar a ningún precio. Sólo salía un momento para acostarse en la cama o sentarse en un sillón. Cuando estaba en agonía y ya no podía moverse, hacía un pequeño movimiento con los pies: el acto de levantarse de la cama para ir a la mesa. Porque la mesa representaba para él la vida, donde se ocupaba de sus queridas ideas, donde se relacionaba con camaradas lejanos, leyendo y releyendo sus cartas y escribiéndolas… Siempre pensaba en sus camaradas, y en el gran dolor que les iba a causar. Se conmovía casi hasta las lágrimas cuando su pensamiento se dirigía a sus amigos más queridos y los veía recibir la noticia de su muerte…»

El 11 de julio intentó escribirme por última vez. Pero ese día no pudo terminar la carta y enviarla. La recibí más tarde, escrita laboriosamente y de forma casi interminable. El día 18 empeoró.

Sin embargo, no se resignó a la derrota. No podía estar en la cama, salvo algunos momentos; y se quedaba en la mesa o reposaba en un sillón. No perdía el ánimo; su memoria era siempre precisa y segura, su inteligencia no sufría ninguna alteración, aunque perdía lentamente sus facultades físicas. La mañana del 21 de julio, víspera de su muerte, se sentó a comer con su familia, leyó el periódico como era su costumbre y cuando llegó el correo, sus cartas fueron leídas por Elena. Habló un poco de política con el médico que vino a visitarle. Encontró el modo… de escribir a su sobrina Tristán en Egipto y a un camarada en París, y anotó en el periódico alguna breve reflexión sobre la sociedad y el individuo, que le mostraba en su habitual lucidez de inteligencia[78].

A mediodía se sentó a la mesa, como siempre, y se obligó a comer un poco. Repartió el resto del día entre el escritorio y el sillón hasta las nueve de la noche. Entonces se acostó, para no volver a levantarse. Por la noche se deterioró bastante, y a eso de las 3 de la mañana entró en agonía. Sin embargo, incluso entonces conservaba la conciencia, respondiendo a los que le hablaban con señales con la cabeza. Su corazón se resistió poco a poco, y veinte minutos después del mediodía, el 22 de julio de 1932, dejó de latir.

Errico Malatesta había muerto. Nuestro querido camarada, el amigo, el hermano, el padre de tantos de nosotros, el fiel defensor del proletariado, el apóstol de la revolución y de la anarquía, había terminado su largo, laborioso y heroico camino. Ahora pertenece a la Historia.

Apéndice A: notas biográficas

Los funerales

Creo que sería bueno añadir aquí las noticias recibidas desde Roma sobre los funerales de Malatesta:

«Tan pronto como la policía romana supo que Malatesta había muerto, tomó todas las medidas para impedir que los compañeros fueran a verlo y para evitar un posible acuerdo entre ellos para los funerales. Diez policías y un comisario, además de los que ya estaban en servicio regular allí, se desplegaron en las escaleras del edificio donde vivía Malatesta. Tomaron los datos personales de todos los que se acercaron a la puerta del muerto.

«Otros policías en bicicleta daban vueltas alrededor de las casas en un radio generoso, para disolver los grupos que se formaban, para impedir que los camaradas se dirigieran a la casa y para evitar que se difundiera todo tipo de noticias sobre su muerte. Con todo esto, quince camaradas, hombres y mujeres, pudieron reunirse.

«Los funerales estaban marcados para el sábado 23 a las 3 de la tarde. El itinerario fue fijado por la propia policía. La prensa mantuvo un silencio absoluto: ¡ni una sola línea! Las esquelas enviadas por los familiares como notas pagadas no se publicaron. Para que la noticia se conociera en el exterior, los periódicos extranjeros telegrafiaron a la Asociación de la Prensa de Roma para obtener una confirmación.

Respondieron afirmativamente; pero en Italia no se dio a conocer nada.

«Tres coches de familiares y amigos siguieron al coche fúnebre… Luego vino el automóvil de la policía, consagrado a la observación de Malatesta, lleno de policías; otros funcionarios de la policía siguieron en un carro…, otros aún en bicicleta.

«Las únicas flores permitidas fueron una corona de la familia y los parientes. Sólo se consintió, escribiendo: ‘A Errico Malatesta, Eduaro y Tristán, Elena y Gemma’. (Eduardo y Tristán eran dos de sus sobrinos.)

Las flores de los niños de los alrededores se dejarían en el apartamento vacío. Los claveles rojos de los compañeros sólo se permitían en el ataúd.

La pobre Gemma quiso seguir a su padre con un ramo de flores rojas, para depositarlas después en su ataúd. La policía dijo que no le permitiría la ostentación de lanzar las, Gemma, desesperada y dolorida, arrojó por la ventana las flores que tenía en los brazos. Así que se permitió su salida.

«La ley permitía que los cortejos fúnebres recorrieran medio kilómetro de calle a pie; pero esta vez estaba prohibido dar un solo paso. Los familiares y amigos tuvieron que subir a sus coches nada más salir del portal y seguirlos a gran velocidad. A lo largo de la calle, en todos los cruces… el coche fúnebre pasaba, «por accidente» había fusileros y policías para impedir que los compañeros cruzaran o bajaran por la misma calle que la rápida y corta procesión. Así fue en todas partes hasta el cementerio.

En el cementerio esperaban muchos otros policías y personajes del Interrogatorio Central. Los guardias de la policía quedaron delante del féretro toda la noche. El domingo a las 6 de la mañana el féretro fue bajado a la fosa, en la zona común del pueblo pobre, en medio de los muertos del pueblo, ese pueblo por el que Malatesta había luchado toda su vida.

«Desde entonces dos policías se turnan en el cementerio para tomar la filiación de los que se atreven a acercarse a la tumba. Un camarada que no sabía nada de esto fue y fue detenido un momento antes. Los policías le tomaron la filiación y le acompañaron al Interrogatorio; allí le internaron en una celda, donde le dejaron durante catorce horas.

«Malatesta, habiendo muerto como vivía, fuera de toda religión, había sido llevado al cementerio sin cruz; y sus familiares habían dado disposiciones para que no se colocaran cruces en su tumba. Pero las órdenes del gobierno de Roma fueron exactas e inflexibles: se colocó una cruz incluso sobre la tumba del anarquista ateo. A la mañana siguiente, cuando su camarada Elena Melli fue al cementerio, vio la cruz, fue a cogerla inmediatamente; pero tuvo que ir a declarar que la había quitado como su esposa. Más tarde, Elena fue llamada a la policía por esto, aunque no se molestaron en ofender su dolor con inútiles reproches».

(De Roma, 30 de julio de 1932.)

Mentiras fascistas

El anuncio de la muerte de Malatesta conmovió profundamente al mundo de los trabajadores revolucionarios y llenó de dolor a los anarquistas de todos los países. Incluso sus adversarios se inclinaron a respetar ante la noble figura del gran revolucionario italiano que había dejado de vivir.

Sólo el fascismo quiso distinguirse, más allá de sus fronteras, pretendiendo arrojar un montón de barro sobre su tumba cuando apenas se había cerrado. Un diario fascista de Buenos Aires, órgano oficial del partido que domina Italia y engendrado XXX por la embajada italiana, publicó el 25 de julio de 1932 una nota en la que, después de ironizar sobre las condolencias unánimes de la prensa de izquierda de la República Argentina, sobre las abundantes columnas dedicadas a la memoria del extinto, fantaseaba sobre la pretendida ayuda moral y material prestada a Malatesta por Mussolini en los últimos momentos de su vida: moralmente, hablándole varias veces, proporcionándole libros; materialmente, buscándole alojamiento y cooperando en su manutención.

Es inútil decir que se trata de las más ridículas mentiras; Mussolini y Malatesta fueron durante un breve tiempo amigos -de una amistad bastante superficial, en todo caso- en 1913-14; pero toda relación entre ellos cesó después de la última carta polémica de Malatesta a Mussolini (véase la biografía), desde Londres, en diciembre de 1914, a propósito de la guerra. No se vieron, ni hablaron, ni escribieron. En cuanto al sustento de Malatesta, después de que el fascismo lo pusiera en la imposibilidad absoluta de ganarse el pan de cualquier manera, siempre fue provisto, hasta el instante final, modesta, pero suficientemente, por sus camaradas. Lejos de procurarle libros, la policía de Mussolini le confiscaba los que le llegaban por correo. El alojamiento que Malatesta alquilaba al Instituto de las Casas del Pueblo de la Comuna de Roma desde antes de la «Marcha sobre Roma», lo había pagado siempre de su cartera.

Cuando leí semejante cerrazón en el periódico aludido, contra lo que protestaban otros periódicos (incluso uno fascista), lo creí una estúpida invención, en el lugar, de cualquier editor. Pero cuando supe que voces semejantes habían circulado en algunos diarios de Norteamérica, pensé que la brisa de la calumnia se había respirado desde Roma, sin preocuparse mucho por ello, se entiende, allí donde la verdad era demasiado conocida y donde se prefería callar la noticia de la muerte del hombre, cuyo solo nombre causaba tanto pánico a los tiranos. Un periódico de Nueva York hablaba también del espacio vital puesto a disposición de Malatesta por el gobierno; y otro de Chicago hablaba incluso de un chalet en los alrededores de Roma. ¡La sinceridad del periodismo es notable!

La tumba de Malatesta

Elena Melli, la compañera de ideas que en los últimos doce o trece años había sido también la compañera de vida de Errico Malatesta y lo había atendido con tanto cariño, creando en su entorno el calor de la casa doméstica y permitiéndole disfrutar, al menos en la intimidad de la casa y de la familia, qué parte de tranquilidad era aún posible en la tempestuosa vida italiana y bajo las persecuciones inquisitoriales del régimen fascista, había perseguido con su tenaz voluntad que los restos de nuestro querido amigo tuvieran una tumba digna y duradera.

Se ha recurrido, para los no despreciables gastos, a la ayuda de camaradas y amigos repartidos por todo el mundo, y se ha tenido de forma inmediata y suficiente. Y, por tanto, en poco más de un año se ha satisfecho su piadoso deseo y el de los que amaban a Malatesta.

La tumba de Malatesta se encuentra en Campo Varano, el cementerio monumental romano, en la división 30, tercera fila, número 20, a la izquierda de la columna rota, más allá del osario. Es muy sencilla: una piedra rectangular ligeramente inclinada, con su nombre y apellido en letras de 11 centímetros de altura, la fecha de nacimiento y muerte en letras de 4 centímetros, y una maceta con una fotografía fundida, encajada. El nombre y la fecha están en letras de zinc.

  • «Domicilio forzoso», sistema de arresto domiciliario instituido por X en Y porque
  • fare italiano, que significa aproximadamente hacer, fabricar, crear o construir, en contraste con la frase utilizada a menudo en la época, XXX
  • Véase la «Declaración de Principios» en este volumen.


Notas

[1] A. Borghi, en «Errico Malatesta en 60 años de lucha anarquista» («Errico Malatesta in 60 anni di lotte anarchiche», Nueva York, 1933 pp. 139-140) señala un artículo de El Correo (La Stampa) de Turín, escrito por Bendetto Croce y reimpreso posteriormente en su libro «Hombres y acontecimientos de la vieja Italia» (Uomini e cose della vecchia Italia. Bari, 1927), en el que se detalla vagamente una intriga en la que están implicados Malatesta, María Sofía y un tal Isogno, agente de la ex reina, «en 1904… para liberar a Bresci, regicida de Humberto de Saboya». Nos sirve recordar que Gaetano Bresci se había suicidado (o fue asesinado) en la cárcel de Santo Stefano en 1901, casi tres años antes.

[2] Es poco probable que exagere. Algo similar ocurrió con los guardias que vigilaban a Pietro Gori poco antes de su muerte en 1911. Además, se trata, como es bien sabido, de forma extraordinaria, luego también es cierto que en el mismo año (1914) en Ancona, y más tarde en Milán, Piacenza, Florencia, etc., en 1920, se vio a soldados y policías disentir sangrientamente en la distancia, pero hacia Malatesta, con la aparente intención de asesinarlo.

[3] Publicado en Studi Sociali de Montevideo, nº 21 del 30 de septiembre de 1932.

[4] Su autor fue el director de L’Iniciativa, un tal Armando Casalini según me contaron después, que con el tiempo fue desacreditado por los republicanos, se distanció de su partido y se hizo fascista. Era diputado fascista en el parlamento italiano cuando fue asesinado por un obrero romano en 1924.

[Recuerdo un desagradable y virulento artículo titulado «Los absueltos», tras el juicio de Milán de 1921, en el periódico conservador L’Arena de Verona (31 de julio de 1921) – sin firma, naturalmente.

[6] Sin querer dar a esta circunstancia más importancia de la que debiera, no está de más recordar en este punto las relaciones amistosas de Malatesta con Miguel Angiolillo y Gaetano Bresci hasta la víspera de sus actos ecuánimes.

[7] Después de escribir lo anterior, apareció el primer volumen de Scritti de Malatesta (Ginebra, Ediciones de «Risveglio», 1934, 358p. en octavo); contiene los escritos del diario Umanità Nova.

[8] Los amantes de las ideas románticas, sobre todo en el extranjero, han fantaseado con un Malatesta descendiente de los viejos patriarcas de Rímini. Eso está vacío. Parece que la familia Malatesta era de origen noble, pero no tenía ningún vínculo conocido con los condes de Malatesta de la familia histórica romana.

[9] Véase Max Nettlau: Errico Malatesta, p. 185.

[10] Véanse dos cartas a Luigi Bertoni, de junio de 1913, en el Risveglio de Ginebra, nº 852 del 22 de octubre de 1932.

[11] M. Nettlau: Errico Malatesta, la vida de un anarquista. Traducido del alemán por D. A. de Santillán, revisado y aumentado por el autor, Ed. La Protesta, Buenos Aires, 1923. 261p. – Cuando esta obra mía estaba casi terminada, vio la luz en Norteamérica otro libro sobre M., de Armando Borghi: Errico Malatesta in 60 anni di lotte anarchiche (Storia, critica, ricordi). Prefacio de Sebastián Faure. Ed. «Edizioni sociali, P.O. Box 60, Nueva York, N.Y. 283p. – Es un libro que estudia la acción de M. como militante en relación con el movimiento anarquista, con un marcado carácter argumentativo y propagandístico. También me ha servido para corregir algunos puntos de mi relato y lo ha enriquecido con algunas notas.

[12] Escribí, durante el tiempo de prisión de Malatesta en Milán, entre 1920 y 21, puntos biográficos sobre él para la revista La Rivolta Ideale de Bolonia, que fueron reeditados varias veces en otros periódicos y en un folleto, o como prefacio a folletos de Malatesta, en italiano, francés y español. Pero contenían algunas inexactitudes, errores de fechas, etc., que el libro de Nettlau y las informaciones perdidas por el propio Malatesta posteriormente me han permitido corregir.

[13] En «La república de los jóvenes y de los barbudos» en el periódico La Questione Sociale de Florencia, núm. 3 del 5 de enero de 1884. Reimpreso en el Almanacco Sociale Illustrato de 1925, pp. 67-70, Casa Editrice sociale, Milán, bajo el título «Cómo me hice socialista», aunque en esta edición faltan algunas líneas finales argumentales que habrían impedido su publicación. Max Nettlau cita varios párrafos en el libro mencionado, pp. 18-20.

[14] Estos detalles, algunos de voz y otros de letra, provienen directamente de Malatesta, y en algunos puntos he adoptado sus palabras precisas.

[15] Malatesta me dijo «L’Ordine», pero creo recordar que el nombre completo del documento era Il Motto d’Ordine.

[16] Malatesta abandonó sus estudios en el cuarto año de medicina en la Universidad de Nápoles. En Socialism e socialisti in Italia de Agostinelli (citado por Nettlau), se dice que siendo estudiante, Malatesta fue detenido en un tumulto en Nápoles, condenado por primera vez y suspendido de la Universidad durante un año. No se sabe nada más de la vida de Malatesta como estudiante.

[17] Pensiero e Volontà de Roma, nº 11, 1 de julio de 1926.

[18] Esta historia, que también había leído antes (no recuerdo dónde), la encontré reproducida, sin citar la fuente, en un número de L’Operaio Italiano, órgano sindicalista reformista de París, de agosto de 1932.

[19] Los otros juicios similares en el resto de Italia (Bolonia, Florencia, Roma, Liorna, etc.) terminaron con otras absoluciones semejantes y con el mismo resultado de crecimiento del entusiasmo y de propaganda extraordinaria.

[20] Véase Nettlau: un artículo de Malatesta, «A proposito di Masoneria» (A propósito de la masonería) en Umanità Nova, de Milán, el 7 de octubre de 1920, y una carta suya a I Resto del Carlino de Bolonia, fechada el 14 de octubre.

[21] Se trataba de procedimientos judiciales contra individuos peligrosos que implicaban una especial observación policial, la obligación de presentarse periódicamente ante la questura, no cambiar de vivienda ni viajar, no estar fuera de casa por la noche, no asistir a reuniones, teatros, cafés, posadas, mantenerse alejado de personas «sospechosas», etc.; y todo ello bajo pena de arresto y condena a la cárcel.

[22] Malatesta habló largamente de esto conmigo en el verano de 1913, contándome aventuras que serían demasiado largas para repetirlas aquí, por interesantes que fueran. Pero evité preguntar fechas exactas o tomar notas, lo que podría haberle sugerido mis proyectos biográficos que, al menos entonces, no habría aprobado.

[23] Un movimiento de ideas más o menos en la misma dirección se produjo también en Suiza entre algunos elementos francófonos.

[24] Encuentro estos detalles en un artículo mío: Frugando fra vechi giornali, en la revista Pensiero e Volontà de Roma, nº 7 del 16 de mayo al 15 de junio de 1925. Muchos detalles me fueron contados por Malatesta y, en 1904, por Fortunato Serantoni, muerto a punto de cumplir veinticinco años. Otros sobre el Congreso de Florencia y el sucesivo de Roma han sido extraídos en Il Martello, por Fabriano y Jesi, números del 17 el 26 de noviembre de 1876, del libro de Nettlau, etc. Señalo que aquí, por brevedad, he resumido todo de la manera más sumaria.

[25] Nettlau precisó que Cafiero había gastado, para la compra de la Baronata en el cantón de Ticino, para la propaganda, los intentos de insurrección, etc., de 250 a 300 mil liras, que representaban, sin embargo, muy poco del valor efectivo de su herencia, liquidada descuidadamente por un precio mucho menor.

[26] Siguiendo la versión de Nettlau, tomada de la de Angiolini: Socialismo e socialisti in Italia, ya citada, modificada un poco para concordar con los elementos extraídos de otras conferencias y de conversaciones con Malatesta.

[27] Los participantes, menos tres o cuatro (contando a Cafiero y Malatesta) eran todos del sur y del centro de Italia, incluyendo muchos romanos como Ceccarelli.

[28] No recuerdo quién me dijo que Malatesta había entregado la propiedad mientras estaba en la cárcel de Santa María C. V., y que en la cárcel firmó los papeles oficiales necesarios ante un notario. No sé cuál de las dos versiones es correcta, pero no tiene importancia.

[29] «Tcherkesoff y Malatesta nos echan una mano» (P. Kropotkin, «Cómo se fundó Révolté», artículo traducido de Les Temps Nouveaux de París en la revista Il Pensiero de Roma, nº 18 del 16 de septiembre de 1909). El conocido órgano comunista anarquista Le Révolté comenzó en Ginebra el 22 de febrero de 1879, se trasladó a París en 1885, convirtiéndose en La Révolte en 1887, y más tarde en Les Temps Nouveaux en 1885, hasta que dejó de publicarse en agosto de 1914.

[Desde Bruselas, en abril de 1880, Malatesta mantuvo una intensa correspondencia con J. Guesde y su portavoz, el periódico L’Egalité de París, en defensa de la «Federación Regional Española» de la Internacional calumniada en el periódico de la forma más lamentable por un supuesto corresponsal español. Malatesta se vio incluso obligado a enviar a sus padrinos a Guesde. Véase la narración del asunto en Le Révolté de Ginebra, núm. 5 del 1 de mayo de 1880.

[31] Malatesta me dijo que en 1879, cuando se encontraron en Ginebra poco después de la fundación de Révolté, Cafiero dio a intervalos los primeros signos de alienación mental.

[32] De una carta de D. A. Santillán, con puntos tomados de las obras de Max Nettlau.

[33] M. Nettlau: Errico Malatesta. «La Protesta», Buenos Aires, p. 130.

[34] También de Nettlau, véase Kropotkin, Memorias de un revolucionario.

[35] Véase El anarquismo en Egipto (L’anarchismo in Egipto), por Un Vecchio (I. Parrini), en La Protesta Humana (La Protesta Umana), San Francisco, California, no. 40 del 9 de enero de 1904.

[36] Nettlau señala que una colección completa de este periódico se encuentra en la biblioteca del Museo Británico de Londres, donde algún amigo de buena voluntad podría ir a copiar los artículos más importantes para una futura edición de los escritos de Malatesta.

[37] Del diario Il Messaggero (Roma), núm. 34, del 3 de febrero de 1884 y siguientes.

[38] Nettlau, op. cit. de Le Révolté (París).

[39] Este episodio (que el libro de Nettlau atribuye erróneamente a Malatesta y no a Palla) fue acertadamente narrado por Malatesta, con otros detalles de la vida de Palla de más de cuarenta años, en un artículo: «Galileo Palla y los acontecimientos de Roma» (Galileo Palla e i fatti di Roma), en [en] La Rivendicazione (Forli), nº 20 del 23 de mayo de 1891.

[40] Terzaghi se había distinguido en los tiempos de la Internacional como agente provocador en sus filas. Hacía un doble juego: ahora marxista, ahora el más violento extremista. Dirigió un periódico en Turín. Fue descubierto como espía por Cafiero y, después de haber hecho bajo el periodismo de chantaje, desapareció. Volvió a trabajar después de 1880 con el nombre de Azzati, pero sólo envió cartas a los camaradas y nunca se dejó ver en persona. Malatesta redescubrió sus intrigas epistolares en 1889, y finalmente fue «liquidado».

[41] Véase La Révolte (París), el número posterior al 1 de mayo de 1890.

[42] A propósito de este manifiesto, Galleani contó un curioso episodio (citado por Borgi, Errico Malatesta, etc. op. cit., pp. 83-84). Cipriani quiso firmar el manifiesto también para Andrea Costa, que en esos perios hizo un alarde [alarde] de intenciones revolucionarias. Como alguien se burló de la [ingenuidad] de Cipriani, éste se enfureció: «Mañana te llevaré la firma de Costa, [contad con ella]». Pero volvió decepcionado de una visita a Costa. Se dejó caer en una silla, suspirando desoladamente: «Andrea es un hombre perdido; no ha querido hacerlo».

[43] Muchos detalles sobre el Congreso de Capolago, sobre el viaje de Malatesta a Italia, su regreso a Suiza, la detención, etc., me los contó la camarada Antonia Gagliardi, que murió en Bellinzona en 1926.

[44] Uno de los principales escritos de Malatesta sobre el terrorismo revolucionario fue publicado en En-dehors: «Un poco de teoría» (17 de agosto de 1892), reimpreso posteriormente en varias ocasiones. Ese artículo dio lugar a un debate escrito con Emilio Henry, en contra de las ideas de Malatesta. Henry, un anarquista culto, inteligente y virtuoso, sería guillotinado dos años después como consecuencia de un atentado. E. Zoccoli habla del debate en su conocido libro sobre La Anarquía, que no tengo a mano.

[45] No recuerdo bien esta fecha, pero la he visto recientemente dada por Nettlau. He encontrado la confirmación en L’Agitazione (Ancona) de 1897, donde Malatesta reproduce con sus notas, bajo el título «Cómo se gana lo que se quiere», alguna carta de Bélgica al ¡Avanti! (Roma) de la que se deduce que el período más agudo de ese movimiento fue exactamente en 1893. Carlos Malato recogió ese tipo de expedición de forma jocosa en el capítulo «La campaña belga» de su libro Les Joyeusités de l’Exil (ed. P. V. Stock, París, 1897).

[46] Con ocasión del Congreso, pero fuera de él, los anarquistas llegados a Londres celebraron también varias reuniones importantes para comprender entre ellos la orientación de su propio movimiento y de la propaganda entre las masas trabajadoras. Entre otras cosas, Malatesta expuso allí sus propias ideas sobre el problema agrario (véase Nettlau, op. cit).

[47] Una historia ordenada, completa e imparcial del congreso se encuentra en el libro Le socialisme et le Congrès de Londres (El socialismo y el congreso de Londres) de A. Hamon (edit. P. V. Stock, París). Véase también Pagine di Vagabondaggio (Páginas de vagabundeo), vol. IX de las obras de Pietro Gori (edit. «La Sociale», Spezia), pp. 99-117: Il Congresso Internazionale Operaio e Socialista di Londra (El Congreso Internacional Socialista de Trabajadores de Londres).

[48] Il Messaggero de Roma imprimió la primera carta de Merlino ganando anarquistas al método electoral en el nº 29 del 29 de enero de 1897. Malatesta respondió en el nº 38 del 7 de febrero; la respuesta de Merlino llegó en el nº 41 del 10 de febrero.

[49] Fue en L’Agitazione donde, a escondidas, publicó los diez primeros diálogos de su obra En el Café. La obra fue interrumpida por circunstancias ulteriores y sólo fue continuada y terminada años más tarde.

[50] Estos detalles de la huida de Lampedusa están tomados en parte de los compañeros de Malatesta que permanecieron en la isla, y en parte han sido tomados de un artículo del dramaturgo Achille Vitti en un periódico cuyo nombre no recuerdo. Vitti estaba entonces en Malta con su compañía y pasó unos días con Malatesta.

[51] La Questione Sociale de Paterson, N.J., nº 8 del 28 de octubre de 1899. Después de la muerte de Malatesta, en relación con ese incidente, un periodista norteamericano dijo cosas falsas en su libro, atribuyendo el estallido del revólver, entre otras cosas, a Ciancabilla, que ni siquiera estaba presente. Para restablecer y corregir esta turbia historia, L’Adunata dei Refrattari de Nueva York (nº 5 del 28 de enero de 1933) aclara que el tirador de Malatesta había sido un marginado al que no se tuvo en cuenta entre los camaradas; un tal Pazzaglia, que desapareció inmediatamente después del movimiento y murió unos años después.

[52] Véase el artículo «Visita de Malatesta a La Habana en 1900» en La Revista Blanca de Barcelona, nº 229 del 1 de diciembre de 1932. Malatesta publicó un llamamiento al pueblo cubano en esa ocasión en La Discusión de La Habana (10 de marzo de 1900); y una entrevista con él apareció en el mismo periódico (28 de febrero). En el periódico anarquista El Nuevo Ideal publicó también una carta abierta a los camaradas cubanos, reimpresa posteriormente en La Questione Sociale (7 de abril).

[53] Hace años que me dicen (pero no sé cuánto de cierto tiene) que la noche en que Malatesta fue fusilado en América, fue Gaetano Bresci quien con evidente peligro para sí mismo tiró al suelo al desalmado que sostenía el revólver y lo desarmó.

[54] Una de sus intervenciones la recuerdo nítidamente, pues me sirvió de lección. Yo estaba en Roma en 1901 y era editor de L’Agitazione cuando el presidente de los Estados Unidos fue asesinado en Buffalo, el 7 de septiembre, por el anarquista Czolgosz. Engañado por noticias falsas en los periódicos, escribí sobre el acto, desaprobándolo, en un artículo totalmente injusto y fuera de tono. Malatesta respondió rápidamente con otro artículo: «Arrestiamoci sulla china», en el que protestaba indignado contra lo que yo había dicho, reivindicando el carácter sociopolítico del attentat, la importancia de que fuera un acto revolucionario que, oportuno o no, daba derecho a su generoso autor a la más cordial simpatía de los anarquistas (publicado en L’Agitazione, Il Risveglio y La Questione Sociale de Paterson).

[55] Me veo obligado a declarar que, si bien Malatesta contribuyó y participó en la obra, el periódico L’Internazionale fue editado por S. Corio; y Lo Sciopero Generale editado por un grupo de camaradas italianos y franceses (Corio, C. Frigerio y otros). Sólo recuerdo haber leído la circular que anunciaba L’Insurrezione.

[56] Tuve la ocasión en aquellos días de leer un manuscrito suyo, un breve drama en tres actos: Lo Sciopero, que había sido representado un tiempo antes por un grupo de italianos en Londres, camaradas y simpatizantes. Me dijeron que la obra les había gustado mucho, y a mí también. Pero Malatesta -que había consentido con disgusto que la leyera- me dijo que la consideraba un error y me hizo prometer que, por mucho que hubiera caído en mis manos, nunca la haría publicar.

[57] En la revista Il Pensiero de Roma, números 20-21 del 16 de octubre y 1 de noviembre de 1907. En la misma revista, que dirigí con Pietro Gori de 1903 a 2011, se pueden encontrar reimpresiones de casi todos los artículos de Malatesta que me parecieron más importantes de Les Temps Nouveax, Freedom, y de los periódicos italianos y panfletos londinenses mencionados anteriormente.

[58] En italiano en Il Pensiero de Roma, nº 6, 16 de marzo de 1911. Un detalle característico: el socialista Benito Mussolini hizo una entusiasta apología de los protagonistas trágicamente fallecidos de la calle Sidney, en un sentimiento completamente opuesto al de Malatesta, en la revista Pagine Libere de Lugano (nº 1 del 1 de enero de 1911).

[59] Il Risveglio Anarchico (Ginebra) no. 859, 22 de octubre de 1932 («Lettere di Malatesta»).

[60] Volontà no. 10 del 17 de agosto

[61] Ambos eran colaboradores de Avanti! en aquella época, aunque no eran socialistas. Giulio Barni era un sindicalista revolucionario, muy popular entonces, que murió más tarde en la guerra. Libero Tancredi (seudónimo de Massimo Rocca), entonces anarquista individualista, luego nacional con la guerra, luego fascista; primero amigo, luego enemigo personal de Mussolini. Fue diputado fascista en 1924. Ahora está fuera del país y se dice antifascista

[62] B. Mussolini, en el Avanti! (Milán) que dirigía, sostuvo enérgicamente el movimiento y siguió defendiéndolo hasta después de su finalización. Pero toda su labor se limitó a esa intervención periodística y a la participación en algunos momentos en un espectáculo de protesta…, un día en la plaza del Duomo de Milán, del que se retiró en cuanto las cosas se pusieron un poco serias. Más tarde, unos para exaltarlo y otros para criticarlo, fueron quienes hablaron de Mussolini como el «jefe de la Semana Roja». Nada más absurdo y falso. Mussolini se mantuvo tranquilamente a varios kilómetros de las regiones sublevadas. Es cierto que, teniendo en sus manos el órgano primario de la clase obrera italiana, no se descartaba su apoyo; y Malatesta, como hombre práctico, lo reconocía, aunque no se engañaba algunos… sobre las disposiciones revolucionarias de Mussolini para pasar de las palabras a los actos. Sobre el papel puramente periodístico de Mussolini en el movimiento de aquellos días, consúltese el libro de Armando Borghi, Mussolini en chemise (Les Editions Rieder, París, 1932, pp. 51-65).

[63] Volontà (Ancona), sobre todo gracias a Cesare Agostinelli, pero después de la marcha de Malatesta, continuó su publicación hasta mayo de 19156, y sostuvo una larga y áspera campaña contra la guerra y contra el invervencionismo.

[64] Pedro Kropotkin, recuerdos y críticas de un viejo amigo mío, en Studi Sociali (Montevideo), nº 11 del 15 de abril de 1931.

[65] En italiano en Il Risveglio (Ginebra), no. 394 del 12 de junio de 1915.

[66] Il Libertario (Spezia) intentó publicarlo en vano.

[67] Malatesta ha relatado en diversos ambientes estos intentos de pasaporte y el modo en que logró regresar a Italia. De todo ello habló extensamente en sus declaraciones en el juicio de Milán de 1921. Véase Errico MAlatesta, A. Borghi e Compagni davanta ai giurati di Milano, de Trento Tagliaferri, ed. P. Gamalero, Milán, pp. 25-28.

[68] A. Borghi, en su libro citado anteriormente (p. 181), cuenta una anécdota de este viaje. En un desfile en la Toscana, habiendo asumido Malatesta en la ventanilla del tren, un trabajador ferroviario que seguramente lo creía un «vil burgués», le gritó en la cara: «¡Viva el socialismo!», a lo que Malatesta respondió más fuerte: «¡Viva el anarquismo!» ¡Tengo que imaginar el estupor de aquel obrero al sentirse superado en la herejía por aquel ignorante Creso en un coche cama!

[69] El motín fue determinado por la negativa de las tropas enviadas a Albania, y en la revuelta, en su mayor parte de anarquistas, participaron también activamente elementos militares. Los directores del socialismo italiano, que se llamaban a sí mismos revolucionarios, casi todos convertidos personalmente en comunistas, dieron entonces otra prueba de su incomprensión. Durante e inmediatamente después de los sucesos de Ancona, los influyentes exponentes de la burguesía democrática derriban [falta algo] la monarquía y proclaman la república. Los socialistas no querían saber nada; la dirección del partido, por mayoría de un voto, dio su opinión desfavorable «porque no querían una república burguesa»; o «la dictadura del proletariado o nada». Tuvieron esto último, y también los golpes. Como si la caída de la monarquía en ese momento no hubiera significado un camino abierto a todo lo que el pueblo había querido…

[70] Para ser exactos, debería decir que, al menos en mi opinión, el mejor momento para la revolución ya había pasado en el momento en que las fábricas fueron ocupadas; pero si se hubiera atrevido, a través de esa ocasión extraordinaria, todavía habría sido posible recuperar lo que se perdió para ganar.

[71] Estas asambleas fueron el único resultado obtenido por el «frente único», que se ocupó exclusivamente de la defensa de las víctimas políticas, en dos congresos de las diversas organizaciones sindicales y de los partidos proletarios de Bolonia (28 y 29 de agosto) y de Milán (4 de octubre) -en los que Malatesta con otros representó a la Unión Anárquica Italiana. En el primer congreso se editó un manifiesto en común (Umanità Nova del 31 de agosto). Estas reuniones habían ampliado el pacto de defensa mutua frente a la reacción en espera; pero el pacto, como se verá, se hizo añicos en el siguiente congreso en Florencia a mediados de octubre. El «frente unido», incluso con un alcance tan limitado, duró apenas cincuenta días.

[72] Para más exactitud: el semanario, desde el 14 de mayo hasta principios de julio, ligeramente modificado en su nombre (L’Umanità Nova en lugar de Umanità Nova) fue editado con mejor criterio personal por Damiani, que se había quedado casi solo en el periódico.

[73] La Voce Repubblicana de Roma, 7 de abril de 1923 (artículo reproducido por Nettlau).

[74] La revista era cada vez más incautada no sólo por algún artículo sobre la realidad de la situación italiana, o el fascismo, sino incluso por los argumentos más remotos y menores imaginables. Recuerdo la incautación de un artículo mío de carácter pedagógico sobre el «gobierno de la familia». De un escrito juvenil de Elise Reclus, montado en 1851, se incautó la primera edición, y se cambió el título de la segunda, se eliminó la palabra «libertad» y se suprimieron varias líneas.

[75] Escribió a algunos en el extranjero, entonces con ese sentimiento. Una de esas cartas a Sebastián Faure fue publicada por éste [Faure], después de la muerte de Malatesta, en Le Libertaire de París, nº 266, del 5 de agosto de 1932.

[76] Durante al menos un año, Malatesta consiguió eludir la vigilancia policial y de vez en cuando veía a algún camarada más íntimamente con una estrategia; pero incluso estos contactos ocultos, sobre todo después de 1928, se volvieron poco a poco imposibles, o casi.

[77] Il Risveglio Anarchico de Ginebra, nº 854 del 30 de julio de 1932.

[78] Tengo aquí, a modo de documento, las notas que Malatesta escribió en una hoja de papel ese día (21 de julio):
«La sociedad tiene siempre una tendencia a inmiscuirse en el ámbito individual» (Rienzi). ¿La sociedad? ¿por qué no decir «los gobiernos» o más exactamente «los otros»? Pero los otros, si no son más fuertes, si no son un gobierno, hacen poco daño.
-El que lanza una bomba y mata a alguien que pasa por allí dice que, víctima de la sociedad, se había rebelado contra ella. Pero el pobre muerto podría decir: «¿Pero es que yo soy la sociedad?»

Traducido por Jorge JOYA

Original: https://theanarchistlibrary.org/library/luigi-fabbri-life-of-malatesta

Anarquismo y anticlericalismo (1936) – Camillo Berneri

En este texto Camillo Berneri aclara de forma muy clara y directa que el anticlericalismo antiliberal de muchos anarquistas o pseudoanarquistas no es más que fascismo puro y duro.

Un breve escrito para que todos los anarquistas y progresistas, reales o falsos, lo lean y reflexionen.

La revista esperantista Herezulo publicó una «carta de Rusia», fechada el 20-5-1935, en la que observo este pasaje: «Puede interesarle saber que nuestro famoso periódico The Godless ha dejado de publicarse. ¿Por qué? Es difícil responder. Algunos dicen que falta papel; otros, que Stalin quiere preparar el terreno para un acercamiento con el Papa y otros líderes de la Iglesia. El hecho es que, durante las últimas vacaciones de Semana Santa, las iglesias estaban completamente llenas, y los jóvenes comunistas y ateos no hicieron nada para perturbar las ceremonias religiosas. Esto contrasta con los años anteriores en los que se organizaron manifestaciones.

El hecho de que se haya suspendido el famoso periódico Los sin Dios no me conmueve lo más mínimo, y si el acercamiento entre el zarismo bolchevique y el Vaticano me repugna como todos los compromisos gubernamentales, la política de tolerancia hacia los ortodoxos griegos y otros cultos me parece un signo de saludable renacimiento. El hecho de que las iglesias estén llenas de fieles después de dieciocho años de intensa propaganda atea es un fenómeno que debería hacer reflexionar a los jóvenes ateos y a los adoradores de Stalin que lamentan no poder interrumpir las ceremonias religiosas.

La actitud actual de Stalin con respecto a la libertad de culto sigue de cerca la legislación de la URSS. La novedad es la aplicación estricta de leyes y decretos que hasta 1935 no eran observados regularmente por las autoridades locales.

El derecho al «libre ejercicio de la libertad de conciencia y de culto religioso» y la protección «contra cualquier daño o persecución infligida a los creyentes a causa de su fe o de su culto religioso» están garantizados por el artículo 3 del Decreto de 23 de enero de 1918 y el artículo 2 del Decreto de 23 de enero de 1918.

El derecho a celebrar servicios y rituales religiosos en tranquilidad está garantizado por el artículo 5 del Decreto de 23 de enero de 1918, que encomienda a las autoridades locales la tarea de velar por esa tranquilidad, y el artículo 127 del Código Penal establece que «toda intervención en el ejercicio de los cultos religiosos, si no comprometen el orden público ni atentan contra los derechos de terceros, se castiga con trabajos forzados por un período no superior a seis meses».

El derecho a alquilar, construir o mantener edificios destinados al culto, a crear asociaciones religiosas y a recaudar dinero para el culto y el mantenimiento de sus ministros están garantizados por los artículos 10, 15 y 45 del Decreto de 8 de abril de 1929 y por el artículo 54 del Decreto de 18 de abril de 1922.

Me parece que podemos concluir que la legislación de la URSS afirma la libertad de cultos y la protege. Pues bien, declaro que aunque no practico ninguna religión y no profeso ninguna, en el curso de la revolución italiana estaré al lado de los católicos, protestantes, judíos y griegos ortodoxos siempre que reclamen la libertad religiosa para todas las religiones. Dado que he tenido ocasión de constatar que esta actitud y esta intención mía no cuentan con la aprobación general de mis compañeros de fe y de lucha, creo que es útil, y creo que es útil porque además de la santidad del principio, tengo a la vista errores revolucionarios que en mi opinión están preñados de graves daños y de gravísimos peligros, exponer mi pensamiento al respecto.

Todo intelectual debería -dijo Salvemini en su bonito discurso ante el Congreso Mundial de Intelectuales- tomar como uniforme las palabras de Voltaire: «Señor Abad, estoy convencido de que su libro está lleno de bestialidades, pero daría la última gota de mi sangre para asegurarle el derecho a publicar sus bestialidades».

Todo anarquista -digo yo- no puede rechazar este principio sin dejar de ser anarquista. Cuando, en el último congreso mundial de la A.I.T. [1], dije a los delegados españoles que consideraba que el anticlericalismo defendido por la C.N.T. [2] y por muchos elementos de la F.A.I. [3] no era anarquista, era estrecho de miras y estaba loco. [3] y que uno de los factores del éxito de las corrientes fascistas españolas era este anticlericalismo. Tenía ante mí una deliberación recopilada por los anarquistas españoles en la que negaban el derecho de los cultos a exteriorizarse, mientras toleraban los sentimientos íntimos, y cómo estos sentimientos no eran del todo libres bajo el talón de Mussolini, como bajo el de Hitler y Stalin. El anticlericalismo adquiere con demasiada frecuencia un carácter racionalista… Inquisición. Un anticlericalismo antiliberal, sea cual sea el colorido vanguardista, es fascista.

Además de fascista, el anticlericalismo antiliberal es poco inteligente. Malatesta siempre se ha levantado contra los fanáticos de … pensamiento libre. Desde un periódico anarquista se informa de esta noticia: «En Barcelona ha explotado una bomba durante una procesión religiosa dejando 40 muertos en el suelo y no sabemos cuántos heridos. La policía ha detenido a más de 90 anarquistas con la esperanza de echar mano del heroico autor del atentado», comentaba en el número único de L’Anarchia, de agosto de 1896: «Ningún motivo para luchar, ninguna excusa, nada: ¿es heroico haber matado a mujeres, niños, hombres desarmados, porque eran católicos? Esto ya es peor que la venganza: es la furia morbosa de los místicos sanguinarios, es el holocausto sangriento en el altar de Dios o de la idea, que entonces es lo mismo. ¡Oh, Torquemada! ¡Oh, Robespierre!»

Leandro Arpinati [4], cuando era anarquista, tenía la especialidad de promover la dispersión de las procesiones en la de Santa Sofía en Forlì; y acabó dispersando las procesiones rojas en Bolonia y otros lugares.

Mussolini pasó de ser un comecuras a un «hombre de la Providencia». Podrecca [5], el asínico director de L’Asino, acabó siendo un fascista y un lameculos. El grosero anticlericalismo en boga en Italia hasta 1914 dio los reveses más espectaculares; y no podía ser de otra manera, ya que la virulencia sectaria se combinaba con la superficialidad intelectual y la rigidez cultural.

El anticlericalismo en Italia fue fascista cuando prohibió el toque de campanas, cuando impidió o perturbó las procesiones, cuando invadió las iglesias, cuando acosó a los sacerdotes en las calles, cuando falsificó la historia, cuando apoyó los falsos testimonios de niños mitómanos o de parientes codiciosos para contar un «cura cerdo» más, cuando negó la libertad de enseñanza, cuando soñó con impedir a los creyentes toda libertad de rito y de culto.

Los resultados fueron los que fueron. Los comunistas que hoy coquetean con los cristiano-revolucionarios de Francia y los cristiano-comunistas de Yugoslavia y que utilizan a Miglioli [6] como espejo de las alondras demócrata-cristianas de todos los países, en 1919 y 1920 contribuyeron, junto con los socialistas extremistas, a empujar al Partido Popular hacia una alianza con el fascismo. Los republicanos, olvidando a Mazzini, donde eran preponderantes, también cayeron en un anticlericalismo burdo y abrumador.

En Italia, el subversivismo y el racionalismo demomasónico eran clericales. Urbain Gohier [7] escribió en uno de sus agudos artículos (Leur République, París, 1906): «El clericalismo no es un apego fanático a un dogma determinado o a ciertas prácticas; es una forma particular de pensamiento, que se manifiesta sobre todo en la intolerancia. La mayoría de los autodenominados «anticlericales» de hoy en día son clérigos protestantes o judíos, que luchan contra la religión católica en aras de su propia religión; o sectarios francmasones, abarrotados de tantos prejuicios, ceremonias igual de vanas y adornos aún más ridículos que los del clero. Sus principales «meneurs» son ex-sacerdotes o ex-hermanos, que no pueden deshacerse de sus hábitos mentales ni de su antigua disciplina, que restablecen en el «libre pensamiento» de las navidades paganas, los pasquines socialistas, los bautismos cívicos, las comuniones y sobre todo las excomuniones de los banquetes en lugar de los ayunos, los evangélicos, los credos de los catecismos y las notas de confesión».

Esta categoría de «sacerdotes del libre pensamiento» se impuso en Italia, al igual que en Francia y España. En Italia, ninguna revista «racionalista» ha tenido la importancia cultural de La Civiltà Cattolica de los jesuitas, la Rivista Neotomistica de los católicos, la Bilychnis protestante o la Coenobium espiritualista. Los historiadores más serios de las religiones en Italia han sido sacerdotes católicos o protestantes, y no ha habido un solo «racionalista» que tuviera el bagaje cultural en materia religiosa de un Turchi [8], un Fracassini [9], un Buonaiuti [10], etc. En Italia, en 1919 y 1920, todavía se producía el escándalo de revistas como Satana di Roma, dirigidas por asnos presuntuosos que criticaban las religiones con argumentos ridículos y publicaban artículos con una pobreza de ideas y de documentación lamentable.

A la ignorancia y la estupidez de este anticlericalismo se unió la intolerancia, que en Francia, bajo la hegemonía masónica, llevó a la exclusión de sacerdotes de gran valor de las universidades por el simple hecho de ser sacerdotes. Así, al padre Scheil [11], una de las mejores autoridades en asiriología, se le negó la cátedra. Morgan dice de él en su tratado Las primeras civilizaciones: «Apenas hay cuatro o cinco de estos científicos (asiriólogos) en Europa hoy en día cuya opinión es una autoridad, y entre ellos está V. Scheil, a quien he tenido la suerte de conocer y a quien he tenido la oportunidad de enseñar. Scheil, con quien tuve la suerte y el honor de colaborar en mi trabajo en Persia. Su nombre quedará ligado para siempre a su magistral traducción de las leyes de Hammurabi y al desciframiento de los textos elamitas, una proeza realizada sin la ayuda de un bilingüe». A los anticlericales no les conmovió en absoluto el hecho de que a un científico de verdadera valía se le negara la cátedra de asiriología en el Collège de France, porque según ellos un sacerdote no habría tenido la imparcialidad necesaria para tratar asuntos relacionados con los estudios bíblicos. Tuve al profesor Fracassini, que era sacerdote, como profesor de historia de las religiones en la Universidad de Florencia, y en el Círculo de Estudios Filosóficos de esa ciudad tuve la oportunidad de escuchar las conferencias del profesor Buonaiuti, que también era sacerdote. Pues bien, no dudo en declarar que nunca he oído tratar temas religiosos con mayor temeridad filosófica, mayor rigor científico o mayor honestidad. Si casi todos los anticlericales no creen que pueda haber sacerdotes católicos o protestantes o judíos inteligentes, educados y honestos, esto significa que casi todos los anticlericales son clericales a su manera.

El anticlericalismo, además de ser filosóficamente pobre y científicamente erizado y superficial, ha sido en Italia, y sigue siendo en Francia y España, estrecho en su comprensión del problema social.

El «peligro clerical» ha servido en Italia de distracción para la burguesía liberal y el radicalismo. En Francia, a partir de 1871, la lucha contra la Iglesia permitió a la burguesía republicana evitar las reformas sociales. En España, el republicanismo de Lerroux [12] también jugó la carta anticlerical, que, puesta en práctica por la izquierda, desarrolló la coalición católico-fascista.

Debemos poner fin a esta especulación. El proletariado no se alimenta de la curia. Y los revolucionarios socialistas saben que una cosa es la jerarquía y los privilegios de la iglesia y otra el sentimiento religioso y el culto. El derecho al bautismo no puede ponerse al mismo nivel que las garantías papales. El convento franciscano no puede ser considerado de la misma manera que el banco católico. El prelado fascista no puede ser considerado como el cura que nunca se plegó al fascismo ni como el pobre Don Abbondio del pueblo. Los sindicatos católicos han demostrado ser capaces, como en Lomellina, de realizar huelgas, sabotajes, ocupaciones de tierras, y mañana, en la revolución italiana, sería insensato oponerse, por un jacobinismo anticlerical, a grandes masas del proletariado rural susceptibles de entrar en el juego de las fuerzas revolucionarias y socialistas. Los anarquistas deben tener fe en la libertad. Cuando la educación esté abierta a todos, cuando la miseria del proletariado haya desaparecido, cuando las clases medias se modernicen, el clero ya no podrá, una vez que haya cesado su situación de casta, llenar totalmente sus cuadros. Ya en la posguerra, los seminarios se despoblaron y fueron frecuentes los casos de jóvenes sacerdotes que, tras obtener un título profesional, tiraron la sotana.

Cuando en cada pueblo el club cultural, el club recreativo, la asociación deportiva, la sociedad filodramática, el cine, la radio, etc., distraigan a la juventud de la Iglesia, los jóvenes se verán obligados a abandonar la Iglesia. Cuando la cultura, los clubes recreativos, las asociaciones deportivas, las sociedades filarmónicas, los cines, la radio, etc., distraen a los jóvenes de la Iglesia y de los centros recreativos católicos; cuando el matrimonio se hace más armonioso, de modo que las mujeres ya no sienten el encanto de la confesión y la necesidad de consuelo religioso; cuando la silla del maestro se coloca frente al púlpito, y el sacerdote ya no está llamado a pontificar en un dominio indiscutible, sino a debatir ideas en los debates públicos; Cuando, en definitiva, el gran soplo de la revolución haya barrido casi todas las condiciones que fortalecen y corrompen al clero, que someten a la infancia desprevenida, a la juventud sin horizontes, a la afligida feminidad necesitada de esperanza y ávida de apoyo moral al dominio del clero, ¿cuál será el «peligro clerical»? Monumentos de un poder demolido, las iglesias, como el arco imperial y el castillo feudal, permanecerán, sus campanas apagadas, sus pasillos silenciosos de cantos litúrgicos, sus altares desnudos de oro y velas, cuando la revolución haya vencido en los espíritus. Mientras sea la victoria sobre las cosas, muda y disimulada bajo la mirada inquisidora de los jacobinos, aparentemente derrotada y dispersa pero bajo las cenizas más viva que nunca, la iglesia resurgirá tarde o temprano, quizás fortalecida.

El anticlericalismo anarquista no puede ser ni antiliberal ni simplista.

Notas

[1] La Asociación Internacional de los Trabajadores (A.I.T.) es una federación anarcosindicalista internacional de sindicatos de diferentes países. Se fundó en 1922 en Berlín, durante un congreso de sindicatos anarquistas. En italiano: Associazione Operaia Internazionale; en inglés: International Workers’ Association (IWA).

[2] La Confederación Nacional del Trabajo (C.N.T.) es una confederación sindical anarquista asociada a la Asociación Internacional de los Trabajadores.

[3] La Federación Anarquista Ibérica (F.A.I.) es una organización de anarquistas españoles fundada en Valencia en 1927 y afiliada a la Confederación Nacional del Trabajo.

[4] Leandro Arpinati (1892-1945) fue anarquista individualista antes de la Primera Guerra Mundial y luego intervencionista y fascista; siempre ferozmente anticlerical.

[5] Guido Podrecca (1865-1923) periodista, fundador del semanario de sátira política y anticlerical L’Asino. Primero fue socialista y luego se unió al fascismo, con todo su bagaje de anticlericalismo feroz.

[6] Guido Miglioli (1879-1954) fue un político y sindicalista italiano de orientación popular católica.

[7] Urbain Gohier, (1862-1951) periodista y polemista francés con simpatías primero socialistas y luego nacionalsocialistas.

[8] Nicola Turchi (1882-1958) sacerdote y estudioso de las religiones antiguas.

[9] Umberto Fracassini (1862-1950) sacerdote y académico, principal exponente del modernismo en Umbría.

[10] Ernesto Buonaiuti (1881-1946) historiador y filósofo de la religión. Por su oposición al Concordato entre la Iglesia y el Estado fascista perdió su cátedra en la Universidad de Roma. Fue uno de los principales exponentes de la corriente que buscaba una reconciliación entre la filosofía moderna y la teología cristiana, conocida como Modernismo.

[11] Jean-Vincent Scheil (1858-1940) sacerdote dominico de origen francés. Fue uno de los mayores asiriólogos; participó en el descubrimiento del código de Hammurabi en Persia (Irán), cuyo texto descifró.

[12] Alejandro Lerroux (1864 o 1866-1949) Político español de tendencias radicales, violentamente anticlerical.

[Traducido por Jorge JOYA]

Original: https://www.panarchy.org/berneri/anticlericalismo.html

Mijaíl Bakunin contra la insurrección (2015) – René Berthier

En el Congreso Internacional de St. Imier, en septiembre de 1872, las federaciones de la ILV rechazaron las decisiones del Congreso de La Haya que acababa de celebrarse, y decidieron que la Internacional continuaría, pero sobre una nueva base. Este fue un éxito rotundo para la corriente federalista; desgraciadamente este éxito no duró; las semillas de disensión, que habían sido contenidas hasta entonces, aparecieron gradualmente a la luz, revelando que la WIL «antiautoritaria» estaba dividida en una corriente que podría calificarse de preunión revolucionaria, con James Guillaume en particular, y una corriente preanarquista con militantes principalmente italianos.

Para explicar la reorientación seguida por el movimiento, es difícil distinguir entre la represión sufrida por el movimiento obrero tras la Comuna, la desaparición de la generación de la época heroica del AIT, la aparición de una nueva generación más apresurada y menos culta, y las nuevas condiciones creadas por la concentración de la industria y la aparición masiva del maquinismo. También hay que tener en cuenta que muchos militantes creían realmente que la revolución estaba cerca y que para despertar a las masas apáticas había que darles un empujón. Bakunin creía que la miseria y la desesperación no son suficientes para provocar la revolución social; son suficientes, dice en Estatismo y anarquía, para «dar lugar a levantamientos locales, pero son insuficientes para levantar grandes masas». Para ello, es necesario que todo un pueblo posea un ideal común, […] una idea general de su derecho y una fe profunda, apasionada y religiosa, si se quiere, en ese derecho.» Porque «ni los escritores, ni los filósofos, ni sus obras, ni finalmente los periódicos socialistas, constituyen todavía un socialismo vivo y poderoso. Esta última sólo encuentra una existencia real en el instinto revolucionario ilustrado, en la voluntad colectiva y en la organización adecuada de las propias masas trabajadoras, – y cuando este instinto, esta voluntad y esta organización faltan, los mejores libros del mundo no son más que teorías vacías, sueños impotentes.

Hay tres elementos inseparables en esta dialéctica del desarrollo revolucionario: el instinto revolucionario, la voluntad colectiva y la organización. Bakunin resume aquí perfectamente el punto de vista anarquista y, en cierto modo, se muestra más «marxista» que muchos marxistas… El instinto revolucionario que empuja a las masas a levantarse espontáneamente contra una situación intolerable es un hecho que se puede observar en cualquier grupo humano y esto es obviamente cierto para la clase obrera.

Pero la espontaneidad revolucionaria es sólo un momento del proceso revolucionario. La voluntad colectiva o, si se quiere, un proyecto político, y la organización a través de la cual se llevará a cabo la lucha y el proyecto, son igualmente indispensables. Esto está muy lejos de la idea de que un acto insurreccional de una pequeña minoría es suficiente para despertar la conciencia de las masas. Bakunin ha vivido varias insurrecciones, sabe lo que significan en términos de vidas humanas. Por eso siempre se mantiene cauto y preocupado por evitar enviar a la gente al matadero.

Así, encontramos a un Bakunin prudente que difícilmente se corresponde con la imagen epinal: era extremadamente crítico con los que dirigen al pueblo en acciones aventureras y que «se imaginan que les basta con formarse en pequeños centros de conspiración» arrastrando con ellos «a lo sumo a unos cientos de obreros, y levantarse inesperadamente de una insurrección simultánea, para que las masas les sigan». Pero en primer lugar, nunca supieron organizar un levantamiento simultáneo». Uno se pregunta si los «insurrectos» que dicen ser, Bakunin lo han leído.

De hecho, la crítica de Bakunin al insurreccionalismo en su carta a Celsio Cerretti se dirige a los seguidores de Mazzini, pero puede aplicarse con la misma facilidad a otros. Sigue atacando a los mazzinianos, cuyas empresas «han resultado invariablemente en fiascos sangrientos e incluso a veces ridículos», que repiten constantemente una «terrible sucesión de dolorosos abortos». «Cada primavera comienzan de nuevo, atribuyendo todas estas derrotas pasadas no al vicio inherente de su sistema, sino a algunas circunstancias secundarias, a accidentes desfavorables…». Mazzini nunca entendió que «las masas sólo se ponen en movimiento cuando son impulsadas a hacerlo por poderes -tanto intereses como principios- que emanan de su propia vida, y que las abstracciones nacidas fuera de esta vida nunca pueden ejercer esta acción sobre ellas».

Engañado por esta ilusión constante de su vida, creyó hasta el último momento que se podía hacer una revolución por sorpresa, y que una toma de armas espontánea y simultánea por parte de unos cientos de jóvenes, repartidos en pequeños grupos por todo el país, bastaría para levantar a la nación. Ni que decir tiene que la crítica hecha a los mazzinianos puede extenderse a los anarquistas. ¿Qué ocurrirá», se pregunta Bakunin, «si las autoridades destruyen su organización? ¿Un levantamiento? Sería maravilloso, dice, «si pudiera tener la esperanza de triunfar. Pero, ¿se puede tener? ¿Está lo suficientemente preparado y organizado para ello? ¿Estás seguro de que puedes llevarte a toda la Romagna contigo, incluidos los campesinos? Si es así, recoge el guante que te lanzan. Pero si no tienes esta confianza -no hablo de ilusiones, sino de una confianza basada en hechos positivos-, entonces ten la fuerza de comprimir tu natural indignación, evita una batalla que debería terminar en derrota para ti. Recuerde que una nueva derrota sería fatal no sólo para usted, sino para toda Europa.

La revolución no era para Bakunin un acto de violencia de masas, era el derrocamiento de un orden político y social siempre que se supiera lo que se quería poner en su lugar: «Nadie puede querer destruir sin tener al menos una remota imaginación, verdadera o falsa, del orden de cosas que debería, según él, suceder al que existe actualmente; y cuanto más viva está esta imaginación en él, más poderosa se vuelve su fuerza destructiva; y cuanto más se acerca a la verdad, es decir, cuanto más se ajusta al desarrollo necesario del mundo social actual, más saludables y útiles se vuelven los efectos de su acción destructiva. » Es una condena inequívoca del insurreccionalismo.

En octubre de 1873, Bakunin escribió una carta extremadamente conmovedora a los «compañeros de la Federación del Jura» en la que anunciaba su dimisión del WIL. «Durante los más de cuatro años y medio que nos conocemos, a pesar de todas las artimañas de nuestros enemigos comunes y de las infames calumnias que han vertido contra mí, has mantenido tu estima, tu amistad y tu confianza en mí. Ni siquiera os habéis dejado intimidar por esa denominación de «bakuninistas» que os han echado en cara.» Bakunin se alegró en su carta de que sus amigos hubieran obtenido la victoria «contra la ambiciosa intriga de los marxistas, y en beneficio de la libertad del proletariado y de todo el futuro de la Internacional». Esta carta fue escrita un año después de la constitución de la Internacional «antiautoritaria».

El revolucionario ruso estaba cansado, enfermo. Pensó que la Internacional ya no le necesitaba. «Tengo muchas razones para hacerlo. No creas que es principalmente por el asco personal con el que me han bañado durante los últimos años. No digo que sea absolutamente insensible a ella; sin embargo, aún me sentiría lo suficientemente fuerte como para resistirla, si pensara que mi ulterior participación en su trabajo, en sus luchas, podría ser de alguna utilidad para el triunfo de la causa del proletariado. Pero no lo creo. Por nacimiento, dice, sólo es un burgués, y como tal no puede hacer más que propaganda teórica. «Tengo la convicción de que el tiempo de los grandes discursos teóricos, impresos o hablados, ha pasado. En los últimos nueve años se han desarrollado más ideas en la Internacional de las que se necesitarían para salvar el mundo, si las ideas por sí solas pudieran salvarlo, y desafío a cualquiera a que invente una nueva. Ya no es el momento de las ideas, sino de los hechos y de los actos. Lo que hoy importa sobre todo es la organización de las fuerzas del proletariado. Pero esta organización debe ser obra del propio proletariado. (Subrayo.)

El punto es extremadamente claro: el momento es para la acción, es decir, para «la organización de las fuerzas del proletariado», que debe ser «el trabajo del propio proletariado». Bakunin concluye su carta de octubre de 1873 con una recomendación que los militantes que se lancen a acciones insurreccionales o terroristas ignorarán: «1. Aferraos a vuestro principio de la gran y amplia libertad popular, sin la cual la igualdad y la solidaridad mismas no serían más que mentiras. 2. Organicen cada vez más la solidaridad internacional, práctica y militante de los trabajadores de todos los oficios y de todos los países, y recuerden que infinitamente débiles como individuos, como localidades o como países aislados, encontrarán una fuerza inmensa e irresistible en esta colectividad universal.» La «victoria de la libertad y la Internacional contra la intriga autoritaria», en palabras de Bakunin, será una victoria pírrica. Sobre todo porque, interpretando estas palabras a su manera, los militantes italianos lanzarían intentos insurreccionales que terminarían miserablemente y precipitarían el colapso de la Internacional antiautoritaria.

Dos meses más tarde, los militantes italianos constituyeron en enero de 1874 el Comité Italiano para la Revolución Social, que organizó varios intentos de levantamientos populares por parte de pequeños grupos de militantes sin ningún contacto con el proletariado, ni siquiera con el «pueblo» al que debían despertar de su letargo, y en total contradicción con los mandatos de Bakunin. Algunos militantes italianos, entre ellos Malatesta y Cafiero, lanzaron movimientos armados entre 1874 y 1877 que fracasaron o terminaron en el ridículo. Así, el 5 de abril de 1877, Malatesta, Costa, Cafiero y una treintena de hombres armados tomaron dos pueblos de Benevento, al este de Nápoles, quemaron los archivos y se repartieron el dinero encontrado en la oficina del recaudador de impuestos. «Una pequeña banda armada, dirigida por Cafiero y Malatesta, llegó inesperadamente a una de las aldeas, anunciando que el mundo iba a cambiar, que se trataba de abolir el Estado y la propiedad en la comuna y luego abolirlos por completo.

Bien acogidos por la población, dirigidos por el cura, los internacionales tomaron entonces el ayuntamiento, llevaron los archivos y los títulos de propiedad a la plaza pública y les prendieron fuego. No hubo víctimas. La misma escena tuvo lugar en varios pueblos con una acogida poco entusiasta por parte de la población. Nuestros revolucionarios vagaron entonces por el campo durante unos días, muriéndose de frío, y finalmente fueron detenidos. Al final del juicio, los miembros del equipo de Benevento incluso sufrieron el insulto de ser absueltos, lo que demuestra lo poco que se les tomó en serio. A pesar del fiasco total de este tipo de acción insurreccional, parece haber impresionado a muchos anarquistas. Sin embargo, cinco años antes, Bakunin había advertido a sus amigos italianos contra tales iniciativas: en una carta a Celsio Cerretti, escribió que «la revolución no debe ser deshonrada por un movimiento sin sentido y la idea de un levantamiento revolucionario no debe ser ridiculizada».

El 3 de diciembre de 1876, el Boletín de la Federación Jura publica una carta de Carlo Cafiero a Malatesta en la que afirma: «La Federación Italiana cree que el hecho insurreccional, destinado a afirmar con actos los principios socialistas, es el medio de propaganda más eficaz. Se puede decir que esta carta es el certificado de nacimiento del anarquismo, invalidando la AIT como estructura de clase y estableciéndola como un grupo de afinidad, lo que era totalmente contrario a las posiciones de Bakunin. Para apoyar su punto de vista, los italianos se basaron en algunos textos que el revolucionario ruso había escrito al final de su vida, pero dándoles un sentido totalmente contrario al que había dicho.

La acción anarquista se define así en Los Revueltos, en 1880: «La revuelta permanente por la palabra, por la escritura, por el puñal, por la pistola, por la dinamita […] todo lo que no es legal nos sirve». Hay que señalar que esta frase, que apareció en la revista que dirigía Kropotkin, se le ha atribuido falsamente, pero se puede pensar con razón que la aprobó. Se encuentra en un artículo titulado «Acción», sin firma, cuyo autor es Carlo Cafiero. A menudo citada, la frase queda truncada, porque en el medio de acción preconizado, después de la dinamita, el artículo añade: «Incluso, a veces, por la papeleta, cuando se trata de votar a Blanqui y Trinquet, inelegibles…». Kropotkin sólo se distanciará de los ataques, y aún de forma muy moderada y ambigua, cuando el propio movimiento anarquista se distancie.

El 14 de julio de 1881, los anarquistas se reunieron en Londres para tratar de reorganizar el movimiento: Kropotkin presidió la sesión. Este congreso se presenta a veces como un congreso de la AIT, erróneamente. Había treinta y un delegados que representaban a trece países, un rango que no se volvería a ver en mucho tiempo, pero que no significaba una gran masa de adherentes. Representantes de Serbia, Turquía y Egipto, junto a delegados de Alemania, Suiza, Inglaterra, Italia, Bélgica, Francia, Holanda, España, Rusia y Estados Unidos. También había representantes de federaciones de la Internacional Antiautoritaria, lo que llevó a afirmar erróneamente que se trataba de un congreso de la AIT. Se aprobaron dos mociones: la primera, que nunca llegó a aplicarse, preveía la creación de una «oficina internacional de inteligencia».

La otra moción, referida al WIL, recordaba que el WIL había «reconocido la necesidad de combinar la propaganda verbal y escrita con la propaganda por los hechos». Sin embargo, la referencia a la ILM era engañosa, ya que por «propaganda por los hechos» la Internacional entendía la creación de sociedades obreras, mutualidades, cooperativas, bibliotecas, etc. La moción propone «propagar el espíritu de revuelta» y actuar «en el terreno de la ilegalidad, que es el único camino hacia la revolución»: «Habiendo prestado ya las ciencias técnicas y químicas servicios a la causa revolucionaria y estando llamadas a prestarlos aún más en el futuro, el Congreso recomienda a las organizaciones y a los individuos […] que den gran importancia al estudio y a las aplicaciones de estas ciencias, como medio de defensa y de ataque.

Hay algo de infantil en esas proclamas, que suenan a desplante impotente ante una situación que no se puede cambiar. Sin embargo, estos llamamientos, que alentaban todo tipo de manipulaciones, desembocaron en los peores excesos, siendo el más terrible el atentado contra el teatro de Barcelona en noviembre de 1893, en el que murieron 80 personas. Los herederos de la sección española de la AIT, en cambio, interpretaron el llamamiento a la «propaganda por escrito» de forma perfectamente «ortodoxa», es decir, en el sentido exacto en que el término había sido definido por la AIT. En aplicación de En su congreso de 1873, pidieron el apoyo a las huelgas, la creación de fondos de resistencia, manifestaciones, reuniones, redes de cooperativas de consumo, escuelas, bibliotecas, centros educativos, mutualidades y oficinas de empleo.

El hecho es que la sección española fue la única que conservó el carácter de organización de masas. Hay que señalar que la represión antiobrera en España no fue menos feroz que en Francia. Desgraciadamente, en ambos países, los ataques destructivos contra la organización de los trabajadores no vinieron sólo del Estado o de la patronal, sino de una parte del propio movimiento anarquista. En Francia, los anarquistas comunistas se mostrarán contrarios a toda acción reivindicativa que no conduzca directamente a la revolución, y se desvincularán de hecho del movimiento obrero.

Concluiré citando a Gastón Leval: «Después de haber defendido incansablemente métodos constructivos que permanecieron ignorados por la totalidad de los anarquistas -quizás haya algunas excepciones que desconozco-, Bakunin, ante el fracaso de las tentativas revolucionarias en las que había participado y el de la Comuna, llegó a la conclusión de que «la hora de las revoluciones había pasado». A continuación, recomendó la «propaganda por los hechos», es decir, los logros directos que sirven de ejemplo. Pero como la demagogia y la estupidez son ley en el movimiento anarquista, la fórmula se interpretó como una recomendación de ataques individuales, que nada tenía que ver con el pensamiento del gran luchador. Leval alude a la última carta escrita por Bakunin a su amigo Élysée Reclus el 15 de febrero. 1875. En realidad, Bakunin quiere decir que ha pasado un ciclo revolucionario y que comienza un largo período de reacción. Quiere decir que la revolución no está necesariamente en la agenda todo el tiempo. Estamos ahora, dice, en un ciclo descendente, en el que «el pensamiento revolucionario, la esperanza y la pasión no se encuentran en absoluto en las masas»: durante estos períodos, «por mucho que nos golpeemos el pecho, no se hará nada».

Conclusión

El insurreccionalismo, al igual que el individualismo, son dos fenómenos muy similares que pueden analizarse de la misma manera. Es básicamente la teoría de la salchicha. Mientras que el anarquismo es una doctrina integral que abarca una reflexión sobre la sociedad, sobre la revolución, una teoría del conocimiento, una teoría del individuo, etc., algunas personas, en una situación determinada, deciden extraerse del cuerpo principal de la doctrina y hacer hincapié en un solo aspecto de la misma, bautizando este nuevo descubrimiento como «anarquismo», y decidiendo que este nuevo trozo de salchicha es la única manera de lograr la emancipación. A esto hay que añadir un profundo desconocimiento de los textos de los autores anarquistas o, lo que es peor, una voluntad deliberada de falsificarlos.

No hay absolutamente nada ni en Proudhon ni en Bakunin que sugiera la más mínima tentación de «individualismo»: al contrario, hay una crítica muy severa. Por otro lado, en ambos encontramos una teoría completa del individuo que va mucho más allá de lo que se puede encontrar en los autores clásicos del «anarquismo individualista». Lo mismo puede decirse del insurreccionalismo. Una corriente política que pretende crear las condiciones generales para la emancipación de la humanidad no puede esperar aplicar la misma estrategia, de manera uniforme, en todos los lugares y en todo momento. Tampoco puede exigir que todos los que se adhieren a esta doctrina adopten las mismas prácticas.

No puede exigir que una persona que no trabaja forme parte de un estrategia sindical, por ejemplo. Sabemos que en algún momento tendremos que organizarnos para defender la revolución, así que tenemos que prepararnos para ello. Pero los militantes que quieran dar prioridad a este tipo de actividad pueden formarse, no golpeando a los anarquistas al final de una manifestación, sino protegiendo las manifestaciones anarquistas en las que participan compañeros que no son competentes para luchar, niños, ancianos, etc.

Bakunin participó en cuatro insurrecciones en treinta años. Nunca dijo que las insurrecciones fueran inútiles, aunque cada vez decía que no tenían ninguna posibilidad de éxito, lo que no le impedía participar. Se limitó a decir que era irresponsable, si no criminal, enviar a la gente a los perros por nada. Y dijo que, en cualquier caso, la revolución será obra de los trabajadores reunidos en su organización de masas, teniendo un ideal común, una idea general de su derecho y una idea bastante precisa del orden social que quieren construir en lugar del viejo orden. Dijo que «un partido que, para lograr sus fines, se compromete deliberada y sistemáticamente con el camino de la revolución, se pone en la obligación de asegurar la victoria». Cuando Bakunin dijo que el tiempo es «para los hechos y las obras» se refería a «la organización de las fuerzas del proletariado», que «debe ser obra del propio proletariado».

Notas

1 «Cartas a un francés sobre la crisis actual», 1870.

2. Hay un texto de Bakunin titulado «Escrito contra Marx», en el que se expone notablemente la dialéctica de la adquisición de la conciencia política por parte de la clase obrera.

3. Bakunin dice lo mismo sobre los trabajadores en huelga: «¿Quién no sabe lo que cada simple huelga representa para los trabajadores en términos de sufrimiento, de sacrificio? («Alianza Revolucionaria Internacional de la Democracia Socialista»).

4. Carta a Ceretti, 13-27 de marzo de 1872.

5. Ibid.

6. Ibid.

7. Carta a Celso Ceretti, 13-27 de marzo de 1872.

8. Bakunin, «Protesta de la Alianza». 1871

9. «Carta a los compañeros de la federación del Jura», primera quincena de octubre de 1873.

10. Ibid.

11. Ibid.

12. Marianne Enckell, La Fédération jurassienne, Canevas éditeur, p. 186.

13. Carta a Ceretti, 17 de marzo de 1872.

14. Le Révolté, 25 de diciembre de 1880, citado por Jean Maitron.

15. Gastón Leval, La crisis permanente del anarquismo.

16. Incluyo, por principio, la última, la de Bolonia, en la que participó Bakunin a pesar de las advertencias que había hecho contra los actos aventureros, y que, mal preparada, mal organizada, se convirtió en una farsa: Bakunin tuvo que huir disfrazado de cura, llevando una cesta de huevos. Cansado, enfermo, deprimido, Bakunin explica su participación en la insurrección: «Estaba decidido a morir», escribió.

17. «Étatisme et anarchie», Œuvres, Champ libre, IV, 404.

18. «Carta a los compañeros de la Federación del Jura», primera quincena de octubre de 1873.

René Berthier

FUENTE: Le Monde Libertaire – n°1771 (9-15 de abril de 2015)

[Traducido por Jorge JOYA]

Original: www.socialisme-libertaire.fr/2015/05/mikhail-bakounine-contre-l-insurr

Pequeño manual del anarquista-individualista (1911) – E. Armand

Ensayo de E. Armand escrito en 1911 y publicado en la Encyclopédie Anarchiste, obra en cuatro volúmenes editada por Sébastien Faure.

E. Armand (1872 – 1962) es el seudónimo de Lucien-Ernest Juin, un libertario individualista, antimilitarista y defensor de la libertad sexual

I

Ser anarquista es negar la autoridad y rechazar su corolario económico: la explotación. Esto se aplica a todos los ámbitos de la actividad humana.

El anarquista quiere vivir sin dioses ni amos; sin jefes ni gerentes; desigual, sin leyes así como sin prejuicios; amoral, sin obligaciones así como sin moral colectiva. Quiere vivir libremente, vivir su concepción personal de la vida. En su corazón, siempre es un asocial, un refractario, un outsider, un forastero, un inadaptado. Y por mucho que se vea obligado a vivir en una sociedad cuya constitución repugna a su temperamento, acampa allí como un extraño. Si hace las concesiones necesarias al medio ambiente -siempre con el motivo ulterior de recuperarlas- para no arriesgar o sacrificar su vida tonta o innecesariamente, es porque las considera armas de defensa personal en la lucha por la existencia. El anarquista desea vivir su vida, en la medida de lo posible, moral, intelectual y económicamente, sin preocuparse del resto del mundo, tanto de los explotadores como de los explotados; sin querer dominar ni explotar a los demás, pero dispuesto a reaccionar por todos los medios contra cualquiera que se inmiscuya en su vida o le prohíba expresar sus pensamientos con la pluma o la palabra.

El enemigo del anarquista es el Estado y todas sus instituciones que tienden a mantener o perpetuar su dominio sobre el individuo. No hay posibilidad de conciliación entre el anarquista y cualquier forma de sociedad basada en la autoridad, ya sea de un autócrata, una aristocracia o una democracia. No hay ningún punto en común entre el anarquista y cualquier entorno regulado por las decisiones de una mayoría o los deseos de una élite. El anarquista combate tanto la educación impartida por el Estado como la proporcionada por la Iglesia. Se opone a los monopolios y privilegios, ya sean intelectuales, morales o económicos.

En una palabra, es el antagonista irreconciliable de cualquier régimen, de cualquier sistema de vida social, de cualquier estado de cosas que implique la dominación del hombre o del medio ambiente sobre el individuo, y la explotación del individuo por el hombre o el medio ambiente.

El trabajo del anarquista es ante todo un trabajo de crítica. El anarquista va sembrando la revuelta contra lo que oprime, obstaculiza y se opone a la libre expansión del ser individual. En primer lugar, es necesario liberar el cerebro de ideas preconcebidas, liberar los temperamentos encadenados por el miedo, crear mentalidades libres de lo que dice la gente y de las convenciones sociales; es entonces cuando el anarquista instará a quienes quieran seguirle a rebelarse prácticamente contra el determinismo del entorno social, a afirmarse individualmente, a labrarse su propia estatua interior, a independizarse, en la medida de lo posible, del entorno moral, intelectual y económico. Instará a los ignorantes a aprender, a los indiferentes a reaccionar, a los débiles a hacerse fuertes, a los encorvados a enderezarse. Instará a los poco dotados y a los menos capaces a sacar de sí mismos todos los recursos posibles y a no depender de los demás.

Hay un abismo entre el anarquismo y el socialismo en sus diferentes aspectos, incluido el sindicalismo. El anarquista pone en la base de todas sus concepciones de la vida: el hecho individual. Por eso le gusta llamarse anarquista-individualista.

No cree que los males que sufre la gente se deban exclusivamente al capitalismo o a la propiedad privada. Piensa que se deben sobre todo a la mentalidad defectuosa de los hombres, considerados en su conjunto. Los amos sólo existen porque hay esclavos, y los dioses sólo existen porque los fieles se arrodillan. Al anarquista-individualista no le interesa una revolución violenta destinada a transformar el modo de distribución de los productos en una dirección colectivista o comunista, que difícilmente provocaría un cambio en la mentalidad general y que en ningún caso supondría la emancipación del ser individual.

En un régimen comunista, el individuo estaría tan subordinado como en la actualidad a la buena voluntad del Medio; sería tan pobre y tan miserable como en la actualidad; en lugar de estar bajo el yugo de la pequeña minoría capitalista, estaría dominado por el conjunto económico. Nada le pertenecería. Sería un productor, un consumidor, un impulsor o un agitador, nunca un independiente.

II

El individualista-anarquista se diferencia del comunista-anarquista en que considera (además de la propiedad de los objetos de disfrute que forman una extensión de la personalidad) la propiedad de los medios de producción y la libre disposición del producto como la garantía esencial de la autonomía de la persona. Se entiende que esta propiedad se limita a la posibilidad de utilizar (individualmente, en pareja, en grupos familiares, etc.) el terreno o los medios de producción indispensables para las necesidades de la unidad social, siempre que el poseedor no lo arriende a otra persona o utilice a alguien a su servicio para desarrollarlo.

El individualista-anarquista no pretende vivir a cualquier precio, como el individualista, ni siquiera como explotador, como tampoco pretende vivir como regulador, siempre que el plato de sopa esté asegurado, el vestido sea seguro y la vivienda esté garantizada.

El anarquista-individualista, además, no pretende pertenecer a ningún sistema que vincule el futuro. Afirma que se encuentra en estado de autodefensa frente a cualquier entorno social (Estado, sociedad, ambiente, agrupación, etc.) que admita, acepte, perpetúe, sancione o haga posible

  • a) la subordinación al entorno del ser individual, colocándolo en un estado de inferioridad manifiesta al no poder tratar con el conjunto como un igual, como un poder a poder;
  • b) la obligación (en cualquier ámbito) de ayuda mutua, solidaridad y asociación
  • c) la privación de la posesión individual e inalienable de los medios de producción y de la plena e irrestricta disposición del producto;
  • d) la explotación de cualquier persona por parte de uno de sus semejantes, que le hará trabajar por su cuenta y en su propio beneficio;
  • e) la monopolización, es decir, la posibilidad de que un individuo, una pareja o un grupo familiar posea más de lo necesario para su normal mantenimiento
  • f) el monopolio del Estado o de cualquier forma ejecutiva que lo sustituya, es decir, su intervención en su función centralizadora, administradora, directora y organizadora de las relaciones entre particulares en cualquier ámbito
  • g) Préstamos con intereses, usura, agio, valor de cambio, herencia, etc., etc.

III

El anarquista-individualista utiliza la «propaganda» para seleccionar los temperamentos anarquistas-individualistas que no se conocen, para determinar al menos una atmósfera intelectual favorable a su desarrollo.

Las relaciones entre anarquistas-individualistas se establecen sobre la base de la «reciprocidad». El «compañerismo» es esencialmente individual, nunca impuesto. Un camarada» es aquel con el que resulta individualmente agradable estar, que hace un esfuerzo apreciable por sentirse vivo, que participa en su propaganda de crítica educativa y de selección de personas; que respeta la forma de vida de cada uno, no invade el desarrollo de los que caminan con él y de los que le tocan más de cerca.

El anarquista-individualista nunca es esclavo de una fórmula estándar o de un texto recibido. Sólo admite opiniones. Sólo propone tesis. No impone un punto de llegada. Si adopta un método de vida en un punto de detalle, es para que le asegure más libertad, más felicidad, más bienestar, pero no para sacrificarse por él. Y la modifica, y la transforma cuando se da cuenta de que seguir siendo fiel a ella disminuiría su autonomía. No quiere dejarse dominar por principios establecidos a priori; es a posteriori, sobre la base de sus experiencias, que establece su regla de conducta, nunca definitiva, siempre sujeta a las modificaciones y transformaciones que puedan sugerir el registro de nuevas experiencias, y la necesidad de adquirir nuevas armas en su lucha contra el entorno. Sin hacer tampoco de lo a priori un absoluto.

El anarquista-individualista nunca es responsable de sus acciones ante nadie más que ante sí mismo.

El anarquista-individualista considera la asociación sólo como un recurso, un parche. Por lo tanto, sólo quiere asociarse en caso de emergencia, pero siempre de forma voluntaria. Y, por lo general, sólo quiere celebrar contratos a corto plazo, siempre en el entendimiento de que cualquier contrato puede ser rescindido en cuanto sea perjudicial para una de las partes contratantes.

El anarquista-individualista no prescribe una moral sexual específica. Cada persona debe determinar su vida sexual o afectiva, tanto para un sexo como para el otro. Lo principal es que en las relaciones íntimas entre anarquistas de distinto sexo no haya violencia ni coacción. Cree que la independencia económica y la posibilidad de ser madre a voluntad son las condiciones iniciales para la emancipación de la mujer.

El anarquista-individualista quiere vivir, quiere poder disfrutar de la vida individualmente, de la vida en todas sus manifestaciones. Pero sigue siendo dueño de su propia voluntad, considerando sus conocimientos, sus facultades, sus sentidos y los numerosos órganos de percepción de su cuerpo como servidores de su «yo». No es un cobarde, pero no quiere rebajarse. Y sabe muy bien que quien se deja llevar por sus pasiones o dominar por sus inclinaciones es un esclavo. Quiere conservar el «autocontrol» para lanzarse a las aventuras que la investigación independiente y el libre examen pueden aportarle. Defenderá de buen grado una vida sencilla, la renuncia a las necesidades facticias, esclavizantes e inútiles; la huida de las grandes aglomeraciones humanas; la alimentación racional y la higiene corporal.

El anarquista-individualista se interesará por las asociaciones formadas por ciertos compañeros con el fin de librarse de la obsesión de un entorno que les repugna. El rechazo del servicio militar, la negativa a pagar impuestos, tendrán toda su simpatía; los sindicatos libres, únicos o plurales, como protesta contra la moral vigente; el ilegalismo como ruptura violenta (y bajo ciertas reservas) de un contrato económico impuesto por la fuerza; la abstención de cualquier acción, cualquier trabajo, cualquier función que implique el mantenimiento o la consolidación del régimen intelectual, ético o económico impuesto; el intercambio de productos de primera necesidad entre anarquistas-individualistas que posean la maquinaria de producción necesaria, sin ningún intermediario capitalista; etc. , son actos de revuelta esencialmente adecuados al carácter del anarquismo individualista.

FUENTE: Blog flemático de Anne Archet

[Traducido por Jorge JOYA]

Original: www.socialisme-libertaire.fr/2017/02/petit-manuel-anarchiste-individua

Waldheim – SASHA y EMMA. La odisea anarquista de Alexander Berkman y Emma Goldman (2012) – Paul Avrich y Karen Avrich

30 Waldheim

Mientras Emma luchaba por superar la muerte de Sasha, se le presentó la oportunidad de ir a España. La Guerra Civil española había comenzado a mediados de julio, y muchos de sus compañeros estaban fascinados: el levantamiento parecía inicialmente una oportunidad para la revolución ideológica, así como para la resistencia contra los elementos fascistas que se extendían por toda Europa. El 18 de agosto de 1936, el anarquista y periodista Augustin Souchy, que había huido de Alemania tres años antes, pocos días antes de la captura de su amigo Erich Mühsam, invitó a Goldman a trabajar en la oficina de prensa en lengua extranjera de la Confederación Nacional del Trabajo-Federación Anarquista Ibérica (CNT-FAI), el sindicato anarcosindicalista que desafiaba al general Francisco Franco. Emma aprovechó la oportunidad. «He estado pensando día y noche en ir a España», respondió Goldman a Souchy.

«¿Qué es lo que usted y los camaradas consideran más importante y en lo que puedo ser de gran ayuda? «1

Goldman creía que la nueva batalla le levantaría la moral. «España va a ser mi salvación para mí y de la absoluta inutilidad de mi vida», escribió al camarada Joe Desser en Toronto. «No tienen a nadie que sepa inglés y que pueda ayudarles con el Boletín, los periódicos y las charlas radiofónicas en inglés». La CNT-FAI envió a Goldman una credencial que le permitía, como representante certificada, dirigirse a las organizaciones sindicales españolas y a los grupos liberales y radicales. Pronto recibió otra credencial para utilizarla en Inglaterra, donde, tras su gira española, continuaría la campaña publicitaria y recaudaría dinero para la causa.

Pronto Emma aseguró a sus amigos que volvía a sentirse ella misma. «Os alegrará saber que la horrible sombra que se cernía sobre mí desde la prematura muerte de Sasha se ha roto», dijo a Arthur Leonard Ross. «Se debe a la llamada que he recibido de mis camaradas españoles para ayudarles en su heroica lucha contra las fuerzas negras tanto en su propio país como en el exterior».3 Le confió a Stella Ballantine: «Sé que mi vida aún puede ser útil y que todavía tiene sentido y propósito».4

Cuando Goldman se preparaba para dejar St. Tropez en septiembre de 1936, escribió una carta abierta a sus amigos y asociados, explicando su entusiasmo por su nueva misión y su influencia en su proceso de duelo.

«Llegó como un rayo de oro desde un cielo negro», escribió. «La muerte prematura de mi viejo amigo y camarada de toda la vida, Alexander Berkman, casi me había destrozado el espíritu. Cuanto más intentaba superar el dolor de su pérdida, más se agravaba, más paralizante era el golpe que me daba su muerte.

«Puedo decir con absoluta verdad que la llamada de los compañeros anarquistas en España me salvó de la desesperación total. Me electrizó. Porque qué mejor oportunidad que la de unir la fuerza que aún está a mi alcance, y la capacidad que aún tengo para dar con nuestro pueblo en España. Nada más maravilloso podría haberme llegado en mi hora de necesidad. Por primera vez en la historia, nuestros camaradas, al tiempo que combaten a los enemigos, están realizando una labor constructiva. Están dando un brillante ejemplo a los oprimidos de todo el mundo de cómo debe hacerse la revolución».5

Goldman partió de St. Tropez hacia Barcelona el 15 de septiembre de 1936. Se puso a trabajar de inmediato, pronunciando su primer discurso radiofónico y pronunciando un discurso ante una audiencia de 10.000 personas. «He venido a vosotros como a los míos», declaró. «Porque vuestro ideal ha sido mi ideal durante cuarenta y cinco años y lo seguirá siendo hasta mi último aliento». Los miles de ansiosos trabajadores españoles que la recibieron en Barcelona la conmovieron con su entusiasmo y aprecio. «No puedo empezar a expresar el sentimiento despertado en mi viejo corazón revolucionario por los maravillosos acontecimientos de aquí», escribió a Mark Mratchny el 23 de septiembre. «Por fin, por fin nuestros camaradas intentan articular nuestras ideas.

Estoy caminando en el aire. Me siento tan inspirada y tan entusiasmada que tengo la suerte de estar aquí y de poder prestar algún servicio a nuestros valientes y hermosos camaradas».6

Sin embargo, a pesar de sus exultantes palabras, Goldman tenía verdaderas dudas sobre las perspectivas de sus compañeros anarquistas españoles. Tenían mucho espíritu, pero estaban en el centro de un complejo y vicioso tira y afloja.

Después de dar otra charla radiofónica el 24 de septiembre, escribió a Fitzi sobre sus preocupaciones. «Confieso que no soy demasiado optimista sobre el resultado de la lucha», dijo. «Las probabilidades contra la CNT-FAI son demasiado fuertes. No son sólo de los fascistas, sino también de los socialistas y comunistas. Pero nuestra gente en Cataluña está dispuesta a ganar o a hundirse. Espero fervientemente que ganen. Su experimento es el primero, el más grandioso y el más inspirador de la historia porque es una experiencia totalmente anarquista».7

Goldman recorrió aldeas campesinas, fábricas, ferrocarriles, fábricas de petróleo y gas y talleres de confección. Fue al frente de Aragón y a Madrid, siguió hablando por la radio y redactó textos para el English Bulletin. Se reunió con viejos amigos y compañeros revolucionarios, muchos de los cuales había conocido en su primer viaje a España en 1928, entre ellos Federica Montseny (ahora ministra de Sanidad y la primera mujer en formar parte de un gabinete español); el escritor y líder anarquista Diego de Santillán; y el anarcosindicalista Arthur Lehning.8 Según los informes de prensa, los viajes de Goldman al frente sirvieron para «animar a las tropas gubernamentales durante su gira».9

En el frente de Aragón, Emma visitó la brigada anarquista del rebelde español Buenaventura Durruti. «Durruti me pareció una personalidad excepcional», dijo, «quizá la más destacada que he conocido durante mi estancia aquí. Su pueblo le adora. Uno puede entenderlo bien. Los guía por el encanto de su personalidad, por su espíritu fraternal y solidario, y por su inmensa energía».10

En noviembre, Goldman seguía en España cuando Durruti fue asesinado, y narró una película sobre su épico funeral en Barcelona.11

Durruti se convirtió en una leyenda entre los que apoyaban su causa y, según Associated Press, «su funeral en Barcelona convocó una de las mayores manifestaciones desde el estallido de la guerra», con cientos de miles de personas participando en la procesión conmemorativa.12

En diciembre, Goldman terminó su gira por España y, tras una breve parada en París, fue a Londres para establecer el servicio de prensa y la oficina de propaganda de la CNT-FAI. Envió un flujo constante de cartas y editoriales a periódicos de todo el mundo, y aseguró a sus lectores que los objetivos de sus hermanos españoles eran honorables. «Nunca he justificado la idea de que los actos incorrectos cometidos por los propios camaradas deban ser más ignorados que cuando son cometidos por nuestros adversarios», afirmó. Afirmó que había logrado un impacto en su limitado tiempo a pesar de, o debido a, su notoriedad. «Mi nombre en España, habiendo abierto todas las puertas», dijo, «sigue afectando a los países capitalistas como un paño rojo a un toro».13

Pero la retirada a Londres la molestó. «Fue muy doloroso dejar a nuestros valientes camaradas en peligro sabiendo que yo estaría a salvo en el país de ‘Su Majestad'», dijo. Ni siquiera estaba segura de poder difundir adecuadamente el mensaje en Inglaterra, un país que nunca había encontrado especialmente hospitalario con sus opiniones. También observó que la temporada de vacaciones supuso un obstáculo para poner en marcha su nuevo proyecto. «Llegué el 23 de diciembre, una época poco propicia para iniciar una campaña publicitaria. En todo caso, los ingleses hacen más ruido con la Navidad que la gente de Estados Unidos».14

A mediados de enero de 1937, tras varias semanas de agitada actividad, Emma fue entrevistada por la prensa estadounidense en su «pequeño piso de West Kensington». Un reportero señaló los numerosos peligros de su gira por España, que incluía «viajes a lugares donde volaban disparos y proyectiles». Emma explicó que había «encontrado una causa por la que valía la pena vivir, y también morir». Se sintió más energizada que asustada, eufórica por haber podido ver el anarquismo real en acción. «Yo misma no tengo miedo a morir», dijo. «No más de lo que esos valientes españoles tienen miedo de morir por lo que creen. Y lo glorioso de España para mí es ver las mismas cosas por las que he trabajado y en las que he creído toda mi vida. Estoy viendo mis ideas puestas en práctica por un pueblo que construye mientras lucha; que hace algo constructivo mientras retiene al enemigo». El periodista observó que Goldman evitó la palabra «gobierno», y en su lugar atribuyó al «pueblo» el mérito de contener al ejército de Franco. «Los españoles nunca aceptarán ninguna forma de dictadura», prometió Emma. «No después de luchar como lo están haciendo por la libertad». 15

Durante su estancia en Gran Bretaña, Goldman ayudó a organizar exposiciones de arte y literatura catalana que se exhibieron en Londres y París. Las muestras consistían en fotos, carteles y otra propaganda impresa, presentada con un toque artístico. Emma organizó un gran mitin el 19 de febrero de 1937, en el que habló junto a su amiga la activista y escritora británica Ethel Mannin, y dio conferencias por toda Gran Bretaña, en el sur de Gales, Bristol, Glasgow y Plymouth.
Goldman y sus compañeros participaron en una extensa manifestación del Primero de Mayo de 1937 en Londres, enarbolando pancartas; carteles de la CNT-FAI; imágenes de Francisco Ascaso, un anarcosindicalista que había sido asesinado en Barcelona al principio de la guerra civil; y fotos de Buenaventura Durruti. Llevaron un carro a Hyde Park, desde el que pronunciaron discursos, y 60.000 trabajadores participaron en la manifestación. «Nadie podía pasar por alto nuestras pancartas y consignas», dijo Goldman con orgullo.16

Goldman continuó sus esfuerzos por sus camaradas españoles, enviando paquetes y suministros al cuartel general en Barcelona y escribiendo editoriales. «Tengo una fe permanente en la resistencia del pueblo español», escribió en el New York Times. Sin embargo, expresó sus temores sobre el conflicto mundial y lamentó la suerte de sus compañeros revolucionarios. «La reacción actual en España denota el peligro de la dictadura una vez más», dijo. «Pero también demuestra que mis camaradas eran bebés en el bosque político; que subestimaron ingenuamente la perfidia de sus enemigos».

En agosto de 1937 Emma fue por última vez al sur de Francia. Viajó a Niza, donde visitó la tumba de Sasha, y luego hizo un viaje de despedida a Bon Esprit, que arregló para vender a una familia belga. Antes de partir, recopiló dieciocho cajas de escritos y material de Berkman, a las que añadió dos cajas de su obra que se había llevado de Niza. Después de otra gira por España, regresó a su base en Londres y durante los diez meses siguientes dio conferencias por toda Gran Bretaña, denunciando el fascismo mientras Europa se adentraba en la guerra mundial y las fuerzas de Franco intensificaban su ataque.

En marzo de 1938, cuando Austria fue anexionada a Alemania, Emma empezó a considerar la posibilidad de mudarse permanentemente a Canadá. Como siempre, anhelaba ser readmitida en Estados Unidos, pero los esfuerzos de sus amigos por ayudarla a obtener otro visado estadounidense no tuvieron éxito. Durante este período, Emma sufrió algunos golpes más personales. Su fiel corresponsal W. S. Van Valkenburgh murió de un ataque al corazón en mayo de 1938, y Stella Ballantine fue hospitalizada tras sufrir una crisis emocional de la que su recuperación sería ardua.

En septiembre de 1938 Goldman regresó a España durante seis semanas, su último viaje al país. Se reunió en Barcelona con Gabriel Javsicas, que trabajaba como asesor económico de la CNT-FAI y escribía sobre la guerra para The Nation, Atlantic Monthly, Harper’s y otras revistas. A finales de diciembre fue a Ámsterdam para establecer los documentos de Berkman, así como los suyos propios, en el Instituto Internacional de Historia Social, una organización que admiraba y en la que confiaba. Su vida y la de Berkman, le dijo a Teddy Ballantine, habían «estado tan entrelazadas que es imposible separar una de la otra».18

El 20 de enero de 1939, Goldman estaba de vuelta en Londres, cansada. Escribió a Max Nettlau sobre su «angustia mental» por la caída de Barcelona el 26 de enero, y se preparó para abandonar Europa, con una atmósfera sombría por la bruma de la guerra.19

El 1 de abril de 1939, poco después de que Madrid y Valencia se rindieran, el general Franco declaró la victoria, anunciando que la Guerra Civil española había llegado a su fin.

La semana siguiente, el 8 de abril de 1939, Emma se embarcó hacia Canadá. En Toronto organizó reuniones públicas para recaudar fondos para los refugiados de la Guerra Civil española y se unió a grupos como Solidarité Internationale Antifasciste. Se instaló en su nuevo domicilio, un pequeño apartamento en una casa propiedad de los camaradas holandeses Dien y Tom Meelis en el 295 de Vaughan Road. El 19 de mayo dio una conferencia en Windsor, Ontario, una ciudad fronteriza situada en el río Detroit. «El pueblo español está derrotado pero no conquistado», dijo. «Al final saldrán triunfantes. Mientras un solo español tenga el espíritu revolucionario, no hay seguridad para Franco. España será libre». Los periodistas le preguntaron si intentaría entrar en Estados Unidos al otro lado del río. «No», respondió. «No lo he solicitado. . . . Dudo que me dejen entrar. Pero Estados Unidos sigue siendo mi país, tanto como un anarquista puede tener un país».20

Sin embargo, su proximidad a Estados Unidos hacía que Emma estuviera más nostálgica que nunca. Frustrados sus esfuerzos por volver a casa, visitó la frontera canadiense simplemente para mirar a Estados Unidos, llorando al contemplar su silueta. El anarquista italiano Attilio Bortolotti, a quien conoció en Canadá en 1934 cuando se unió al Grupo Libertario, recordaba haberla llevado en coche a lo largo del río Detroit y la frontera internacional. «Estaba cautivada por el mero hecho de estar cerca de Estados Unidos», dijo Bortolotti. «Miraba a Detroit como a través de los ojos de un amante. Fue entonces cuando comprendí lo mucho que significaba América para ella». 21

El 27 de junio de 1939, Emma celebró su septuagésimo cumpleaños en Toronto. Recibió llamadas, telegramas y cartas de todo el mundo, así como un diluvio de ramos de flores y regalos. «Como veis», escribió a sus camaradas de América, «estoy ahora muy cerca de vosotros en los Estados Unidos, pero todavía muy lejos. Afortunadamente, no hay fronteras espirituales ni [límites] para la fuerza abarcadora de la camaradería y la solidaridad. Por lo tanto, me siento muy cerca de todos vosotros, independientemente de las arbitrarias divisiones fronterizas».22

Ese verano, Ben Reitman vino de visita. Emma y Ben habían perdido el contacto durante varios años, pero él volvió a ponerse en contacto con ella en la primavera de 1939, y ella le respondió con una cálida carta. Ben agradeció su buena voluntad. «Es la carta que he estado esperando durante años», dijo. «Saber que te sientes amable y algo agradecida por nuestro trabajo juntos y que compartes tus problemas y tus confidencias . . es todo lo que he pedido». Ella le aseguró que, a pesar del dolor que le había causado, «no me habría perdido de conocer a una criatura tan exótica y primitiva como tú».23 En octubre de 1939, varios meses después de su reencuentro en Canadá, Reitman sufrió un leve derrame cerebral; moriría en 1942 de un ataque al corazón a la edad de sesenta y tres años.

También en octubre de 1939, Emma lanzó una campaña para la defensa legal de Bortolotti y tres de sus compañeros anarquistas. El 4 de octubre la policía hizo una redada en la casa de Bortolotti, lo arrestó a él y a sus compañeros de casa, y confiscó libros, publicaciones periódicas, folletos y una gran cantidad de literatura anarquista, incluyendo Memorias de un revolucionario y Ciencia moderna y anarquismo de Kropotkin, el ABC del anarquismo comunista de Berkman y Evolución y revolución de Elisée Reclus. Toda la colección de 1.500 volúmenes de Bortolotti, salvo media docena de panfletos que le devolvió un policía montés simpatizante, fue destruida.24 Los agentes encontraron una imprenta que, según el tribunal, Bortolotti utilizaba para imprimir y distribuir literatura subversiva. La policía también descubrió dos revólveres oxidados, y Bortolotti fue acusado de estar en posesión de las armas sin permiso.

Los hombres comparecieron ante el tribunal el 5 de octubre y quedaron detenidos sin fianza ni abogado hasta el 12 de octubre. Los que no tenían la nacionalidad canadiense estaban sujetos a la deportación si eran condenados. Con Bortolotti amenazado de deportación a Italia y de una muerte segura a manos de Mussolini, Goldman entró en la lucha, consiguiendo al prominente abogado J. L. Cohen y recaudando fondos para la defensa.25 Emma centró sus peticiones de ayuda en el caso de Bortolotti, ya que era el que corría más riesgo de ser deportado por el cargo de posesión de armas y porque había asumido la mayor parte de la culpa.26

Emma estaba decidida a salvar a su joven amigo. «Bortolotti», dijo Goldman a un camarada, «es uno de los hombres más grandes que tenemos en nuestro movimiento, intelectual y moralmente, además de ser un tremendo trabajador. . . . No vive para nada más que para su ideal. . . [Su campaña tuvo éxito y Bortolotti fue puesto en libertad; los procedimientos legales contra todos los hombres fueron retirados. Más tarde, Bortolotti atribuyó a Goldman haber hecho «más que nadie para evitar la deportación».28

Como recordaba Ahrne Thorne, «mi mujer Paula y yo fuimos a visitarlos a la cárcel. . . . Hablamos con ellos a través de una ventana con barrotes, con un guardia escuchando cada palabra. En el juicio fueron declarados inocentes y quedaron inmediatamente en libertad. Emma había trabajado mucho para conseguir ese resultado. Hizo discursos, escribió cartas, organizó tés y reuniones para recaudar dinero».29

El caso Bortolotti sería la última batalla de Goldman contra el Estado.
A los setenta años, la mente de Emma era tan aguda como siempre, y conservaba gran parte de su antiguo espíritu. Pero su energía ya no era la de antes y tenía ataques de melancolía. El 31 de diciembre de 1939, pasó la noche con su grupo principal de amigos de Toronto. «Dorothy Rogers estaba allí, los Meelis, Bortolotti y algunos otros», recuerda Ahrne Thorne, que también estaba presente. «[Emma] volvía a estar de un humor pesimista. Recordó las fiestas de Año Nuevo del pasado, incluida una en España, cuando estaba en la sede de la CNT y sonó una alerta antiaérea. Todo el mundo bajó corriendo al refugio. Pero ella se negó a ir. No fue heroísmo», nos dijo. Si me caía una bomba, no me importaba. Estaba dispuesta a morir». Luego habló de la muerte de Alexander Berkman, de la llamada que recibió de Emmy a primera hora de la mañana para que acudiera de inmediato, de que había ocurrido una tragedia».30

Seis semanas más tarde, el 17 de febrero de 1940, Emma sufrió una apoplejía.31 Se desplomó en la casa de los Meelis durante una partida de bridge con sus anfitriones y un vecino. «Emma había estado activa todo el día», explicó Dien Meelis, «dictando cartas por la tarde, y después de la cena ayudando con los platos. Hacia las ocho bajó y estuvo hablando y riendo con nosotros cuando, de repente, sin hacer ruido, se desplomó en su silla».32 Dorothy Rogers llamó a Attilio Bortolotti. «¡Venga ahora mismo! Emma ha tenido una apoplejía», le dijo. «Subí a mi coche y corrí hacia allí», recuerda Bortolotti. «Encontré a [Emma] tumbada en el sofá. . . No podía hablar. Pero sus ojos hablaban mucho y su apretón de manos era firme».

«Acababa de llegar a casa del trabajo», dijo Thorne, «cuando recibí una llamada de Tilio Bortolotti en la que me decía que Emma había sufrido un derrame cerebral en casa de los Meelis que le había paralizado el lado derecho del cuerpo. ‘Venga lo antes posible’. Tomé un tranvía. Cuando llegué, estaba tumbada en un sofá con los ojos cerrados. Habían estado jugando al bridge: Emma, los Meelis y un vecino. De repente, se dieron cuenta de que se inclinaba de lado. Pensaron que se le había caído una carta. Pero ella se quedó así. No se levantó. Vieron que estaba enferma. Como no respondía, llamaron a una ambulancia. La ambulancia llegó poco después que yo. Para entonces ya estaba consciente. Cuando la subieron a la camilla, el vestido se le subió por las rodillas y con una mano tiró de él para cubrirse las rodillas».34

Emma estuvo en el Hospital General de Toronto durante seis semanas. Su estado se estabilizó, pero siguió sin poder hablar. Dos semanas después del ataque, mostró una ligera evolución. «Parece estar totalmente consciente», escribió Dien Meelis a Leon Malmed, «entiende lo que se le dice y reconoce a los que van a verla, pero no puede hablar. Además de no poder hablar, su lado derecho está completamente paralizado».35 Millie Grobstein, la hija de los camaradas de Toronto Joseph y Sophie Desser, había estado haciendo trabajos de secretaría para Emma, y había pasado la tarde del 17 de febrero tomando dictados. Después de que Goldman fuera hospitalizada, Grobstein «fue a visitarla todos los días. Ya no hablaba, pero sus facultades mentales estaban todas ahí. . . . Ver a una mujer tan vital un minuto, inmovilizada al siguiente, era profundamente perturbador… . . Sin embargo, seguía comunicándose».

Ahrne Thorne también pasó mucho tiempo en el hospital con Goldman. «La visitaba a menudo y trataba de animarla», dijo. «Estaba totalmente consciente. Podía oír y entender. Pero no podía hablar. ¿Qué peor castigo puede haber para Emma? Pensé. Hablar era su vida. Siempre estaba hablando. Pero allí estaba, incapaz de pronunciar una palabra. Nunca recuperó el poder del habla».37

Finalmente, Goldman pudo volver a leer. En Nueva York, Stella Ballantine -ya recuperada de su lucha de dos años contra la depresión- creó un Comité de Amigos de Emma Goldman para recaudar fondos para el tratamiento de Goldman; entre sus miembros se encontraban John Hayes Holmes, Roger Baldwin, Eleanor Fitzgerald y Modest Stein.38

El 1 de abril, estabilizada pero todavía sin habla, Emma fue dada de alta del hospital y enviada a su casa, bajo el cuidado de sus médicos y enfermeras.

«El hospital no podía hacer nada más por ella, así que… volvió a su apartamento en casa de los Meelis», recordó Thorne. «Sugerí a Tom Meelis que consiguiera un juego de letras móviles para que Emma pudiera formar palabras. Lo consiguieron, pero ella se negó a utilizarlo.

Además, no podía escribir porque tenía la mano derecha paralizada por el derrame cerebral. Quería morir. Después de España y del estallido de la guerra [mundial], se había vuelto cada vez más pesimista. Había dicho que si la Primera Guerra Mundial había sido «una guerra para acabar con todas las guerras», ésta era una guerra para acabar con el mundo».39
Emma mostró algunos signos de mejoría, pero luego se debilitó hacia finales de abril. El 6 de mayo sufrió un segundo ataque. Sus familiares, entre ellos Stella Ballantine y Morris, el hermano de Goldman, se apresuraron a ir a Toronto para verla por última vez. El 14 de mayo murió.

«Había perdido las ganas de vivir», dijo Thorne. «La vi el día antes de su muerte. Era una imagen lamentable, sin palabras y desolada. Fue un final trágico «40. En su obituario, el New York Times la describió como «una revolucionaria incorregible hasta el final. . . . En la historia social de Estados Unidos escribió un capítulo propio». El Times la calificó de «escritora distinguida y hábil crítica del drama» y destacó su pasión por América, evidente durante su gira en 1934. En aquella ocasión, «no ocultó su felicidad por haber podido regresar a este país, aunque fuera por un breve espacio de tiempo. Fue recibida calurosamente por sus viejos amigos y se marchó con un profundo pesar y con la esperanza de que se le permitiera volver a Estados Unidos de forma permanente».41

En Toronto se celebró un servicio religioso en el Labor Lyceum de la avenida Spadina. Pero los restos de Emma no fueron enterrados en Canadá. En cambio, el gobierno de Estados Unidos le concedió su último deseo, y por fin se le permitió volver a casa en Estados Unidos. Su cuerpo fue llevado en tren a Chicago, donde varios de sus amigos, entre ellos Ben Reitman y Harry Weinberger, se reunieron para recibirlo. «Emma ha vuelto hoy a Estados Unidos en un vagón de equipaje», dijo Reitman con amargura. «Ella dio 50 años de su preciosa vida tratando de hacer de América un lugar mejor para vivir y para detener las guerras. Y la única manera de que volviera a Estados Unidos era en un ataúd de acero».42 Años más tarde, Arthur Leonard Ross hizo una afirmación similar. «Ella amaba profundamente a Estados Unidos, a pesar de lo que le hicieron. Aquí podía hablar y respirar con relativa libertad. Sin embargo, la única manera de que regresara permanentemente era en un ataúd».43

En la tarde del 17 de mayo, Emma fue enterrada en el cementerio de Waldheim, el lugar de descanso de los anarquistas de Haymarket.44 Los compañeros se reunieron en su tumba para pronunciar discursos y rendirle homenaje, y Modest Stein creó una imagen para la placa de bronce de su monumento.45 Modska seguía siendo un artista de éxito, dibujando portadas de revistas y pintando retratos. Pasó unos años en Hollywood como artista gráfico, y luego volvió a Nueva York. Murió en Flushing, Queens, en febrero de 1958, a la edad de ochenta y siete años, dos días después de ganar un premio por su obra. La nota necrológica del New York Times lo describió simplemente como un «antiguo artista de periódicos de pluma y tinta» que, de joven, había hecho bocetos de tribunales para periódicos de la ciudad.46

«Así que Emma finalmente volvió a Estados Unidos», dijo Ahrne Thorne. «Ella había amado a Estados Unidos. Lo consideraba su país. Había nacido allí espiritual e intelectualmente. Los mejores momentos de su vida los había pasado allí. Fuera de Estados Unidos se sentía sin hogar. Cómo deseaba volver. Siempre culpó a J. Edgar Hoover por mantenerla fuera. Se había ganado las espuelas en su caso de deportación, decía ella. Y ahora le impedía volver a casa».47

A pesar de su exilio, muchos de sus compañeros creían que la influencia de Emma no conocía fronteras. «Te abría la mente y te hacía pensar en cosas que nunca habías pensado antes», dijo Freda Diamond. «Esa era su característica más destacada. Hacía pensar a la gente».

El 31 de mayo de 1940, se celebró un acto conmemorativo en el Town Hall de Nueva York, en el número 123 de la calle 43 Oeste. Entre los oradores se encontraban muchos de los fieles asociados de Goldman, como Rudolf Rocker, Leonard Abbott, Roger Baldwin y Harry Kelly. Se expusieron imágenes de Goldman en España y Canadá, junto con fotografías de su entierro en el cementerio de Waldheim. Harry Weinberger se dirigió a la multitud reunida.

«Durante más de treinta años he conocido a Emma Goldman, como su abogado y su amigo», dijo Weinberger. «Nunca en todos esos treinta años la he conocido más que como una luchadora por la libertad y la justicia. Era incansable; no tenía miedo; nunca hizo concesiones. La libertad fue siempre su tema; la libertad fue siempre su sueño; la libertad fue siempre su objetivo. . . . Emma Goldman se ha ido, se ha ido a un sueño sin sueños, se ha ido a unirse a ese ejército de hombres y mujeres del pasado para quienes la libertad era más importante que la vida misma.

En vida, Emma Goldman fue condenada al ostracismo, encarcelada, acosada y deportada de estas costas por abogar por lo que todo el mundo admite ahora que se debe lograr: un mundo sin guerra, un mundo sin pobreza, un mundo con esperanza y hermandad entre los hombres.
«Emma Goldman, te damos la bienvenida de vuelta a América, donde querías terminar tus días con amigos y camaradas. Esperábamos darte la bienvenida en vida, pero te damos la bienvenida en la muerte. Vivirás para siempre en los corazones de tus amigos, y la historia de tu vida vivirá mientras se cuenten historias de mujeres y hombres valientes e idealistas».49

Sasha y Emma fueron separados en la muerte, él enterrado en el sur de Francia, ella en América. Pero su amistad perdura en sus escritos y en su legado. En la carta que Emma escribió con motivo del sesenta y cinco cumpleaños de Sasha, le recordaba su eterno vínculo. «Es conveniente que te cuente el secreto de mi vida», decía. «Es que el único tesoro que he rescatado de mi larga y amarga lucha es mi amistad por ti. Créelo o no, querido Sasha. Pero no conozco otro valor, ya sea en personas o en logros, que tu presencia en mi vida y el amor y el afecto que has despertado.

«Es cierto que he amado a otros hombres. Pero no es una exageración cuando digo que nunca nadie estuvo tan arraigado en mi ser, tan arraigado en cada fibra como tú lo has estado y lo estás hasta el día de hoy. Los hombres han ido y venido en mi larga vida. Pero tú, mi querida, permanecerás para siempre. No sé por qué debería ser así. Nuestra lucha común y todo lo que nos ha traído en aflicciones y decepciones apenas explica lo que siento por ti. De hecho, sé que la única pérdida que importaría sería perderte a ti, o nuestra amistad».50
Sasha se sintió conmovido. «De todas las cartas que he recibido, la tuya es la más hermosa», dijo. «Naturalmente, teniendo en cuenta todo. «51

Solo con la muerte terminará – SASHA y EMMA. La odisea anarquista de Alexander Berkman y Emma Goldman (2012) – Paul Avrich y Karen Avrich

A principios de la década de 1930, la salud de Sasha había empezado a fallar, y en sus cartas se quejaba a menudo de depresión y fatiga. Su hábito de fumar de toda la vida, la mala alimentación durante sus años de encarcelamiento y el estrés por sus problemas de residencia le habían pasado factura. La vieja lesión de ligamentos que sufrió en 1917 al caerse por las escaleras de las oficinas de THE BLAST y de Mother Earth se agravó en 1930, y su dentadura estaba en muy mal estado.1 Emma le contó sus dolencias a Minna Lowensohn. «Sasha tiene reumatismo en la pierna y neuralgia en la cara, lo que finalmente le obligó a ir al dentista y a que le extrajeran los dientes».2 Finalmente, le extrajeron y sustituyeron diez dientes y le quitaron el hueso suelto de las encías.3

En 1932 seguía sufriendo una serie de trastornos, y los médicos locales tenían dificultades para diagnosticarlo. «Está terriblemente agotado y ha estado enfermo todo el invierno», escribió Emma a Arthur Leonard Ross, señalando que Sasha, como de costumbre, había estado fumando mucho. «Los médicos a los que consultó tenían opiniones diferentes: uno dijo que el corazón, otro que el hígado y un tercero que el endurecimiento de las arterias».4 Sus problemas con los dientes persistían, y en 1935 Goldman resumió el calvario dental de Sasha en una carta a Henry Alsberg. «Hace unos cinco años, Sasha se sometió a una odontología deficiente en París, a cargo de un dentista estadounidense. . . . Berkman, por su parte, llevaba dos cuadernos negros con una lista de remedios para sus diversas aflicciones, junto con afrodisíacos, cremas capilares y otros tónicos, a medida que aumentaba su inventario de enfermedades.

Sasha también se vio obligado a trabajar en un proyecto para Rudolf Rocker, traduciendo el opus de Rocker, Nacionalismo y Cultura, del original alemán al inglés. «Tengo que trabajar muchas horas y de forma constante para poder terminar en unos ocho meses como había prometido», escribió Sasha a Pauline Turkel en mayo de 1934.6 Pronto tuvo problemas. «Es una obra difícil, escrita en un estilo pesado», le dijo a Emma. «Es demasiado larga. No tengo tanta energía para escribir como antes. Me cansa».7 En agosto, la energía de Sasha estaba agotada y, aunque seguía siendo físicamente activo, sentía «una lasitud general» y sólo era capaz de trabajar unas pocas horas al día.8 No obstante, siguió estudiando detenidamente el inmenso libro, preparando cientos de páginas a máquina y numerosas correcciones a lápiz. En noviembre, seis meses después de comenzar el proyecto, advirtió a Rocker de que la traducción avanzaba con lentitud, que a causa de «enfermedades, de Emmy y mías», el trabajo se había retrasado, y que hasta el momento sólo había completado la mitad de lo prometido.

Para añadir tensión al laborioso proceso, Sasha y Rudolf discrepaban sobre la extensión y el contenido. «La obra es demasiado grande», aconsejó Sasha a Rocker. «Podría tener unas 1.000 páginas impresas. Ningún editor podría venderla por menos de 5 dólares el ejemplar, probablemente más. ¿Quién va a comprar un libro hoy en día a ese precio? Difícilmente un trabajador podría permitirse comprarlo». También advirtió que el libro era demasiado abstracto e inaccesible para el lector medio.9 Rocker no estaba de acuerdo y no estaba satisfecho con el estilo de traducción de Sasha en general. Acabó enviando a su mujer, Milly, para que cancelara el contrato de Berkman.10 Berkman estaba consternado y se ofreció a devolver sus honorarios para que la traducción al inglés pudiera seguir adelante. «El libro es tan valioso y tan necesario, sobre todo en estos días, que no debe permitirse que nada se interponga en su publicación», dijo.11

Los amigos de Sasha se quejaron en privado de este torpe giro de los acontecimientos y consideraron innecesario que rechazara el pago por sus meses de trabajo. («Es una auténtica tontería que Sasha devuelva el dinero a Rocker», se quejó Modska a Emma. «Rocker encontró otro traductor y el libro se publicó en inglés; Sasha, inicialmente mortificado, decidió más tarde que su propia versión era aceptable.13 «Una traducción, en mi opinión, debe usar el juicio y también tener algo de imaginación -lo que, por supuesto, hice-, al menos para mi propia satisfacción, si no para la de Rudolf».14

Cuando Sasha dejó de trabajar en el manuscrito de Rocker, su salud y su estado mental estaban peor que nunca. Emmy apenas estaba en

Emmy apenas estaba en mejor forma; seguía aquejada de diversas enfermedades, incluidos ataques de dolor de estómago, y periódicamente tenía que viajar a París para acudir a las citas con sus médicos. Últimamente, Goldman había estado en el extranjero durante largas temporadas, y Sasha echaba de menos su compañía. Mantenía el contacto con sus amigos -Max Metzkow, Claus Timmermann y Carl Nold, entre ellos-, pero muchos compañeros eran conscientes de su bajo estado de ánimo, que a principios de 1935 se estaba hundiendo notablemente. «El otro día recibí una postal de Sasha en Niza», escribió Tom Bell a Joseph Ishill. «Me parece bastante melancólica. Un exilio solitario, me temo». 15

A lo largo de su vida, Goldman tuvo sus propios problemas físicos; durante mucho tiempo estuvo aquejada de problemas en los pies y, más recientemente, de varices y algunas dolencias menores asociadas a la edad. Pero estaba hecha de un material más resistente que Sasha. El 11 de agosto de 1931, mientras cenaba en un restaurante, se cayó por unas escaleras de piedra, se golpeó la cabeza y salió con un corte en la frente y numerosos moratones, pero sin lesiones graves. «Como siempre decían mis amigos», le dijo a Agnes Inglis, «Emma es como un gato, lánzala desde lo más alto y caerá sobre sus patas». Le aseguro que el final no me produce ningún terror. Sin embargo, temería quedar lisiada o incapacitada en mi vejez».16 Los problemas de las piernas de Goldman disminuyeron en 1934 cuando un zapatero anarquista italiano de Nueva York le confeccionó un calzado especial. Su gratitud cuando le presentó el par terminado fue desbordante: se los puso, lloró de felicidad y lo besó con alivio.17

Mientras que la salud de Emma se mantuvo relativamente estable a medida que envejecía, la de Berkman continuó deteriorándose, y en el otoño de 1935 sufría una enfermedad de la próstata. Stein, durante su visita a Francia a principios de ese verano, se percató de la evolución de la enfermedad de su primo y, tras rogar a Sasha que se hiciera un chequeo, telefoneó a Emma para expresarle su preocupación. Berkman se molestó por la interferencia. «Cuando [Modska] estaba en Niza se dio cuenta de los problemas [de micción] y se lo conté», explicó a una ansiosa Goldman. «Pensó que era algo peligroso e insistió en que debía ver a un médico. . . . Pero el asunto no es muy grave, así que no te preocupes». Modska fue un idiota por avisarte de ello».

Por fin, Berkman consultó a un médico local, el Dr. Rosanoff, que le remitió a un urólogo de la cercana clínica St. Roche. Berkman no estaba satisfecho con la clínica y se trasladó al Hospital Pasteur de Niza, donde fue tratado por el prestigioso cirujano urológico Dr. Adolphe Tourtou. El 11 de febrero de 1936, Berkman fue operado por primera vez de su enfermedad de próstata.

«Sasha está bien, la operación salió bien», escribió Eckstein a Goldman, que ahora estaba en medio de una gira de conferencias de cinco meses en Inglaterra, lejos de la crisis médica en casa.19 «Debe permanecer en el hospital durante diez días y debe recibir un braguero para su ruptura».20

La afección de Eckstein en ese momento también era preocupante, y se sometió a radiografías y a una serie de operaciones por su agudo problema de estómago. Berkman contó a Goldman que, tras la última operación de Emmy, ésta experimentaba «una fuerte presión del estómago sobre los intestinos, y dolores y desmayos, adelgazando, sufriendo mucho…». La operación de Emmy fue muy grave, el cirujano le dijo que habría que extirparle parte del estómago. Y el mundo sigue tan loco como siempre, y peor, y ahora las nubes de la guerra se ciernen sobre todos nosotros». 21

En marzo de 1936, tanto Sasha como Emmy tuvieron que ser operadas de nuevo. Berkman se esforzó por conservar sus fuerzas para la siguiente intervención, comiendo «ciertos tipos de alimentos, verduras y cosas ligeras».22

Su segunda operación estaba prevista para el 24 de marzo, y se sentía filosófico sobre la vida y la muerte.

«Querida Sailor Mine, compañera incondicional de toda la vida», escribió a Goldman, «En caso de que ocurra algo, no te aflijas demasiado, querida. He vivido mi vida y realmente soy de la opinión de que cuando uno no tiene ni salud ni medios y no puede trabajar por sus ideas, es el momento de largarse. . . . Pero no es de esto de lo que quiero hablar ahora. Sólo quiero que sepas que mis pensamientos están contigo, y que considero nuestra vida de trabajo, camaradería y amistad, que abarca un período de unos cuarenta y cinco años, una de las cosas más bellas y raras del mundo. Con este espíritu te saludo ahora, querida e inmutable Sailor Girl, y que tu trabajo siga aportando luz y comprensión en este mundo nuestro tan revuelto. Te abrazo con todo mi corazón, la mujer y la camarada más valiente, más fuerte y más verdadera que he conocido en mi vida».23

Berkman superó la operación pero comenzó una prolongada convalecencia. En abril, Goldman, de vuelta en Francia tras la conclusión de su gira británica, se trasladó temporalmente a Niza para poder hacer viajes diarios al hospital, y se instaló en el apartamento de Sasha y Emmy en el bulevar de Cessole.24 «Nuestra Emma ha llegado, y las dos estamos viviendo en nuestro pequeño piso», escribió Emmy a una amiga. «Visita a Sasha todos los días. Te apuesto a que hará todo lo posible para que Sashenka vuelva a estar fuerte, así como yo. Ya sabes lo buena cocinera que es».25

Berkman permaneció en el hospital varios meses más y volvió al piso de Niza todavía con mucho dolor. «Ahora estoy en casa, con un drenaje en el abdomen», le dijo a Stella en junio. «Durante diez días he estado en convalecencia y he estado gritando casi continuamente. . . . No recuerdo ninguna ocasión anterior en la que haya gritado de dolor, pero esos diez días sí lo hice, y parecía que toda la sala, tanto los pacientes como los visitantes, estaban callados de asombro».26 Reanudó una correspondencia engañosamente optimista con sus amigos, a muchos de los cuales había descuidado durante su estancia en el hospital, y reconoció a Fitzi que durante demasiado tiempo había ignorado voluntariamente sus síntomas. «Odio molestar a los médicos», admitió, «así que ignoré el asunto».27

Sasha sospechaba ahora que tenía cáncer, aunque dijo a sus allegados que sus médicos no habían hecho ese diagnóstico.28 Débil y pensativo, Sasha pudo reunir algunas palabras de cariño para Fitzi. «Querido viejo amigo», escribió, «sé que eres un espíritu hermoso y comprensivo. Aun a riesgo de repetirlo, ya que lo he dicho tantas veces, debo permitirme la verdadera alegría de decirte de nuevo que eres una de las mujeres más bellas y grandes que he tenido la suerte de conocer en la vida».29 Sasha también recibió una inesperada y agradable noticia: su residencia en Francia había sido renovada por un año completo.

El 27 de junio de 1936, Emma celebró su sesenta y siete cumpleaños en Bon Esprit. Michael Cohn y su familia la visitaron en la casa de campo para la ocasión, y recibió los saludos de muchos de sus amigos. Pero Sasha, junto con Emmy, estaba demasiado enfermo para unirse a los festejos. Él y Cohn habían estado planeando juntos una fiesta sorpresa para Emma, pero ahora su herida quirúrgica estaba inflamada, y estaba confinado en su cama.

Sasha escribió a Emma para disculparse con antelación por su ausencia. «Siento no poder venir porque todo estaba arreglado y quería que esta sorpresa fuera para ti», decía. «Bueno, así es la vida. Los planes mejor trazados suelen salir mal, como dice el viejo refrán. . . . Te abrazo de corazón y espero que este cumpleaños te traiga algo de alegría y te alegre los días siguientes».30 En la mañana del 27 de junio le envió otra carta. «Siento no poder estar contigo», decía. «Ambos se sienten algo mejor. Te llamaré a última hora del día. Espero que tengas un buen día allí. Afectuosamente, Sasha». Esa noche la llamó por teléfono para transmitirle sus buenos deseos.31

En las primeras horas del día siguiente, el estado de Berkman había empeorado y se encontraba en una situación de gran angustia física. El dolor, la pobreza, el miedo a la enfermedad y la miseria en general fueron aparentemente demasiado para él, y decidió de una vez por todas poner fin a su vida. Escribió una breve nota de despedida: «No quiero vivir como un hombre enfermo y dependiente. Perdóname querida Emmy y a ti también Emma. Amor a todos. Ayuda a Emmy». Luego tomó su pistola e intentó dispararse en el corazón. La bala atravesó un pulmón y se alojó en su estómago. Fue trasladado desde su apartamento en Niza a la clínica St. Roche, y se realizó una operación de urgencia para extraer la bala.

Emma fue llamada por Emmy inmediatamente después del tiroteo, «arrancada del sueño por el timbre del teléfono». Ella y Michael Cohn, que se alojaba en un hotel de St. Tropez, se pusieron en marcha juntos antes del amanecer, pero «hasta las 5:30 del domingo no pudieron [coger] el autobús a St. Raphael y luego a Niza». Encontraron a Emmy en un estado incoherente», relató más tarde Emma a Stella Ballantine. «Pero pudimos sacarle que Sasha había tenido un ataque violento, y que mientras ella estaba en la calle tratando de conseguir un médico, Sasha le había disparado una bala en el costado. Ella lo encontró en la cama cubierto con una manta. El médico al llegar encontró el revólver en el suelo. Avisó a la policía y Sasha fue llevado al hospital. Allí le operaron, pero ya era demasiado tarde. La bala había perforado el estómago y la parte inferior de los pulmones. Cayó en la columna vertebral y le paralizó las piernas. Cuando Michael y yo llegamos, Sasha estaba consciente, pero en una agonía espantosa».32

Sasha sufrió un dolor insoportable durante horas. Era capaz de reconocer a Emma y a Cohn, pero no podía hablar.33 Emma salió de su habitación a las tres de la tarde, y cuando volvió a las cuatro, él estaba inconsciente.34 Nunca se despertó. La noche del 28 de junio, con Emma junto a su cama, murió. «Me quedé», escribió a Modska, «sola con mi precioso hasta el final».35

La noticia no tardó en llegar a sus compañeros. «Sasha, nuestro maestro, nuestro camarada, nuestro mejor amigo y hermano, nuestro más querido compañero ha

desaparecido. ¿Es posible que no volvamos a saber de él?», se preguntaba Mollie Steimer. «¿Cómo es posible que nos haya dejado justo cuando creíamos que estaba mejorando? «36 «¿Cómo se puede saber lo que pasa por la mente humana?», respondió Emma. «Hizo lo que… había intentado hacer varias veces mientras estábamos en Estados Unidos».37 Fitzi tenía el «corazón roto».38 Jeanne Levey estaba conmocionada. «Ayer mismo recibí una carta tan alegre de él», le dijo a Emma. «Estaba tan eufórica porque me sentía segura de que estaba en vías de recuperación. . . . Estoy terriblemente triste por nuestra gran pérdida».

«Nos ha dejado una persona excepcional», escribió Rudolf Rocker en un homenaje, «un personaje grande y noble, y un hombre de verdad. Nos inclinamos en silencio ante su tumba y juramos trabajar por el ideal al que sirvió fielmente durante tantos años».40 Minna Lowensohn estaba desconsolada, y Emma trató de calmarla. «Mi querida niña, tu devoción por Sasha era muy rara. . . . Le diste sin pedir nada a cambio. . . . Mantén la lucha, que es tan necesaria con la horrible avalancha de fascismo que viene de todas partes».41

El antiguo marido de Emma, James Colton, también gravemente enfermo, envió sus condolencias. «Perder a un camarada tan valiente como Alexander Berkman es una calamidad y, de nuevo, te doy mi más profundo pésame en tu terrible situación», escribió, firmando la carta «Tuyo en el más profundo dolor, Jim».42 Poco después Colton murió de cáncer, el 5 de agosto de 1936.

Emma fue la encargada de explicar el último acto de Berkman, aunque para ella su muerte «fue un rayo caído del cielo». Le dijo a Max Nettlau que Sasha «siempre había sostenido que si alguna vez le sobrepasaba el sufrimiento, se iría de la vida por su propia mano».43 «La fijación de Sasha con los revólveres se remonta al acto [de 1892]», le dijo a Pauline Turkel. «No creo que Sasha haya superado nunca su fracaso en acabar con la vida de Frick. Una vez más sacó una pistola, como había hecho cuarenta y cuatro años antes. Muchos de los amigos de Sasha eran conscientes de su preocupación por las armas y su deseo de acabar con un rebelde. «Le fascinaban las armas y siempre quería tenerlas», dijo Ida Gershoy. «Creo que se sentía culpable por no haber sido capaz de matar a Frick. Y cuando se suicidó seguía siendo un mal tirador».45

Algunos pensaron que el suicidio era un final apropiado. Creo que [su muerte] fue tan valiente como su vida», dijo el abogado C. E. S. Wood, «y siempre he pensado, como los antiguos romanos, que un hombre tiene perfecto derecho a tomar su propia decisión».46 «No hace falta preguntar qué le llevó a hacerlo», dijo Harry Kelly a Emma, «porque no era propio de Sasha rendirse si había alguna esperanza, pero sin duda sintió que era el principio del fin y que era una tontería sufrir, así que cogió el primer tren que saliera».47 Gaby Javiera, de la Universidad de California, dijo: «No es un suicidio. tren que salió». 47

Gaby Javsicas observó más tarde que las operaciones de Sasha lo habían «transformado de un individuo poderoso en un anciano tembloroso», convencido de que «ya no tenía sentido seguir viviendo».48
Ammon Hennacy, con quien Berkman había entablado amistad en la penitenciaría de Atlanta en 1917, admiraba el ejemplo que Sasha daba tanto en la cárcel como en la vida. «El recuerdo de su estancia en solitario en Allegheny me ayudó a cumplir mi condena de forma valiente», dijo Hennacy. «Eligió la vida dura, y eligió la muerte dura. Para mí es un amigo, un camarada, un héroe».49 Tom Bell pensó que Sasha, «solitario, condenado a la inactividad, aislado en gran medida del movimiento anarquista, enfermo… se mostró una vez más como un hombre valiente al quitarse la vida». Pero Bell también recordaba la dulzura de Berkman. «Como hombre, como personalidad, Sasha era un tipo espléndido, el hombre más querido del movimiento», escribió a un confidente. «Mis hijos nunca le olvidarán». 50

«¡Qué hombre tan extraño!», exclamó Roger Baldwin. «Él, a diferencia de Emma, estaba lleno de desesperación. Nunca abandonó por completo su creencia en la violencia, a la que son propensos los hombres desesperados. Finalmente se quitó la vida. Aunque tenía opiniones anarquistas y se declaraba idealista, y por lo tanto optimista, en el fondo no tenía fe en sí mismo. Por eso tenía todas esas amantes. No podía ser fiel. Tenía una vida muy desordenada. Pero era una persona muy agradable. Sus Memorias de la cárcel mostraban las mismas contradicciones que su vida: compasión por sus compañeros de prisión combinada con fatalismo y cinismo».51

Emmy Eckstein estaba destrozada por la muerte de Sasha. No sólo tuvo que lidiar con su profundo dolor, sino que también se vio en problemas con la ley. Sospechando que había cometido un delito, la policía la puso bajo arresto por el delito de «disparar a su marido», aunque la dejó en libertad cuando se descubrieron los hechos. Como Emma le dijo a Max Nettlau, «Afortunadamente, una vecina, Mme. Tournayre, había visto a Emmy paseando distraídamente por la acera cerca de su piso esperando a que llegara el médico, y… testificó que en ese momento había oído un disparo en el apartamento de M. Berkman, por lo que Emmy no fue considerada la asesina de Sasha».52 El informe oficial de la policía del 3 de julio de 1936 decía: «Autodisparo el 28 de junio de 1936. Suicidio. Nacionalidad rusa. Llevado a su acto por su mala salud, ya que fue sometido a una grave operación sin curarse».53

Unos siete meses antes de su muerte, justo después de cumplir los sesenta y cinco años, Sasha redactó un testamento manuscrito. Dejó todo su dinero y efectos personales «a mi querida compañera Emmy Eckstein. Y a mi amiga y colaboradora de toda la vida, Emma Goldman Colton, le dejo los libros que quiera de mi pequeña biblioteca, así como mis bocetos inéditos, relatos, traducciones, manuscritos y otros documentos similares, incluidos mis cuadernos de notas y diarios, así como mi correspondencia. . . . P.D. En caso de muerte de Emmy Eckstein, todo lo que poseo pertenece a Emma Goldman Colton».54

Goldman trató de asegurarse de que Emmy estuviera bien instalada. Consiguió que Eckstein pasara varios meses con su familia en Brno, Checoslovaquia, y luego la ayudó a trasladarse a París. Emma se puso en contacto con Michael Cohn para pedirle consejo médico sobre los problemas de salud de Emmy e intentó conseguirle un visado para que pudiera viajar a Estados Unidos para recibir tratamiento. Como complemento a la ayuda financiera de la hermana de Emmy en Chicago, Goldman y Modska le enviaron una asignación mensual, y la tesorería de la Fraye Arbeter Shtime contribuyó con otros diez dólares a la recaudación. Emmy también recibía un pequeño sueldo de su trabajo de mecanografía en un teatro local de París.

Sin embargo, los problemas estomacales de Emmy continuaban. Volvió a Niza y en febrero de 1938 la operaron y, como le dijo a Goldman, «le quitaron un gran trozo de intestino y [apéndice]».55 El 18 de diciembre de 1938 la volvieron a operar y luego le extirparon el intestino grueso por quinta vez. «Sólo sé que la obsesionada criatura está siendo operada hasta la tumba sin haber conseguido ningún alivio», escribió Emma a Fitzi.56 También Gabriel Javsicas echó un ojo dudoso a los diagnósticos médicos. «[Eckstein] encontró un curandero en Niza que intentó curar su problema de estómago acortando su intestino. El 8 de junio de 1939, después de una sexta operación, Eckstein murió.58 Goldman se enteró de la noticia por Nellie Harris. «Toda la vida de la pobre Emmy consistió en el engaño y en un egocentrismo como nunca antes había conocido», le dijo Emma a Fitzi. «Espero que esté en paz. Era la criatura más extraña que he conocido».

El fallecimiento de Berkman se hizo notar en Estados Unidos. «Cada vez que explotaba una bomba se sospechaba de él», decía el New York Times60. La revista Time calificó a Sasha y a Emma de «vagabundos del mundo no deseados», y escribió que «Emma Goldman estaba a cincuenta millas de distancia en su villa de St. Tropez la semana pasada cuando, en su mezquino piso del quinto piso de Niza, Alexander Berkman, oscuro, anticuado, de sesenta y cinco años, atormentado por la uremia y con sólo 80 dólares a su nombre, sacó una vez más una pistola, y esta vez la utilizó para suicidarse. » 61

Cuando Ben Reitman recibió un cablegrama de Emma informándole de la muerte de Berkman, se puso en contacto con los periódicos de Chicago con la noticia.62

Goldman se encargó de los preparativos del funeral, y Sasha fue enterrado el 30 de junio en Niza. Sasha siempre había soñado con ser enterrado en el cementerio Waldheim de Chicago, donde descansaban los anarquistas de Haymarket, pero Emma no pudo cumplir este deseo. «Había planeado incinerar a Sasha cumpliendo su deseo de toda la vida», le dijo a Stella, «y enviar sus cenizas a Chicago para que lo enterraran en Waldheim cerca de las tumbas de los hombres que nos habían dado nacimiento espiritual. Pero no fue posible. Una tumba allí era demasiado cara. Pusimos a Sasha en lo que en Francia llaman una fosa común. El lunes pasado, a las once, unos pocos amigos que teníamos en esta parte de Francia fueron al cementerio… y pusieron a nuestro amado a descansar».63

Aunque Emma no podía permitirse una parcela privada, pidió a su camarada Nonore Teissier que encargara una sencilla lápida con una inscripción personalizada para colocarla en el cementerio, y la piedra fue tallada con las siguientes palabras «Alexander Berkman, Nacido el 21 de noviembre de 1870, Descansa el 30 de junio de 1936. Su sueño era un nuevo mundo libre y hermoso. Toda su vida fue una lucha incesante. Por el triunfo final de su ideal». El vecino de St. Tropez de Goldman, Robert Sandstrom, proporcionó una traducción al francés.64

«El final de Sasha ha sido el golpe más devastador que me ha dado la vida», le dijo Emma a Stella, y un mes después de su muerte seguía sumida en la confusión.65 «Estoy apretando los dientes y mostrando un frente audaz. Pero las noches con la visión de Sasha siempre ante mí, su vida, su sufrimiento, sus últimos y dolorosos años. Pero debo, debo, seré fuerte».66 A su buen amigo, el escritor John Cowper Powys, Emma le dijo: «Cuarenta y siete años de vidas ordinarias hacen difícil continuar cuando uno de los dos se va. ¿Cuánto más doloroso es ver cómo se rompen los lazos de dos vidas como lo han sido la de Berkman y la mía, vidas de sueños, de ideales, de lucha, vidas de amistad que nunca han flaqueado, que han dado sin escatimar y siempre han comprendido? En la época romántica los poetas cantaban a esa amistad. En la nuestra, pocos pueden presumir de ella, ni enriquece la vida de muchos».67

Emma decidió vender Bon Esprit. «El lugar ha perdido su significado para mí ahora que Sasha se ha ido», informó a Max Nettlau. «Lo venderé si puedo. Después me iré a Londres».68 Mientras tanto, los anarquistas de Estados Unidos recordaron la vida de Berkman en reuniones conmemorativas en el Webster Hall de Nueva York el 9 de julio; en la colonia anarquista del lago Mohegan el 24 de julio; en Filadelfia el 7 de agosto; y en el Music-Arts Hall de Los Ángeles el 14 de agosto.69 Goldman publicó una declaración general. «Hagamos acopio de fuerzas para mantenernos fieles al ardiente espíritu de Alexander Berkman. Continuemos la lucha por un mundo nuevo y hermoso. Trabajemos por el triunfo definitivo del anarquismo, el ideal que Sasha amaba apasionadamente y en el que creía con cada fibra de su ser. Sólo así podremos honrar la memoria de uno de los más grandes y valientes camaradas de nuestras filas».70

Mientras Emma lloraba la pérdida de Sasha, estallaba la Guerra Civil española. «Lo único que me ha mantenido alejada de la desesperación», le dijo a un camarada, «es el maravilloso valor y heroísmo de nuestros camaradas en España».71 «Ah, si Sasha hubiera vivido un poco más», le escribió a Gwyneth King Roe, la esposa de su viejo amigo y benefactor, el abogado Gilbert Roe. «Se habría animado a superar su propio gran sufrimiento para ayudar a nuestros camaradas con su pluma. Y habría sentido como yo ahora el profundo impulso de ir a España y ocupar nuestro lugar en la misma espesura de la lucha. ¿Qué fin más glorioso para él y para mí que ese? «72

Pero tendría que seguir sola. Durante su gira de conferencias por Estados Unidos, cuando un periodista le preguntó por su relación con Sasha, fue tajante. «Mi amistad con Berkman», dijo entonces Emma, «es una amistad que sólo la muerte puede terminar».73

Bernard Lazare [1865-1903] (1993) – Philippe


Durante su corta vida, Bernard Lazare fue un escritor simbolista, periodista, anarquista, dreyfusard y defensor de los judíos perseguidos.

Nacido en Nîmes en el seno de una familia judía que llevaba varias generaciones viviendo en Francia, se trasladó a París en 1886. Frecuentó el entorno de los escritores simbolistas que entonces eran la vanguardia. Algunos de ellos eran sensibles a las ideas anarquistas. Pero para muchos era sólo una moda. En cambio, Bernard Lazare, al igual que Félix Fénéon, se mantuvo fiel a sus ideas de juventud.

Estudió las religiones antiguas y publicó su primera novela simbolista, La Fiancée de Corinthe, con su amigo Ephraïm Mikhaël. Fue crítico literario y colaboró en la prensa diaria. Sus artículos son cada vez más libertarios. Durante el juicio de la Trente, defendió a Jean Grave y Félix Fénéon. En 1892, su colección de relatos, Le Miroir des légendes, está influenciada por las religiones. En 1897, Les Porteurs de torches son fábulas en las que el autor se opone a todas las injusticias.

El aumento del antisemitismo

A partir de 1880 se produce un aumento del antisemitismo en Francia. Es la época en la que Drumont publica La France juive y en la que Maurice Barrès y Léon Daudet están en auge. En 1894 Bernard Lazare publicó L’Antisémitisme, son histoire et ses causes. Es un estudio histórico interesante, pero sus conclusiones son cuestionables. De hecho, defendió a los judíos franceses contra los judíos extranjeros. Además, pensaba que los judíos debían ser asimilados porque no eran sociables.

A finales de 1894, Alfred Dreyfus fue condenado por espionaje. Dreyfus era inocente, había sido condenado por ser judío. El caso iba a dominar las noticias durante años. Pero al principio, Dreyfus estaba solo, y Bernard Lazare fue uno de los primeros en defenderlo.

El caso Dreyfus

Juicio en Rennes: M. Bernard-Lazare, la Dama Blanca, a la derecha Abraham Dreyfus – Cartolist


En 1895, escribió un folleto sobre el asunto. Se puso en contacto con la prensa, los políticos y los escritores. También actuó como tesorero y, para que se reconociera la inocencia de Dreyfus, hizo que se realizaran varios informes periciales.

Con la publicación de «J’accuse» de Zola en 1898, el bando de Dreyfus cobró importancia y Lazare dejó de estar aislado. En el bando anarquista, Sébastien Faure y el equipo Libertaire se unen a la lucha por Dreyfus, pero Jean Grave se mantiene reservado. Dreyfus fue liberado en 1899 y absuelto en 1906. Para entonces, Lazare llevaba tres años muerto y su papel esencial en el asunto estaba olvidado.

El caso Dreyfus hizo que Bernard Lazare tomara conciencia de que la lucha por la emancipación de los judíos en el mundo era esencial. Conoció a Theodore Herzl, el teórico del sionismo que había publicado El Estado de los Judíos en 1896. El sionismo cobró impulso en una época de pogromos en Rusia y de campañas antisemitas en Francia y Austria. En 1898, Lázaro fue recibido triunfalmente en el Congreso Sionista de Basilea. Pero pronto se alejó de Herzl. Para Herzl, la nación judía era un nuevo estado.

Bernard Lazarus

Como anarquista, Lazare no podía dejar de oponerse a la idea del nacionalismo, a los compromisos con los estadistas y a la creación de un banco colonial. Para él, el sionismo no es un Estado sino una visión poética, un ideal. Abogó por la organización del proletariado judío en organizaciones autónomas.

En 1900 y 1902, viajó a Rumanía y Europa Central. Defendió a los judíos de Rumanía sometidos a un régimen de exclusión. Fue recibido como un salvador, pero su estancia tuvo que ser interrumpida por la presión antisemita. También se pronunció contra la represión de los armenios en Turquía.

Al final de su vida, se hizo amigo de Charles Péguy y participó en los Cahiers de la quinzaine. Murió de cáncer en 1903 a la edad de 38 años y dejó varios manuscritos inacabados, entre ellos Le Fumier de Job, dedicado a la emancipación de los judíos.

Bibliografía

Obras de Bernard Lazare

L’Affaire Dreyfus, une erreur judiciaire, Allia, 1997, 11,43 euros.
Figures contemporaines, Ellug, 2002. 172 p., 19 €. Esta colección ofrece una cincuentena de retratos de escritores de finales del siglo XIX sin complacencia.
Le Fumier de Job, Circé, 1996, 128 p., Poche, 15,09 €.
Juifs et antisémites, Allia, 1998. 24,39 €.


Sobre Bernard Lazare

Bernard Lazare, anarquista y nacionalista judío, textos recogidos por Philippe Oriol, H. Champion, 1999, 376 p., Bibliothèque d’études juives, 58,55 €.
Jean-Denis Bredin, Bernard Lazare, B. de Fallois, 1992, 428 p., 21,34 €. Este texto ha sido reimpreso en el Livre de poche (LGF, 2003, 446 p., Références, n° 424, 9,15 €.). El autor se inspiró en gran medida en el libro de Nelly Wilson. Los errores históricos son numerosos.
Philippe Oriol, Bernard Lazare, Stock, 2003, 457 p. (biografías), 22 €. Este libro no omite ningún aspecto de la vida de Lázaro y se basa en las obras más recientes.
Wilson, Nelly, Bernard Lazare, Albin Michel, 1986. Este título está agotado.

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Original:https://www.partage-noir.fr/bernard-lazare-1865-1903

Una fuerza femenina consciente y responsable actuando como vanguardia del progreso [Parte 1] (2010) – Miguel Chueca



El movimiento de Mujeres Libres, derivado del anarquismo obrero, se comprometió, de 1936 a 1939 en España, en una «doble lucha» por la emancipación social y femenina: por la «libertad exterior» y la «libertad interior» de las mujeres. En la primera parte de este artículo, Miguel Chueca repasa los orígenes de esta organización y de la revista homónima.

«Hay dos cosas que, por inicuas, empiezan a derrumbarse en el mundo: el privilegio de la clase que fundó la civilización del parasitismo, de la que nació el monstruo de la guerra; y el privilegio del sexo masculino que transformó a la mitad del género humano en seres autónomos y a la otra mitad en esclavos, y creó un tipo de civilización unisex: la civilización masculina», escribió Suceso Portales en 1938, en el número 10 de Mujeres Libres.

Entre el 20 y el 22 de agosto de 1937 nació en Valencia la Federación Nacional de Mujeres Libres. En el primer artículo de sus estatutos, publicado poco después, sus objetivos son «crear una fuerza femenina consciente y responsable que actúe como vanguardia del progreso»; y establecer escuelas, colegios, ciclos de conferencias, cursos especiales, etc., destinados a educar a las mujeres y emanciparlas de la triple esclavitud a la que han estado -y siguen estando- sometidas: esclavitud de la ignorancia, esclavitud como mujeres y esclavitud como productoras.

En el segundo artículo, la Federación de Mujeres Libres afirma su identificación «con los objetivos generales de la CNT y la FAI», la Confederación Nacional del Trabajo y la Federación Anarquista Ibérica. Esta doble reivindicación muestra la originalidad de un movimiento ignorado durante mucho tiempo por los historiadores y memorialistas de la guerra civil, incluidos los libertarios[1]. Tuvo que ser (re)descubierto con la aparición de los movimientos feministas radicales del periodo posterior a Mayo del 68, aunque la cita anterior deja suficientemente claro que antes de ser una organización «feminista» -palabra rechazada por sus portavoces- Mujeres Libres era una emanación del anarquismo obrero español.

Mujeres, movimiento obrero, feminismo

La conciencia de la alienación del trabajo asalariado surgió, sin duda, con los movimientos obreros, pero incluso antes de pensar en luchar contra la «esclavitud productora», las mujeres españolas tuvieron que imponerse como productoras frente a todos aquellos que querían confinarlas a los roles de esposa y madre. Sabemos que en las sociedades industriales, la lucha por la emancipación femenina ha sido inseparable del deseo de las mujeres de poner fin al estado de dependencia económica resultante de su exclusión del mundo del trabajo. La posibilidad de entrar -o volver- al mundo del trabajo les fue negada por el primer movimiento obrero, incluidos sus representantes más «avanzados», como los miembros de la sección francesa de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) que -con la notable excepción de Eugène Varlin[2]- seguían la posición de Proudhon en este punto, para quien las mujeres debían seguir siendo el «hada de la casa». Como prueba, esta resolución adoptada por amplia mayoría por la oficina de París (de tendencia proudhoniana) de la AIT, no puede ser más expresiva: «El lugar de la mujer está en el hogar doméstico, y no en el foro; la naturaleza la hizo enfermera y ama de casa, no la desviemos de estas funciones sociales para apartarla de su camino; al hombre, el trabajo y el estudio de los problemas humanos; a la mujer, el cuidado de la infancia y el embellecimiento del interior del trabajador.

En cuanto a sus homólogos españoles, más cercanos en este aspecto a Bakunin que a Proudhon, afirmaban, en cambio, ya en 1872, que «la mujer es un ser libre e inteligente, y como tal, responsable de sus actos de la misma manera que el hombre; en consecuencia, es necesario asegurarle condiciones de libertad susceptibles de permitir el desarrollo de sus facultades». Sin embargo, relegar a las mujeres al desempeño de las tareas domésticas únicamente es ponerlas bajo la dependencia de un hombre y, en consecuencia, privarlas de su libertad. ¿Cuál es el camino para que las mujeres sean libres? No hay más que trabajar[4].

Estas posiciones de principio no impidieron, sin embargo, que los trabajadores españoles se opusieran -incluso mediante huelgas[5]- a la entrada de las mujeres en el mundo del asalariado o, cuando esto ya no era posible, intentaran mantenerlas estrictamente en el marco de la división sexual del trabajo establecida. En particular, se intentó confinar a las mujeres al trabajo doméstico, lo que supuestamente les permitiría, en teoría, conciliar sus «deberes» como amas de casa con su contribución económica, en su mayoría indispensable, al hogar.

Sin embargo, a pesar de su situación de subordinación, las mujeres españolas desempeñaron un papel importante en los conflictos sociales de finales del siglo XIX. Estuvieron presentes en las primeras asociaciones de clase, y en abril de 1891 las obreras catalanas, representantes de muchos oficios, llegaron a fundar una asociación autónoma, la Agrupación de Trabajadoras de Barcelona: este «grupo de trabajadoras» se propuso «contrarrestar la codicia de los patrones que las condenan a una pobreza vergonzosa y a un sufrimiento continuo». Bajo la influencia de una de ellas, la anarquista Teresa Claramunt, adoptaron una resolución que afirmaba la necesidad de excluir a los hombres de la dirección y administración de la organización autónoma de mujeres para evitar «las imposiciones masculinas basadas en la supuesta inferioridad femenina»[7]. Unos años antes, en 1886, esta misma activista ya había denunciado «a los partidos reaccionarios, e incluso a muchos de los que se llaman demócratas, republicanos y revolucionarios, [porque] fomentan la inferioridad de la mujer y se oponen sistemáticamente a que ocupe el lugar que le corresponde en la sociedad»[8].

Aunque se fueron incorporando a los sindicatos, las trabajadoras no se implicaron en los movimientos feministas que poco a poco iban surgiendo en España: Teresa Claramunt, que junto a Ángeles López Ayala, una de las pioneras del feminismo español, fue la impulsora de la creación de la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona en 1899, fue una auténtica excepción en este sentido.

Los primeros movimientos feministas aparecieron en Cataluña y el País Vasco, a la sombra de las corrientes nacionalistas, pero en estos círculos la reivindicación «feminista» iba de la mano de la defensa de los «valores tradicionales» en los que se basaban estas corrientes fundamentalmente conservadoras. Compitiendo con este feminismo más que diluido, estaban los movimientos femeninos vinculados a los círculos republicanos, librepensadores y anticlericales, que, por temor a la influencia de la Iglesia sobre las mujeres del país, tardaron en exigir derechos políticos para ellas.

Aunque el término «feminismo» se generalizó en España a finales del siglo XIX -con la ayuda de la influencia del libro Feminismo (1899), del jurista Adolfo Posada- no fue hasta 1918 cuando se fundó la primera organización feminista independiente, la Asociación Nacional de Mujeres Españolas. Unida a otras organizaciones, adoptó la reivindicación sufragista unos años más tarde e incluso intentó, aunque sin éxito, crear un partido político feminista. Fue a estas corrientes «burguesas» a las que Federica Montseny, una de las figuras clave del anarquismo español, apuntó en 1923-1924 con artículos en La Revista Blanca, en los que afirmaba que el feminismo -una palabra, decía, que sólo se aplicaba a las mujeres ricas- no cuestionaba los valores ni la estructura de la sociedad y no hacía ninguna reivindicación social[9].

Aunque el movimiento de Mujeres Libres no se constituyó como federación hasta agosto de 1937, la organización ya existía de hecho desde hacía un año, a raíz de los contactos establecidos entre un grupo de mujeres obreras de Barcelona -la «Rosa de Fuego», centro neurálgico del anarquismo español desde el siglo XIX- y un pequeño grupo de intelectuales femeninas residentes en Madrid, ciudad tradicionalmente más cercana al socialismo parlamentario, pero donde el anarcosindicalismo había experimentado un gran impulso a partir de 1931.

En Barcelona, la iniciativa -que era una continuación de los esfuerzos realizados anteriormente por Teresa Claramunt- fue tomada por un pequeño grupo de activistas de la CNT catalana que, a principios de 1935, crearon la Agrupación Cultural Femenina (ACF[10]), principalmente para retener en la organización obrera a las mujeres que no podían hacerse oír en los grupos mixtos: «Había muchas mujeres en los sindicatos de ciertas ramas, especialmente en el textil y la confección», recuerda Soledad Estorach[11]. Pero incluso en estos sindicatos, pocas mujeres hablaron. Empezamos a preocuparnos por todas esas mujeres que estábamos perdiendo.[12]

Pero o bien eran demasiado inexpertos -no pudieron convencer a los activistas más destacados del anarquismo catalán como Libertad Ródenas o Federica Montseny para que se unieran a ellos- o estaban demasiado ocupados con sus tareas militantes, no pudieron elaborar un verdadero programa de captación y capacitación -de adhesiones y formación-. Tuvieron que limitarse a unas pocas actividades dispersas, incluyendo la organización de conferencias y reuniones públicas: las reuniones que organizaron en el Teatro Olimpia de Barcelona y luego, en junio de 1936, en el Gran Price, atrajeron a una gran audiencia. Sólo después del fracaso del golpe de Estado -que tuvo lugar en Barcelona el 19 de julio- los miembros de la ACF pudieron obtener un local, que pronto atrajo a muchos activistas, especialmente a los de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), la organización juvenil libertaria.

De hecho, fue el grupo de Madrid el que dio el impulso decisivo que llevó a la fundación de la Federación Nacional de Mujeres Libres una vez iniciada la guerra civil. Al principio, el objetivo era simplemente fundar una revista de «cultura y documentación social», según el subtítulo elegido por el consejo de redacción. El consejo de redacción estaba formado por tres mujeres, todas ellas vinculadas a la CNT. Sin embargo, ninguna de ellas era una mujer de clase trabajadora. Mercedes Comaposada y Amparo Poch y Gascón eran universitarias: la primera, aunque de origen modesto, era licenciada en Derecho y la segunda en Medicina[13]. La tercera, Lucía Sánchez Saornil, también de origen modesto, asistió a la Academia de Bellas Artes de San Fernando y perteneció al círculo de poetas ultraístas. [14] Trabajó como telefonista y, tras ser despedida por sus actividades sindicales en la Telefónica, se ganó la vida con sus escritos colaborando con los numerosos órganos del movimiento anarquista, especialmente la CNT, de la que fue secretaria de redacción a partir de 1933. En cuanto a las otras dos redactoras de la revista, aunque no eran «profesionales» de la escritura periodística, colaboraban con numerosas publicaciones libertarias: Mercedes Comaposada escribía en particular para Tierra y Libertad (órgano de la FAI) y la revista anarquista Tiempos Nuevos, donde Amparo Poch escribía una columna regular sobre temas relacionados con la medicina y la sexualidad. Finalmente, el pequeño grupo pudo contar con la ayuda de Concha Sánchez, hermana de Lucía, y de Consuelo Berges, que sería conocida mucho más tarde por sus hermosas traducciones al castellano de las obras de Stendhal y Proust.

Cuando se lanzó la revista Mujeres Libres en mayo de 1936, sus tres editoras ya eran figuras femeninas conocidas en el anarcosindicalismo español. Sus numerosas intervenciones en la prensa del movimiento les habían granjeado la estima de muchos de sus lectores, como demuestran las cartas que llegaron a la redacción de la revista poco después de la publicación de su primer número.

Un intercambio significativo

Algunos lectores dicen, por ejemplo, que les llamó la atención el intercambio que tuvo lugar en las columnas del periódico de la CNT Solidaridad Obrera entre Lucía Sánchez y Mariano Vázquez, uno de los militantes más destacados de la CNT catalana en aquel momento, y futuro secretario nacional de la organización obrera. Las posiciones expresadas por Lucía Sánchez ya marcaron la pauta de lo que inspiraría a Mujeres Libres.

El pretexto para este largo artículo es un texto de Vázquez, publicado en septiembre de 1935 con el título «Mujer: factor revolucionario», que abordaba la cuestión del papel de la mujer en el movimiento anarcosindicalista español. El dirigente cenetista se quejó de que no había «suficiente propaganda de las ideas [de la CNT] en dirección a las mujeres», y Lucía Sánchez recogió la afirmación y, llevándola más lejos, replicó que «el concurso de las mujeres interesa poco a los compañeros anarcosindicalistas». Aprovechó la ocasión para poner en tela de juicio los prejuicios que dominan la mente de los «simples militantes confederales», pero también de los anarquistas declarados: «éstos -escribió-, con la excepción de una docena de ellos […], tienen una mentalidad contaminada por las aberraciones burguesas más características. […] Mientras claman contra la propiedad, son los propietarios más furiosos. Aunque están en contra de la esclavitud, son los «amos» más crueles. Y todo esto se desprende del concepto más falso que ha creado la humanidad: la llamada «inferioridad femenina». De ello concluye que no es tanto a las mujeres a quienes debe dirigirse la propaganda confederal como a los propios hombres, empezando por los más humildes, aquellos que, «una vez traspasado el umbral de sus casas, se convierten en señores y amos».

Finalmente, después de haberle señalado a Vázquez con bastante agudeza lo equivocado que está al establecer un paralelismo entre la dominación de la burguesía sobre el proletariado y la del hombre sobre la mujer, los intereses de la burguesía, dice en esencia Los intereses de la burguesía, dice, son en esencia contrarios a los del proletariado, mientras que los del hombre y la mujer son estrictamente complementarios. Lucía Sánchez rechaza su propuesta de hacerse cargo de una página femenina en Solidaridad Obrera y confiesa su ambición «de crear un órgano independiente, que sirva exclusivamente a los fines que [ella] se ha propuesto». Esta fue la primera manifestación pública del proyecto de creación de Mujeres Libres, un plan que expresó en primera persona, dando así la medida de su implicación.

(Continuará…)

Miguel Chueca

Primera parte de un artículo publicado en el número 43 de la revista Agone (2010), p. 47-55.

El mismo autor acaba de publicar su edición de los textos seleccionados (1923-1937) de Camillo Berneri: Contra el fascismo.

Notas

1.
Dos ejemplos llamativos, tomados de obras esenciales de la historiografía libertaria española: el movimiento de Mujeres Libres se menciona tres veces en el millar de páginas de La CNT en la revolución española, de José Peirats (Ruedo Ibérico, 1971); y tres veces en las memorias del dirigente Juan García Oliver, El eco de los pasos (Ruedo Ibérico, 1978). Tras la publicación del libro Mujeres Libres. España 1936-1939 (Tusquets, Barcelona, 1975), una presentación y recopilación de textos sobre el movimiento a cargo de la historiadora irlandesa Mary Nash, Mujeres Libres despertó el interés de algunos historiadores. Sin embargo, sus esfuerzos no han sido en vano, a juzgar por la importancia que se empieza a dar a esta organización en la historiografía más reciente de la Guerra Civil. En un ámbito completamente distinto, la película Libertarias (1997, protagonizada por Ana Belén, Victoria Abril y Ariadna Gil, entre otras), de Vicente Aranda, narra el encuentro entre una monja que huye de su convento y un grupo de milicianas afiliadas a Mujeres Libres.

2.
Nacido en 1839, encuadernador, miembro de la AIT, elegido miembro de la Comuna de París, Eugène Varlin fue ejecutado el 28 de mayo de 1871.

3.
Citado en Maxime Leroy, La Coutume ouvrière (1913), Éditions CNT-RP, 2007, cap. II: «Composición y formación del sindicato», pp. 75-76.

4.
Moción adoptada en el II Congreso de la Federación Regional Española (la sección española de la WIL), celebrado en Zaragoza en 1872, citada en Mary Nash, Rojas, Taurus, Madrid, 1999, p. 59.

5.
Mary Nash informa sobre una huelga de cuatro meses en 1915 en algunas fábricas de pasta catalanas, cuyo objetivo era excluir a las mujeres de la producción, con el pretexto de que ocupaban «puestos de trabajo masculinos», e imponer una normativa laboral que les impidiera realizar trabajos manuales en dichas fábricas. De hecho, la mayoría de los sindicatos españoles de la época, al margen de cualquier «principio», consideraban que el trabajo femenino era una amenaza injusta para las condiciones laborales y los niveles salariales existentes (Mary Nash, Rojas, op. cit., p. 64).

6.
Citado ibid, p. 67.

7.
Conocida como la «Louise Michel española», Teresa Claramunt (1862-1931) fue una propagandista anarquista y trabajadora textil. En 1905, publicó un folleto titulado La mujer. Consideraciones sobre su estado ante las prerrogativas del hombre, uno de los primeros ensayos sobre la condición social de la mujer española escrito por una obrera; cita ibid, p. 67.

8.
Teresa Claramunt, «La igualdad de la mujer», Bandera Social (2 de octubre de 1886), citado en María Amalia Pradas Baena, Teresa Claramunt, la virgen roja barcelonesa, Virus, Barcelona, 2006, p. 175.

9.
La publicista y propagandista anarquista Federica Montseny (1905-1994) sigue siendo una de las figuras más conocidas -y debatidas- del movimiento libertario español, desde los años 30 hasta su muerte en el exilio en Toulouse. Junto con Juan García Oliver, Juan López y Joan Peiró, fue una de las militantes de la CNT-FAI a las que la organización anarcosindicalista pidió que participaran en el gobierno del socialista de izquierdas Francisco Largo Caballero a partir de noviembre de 1936. Nombrada para el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, fue la primera mujer en ocupar un cargo ministerial en un país de Europa Occidental. Aunque colocó a una de las fundadoras de Mujeres Libres, Amparo Poch, en un puesto importante de su ministerio, se mantuvo alejada de los cargos de la organización. Mary Nash trató de resaltar las diferencias entre estos dos tipos de compromiso con la emancipación de la mujer señalando que, mientras que Federica Montseny lo abordó de forma puramente individualista, proponiendo una especie de «modelo de supermujer», Las Mujeres Libres, por su parte, preveían «una estrategia doble, basada en la iniciativa individual pero también en una respuesta colectiva que ofreciera a las mujeres el apoyo y la formación que necesitaban para ser libres» (Mary Nash,Rojas, op. cit, p. 137).

10.
Este «Grupo Cultural Femenino» no era el único grupo femenino anarquista que existía en Barcelona antes de julio de 1936; también hay que mencionar a Brisas Libertarias y al Comité Femenino Pro-Amnistía.

11.
Soledad Estorach (1915-1993) fue una activista catalana de Mujeres Libres.

12.
Citado en Martha Ackelsberg, Mujeres Libres. El anarquismo y la lucha por la emancipación de las mujeres, Virus, Barcelona, 1999, pp. 157-158 – trans. La vida será mil veces más bella, ACL, 2010.

13. Amparo Poch se distinguía de sus compañeros por su pertenencia a la Sectoraltreintista (el ala moderada) de la CNT y al Partido Sindicalista creado por Ángel Pestaña, principal inspirador de esta facción.

14.
Movimiento literario de vanguardia, el ultraísmo nació en 1918 en Madrid como reacción al modernismo que había dominado la poesía en español desde finales del siglo XIX.

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Original: https://agone.org/aujourlejour/-une-force-feminine-consciente-et-responsable-qui-agisse-en-tant-quavant-garde-de-progres-

Entrevista con Sara Berenguer – Las Mujeres libres en el corazón de la Revolución Española de 1936 (1997) – Jacinte Rausa

Mientras que el wokismo actual defiende un feminismo identitario y neoliberal, entre 1936 y 1939 en España, las Mujeres Libres reivindicaban un «feminismo proletario», luchando sobre el terreno contra el Estado, el capitalismo y el patriarcado. Entre ellas estaba Sara Berenguer [1].

En febrero de 1997, dialogó con Jacinte Rausa, de Le Monde Libertaire…

Hoy, 20 de febrero de 1997, he pasado unas horas en tu compañía, Sara, y he querido saber, después de sesenta años de lucha, qué puede significar todavía para ti ser feminista y anarquista.

En primer lugar, no soy anarquista, porque ser anarquista es mucho más de lo que he llegado a ser, y no digas que soy feminista, porque no lo soy, soy una activista libertaria feminista, no estoy a favor de la dominación de la mujer sobre el hombre. Feminista es como macho pero en femenino. Siempre he luchado con los hombres, no contra ellos, sino contra la opresión.

Mi lucha va más allá, también afecta a los hombres. Ambos sexos tienen que conquistar juntos la libertad.

No, no, no soy feminista, soy mujer. La libertad de la mujer es la condición para la libertad del hombre y viceversa. La libertad como la entendemos los libertarios. No se trata de sustituir al hombre por la mujer en la jerarquía de la explotación, sino de suprimir la explotación del hombre por el hombre, sea hombre o mujer. Sólo juntos y no en contraposición lo lograremos. En esto nos diferenciamos de quienes se dicen feministas y no cuestionan los fundamentos de esta sociedad.

Pero Mujeres Libres es una asociación de mujeres.

Sí, por supuesto, una asociación de mujeres. No podemos esperar que los hombres se preocupen por la alienación específica que sufren las mujeres y que promuevan su emancipación. Sólo podíamos confiar en nosotros mismos. Quien se siente oprimido tiene que luchar por su libertad, y las mujeres se sentían oprimidas de muchas maneras, por ser miembros de una sociedad basada en la explotación, pero también por ser mujeres. Se podían escuchar frases como «las mujeres a fregar los platos» incluso a veces de algunos activistas libertarios que no habían entendido que la emancipación de ambos sexos tenía que ir de la mano.

La explotación de las mujeres debió parecerles a sus compañeros un problema que se resolvería por sí solo una vez que la sociedad libertaria estuviera funcionando…

Y las mujeres estábamos, en general, muy atrasadas en la consecución de una conciencia social igual a la de los hombres. Las cosas no cambian de la noche a la mañana, porque lo decretemos o sólo porque lo queramos mucho. Queríamos conseguir la igualdad de inmediato, así que tuvimos que trabajar el doble. Así que tuvimos que organizarnos en grupos de mujeres para ayudar a la emancipación de las mujeres dentro del movimiento libertario y en su nombre. Siempre nos llamamos femeninas, no feministas, una palabra que para nosotras tenía una connotación autoritaria, no libertaria.

Nos organizamos para ayudar a nuestras compañeras, a través de la alfabetización (pocas mujeres sabían leer, expresarse por escrito u oralmente), para despertar su conciencia y darles los medios para expresar la opresión que sufrían. No tener las palabras adecuadas para decir lo que se quiere decir es una grave desventaja, una debilidad que coloca a las mujeres en una posición de inferioridad. Inmediatamente creamos clases nocturnas en los ateneos, conferencias a las que acudían muchas mujeres para aprender de quienes habían sido conscientes antes que ellas del papel social que podían desempeñar.

No hay que olvidar que no sólo estábamos en un período revolucionario, sino también en una guerra. Algunas habían optado por ir al frente, junto a los hombres, muchos de los cuales perdieron la vida, mientras que otras, las más numerosas, sustituyeron a los hombres en los trabajos de la tierra o de la industria para los que antes no tenían ninguna habilidad, ya que habían sido relegadas a las tareas del hogar, en la casa, o al trabajo en la industria. Las mujeres tuvieron que formarse y educarse rápidamente para mantener la economía, que a menudo estaba colectivizada. Fueron sobre todo las mujeres las que organizaron la producción, los comedores, el cuidado de los niños y, durante el éxodo, su protección. Participamos en la ayuda a los heridos, apoyamos a los combatientes en el frente, trabajamos para alimentarlos y vestirlos.

Tú, Sara, como mujer activista, ¿cómo sentías que los hombres te consideraban?

¿Los activistas? Como persona por derecho propio; ya sea en el comité nacional donde era secretaria, o después, en el exilio, era un individuo como los demás, el género no importaba. Yo era un activista entre los activistas, uno más, equivalente.

Sin embargo, usted sintió la necesidad de involucrarse con las mujeres de Mujeres Libres, que es una organización específicamente femenina, y continúa.

También fui activista en Mujeres Libres, así como en grupos mixtos. Como te dije, la emancipación de la mujer sólo podía venir de la mano de mujeres más conscientes que otras del papel social que debía tener la mujer, la palabra de la mujer tenía más peso que la del hombre, era una realidad que no podíamos negar de la noche a la mañana, debía desaparecer en una sociedad libertaria. Pero la sociedad libertaria se estaba creando. El machismo de la sociedad española en la que estábamos inmersos, y que no ha muerto del todo, había contaminado a todos los hombres, más o menos conscientemente, y sentíamos que sólo las mujeres podían encargarse de ello: poner a las mujeres al mismo nivel de educación y formación profesional que los hombres; ayudarlas a liberarse de los tabúes religiosos y familiares que las mantenían resignadas, ayudarlas a florecer en todos los niveles (sexual, artístico, científico).

No, realmente no podríamos contar con los hombres para hacer esto, incluso si fueran libertarios. Las mujeres debían ayudarse entre sí primero. Y ahora mismo, no mañana, teníamos que construir este nuevo mundo juntos, juntos.

Cuéntame sobre tu lucha…

Mi lucha. Consistió, en primer lugar, en tomar conciencia de mi propia explotación como mujer: no era más que una trabajadora no cualificada, me sentía revuelta contra la dominación de los hombres, de los patrones que me explotaban, pero no tenía argumentos sólidos, los encontré con los compañeros libertarios (mujeres y hombres) que conocí desde los primeros días de la revolución. Quería ser útil a la revolución y no sabía hacer mucho. Pero tenía muchas ganas de aprender. Empecé por formarme, por educarme y, en cuanto supe un poco más, lo compartí con los que sabían un poco menos.

Fue una época de gran entusiasmo y solidaridad. Nos sentimos muy fuertes, habríamos levantado montañas. Y de hecho lo hicimos. En pocos meses, conseguimos todo lo que las mujeres habían tardado décadas en obtener en Europa: aborto libre, procreación consciente, libertad sexual para las mujeres, sindicatos libres, igualdad salarial, todo fue muy rápido en el entusiasmo revolucionario.

Lo que me parece que caracteriza mejor nuestra lucha durante estos tres años de revolución y guerra es que dimos nuestro tiempo y energía con alegría y desinterés. Cada una de nosotras tenía un trabajo de ocho horas, y aun así encontrábamos tiempo para educarnos, para enseñar a otras, para hacer campaña, y tantas otras cosas. Había poco tiempo para el descanso o el interés personal. Pensábamos que este nuevo mundo, que era nuestra obra, iba a durar. Había muchas mujeres maravillosas. Nos dejábamos llevar por un magnífico entusiasmo alegre, no teníamos miedo, a pesar de las bombas, teníamos que hacer, hacer. Eso era lo único que importaba. Y todo esto se olvidó durante mucho tiempo.

Hemos olvidado lo que su generación redescubrió en los años 70, que arrancó del poder con sus luchas. Anticoncepción, aborto, igualdad de género. Todo eso lo tuvimos en 1936 en España. Cuarenta años de fascismo lo habían enterrado.

Tras el éxodo, hubo un gran silencio por parte de Mujeres Libres.

Sí, un silencio demasiado largo. Muchos de nuestros compañeros fueron fusilados por Franco, otros se dispersaron por el mundo. Un boletín de Mujeres Libres reapareció en Londres en 1962, me di cuenta en 1963 y colaboré hasta 1976, cuando las compañeras de España tomaron el relevo.

¿Y ahora Sara?

Ahora, con lo que me queda de fuerzas, estoy trabajando para recoger los testimonios de los compañeros que aún viven para reconstruir nuestra memoria, para ustedes, los jóvenes, que continúan lo que empezamos hace mucho tiempo. Porque aún queda trabajo por hacer para la emancipación de las mujeres en particular, y para la de los seres humanos en general.

Sesenta años después, su lucha llega por fin a la atención del público, gracias al cine -Tierra y Libertad, de Ken Loach, y Libertarias, de Vicente Aranda- y también gracias a la prensa, su lucha es por fin difundida por los medios de comunicación.

Para nosotros, es un poco tarde. Pero sigue siendo bueno, estas ficciones traducen bien lo que fue la mujer libertaria en España, esa solidaridad, ese entusiasmo, esa valentía, esa inteligencia de corazón y de mente. Así eran mis compañeros.

Y en conclusión, Sara, ¿una mujer libre?

No basta con sentirse libre, hay que luchar para que todas las mujeres sean libres, para que se realice el ideal por el que he vivido y que aún llevo en mi corazón.

Durante nuestra entrevista, Sara se olvidó de su corazón enfermo, las arrugas de su rostro se desvanecieron para dar paso a su mirada, que calentaría al activista más desesperado. Gracias Sara por todo el calor que nos das, por el entusiasmo que tan bien sabes reavivar en nuestros corazones.

Jacinte Rausa
Le Monde libertaire
Marzo de 1997.

Nota: Artículo publicado anteriormente en el sitio web «la voie du jaguar», por nuestro camarada Marc Tomsin, (1950-2021)

Notas

[1] Sara Berenguer (1919-2010) nació en Barcelona en el seno de una familia obrera. Su padre era militante de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo). El 19 de julio de 1936 estalla la revolución en Barcelona. Sara tenía diecisiete años. Espontáneamente, se unió a los libertarios. Su primera acción fue seguir a su padre al frente. «Eres demasiado joven». Entonces se lanzó, con entusiasmo y valor, a la lucha. Su amor instintivo por la libertad se ancló cada vez más en el ideal anarquista al que sigue siendo fiel sesenta años después.

Ocupó varios cargos: secretaria del comité revolucionario CNT-FAI (Federación Anarquista Ibérica), del comité regional de la construcción. Al mismo tiempo que se formaba, daba clases por la noche en el Ateneo Cultural, ya que no había suficientes horas en el día para todo lo que quería hacer. A continuación, colaboró con Solidarité internationale antifasciste y las Jeunesses libertaires. Por último, fue secretaria de propaganda del comité regional de Mujeres Libres.

Con Mujeres Libres, su acción militante se orientó decididamente hacia la emancipación de las mujeres. La llegada de las tropas fascistas a Barcelona la apartó de sus actividades revolucionarias. El éxodo, el camino ciego en el que sintió que «abandonaba la esperanza de un futuro lleno de promesas», no la destruyó; en Francia, siguió luchando por promover ese mundo lleno de amor que llevaba en su corazón.

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Original: http://www.autrefutur.net/Entretien-avec-Sara-Berenguer

Un médico rural – Isaac Puente (2021) – Los Gimenólogos

Este libro es el segundo de una nueva colección: La Biblioteca de la Anarquía

Introducción


Isaac Puente era médico y un eminente activista anarquista, naturista y miembro de la CNT, más conocido como editor de «El comunismo libertario», la base teórica sobre la que los anarquistas españoles se propusieron crear el paraíso en la tierra.

Hombre de grandes conocimientos científicos, difundió incansablemente las ideas de igualdad entre los seres humanos. Y trató de ponerlas en práctica.

Colaborador incansable de la prensa, su obra -muy maltesa en su aparente sencillez- sigue siendo incomprensiblemente desconocida. Este volumen, «Un médico rural», toma su título del seudónimo con el que Puente firmaba muchas de sus colaboraciones, y se estructura en dos grandes bloques: Salud (escritos relacionados con el cuidado del cuerpo) y Anarquía (artículos de carácter más político).

Con este libro, Pepitas quiere contribuir a la tarea de difundir el pensamiento y la obra de uno de los teóricos libertarios más importantes y queridos de todos los tiempos.

Los editores

Como prólogo, los editores han optado por colocar un texto de Federica Montseny, que prologó una colección de textos de Isaac Puente publicada en 1938, titulada PROPAGANDA.

Por nuestra parte, recordamos que este prólogo que celebra el comunismo libertario fue escrito por la misma persona que, junto con otros burócratas de la CNT-FAI, contribuyó en particular a cortar las alas a la experimentación de un proyecto revolucionario cuyos méritos alababa.

Nos remitimos en el carácter a las críticas dirigidas a ella
«El 12 de febrero (2015) , no voy a rendir homenaje a la «camarada Federica«

Añadimos por nuestra parte estos extractos de artículos firmados por F. Montseny que aparecieron en el Boletín de la CNT en marzo-abril de 1945, cuando los ánimos se caldeaban entre las tendencias con vistas al congreso de la CNT de mayo de 1945.

De Ramón Alvarez, Historia negra de una crisis libertaria, ed. Mexicanos unidos, 1982 (pp. 101-104):
«Ya no podemos hablar a las masas el lenguaje fácil y demagógico de 1933 y 1934 […].

La formidable obra de Kropotkin -no superada aún en sus fundamentos científicos de la ética natural y la teoría de la ayuda mutua- ha creado, no sin abstracción en nuestras mentalidades, una exagerada confianza en las buenas condiciones del hombre y una especie de ilusionismo sobre el poder mágico de la revolución.

Esto nos llevó, lógicamente, a encontrarnos impotentes, sin nada planificado y sin nada organizado, cuando después del 19 de julio se planteó el gran problema de la organización de esta producción y consumo en los grandes centros urbanos. […]
[…].

La organización del trabajo y la distribución de los productos en un modesto municipio de 2.000 almas se resuelve fácilmente, y la teoría de la Comuna Libre, puesta al día, puede parecer una feliz solución momentánea, aunque una multitud de cuestiones fundamentales queden sin respuesta por parte del federalismo, por muy bien intencionado que sea.

Pero en una ciudad como Madrid, como Barcelona, como París o como Toulouse, no es tan fácil organizarse si no hay un plan previamente estudiado para suplantar, para sustituir un sistema de organización por otro.

¿Teníamos ese plan? No. Todo lo que se había escrito hasta ahora -Kropotkin, Faure, Grave- ha resultado inútil y pueril ante la realidad.
[…].

A continuación, invita a preparar un
«programa máximo que engloba la estructuración de un nuevo orden social, cuya piedra angular, punto de partida, sistema medular debe ser el Sindicato, la Cooperativa y el centro de trabajo, revalorizado en relación a la generosa pero algo infantil teoría política de la Comuna Libre – que no se enfade mi buen amigo Felipe Alaíz – : mi pobre padre fue el primero en entusiasmarse con las raíces españolas y federalistas del comunalismo, superadas hoy, sin embargo, para bien o para mal, por la superestructura económica creada por el progreso científico y las necesidades impuestas por la organización del capitalismo moderno, revalorizando -repito- el sindicalismo tal y como lo concibieron Pelloutier y Sorel, y dándole la categoría de arma y la calidad de molde. «

Volveremos sobre esto

Los Gimenólogos, 11 de septiembre de 2022

Nota de los editores

UN PUENTE HACIA LA LIBERTAD1

Uno de los puntos fuertes del movimiento anarquista, no solo en la región española, sino en general en aquellos territorios donde tenía un vigor relativo, era la sanidad. El médico e historiador de la medicina José Vicente Martí Boscà afirma : « En cualquier país en el que arraigaron las ideas libertarias es común encontrar a profesionales sanitarios entre sus militantes. Es lógico : los médicos y otros sanitarios fueron testigos directos de los efectos de la Revolución Industrial sobre las condiciones de vida y trabajo del proletariado. Era frecuente que en sus publicaciones propusieran medidas de solución a estos problemas de salud, verdaderas epidemias sociales, incluso algunos consideraron que la única terapéutica posible era la transformación radical de la sociedad. Por motivos evidentes, en el ámbito libertario encontramos con más frecuencia a sanitarios dedicados a la higiene pública, la salud mental, la pediatría y la medicina laboral ».2
Estas son precisamente las características de muchos de los sanitarios anarquistas españoles y entre ellos del médico de Maeztu Isaac Puente, cuyos intereses no solo eran la investigación de la teoría médica sobre las enfermedades, sino, en igual medida, sus investigaciones sobre la cuestión social. Nos lo explica el propio Isaac Puente en el artículo « ¡Usted debe ser solo médico ! », incluido en esta antología. Dice, entre otras cosas : « Siempre que he sufrido un percance con mi actuación en el campo de las ideas sociales, he tenido que escuchar del ambiente conformista este consejo y este reproche : “Usted debe ser médico solamente. En su profesión puede hacer mucho bien. Al par que con sus ideas no causará más que disgustos y sinsabores” ». Sus estudios sobre la realización práctica del comunismo libertario son buena prueba de ello.
No sorprende, pues, que se hayan llevado a cabo numerosas antologías de sus escritos, la primera de las cuales se publicó pocos meses después de que fuera asesinado por los fascistas. En esa primera antología de 1938, titulada Propaganda,3 Federica Montseny se encargó de la introducción, y en el que probablemente sea uno de sus mejores escritos recoge con bastante precisión quién era este médico rural y anarquista, muy activo en lo que respecta a la emancipación del proletariado, sin dejar por ello de profundizar en sus estudios sobre la medicina en general y particularmente en la crítica ponderada a la medicina oficial. Por ello, hemos decidido rescatarla y situarla como introducción de nuestra propia antología.

El siguiente trabajo antológico de Isaac Puente corrió a cargo de Miguel Íñiguez y Juan Gómez, Isaac Puente, médico rural, divulgador científico y revolucionario,4 y nueve años más tarde, Francisco Fernández de Mendiola se sumó a la tarea de poner de relieve su figura con el libro Isaac Puente. El médico anarquista.5 Además, Mendiola ha llevado a cabo una profunda investigación en torno a los escritos de Puente, tanto en libros y folletos como en artículos, y también de los trabajos que se han realizado sobre el médico anarquista. Esta bibliografía es prácticamente exhaustiva y nosotros nada podríamos añadir a la misma ; por tanto, remitimos a este trabajo bibliográfico de Mendiola (páginas 231-252) a todos aquellos que quieran profundizar en la labor, tanto médica como política, de Isaac Puente.

La emotiva despedida, « Un vil asesinato del fascismo. Isaac Puente », que le dedicó la revista Estudios, en la que colaboró asiduamente, nos ha parecido tan entrañable que la hemos incluido como epílogo del presente volumen.

Para comprender a Isaac Puente y sus teorías médicas y políticas en toda su complejidad, debemos situarnos en la época que vivió. Cuando el médico de Maeztu fue asesinado por los fascistas en septiembre de 1936, contaba cuarenta años de edad, y sin embargo sus conocimientos médicos y políticos eran portentosos. Estaba convencido del triunfo de la revolución y de que este triunfo proporcionaría al conjunto del país un mayor desarrollo económico, pero sobre todo social y, por supuesto, un mayor desarrollo de la sanidad que estaría al alcance de todos. Tenía la ferviente convicción de que la medicina avanzaría de forma extraordinaria, no solo en la parte técnica y diagnóstica, sino en su aspecto social, siendo para Puente este último aspecto la mayor preocupación a lo largo de toda su vida facultativa.

Tengamos en cuenta que, aunque Fleming descubrió la penicilina en 1928, esta no se empezó a fabricar hasta muchos años después, con lo cual las enfermedades infecciosas se trataban, en ocasiones, de forma muy poco científica y con prácticas que provocaban en el enfermo un gran sufrimiento y que, incluso si sanaba, dejaban terribles secuelas.
Es conveniente que tengamos en cuenta estos detalles para comprender las teorías de Puente sobre los microbios y otras cuestiones médicas, como la medicina social, pero en especial para comprender su extraordinario interés en la revolución social anarquista.

Sobre los microbios, Puente exponía una teoría muy parecida a la que sostuvo Béchamp en el siglo xix, del que luego hablaremos más extensamente : « Hemos topado con dos estupideces : una, la de querer exterminarlos con desinfección y desinfectantes sin hacer nada por que el medio les fuera adverso, sino al contrario. Otra, la de librarnos de la infección, haciéndonos la ilusión de que nos apartábamos del microbio huyendo de los enfermos.
 
»Los microbios son seres indispensables en la Naturaleza. El ciclo transformador de la materia necesita de ellos, pues acentúan la descomposición de la materia orgánica y facilitan la vida de otros seres. Constituyen un elemento de nuestro ambiente, al que debemos estar habituados, en lugar de hacer lo contrario, como nos aconsejan los microbiófagos. El que se empeñe, en un clima frío, en huir del frío, conseguirá solo ser cada vez más sensible a sus malos efectos. Igual nos pasa con los microbios. Solo nos hacemos resistentes acostumbrándonos a su contacto. No hay otro modo de desarrollar nuestras defensas orgánicas que el entrenamiento ». (« Contra el miedo a los microbios »).

Cómo llegó Puente a estas conclusiones se explica en otro artículo, escrito después de que el doctor José María Fontela, redactor técnico de El Diario Español de Montevideo, se ratificara en su afirmación rotunda : « Los microbios no son causa de enfermedad ». Puente afirma : « Por mi parte, no había llegado nunca a manifestarme contra el dogma microbiano ; pero hace mucho tiempo que no me satisfacía. La clínica y la terapéutica me han proporcionado muchos argumentos en contra, haciéndome dudar de la ciencia de Pasteur. Las ideas del distinguido compañero doctor Fontela satisfacen plenamente mis dudas, y me proporcionan una convicción en el asunto que voy a tratar de exponer aquí », y a continuación pasa a explicar con gran rigor las conclusiones a que había llegado. (« Los microbios, ¿son causa de enfermedad ? »).
Obviamente, Isaac Puente vivió en primera persona la pandemia de gripe de 1918, la mal llamada « gripe española », que al parecer causó en todo el mundo cientos de millones de muertos. Puente tenía 24 años y nos relata las medidas que se tomaban que, sin necesidad de ser profesional médico, cualquiera estimaría espeluznantes : « En la epidemia gripal del año 18 fui obligado —al apearme en una estación de no escasa importancia— a pasar por una habitación llena de vapores producidos por la combustión del azufre. Reteniendo la respiración y arropándose hasta los ojos, la gente pasaba protestando del procedimiento, más perjudicial que útil, pues la irritación de las mucosas (oculares, pituitaria, respiratoria) era superior a su problemática acción microbicida. Una dictadura sanitaria inspirada en esta pobre concepción de la enfermedad, lejos de ser deseable, resultaría odiosa y del todo ineficaz ». (« Profilaxis de la gripe »). Luego pasa a explicar cómo se produce la infección y la transmisión a otras personas y las posibles medidas necesarias : higiene, ventilación, buena alimentación, etc., procedimientos que se han repetido hasta la saciedad, aunque a nadie se le ha ocurrido explicar que el hacinamiento en las grandes ciudades y el despoblamiento del campo son las principales causas de que las enfermedades se transmitan sin control, especialmente en aquellos barrios donde se habita en casas insalubres, con muy mala ventilación y con mucha gente aglomerada en un espacio muy reducido.
Volviendo a Antoine Béchamp y a las diferencias fundamentales entre sus teorías y aquellas desarrolladas por Pasteur, apuntaremos, simplificando, que el primero sostenía que no había enfermedades, sino enfermos, mientras que el segundo mantuvo la teoría de que las enfermedades eran producidas por los microbios ; en otras palabras, Béchamp sostuvo que los microbios eran la consecuencia de la enfermedad y no su causa.

Entre ambas teorías no había posibilidad de un punto intermedio y la fuerza del desarrollo industrial exigía necesariamente una teoría que le suministrase la base necesaria para integrar en la misma al ser humano. Este era el último eslabón de una cadena que sometía a la humanidad a los logros de una producción masiva de medicamentos que la librasen del secular peligro de la enfermedad. De este modo, se lograban dos objetivos : por un lado, supeditar al ser humano a los avances en la investigación de los laboratorios farmacéuticos, con lo cual se lograba industrializar la enfermedad ; y por otro, despojarlo de su condición de ser autónomo, organismo vivo en relación con su entorno, para convertirlo en una máquina, en un mecanismo que al igual que cualquier otra máquina industrial podía ser desmontada y reparada por partes. Como explicó Michel Bounan en Le Temps du Sida : « La parcelación médica es, cuando menos, muy cómoda. El especialista que suprime tal lesión transfiere el testigo al colega correspondiente en el momento en que otra afección sobreviene inmediatamente. De ese modo, todo conocimiento y responsabilidad se diluye en el curso de la transferencia ».6

Hemos querido incluir en esta antología dos reseñas que nos han parecido muy interesantes, por las polémicas que desataron los libros reseñados. El doctor Diego Ruiz Rodríguez, autor de ambos libros, nacido en Málaga, andalucista y catalanista, filósofo modernista y creador de la filosofía del entusiasmo, entre muchas otras cosas, fue un polémico doctor-filósofo que empleaba un truco que ya había sido utilizado anteriormente, pero que él elevó a la categoría de método : se citaba así mismo como refiriéndose a otra persona, dándose así un poco de lustre. Por ejemplo, en Vacunar es asesinar. Dejarse vacunar es suicidarse, dice Diego Ruiz en el prefacio : « El noble pensador Abel Gudrá… », siendo Gudrá uno de los seudónimos que empleó a lo largo de su vida. Este libro lleva la firma de su autor, mientras que el segundo, La sífilis es una enfermedad producida por los médicos, aparece firmado por Peter Pynton, otro de los numerosos seudónimos que utilizó Diego Ruiz (en total nueve que sepamos, y puede que algunos más).
En estas reseñas, Isaac Puente demuestra una vez más su ecuanimidad ; después de revelar sus propias ideas en cuanto a las vacunas y señalar la catástrofe de Lübeck —en la que un número considerable de niños murieron de tuberculosis después de habérseles administrado la vacuna bcg contra la misma—, concluye con estas significativas palabras : « La medicina es una religión, una creencia fanática que ha conquistado al pueblo y al Estado. Con los médicos pasa como con los sacerdotes. Que la profesión los vuelve escépticos a fuerza de desengaños. Se termina por no creer en nada ». Y por supuesto justifica a su querido amigo con estas inteligentes palabras : « Los argumentos de Diego Ruiz no se dirigen a señalar lo equivocado de un remedio, el error en las dosis o la torpeza de su manejo, ni la falta de ciencia o de pericia médica. Tiende a demostrar con ellos que la medicina ha hecho falsa ruta, que ha equivocado el camino, que parte de un error de juicio, de una concepción mental que no se diferencia fundamentalmente de la de su antecesora, la magia. Propugna por una nueva ciencia, preocupada por su exactitud, y que solo puede partir de una revisión de las ideas. Que tiene que ir precedida de un intento de interpretación de lo que es la salud, de lo que es la Naturaleza, de lo que es la enfermedad, el dolor y el remedio ».

En lo que se refiere a la sífilis, Isaac Puente consigue explicar razonablemente cuáles eran las intenciones de su autor al escribir este folleto tan polémico y que « planteada así la tesis desde el título con tan crudo extremismo, despierta todos los recelos del lector, y si este es médico, su susceptibilidad dogmática y sus resabios profesionales. Pero, si vencidos estos impulsos se sigue la lectura hasta el final, se termina por dar razón a su autor, a quien yo felicito desde aquí ; pues el folleto tiene una estimable virtud : la de librarnos a todos del terror a la sífilis. De la fobia creada alrededor de esta dolencia que, según los teólogos, es incurable porque es un castigo de la divinidad ». Recuérdese que no existían aún los antibióticos y que esta enfermedad eruptiva se curaba con mercurio, que, según el autor, era lo que provocaba que el paciente no acabara nunca de curarse e incluso se agravara su dolencia.

En esta antología hemos separado los artículos médicos (Salud) de los políticos (… y anarquía), aunque manteniendo una línea temporal, con el fin de que se entiendan mejor sus teorías, tanto en un campo como en el otro. Como una especie de bisagra, entre la salud y la anarquía hemos colocado el artículo : « ¡Usted debe ser solo médico ! », que es de por sí elocuente.

Creemos necesario, antes de comentar la actitud de Puente hacia la República, explicar brevemente cuáles fueron las relaciones entre republicanos y anarquistas a lo largo de sus respectivos desarrollos históricos, y para ello nada mejor que traer en nuestra ayuda a uno de los más destacados teóricos del anarquismo : Errico Malatesta. Este italiano es quien mejor supo, a través de multitud de textos, explicar con gran nitidez cuál debía ser la actitud del anarquismo frente a la República :

« Nosotros simpatizamos con los republicanos porque nos une el odio a las instituciones monárquicas y sabemos que en ellos encontraremos valerosos compañeros en la lucha contra la monarquía. Además, conocemos el espíritu igualitario y libertario de la mayor parte de los republicanos, especialmente si son proletarios, y no desesperamos de tenerlos con nosotros, incluso después de la destrucción de las instituciones vigentes. Pero nos interesa que quede bien clara la diferencia que existe entre nuestro programa y el de los republicanos ; quizá muchos republicanos, si profundizan en sus ideas y se observan atentamente, se darán cuenta [de] que en el fondo son anarquistas y vendrán abiertamente hasta nosotros ».7

Y estas diferencias eran —y son— muy concretas, tanto en lo que se refiere al Gobierno —« Ahora bien, el republicanismo puede ser un cuerpo de doctrina que responde a un determinado ideal y, en teoría, se puede ser republicano de cien especies diversas. Pero la república es una forma de gobierno y puede producir efectos bien diversos de aquellos que los republicanos se proponen obtener »—,8 como en las actitudes de ambas formaciones frente al mismo —« Pero la diferencia entre nosotros y los republicanos estriba en que nosotros no queremos para nuestro anarquismo ni cristalizarlo en el mañana, ni imponerlo por la fuerza : será lo que podrá ser y se desarrollará a medida que los hombres y las instituciones se vuelvan más favorables a la libertad y a la justicia integral. Mientras que los republicanos quieren formular la ley, la cual, por definición, debe ser obligatoria para todos y por tanto debe ser impuesta necesariamente a los recalcitrantes mediante la fuerza física. Que renuncien los republicanos al empleo de la fuerza policial y el acuerdo será inmediato »—.9

Porque, como muy bien señala Malatesta, aceptar la República sería ser partidarios del Estado, pero, en cualquier caso, los anarquistas seguirían luchando por sus ideales : « Nosotros no reconoceremos la Constitución republicana más de lo que reconocemos el Parlamento monárquico. Dejaremos que la hagan si el pueblo así lo quiere ; incluso podremos encontrarnos ocasionalmente junto a ellos para combatir los intentos de restauración ; pero pediremos, querremos y exigiremos completa libertad para aquellos que piensan como nosotros a fin de vivir fuera de la tutela de la opresión estatal y propagar sus ideas con la palabra y el ejemplo. Revolucionarios, sí ; pero, sobre todo, anarquistas ».10

Por último, Malatesta expresa contundentemente cuál debería ser la actitud de los republicanos : « Si realmente quiere cambiarse la sustancia y no únicamente la forma exterior del régimen, será necesario acabar de hecho con el capitalismo, expropiando a los detentadores de la riqueza social y organizando rápidamente en cada localidad, sin pasar por ninguna clase de trámite legal, la nueva vida social. Lo cual quiere decir que para realizar la “república social”, es necesario realizar primero… ¡la Anarquía ! ».11 

Es decir, que « si los republicanos quieren realmente ver abolido el privilegio e inaugurada la nueva civilización, según sus deseos, deben, junto con todo el proletariado consciente, abatir el Gobierno y proceder inmediatamente a la expropiación general y a la reorganización de la vida social, por obra directa de los trabajadores, llevando a cabo verdaderamente la igualdad de condiciones y la libertad para todos. Pero, entonces, ¿para qué sirven ya la Constitución y la República ? ».12

La Segunda República se instauró en España el 14 de abril de 1931, siendo el primer gobierno una coalición de republicanos y socialistas, el cual promulgó leyes que iban dirigidas preferentemente contra los anarquistas, es decir, hizo exactamente lo contrario de lo que afirmaba Malatesta que debía hacerse. En primer lugar, promulgó en 1931 la Ley de Defensa de la República, la cual sería sustituida en 1933 por la Ley de Orden Público y ese mismo año promulgó la Ley de Vagos y Maleantes. Esto era consecuencia de que el gobierno de republicanos y socialistas sabía perfectamente que iban a ser incapaces de cumplir sus promesas y temían los movimientos de protesta que se iban a generar, especialmente por las organizaciones anarquistas y anarcosindicalistas, y por tanto se propuso neutralizar estos movimientos mediante una feroz represión contra las mismas.

También Isaac Puente sufrió en sus carnes la represión republicana en varias ocasiones. Su primera detención se produjo el 16 de abril de 1932, debido a los sucesos que se produjeron en Vitoria dos días antes, cuando los anarquistas intentaron boicotear la celebración del primer aniversario de la proclamación de la República.13 

Un año después, ente el 8 y el 9 de mayo de 1933, Puente fue de nuevo encarcelado como consecuencia de la convocatoria de una huelga general para el 9 de mayo con el objetivo de exigir la libertad de los presos.14 

En las elecciones generales de noviembre de 1933, la derecha se hizo con el poder, y un Comité Revolucionario integrado por militantes de la cnt y la fai, al cual se sumó Puente, decidió iniciar una insurrección en todo el país, la cual tuvo su inicio el 8 de diciembre. El movimiento insurreccional anarquista no consiguió sus objetivos y el médico de Maeztu fue detenido en Zaragoza el 16 de diciembre, permaneciendo encarcelado hasta mayo de 1934.15

No cabe duda de que el año 1933 fue para Puente un año aciago, ya que unos meses antes de que las derechas triunfaran en las elecciones de noviembre, en el mes de julio, volvió a ser detenido ; en esta ocasión, debido a que el Gobierno quería evitar que en Vitoria se produjera una insurrección, ya que corrían rumores de que los fascistas se habían aliado con la cnt, lo cual no solo no era concebible, sino que fue a todas luces un intento de disuadir a algunos personajes significados del anarquismo para que llevaran a cabo algún tipo de acción en contra de la República. Como vemos, las cloacas del Estado han funcionado siempre a pleno rendimiento para esparcir la mierda en todas direcciones.16 

El 18 de julio de 1936, los militares africanistas se alzaron en armas contra la República y al día siguiente una parte importante del ejército peninsular se sumó al golpe de Estado. Ante estos acontecimientos, Isaac Puente se desplazó a Vitoria para reunirse con algunos compañeros y valorar entre todos la situación. El médico anarquista decidió regresar a Maeztu junto a su mujer, su padre y sus dos hijos, mientras la situación se iba deteriorando muy rápidamente ; por fin, fue detenido en la madrugada del 28 al 29 de julio y poco más de un mes después fue sacado de la prisión y fusilado en la madrugada del 1 de septiembre.17

Las dedicaciones « políticas » de Isaac Puente se intensificaron en los tiempos republicanos. Sus ideas fueron madurando durante la dictadura de Primo de Rivera, pero fue durante la Segunda República cuando estas alcanzaron su máxima expresión. Su aversión a la política parlamentaria y a los procesos electorales era rotunda : propugnó desde el primer momento el abstencionismo ante las elecciones : « Estamos en el período álgido del mito electoral. La prensa, los mítines, los manifiestos y los carteles murales pugnan por crear ese estado de sugestión colectiva en el que la convicción de los individuos corre riesgo de naufragio y en la que el elector cifra sus ilusiones más claras en el acto de introducir, como el resto de la recua humana, su papeleta en una urna ». (« Ante la agudización del mito electoral, abstención a toda costa »).

Una buena parte de estos artículos eran seguramente breves esbozos de lo que posteriormente sería su obra cumbre, El comunismo libertario. Sus posibilidades de realización en España, publicado por la editorial Estudios de Valencia en 1933, y también por otros grupos y editoriales, y que alcanzó cotas de difusión casi nunca vistas. Por otra parte, su crítica al sistema de explotación capitalista, y a su fiel servidor el Estado, es demoledor y muy coherente : « Tanto el Estado como el capitalismo han cumplido ya su papel en la evolución humana, a la que en algún tiempo han acuciado, pero que hoy pretenden estancar, sacrificando el hombre a la institución y no la institución al hombre. Un postulado de justicia social tan elemental como el de que todo ser vivo tiene derecho a aquello que precisa para vivir choca abiertamente con el capitalismo, que niega este derecho a unos cuantos millones de hombres ». (« El Estado os conquistará a vosotros »).

Y su análisis del papel que juegan el Estado y la política es cuando menos brillante : « El Estado es la más nefasta de las instituciones sociales y el sostén de todas las injusticias ; la política, la más repugnante de las farsas. La autoridad, un veneno que destruye los sentimientos humanos. El poder, un tesoro que todos quieren poseer y que encadena y devora a los que llegan a poseerlo, semejante a la luz potente, que en la noche atrae a los insectos para quemarles las alas ». (« Como el aire puro, la libertad vigoriza »).

¿Volverán los vientos revolucionarios por estas tierras ? Quién sabe. Parece que cuanto más asfixiante se vuelve el ambiente y más acentuadas las desigualdades, lo único que avanza es la sumisión. De ahí que convoquemos de nuevo a los ancestros, porque pocos soñaron como ellos, pocos soñaron tan alto y tan ancho, pocos vieron la igualdad entre los humanos de tan cerca. E Isaac Puente fue uno de ellos.
Por eso nos gustaría airear un proyecto, lanzar una propuesta : el médico de Maeztu se merece —como pocos— que se editen sus obras completas. Sus ideas deben ser conocidas : libros, folletos, artículos y todo el material necesario. Esperamos poder llevarlo a cabo (toda colaboración será bienvenida), porque Puente representa como nadie, como tantos —hombres y mujeres—, el espíritu de la anarquía.

NOTAS
1 Así rezaba la portada del n.0 21 de la revista Resiste (Vitoria, agosto de 1996), dedicado en parte a la figura de Isaac Puente.
2 « La sanidad libertaria en España », Solidaridad Obrera, número especial, n.0 52, 2010.
3 Puente, Isaac, Propaganda, prólogo de Federica Montseny, ed. Tierra y Libertad (col. Biblioteca Universal de Estudios Sociales, 17), Barcelona, 1938, 256 páginas.
4 Editorial Papeles de Zabalanda, Vitoria, 1996, 174 páginas.
5 Con la inestimable colaboración de Antonio Rivera y José Vicente Martí Boscà. Editorial Txalaparta, Tafalla, 2007, 293 páginas.
6 Bounan, Michel, Le Temps du Sida, Éditions Allia, París, 1990, p. 74. (Todas las traducciones son nuestras).
7 Malatesta, Errico, Che cosa è la repubblica sociale ?, en Pagine di lotta quotidiana. Scritti, I. Umanità nova (1920-1922), II. Umanità nova e scritti vari (1919-1923), III. Pensiero e volontà e ultimi scritti (1924-1932), Carrara, 1975, Vol. I, p. 341
8 Malatesta, Errico, op.cit., p. 342.
9 Malatesta, Errico, Ancora di Repubblica e Rivoluzione, en Pagine di lotta quotidiana. Scritti, I. Umanità nova (1920-1922), II. Umanità nova e scritti vari (1919-1923), III. Pensiero e volontà e ultimi scritti (1924-1932), Carrara, 1975, Vol. III, p. 80.
10 Malatesta, Errico, Repubblica e Rivoluzione, en Pagine di lotta quotidiana. Scritti, I. Umanità nova (1920-1922), II. Umanità nova e scritti vari (1919-1923), III. Pensiero e volontà e ultimi scritti (1924-1932), Carrara, 1975, Vol. III, pp. 75-76.
11 Malatesta, Errico, Repubblica sociale, en Pagine di lotta quotidiana. Scritti, I. Umanità nova (1920-1922), II. Umanità nova e scritti vari (1919-1923), III. Pensiero e volontà e ultimi scritti (1924-1932), Carrara, 1975, Vol. I, p. 41.
12 Malatesta, Errico, Noi ed i repubblicani, en Pagine di lotta quotidiana. Scritti, I. Umanità nova (1920-1922), II. Umanità nova e scritti vari (1919-1923), III. Pensiero e volontà e ultimi scritti (1924-1932), Carrara, 1975, Vol. I, pp. 59-60
13 Fernández de Mendiola, Francisco, op. cit., p. 25 y ss., nos ofrece una detallada descripción de lo ocurrido en Vitoria
14 Fernández de Mendiola, Francisco, op. cit., p. 29 y ss., describe los acontecimientos que llevaron a Puente a visitar la prisión una vez más.
15 Íñiguez, Miguel y Gómez, Juan, op. cit., p. 14 y ss.
16 Fernández de Mendiola, Francisco, op. cit., p. 30.
17 Fernández de Mendiola, Francisco, op. cit., p. 36 y ss., lleva a cabo una detallada descripción de lo sucedido en Álava tras el golpe de Estado fascista, así como de la actitud de Isaac Puente, que se encontraba en Vitoria en esos momentos y habría podido huir para ponerse a salvo, pero en cambio decidió volver a Maeztu con su familia, donde sería arrestado y más tarde fusilado.

Prólogo

Por Federica Montseny

El hombre 

Pocos hombres hay con tantos méritos para recibir el homenaje póstumo encerrado en la construcción de este volumen, que recoge la obra dispersa, perdida en hojas volanderas, en artículos de circunstancias, y la reúne en un libro. 

La modestia de Puente, su seriedad, su vida personalmente oscura —desenvuelta casi toda en el cuadro rústico de Maeztu, el pueblecito alavés donde ejercía su humanitaria profesión, mucho más humanitaria en él, que aportaba a la medicina todo su fervor de anarquista— hacen un poco difícil la misión que se me ha encomendado: prologar el libro que condensa la obra y que, por condensarla, ha de dar a los estudiosos de las futuras generaciones una imagen aproximada del hombre sacrificado por la barbarie fascista. 

Puente era simple, sencillo, carente de ambiciones. Habría podido dedicarse a la política, adquiriendo con ella el relieve que no dio la ciencia a otros en esta España nuestra de las contradicciones, y prefirió curar a campesinos, que no podían pagarle, organizar sindicatos y dirigir anónimamente la actividad revolucionaria y sindical de varias provincias, Lo que, como es lógico también en esta paradojal tierra, le llevó muchas veces a la cárcel, le amorató en numerosas ocasiones las espaldas y acabó situándolo definitivamente en el reposo de la tumba.

Muerto ya, fusilado, con fin doloroso y mas inicuo que el de Cristo, se esfumaría en la misma modestia, en el mismo fecundo anonimato como se fue desenvolviendo su existencia. No era orador, lo que es la segunda sentencia al silencio en esta tierra de charlatanes y de políticos. Conseguir de Puente que tomase parte en un acto público solo se logró en rarísimas ocasiones, y aun por sorpresa. No era hombre de palabras. Tenía el semblante hermético, la expresión reconcentrada, la boca melancólica y sombría, signo racial de esas provincias que han dado ejemplares tan originales de hombres. De acción por excelencia, dando a la palabra «acción» el sentido de hacer. Trabajadores del laboratorio, de la mesa de escribir, del taller, de la fábrica o del terruño. Trabajadores incluso de la organización, a la que han aportado el raro sentido práctico y de método que no ha tenido casi nunca y que en ellos precisamente adquirió madurez y ejemplaridad. 

Nadie hablaría de Puente, dentro de unos años, aparte los camaradas y los campesinos que con él convivieron y que pudieron apreciar de cerca las dotes extraordinarias de ese carácter laborioso y constante. Este volumen será la piedra viva, levantada como hito marcando el lugar donde reposa, evocando la presencia histórica que llenó, con su cuerpo espigado y su frente reflexiva, con su pluma ligera y su pensamiento fácil, un hueco muy importante del movimiento obrero español durante cerca de quince años. 

En efecto: el anarquismo y la organización de masas, que sigue sus inquietudes y sus postulados, habían ido cayendo en una proletarización exagerada. Pasó —parecía que para siempre— el tiempo en que médicos de fama, como Sentiñón, Soriano, García Viñas; pedagogos como Palasí y Celso Gomis; hombres de ciencia como Odón de Buen; intelectuales como los hermanos Sawa comulgaban en el anarquismo y hacia él proyectábase la mirada simpática y curiosa de lo mejor del pensamiento español. Después de la guerra, la Confederación Nacional del Trabajo consolidóse como gran organización proletaria, pero se acentuó de tal forma el carácter de reclamación de mejoras y de agitación social, para la conquista de bienes materiales, descuidándose el aspecto moral de los problemas, que perdimos radio de influencia y poder de captación. Pocas figuras de intelectuales auténticos tuvieron el anarquismo y la cnt en los años que van de 1913 a 1922. Porque no podemos considerar intelectuales auténticos a la serie de periodistas hampones y aventureros de las letras —como Eugenio d’Ors— que se aproximaron a nosotros en busca de nombre y de buenos sueldos, carentes por completo de contenido espiritual y sentenciados a abandonarnos en el momento mismo en que surgieran las persecuciones o las dificultades, como así ocurrió. 

Y, de pronto, heredando el recuerdo de Salvochea, reviviendo en el tiempo la memoria del maestro de Ruzafa, en plena dictadura de Primo de Rivera, empezó a aparecer en nuestra prensa —entonces nuestra prensa eran unas cuantas publicaciones eclécticas y la vieja Revista Blanca, especializada en los temas bibliográficos y doctrinales— la firma de Isaac Puente, desdoblado en el seudónimo de «Un Médico Rural». Primero se conoció la obra que al hombre. 

Al hombre lo conocían solamente los campesinos de Álava, cuyos chiquillos curaba; al hombre lo conocían solamente las clases adineradas de la provincia donde vivía y donde trabajaba, señalándolo como un tipo chiflado, mozo de provecho echado a perder por las malas lecturas. 

Abierto a Europa, Puente es otro caso de montañés atraído por la seducción del mar. Hasta el fondo de su aldea perdida llegaba la voz del Mundo, traída por las grandes rutas marítimas. Y Puente salía de aquí para allá… Fue casi antes y mejor conocido en América que en España.

Y al hombre empezamos a conocerlo nosotros, los militantes surgidos casi al mismo tiempo que él, cuando se fue acentuando la actividad social del médico, cuando, abandonando su misión científica, el hombre adquirió todo su contorno humano. 

Y vinieron las persecuciones. Puente fue encarcelado muchas veces. La prensa comenzó a hablar de un médico alavés complicado en tal hecho, en tal agitación, en tal conflicto huelguístico, en tal movimiento revolucionario. Al proclamarse la República, Puente fue uno de los que más esperaron de ella el inicio de una era de realización por etapas de cuanto había sido el sueño de redención de millares de españoles. Para Puente, como para Fermín Galán, como para todos los que quisieron su advenimiento como punto de partida para el ejercicio de derechos y la consecución de reivindicaciones tácitamente comprendidas en su carta constitucional —no la escrita por un grupo de políticos y de intelectuales en laboriosas sesiones después de buenas comidas: la trazada por el anhelo, las convulsiones y el esfuerzo de cincuenta años de lucha popular—, la República era el nombre dado al producto original, autóctono, específicamente español, que el conglomerado de fuerzas sociales y políticas que derribaron la monarquía adoptaban como forma de gobierno, durante una etapa, más o menos larga, de ensayos y de encuadramiento de las fuerzas económicas del país, mientras España se independizaba paulatinamente de la influencia y la intervención extranjeras, ejercida a través del capital inglés, belga, francés, alemán, italiano, yanqui, que había ido adquiriendo a bajo precio la riqueza de nuestro suelo y de nuestro subsuelo. 

Cuando Puente, como tantos otros, vio que la República no cumplía ni el más elemental de los deberes que se había impuesto, no desempeñaba ni la más rudimentaria de sus funciones, empezó a conspirar y a actuar contra la República. Esto explica sus espaldas laceradas, sus dedos aplastados por los culatazos, después del movimiento revolucionario de diciembre y de la huelga heroica de Zaragoza. 

Fue a la cárcel muchas veces. Y su silueta de místico, su vocación apostólica allí se pusieron de manifiesto mejor que en parte alguna. Enseñaba a leer y a escribir a los reclusos. Partía fraternalmente con los presos por delitos comunes su pan y sus pequeños obsequios de encarcelado político que le enviaban los amigos y familia que cuidaban de él desde la calle. ¡Cuántas noches pasó Puente inclinado sobre petates de enfermos, dando la leche y las medicinas a sus compañeros enfebrecidos, prodigando esa ternura humana y esa ciencia proscritas de los muros siniestros de las cárceles y de los presidios! Porque los médicos de los establecimientos penitenciarios, salvando las lógicas y consabidas excepciones, contemplan a los presos mejor como delincuentes que como almas enfermas. No sienten la piedad generosa ni la solidaridad fraterna ante el hombre que sufre, solitario, aislado, separado del resto de la especie por culpas que, por monstruosas que parezcan, no son más que consecuencias de una herencia insana, de una educación defectuosa y de una mala organización de la sociedad.

Puente, como Kropotkin en Rusia, como Salvochea en El Hacho, el terrible presidio marroquí, como Reclus en los pontones, como Louise Michel en la Nueva Caledonia, aportaba esa fuerza cordial de la bondad militante, de la bondad activa que han tenido los anarquistas, mejor que todos los demás místicos. Era el hada buena, el hermano Francisco de todos los criminales empedernidos, el padre de los compañeros jóvenes. La voz afectuosa, la mano curadora, el alma superior que llevaba amor y consuelo, que sostenía el ánimo y aliviaba el cuerpo. Y es quizá esta imagen del doctor Puente, médico en el presidio y entre sus compañeros de ergástula, la que ingresará en el panteón de la historia, con el contorno áureo, la seducción pura de todos los que, a través del tiempo, reconciliaron a los hombres con los hombres y les hicieron creer en la superioridad y la grandeza de su destino. 

La obra 

La obra está ahí, viva, palpitante, con olor de actualidad casi. Ya que Puente fue de los grandes inquietos, que, en aras de su inquietud, se adelantó a los problemas de su momento y planteó, anticipándose, los del momento que vendría. Él fue quien escribió el primer esbozo de programa del comunismo libertario; el que removió, en sucesivos artículos, en polémicas, en discusiones apasionadas, las cuestiones que hoy, después de dos años de revolución y de guerra, nos llevan a mal traer entre nosotros. A través de la lectura de este volumen, en el que se busca, con cariño, la unidad del pensamiento de Puente, agrupando sus articulos por orden de materias, de aspectos y de tiempo, el lector hallará respuestas a muchas preguntas y afirmaciones rotundas encontradas a incontables dudas. 

La obra de Puente debe subdividirse en dos partes, igualmente importantes. Hay la obra del propagandista, del escritor libertario, del hombre de organización, que es la que aquí se recopila y se presenta. Hay luego la del hombre de ciencia, condensada en sus estudios sobre la tuberculosis, en los que se prosigue y se amplía, enriqueciéndola, la tesis de Queraltó sobre el origen social de la dolencia y la profilaxis y la terapéutica igualmente sociales aplicadas a la misma, y en ese volumen Embriología, que es como una síntesis de cuanto se ha dicho alrededor del tema. Puente, con su delicado instinto de lo que es la mentalidad popular, fue, ante todo, un vulgarizador de la ciencia. Se esforzó en hacerla asequible al pueblo, despojándola de su ropaje misterioso y de su léxico enrevesado, para hacerla llana, sencilla, simple como es la Muerte, contra la cual lucha. 

Sus trabajos científicos, publicados en Estudios; los volúmenes dedicados a la divulgación de diversas enfermedades y sus remedios, toda su obra humanitaria de médico del pueblo —y que al pueblo ofrendaba unos conocimientos que habrían sido inútiles si no hubieran servido para remediar el dolor ajeno y para crear la cultura elemental que puede prevenir y curar muchas enfermedades—, quedan aparte de este volumen, esperando la mano que los recoja también, completando la obra del hombre íntegro que fue Isaac Puente. 

Mas, para el propósito que alienta a los editores, para la idea que nos guía a todos al recoger en este libro los trabajos dispersos en diarios y publicaciones diversas, este volumen es un buen resumen, un cuadro acabado del hombre, su medio y sus luchas. Aparecen, además, en rápidas pinceladas, con la fuerza y la emoción del boceto, reflejadas las características más simpáticas de Puente. Sus artículos dedicados a hablar de los presos, de los atropellos y de las injusticias cometidos en Burgos y con los compañeros de Vitoria, evocan la imagen franciscana del individuo desintegrado de sí mismo, que se olvida de sí para pensar solamente en los otros… Nunca habla Puente de su cuerpo cubierto de llagas, de las brutalidades cometidas contra él después del movimiento de diciembre —que fue la réplica viril dada por la cnt y la fai al triunfo de las derechas en las elecciones de 1933—. Y habla del martirio infligido a los otros con la generosidad y el pudor propios de todos los hombres enteros. 

Pero me doy cuenta de que, al hablar de la obra, vuelvo insensiblemente a ocuparme del hombre. ¿Acaso pueden separarse hombre y obra, cuando se trata de una vida tan corta y tan agitada como la de Puente? Porque lo más triste de la muerte alevosa y temprana de Puente es esto: era aún joven. Lo mejor de su producción, lo más fecundo de su acción, quedan por hacer y por vivir. Lo mataron en plena madurez, cuando más sazonado estaba su talento, más vigorosa era su mentalidad, más eficaz su acción en el medio revolucionario y obrero en que ya de lleno se desenvolvía. Las balas que perforaron su cráneo, la descarga criminal con el que el fascismo le arrancó la vida no destruyó solamente al hombre que era, la obra que ha quedado hecha; destruyó al hombre que hubiera llegado a ser, la obra que quedó virgen en el fondo de su pensamiento, en el gesto nervioso, por siempre más inerte, de sus ágiles manos. Manos de curador, manos buenas y humanas que prodigaron el bien, que solo dispensaron la ternura, que ignoraron siempre la contracción que da dolor y el impulso cruel que da la muerte… 

Cuando el lector cierre este libro, reviviendo, a través de su lectura, casi diez años de lucha, de problemas, de esfuerzo vital y prolongado de nuestro movimiento, sentirá una honda, una intensa melancolía. Y, sin entregarse a la nostalgia del pasado, propia de los viejos y de los impotentes, sin repetir el verso quejumbroso de Jorge Manrique, pensará con tristeza que cada época, cada revolución, cada momento culminante de la historia, necesitó un proceso largo y cruento, en el curso del cual fueron muriendo, implacablemente, los hombres mejores. Y el triunfo fue, casi siempre, para los mediocres, para el nivel medio, que supo ponerse a salvo en los días de peligro o surgir a tiempo, cuando la hora del botín llegaba. Y los místicos, los idealistas, los luchadores auténticos, los románticos, los generosos, los desinteresados, habían ya muerto o iban muriendo. En el laboratorio o en la mina, en el patíbulo o en la barricada, en el silencio del olvido o en el gran anonimato de las trincheras… 

Es una ley de vida, hecha inmutable y hecha eterna. Solo nos cabe combatirla y subsanarla rindiendo culto reparador a la memoria de los desbrozadores que cayeron, abriendo a hachazos el camino de la selva intrincada, del mundo hostil e inhospitalario, para la humanidad irredenta, siempre conducida por una minoría de inadaptados a su tiempo, muertos en la cruz, lapidados por las mismas turbas mañana redimidas, de nuevo irredentas; muertos en la cruz de una reacción y de una barbarie a las que cada día destruimos, al limitar la fuerza y la necesidad de la autoridad y al hacerla cada día menos precisa, autodirigiéndonos nosotros mismos.

 ¡Vieja y sana teoría anarquista, que parecerá casi anacrónica después de dos años de tenerla relegada al olvido, por la fuerza de unas circunstancias que no han de convertirse en hábito ni en principio! Pero Puente, desde el sepulcro, por la elocuencia de este libro, la recuerda constantemente… Y, al rendir el homenaje justo y reparador a su memoria de inadaptado y anticipado a su tiempo, hemos de evocar, una vez más, la ley que le arrebató la vida y el principio social y filosófico que ha ido restando carne a esa ley, que la hará inservible y muerta. 

Y es que el anarquismo continúa siendo una idea viva y una organización de la sociedad aún no ensayada. No lo olvidemos. Hoy es más viva que nunca, pletórica de toda la sangre recién derramada y rica de fructuosas, de magníficas experiencias. Desde su tumba, Puente y todos los que con él cayeron nos recuerdan nuestro deber y lo que ha de seguir siendo el imperativo categórico de nuestras existencias: continuar, inmutables, pronunciando el «Decíamos ayer…» con el que, si resucitara, proseguiría curando a enfermos y emborronando cuartillas el médico de Maeztu… 

Barcelona, 9 de agosto de 1938

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Original: http://gimenologues.org/spip.php?article1009

El 12 de febrero, no rendiré homenaje a la «Camarada Federica» (2015) – Robert Imbert

Reflexiones sobre el estado de ánimo

En estos tiempos de conmemoraciones, ¿habrá una colocación de coronas o un discurso para «celebrar» el nacimiento de Federica Montseny?

La mujer que fue una actriz mítica de la CNT en España y en el exilio, la ministra de Sanidad entre 1936 y 1937, la compañera y cómplice de Germinal Esgleas, a quien Toulouse dio su nombre a un callejón de la ciudad, nació el 12 de febrero de 1905…

Federica Montseny es uno de esos iconos que «no se tocan», con el pretexto de que parte de la vida de esta dirigente inamovible se confundió con la de la CNT española en el exilio… Pero ciertos archivos, la publicación de las memorias de García Oliver [1], la obra de Burnett Bolloten [2] o la biografía que le dedicó Irene Lozano [3] revelan una imagen mucho menos «idealizada» de la «Señora Ministra»…

El gusto por el poder y la fatuidad…

Arquetipo de un «liberalismo radicalizado». Procedente de la pequeña burguesía pseudointelectualizada, seguidora de un anarquismo idealista sin contenido de clase, como el que profesaban algunos «liberales radicalizados» de la FAI, libró sus primeras batallas con cierta dificultad, para emanciparse de su familia de sangre y de ideas (los Urales, Teresa Mañé y Juan Montseny, más conocido por su seudónimo de Federico Urales, iniciadores de la Revista blanca [4]). Negándose a vivir a la sombra de su padre, el «Papa de la Anarquía», «resolvió» el problema ocupando su lugar en la revista.

En agosto de 1936, sin embargo, no dudó en defender la «patria» y la «nación», la España de los trabajadores y los productores. Tras declarar su pertenencia al Comité Regional de Cataluña y al Comité Peninsular de la F.A.I., lanzó una vibrante:

«La gran España, la España productiva, la España verdaderamente renovadora, la hacemos nosotros: republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas, cuando trabajamos con el sudor de nuestra frente. «

Y en el mismo discurso declaró:

«Estamos todos unidos en el frente de la lucha; unidad sagrada, unidad magnífica, que ha acabado con todas las clases, con todos los partidos políticos, con todas las tendencias que antes nos separaban. «

En 1937, Federico Urales envió una carta a la «compañera Federica Montseny», entonces ministra, en la que señalaba los dos defectos que incluso los adversarios de su hija le reprochaban: «gusto por el poder y fatuidad»… Podría haber añadido: «desprecio colonial».

De hecho, el 31 de agosto de 1936, hablando del enemigo interior y de un frente antifascista, no dudó en hablar de los moros como «la imposición de la civilización del fascio, no como civilización cristiana, sino como civilización mora, gente que fuimos a colonizar para que vinieran a colonizarnos ahora, con principios religiosos e ideas políticas que quieren mantener arraigadas en la conciencia de los españoles.» [5]

Colaborador del gobierno. «Los anarquistas entraron en el gobierno para impedir que la Revolución se desviara y para continuarla más allá de la guerra, y de nuevo para oponerse a cualquier posible intento dictatorial, venga de donde venga», declaró el 3 de enero de 1937.

Tres meses después, Camillo Berneri [6] la desafió en una carta abierta:

«Ha llegado el momento de darse cuenta de si los anarquistas están en el gobierno para ser las vestales de un fuego a punto de extinguirse, o si están ahora sólo para servir de gorro frigio a los políticos que coquetean con el enemigo o con las fuerzas de la restauración de la «República de todas las clases» . El problema lo plantea la evidencia de una crisis que va más allá de los hombres que son sus figuras representativas. El dilema: guerra o revolución ya no tiene sentido. El único dilema es éste: o la victoria sobre Franco mediante la guerra revolucionaria o la derrota. El problema para ti y los demás camaradas es elegir entre el Versalles de Thiers y el París de la Comuna, antes de que Thiers y Bismarck hagan la sagrada unión. » [7]

Algunos, como José PEIRATS [8], se opondrán al dogmatismo de la CNT, convencidos de que en cuanto se integrara en el aparato del Estado, la organización se convertiría en su peor enemigo. Fueron expulsados sin poder debatir. [9]. Pero la historia les dará la razón.

Durante su exilio, no dejará de despojarse de las galas ministeriales que no se vio obligada a llevar y de esquivar «preguntas embarazosas». Tampoco mencionó sus maniobras con Diego Abad de Santillán[10] y Marianet[11] para hacer creer a Durruti que era el único que podía salvar Madrid…[12].

Y si en un discurso del 27 de mayo de 1937, en relación con su gestión como Ministra de Sanidad, no se menciona para nada la palabra aborto, y nada se puede deducir de la ley aprobada en Cataluña en diciembre de 1936, en los años 70 se atribuyó descaradamente el papel principal en este tema…

Permanente en la CNT e intrigante. Tras la creación de un «Sindicato de Profesiones Liberales» en la CNT, que reunía a médicos, abogados y miembros de las llamadas profesiones intelectuales [13], fue, junto a Germinal Esgleas, miembro permanente remunerado durante los largos años de exilio. Rodeada de un «clan» compuesto por «puristas», encerrando a la CNT en el exilio con su compañera [14], lanzó un anatema contra los «herejes» que intentaban reagrupar una organización digna de ese nombre, pero cuyas filas se adelgazaban a causa de las «excomuniones» [15].

Desde su cuartel general en la «4 Rue Belfort», sede en Toulouse del secretariado intercontinental de la CNT, la «Leona» [16] y su círculo íntimo hicieron llover y brillar el sol. Y los sueldos asignados a los miembros permanentes del «clan» permitirían entonces cubrir, total o parcialmente, sus necesidades cotidianas…

Demagogo «jesuítico». Durante toda su vida, y más aún en el exilio, se ocupó de autoorganizar la imagen que quería dar de sí misma, de la historia, cuidando de limpiar las asperezas, de borrar las incoherencias y de reescribir sus horas oscuras.

En «Testimonio de una militante libertaria de la Revolución Española» (16 entrevistas realizadas en 1982, disponibles en el sitio web de la CNT-AIT [17]), sus respuestas dejan sin aliento:

Sobre el ejemplo de la Revolución Española, a pesar de los errores… «mirando hacia atrás y viendo la cantidad de errores cometidos, las cosas que se deberían haber hecho, a pesar de todo, el ejemplo que dimos, de enfrentarnos al fascismo durante tres años, todo eso quedará. Una gloria para nosotros, el movimiento libertario y para el antifascismo, una realidad que el pueblo vivió durante 33 meses.

Sobre su entrada en el gobierno y su opinión posterior, declaró entonces que «no se puede juzgar», «hay que situarse en el contexto de la época» o «para que una revolución tenga éxito, todo el mundo debe aceptarla y sentirse parte de ella». Como eludió la pregunta, no sabremos nada de su opinión… y lo mismo ocurre con «Mujeres Libres» o «Mayo 37″…

Sobre el futuro de la Revolución, que comparó con «un salto al vacío», aparte de la observación de que «es a fuerza de saltar y romperse la espalda como avanzamos», la eminente teórica anarquista no dirá más que lo que escribió en un número de la revista Espoir [18]:

«La revolución española no tuvo ni un Robespierre, ni un Danton, ni un Lenin. Pero tenía esta cualidad inestimable: una generación formada en la lucha, alimentada por proyectos revolucionarios. Creíamos que podíamos cambiar el mundo, porque éramos jóvenes y entusiastas, y porque teníamos la fuerza de los números.

En estos tiempos de «Memoria» y para evitar coquetear con la dicha o la reescritura, puede ser útil, incluso necesario, cuestionarnos como hace Tomás Ibáñez [19]:

«Para muchos compañeros, recuperar la memoria histórica de las luchas, y especialmente la de la organización anarcosindicalista, representa un trabajo positivo para afrontar el presente. De lo que no se dan cuenta es del efecto castrador que produce este recuerdo. En efecto, cuando la recuperación de la memoria histórica implica la recuperación de siglas, símbolos, congresos, etc., es una verdadera regresión la que se lleva a cabo. Recuperar la memoria con sus tonos de época como si el tiempo se hubiera congelado es transportarse a ese momento y es también concebir el futuro como una forma de revivir el pasado, como un renacimiento que reproducirá la edad de oro». [20]

Por todo ello, no voy a rendir homenaje a la «camarada Federica»…

Descrita por sus allegados como «frágil», «con una feminidad complicada», «trascendiendo sus dudas existenciales por la sobreactividad política», Federica Montseny tenía una pasión secreta, una ambición frustrada: la escritura literaria.

Notas

[1] El eco de los pasos. Edición Poppy, 2014

[2] La guerra de España. Revolución y contrarrevolución (1934-1939). Édition Agone, 2014

[3] Leer: Irene LOZANO – FEDERICA MONTSENY – Una anarquista en el poder. Madrid, Espasa Calpe, 2004

[4] Revista libertaria, de sociología, arte y ciencia, publicada en Madrid de 1898 a 1905 y en Barcelona del 1 de junio de 1923 al 15 de agosto de 1936.

[5] según Solidaridad. Obrera del 2-9-1936

[6] Escritor anarquista y libertario italiano que participó en la revolución española. Asesinado por la policía política soviética en Barcelona, el 6 de mayo de 1937.

[7] Carta abierta a la camarada Federica Montseny, 14 de abril de 1937. http://www.fondation-besnard.org/spip.php?article195

[8] Durante la Revolución Social Española de 1936, José Peirats formó parte de la Columna Durruti. Tras la victoria de las tropas fascistas del general Franco, se vio obligado a exiliarse. Escribió una importante obra en tres volúmenes sobre el papel de la CNT durante la guerra civil: La CNT dans la révolution espagnole (La CNT en la revolución española), que pronto será publicada por Black & Red

[9] Entrevista con José PEIRATS. Dirigido por Paolo Gobetti en junio de 1976. A Contretemps N°25.

[10] Tras la revolución de julio de 1936, representó a la FAI en el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), que coordinaba las distintas milicias de Cataluña.
Entre diciembre de 1936 y abril de 1937 fue asesor económico en el Ministerio de Economía de la Generalitat de Cataluña, mientras seguía defendiendo políticamente los principios anarquistas de la democracia directa.

[11] Entonces secretario del comité nacional de la CNT

[12] Así es como lo metieron en este sucio negocio… Fue en Valencia, una noche, mientras dormía en mi hotel, cuando me despertaron para comunicarme el cambio de programa. Abajo, Montseny y Durruti me esperaban en un coche. Escuché lo que tenían que decir y luego me dirigí a Federica: «¿Qué quieres que hagamos, matarlo? Y, de hecho, fue enviado a la muerte. Las condiciones en las que Durruti se iba a Madrid eran increíbles. ¿De qué servían otros 200 o 300 hombres en un frente que ya contaba con unos 200.000 hombres? ¿Qué podía hacer Durruti en una ciudad que desconocía, donde sus hombres estarían bajo el control del Estado Mayor y obligados a seguir sus decisiones estratégicas? Mi propuesta era muy diferente: un cuerpo de tres divisiones bajo su mando con autonomía de mando. Repito: en las condiciones en que Durruti partió hacia Madrid, su muerte era segura.
-Entrevista con Juan García Oliver – À contretemps, n° 17, julio de 2004

[13] En 1937, Gastón LEVAL era miembro de la sección de periodistas del sindicato de profesiones liberales de la CNT.

[14] La larga carrera del tándem Montseny-Esgleas como burócratas mal pagados fue, en el exilio, su principal hazaña, ya que duró, a pesar de algunos breves eclipses, unos cuarenta años. En nombre de un «purismo» anarquista que, en este caso concreto, no implicaba la rotación obligatoria de los mandatos… La principal contribución de G. Esgleas -de forma indirecta- a la historia de la CNT fue haber dado origen a uno de los pocos neologismos producidos en ese oscuro periodo -el «esgléisme»- que, en boca de sus opositores, significaba simplemente una variante del inmovilismo revestida de demagogia. Angel HERRERÍN LÓPEZ -LA CNT DURANTE EL FRANQUISMO. Clandestinidad y exilio (1939-1975) – Madrid, Siglo Veintiuno, Madrid, 2004. (fuente: http://acontretemps.org)

[15] Lea en este sitio: «Mi mayor victoria fue la paleta». Cipriano Mera, «Amarga lectura de «Un resurgimiento anarquista» de Tomas Ibáñez & Salvador Gurucharri», «Estoy cansado de hagiografías, cementerios del movimiento libertario…».
Ver sitios como: http://gimenologues.org o http://acontretemps.org

[16] apodo que recibió en los años 30 cuando se enfrentó a los «trentistes» en nombre de la Santísima Anarquía.

[17] Preparación de la insurrección /La vigilia de las armas de los trabajadores /El levantamiento popular /El oro del Banco de España /La creación de las milicias /La entrada en el gobierno /Los Amigos de Durruti /¿Qué táctica de lucha? /El papel de los comunistas /Las mujeres en la Revolución /Mayo de 1937 /Las Mujeres Libres /La militarización de las milicias – Política internacional /Durruti /A pesar de los errores, el ejemplo de la Revolución Española /Evaluación y futuro de la Revolución), Entrevista realizada en Toulouse el 12 de julio de 1982
http://cnt-ait.info/article.php3?id_article=970

[18] Revista del CNT-F AIT, Toulouse, 1960-1977

[19] Hijo del exilio español, Tomás Ibáñez navega desde su adolescencia en las turbulentas aguas del movimiento libertario. (Leer: Tomás Ibáñez. Sobre la heterodoxia como método. http://acontretemps.org/spip.php?article118 )

[20] La recuperación de la memoria como forma de revivir el pasado. Fragmentos dispersos para un anarquismo sin dogmas. Publicado por: Rue Des Cascades

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Original: http://www.autrefutur.net/Le-12-fevrier-je-ne-rendrai-pas

La vieja gloria – SASHA y EMMA. La odisea anarquista de Alexander Berkman y Emma Goldman (2012) – Paul Avrich y Karen Avrich

Emma Goldman fotografiada por Senya Fleshin en Berlín, 1932.

28 LA VIEJA GLORIA

Por mucho que Goldman disfrutara viviendo en St. Tropez, anhelaba volver a Estados Unidos, el país en el que se había convertido en anarquista por primera vez. Los meses que pasó en Canadá, tan cerca de su antiguo hogar, no hicieron más que agudizar su anhelo. A menudo expresaba este deseo a sus camaradas, y veía a Estados Unidos como la tierra más madura para plantar sus ideas anarquistas. «Oh, Sasha querida, si pudiera estar en América ahora», escribió en 1931. «Por otros cinco años de intensa actividad daría con gusto el resto de años que aún me quedan».

Para Emma, América era «la tierra de los Walt Whitman, los Lloyd Garrison, los Thoreaus, los Wendell Phillips, el país de los jóvenes americanos de la vida y el pensamiento, o del arte y las letras; la América de la nueva generación que llama a la puerta, de los hombres y mujeres con ideales, con aspiraciones a un día mejor; la América de la rebelión social y la promesa espiritual, de los gloriosos «indeseables» contra los que van dirigidas todas las leyes de exilio, expropiación y deportación. Es a esa América», declaró apasionadamente, «a la que estoy orgullosa de pertenecer «2.

Durante un largo periodo de tiempo, siguió intentando regresar, buscando la ayuda de amigos poderosos, como el fundador de la Unión Americana de Libertades Civiles, Roger Baldwin. Los esfuerzos anteriores habían fracasado; de hecho, le habían dicho que el regreso sería imposible. Pero a finales de 1933, mientras se preparaba para otro viaje a Canadá, parecía que podría conseguir su deseo. En diciembre fue a Montreal y presentó una solicitud al gobierno estadounidense para obtener un permiso de reingreso y un visado de tres meses para realizar una gira de conferencias en América.

Franklin Delano Roosevelt había sido investido en marzo de 1933, en plena Depresión. Los Estados Unidos tenían problemas mucho mayores que una visita de un radical envejecido, y Vivir mi vida incluso había encontrado una admiradora en la primera dama Eleanor Roosevelt. La autoridad para conceder el permiso de reingreso al país de un anarquista deportado recaía en la secretaria de Trabajo, Frances Perkins, y el 27 de diciembre de 1933 Baldwin informó a Emma de que había abierto canales con el coronel Daniel W. MacCormack, comisionado general del Servicio de Inmigración y Naturalización. «Uno hará todo lo que él le indique, porque en realidad está hablando en nombre de la señorita Perkins y del Presidente. De hecho», añadió Baldwin, «sé que la señora Roosevelt leyó su libro con gran interés. Le habló muy bien de él a un amigo mío».3

Emma quería que Sasha solicitara un visado y viniera con ella, pero él no quiso. No compartía su confianza en que Estados Unidos estaría ahora más abierto a sus ideas. Berkman nunca había sentido el tirón puramente sentimental de una patria ni echaba de menos su nación de adopción: le importaba su credo anarquista, no un país concreto. Su experiencia en Rusia y sus problemas con el pasaporte en Europa no habían hecho más que aumentar su hostilidad hacia la burocracia gubernamental. Además, una parte importante de sus años en América los había pasado sufriendo en la cárcel, y el trauma resultante era una carga para toda la vida, mientras que Emma, a pesar de tener que lidiar con la persecución y los obstáculos frustrantes en los Estados Unidos, había disfrutado de décadas de conferencias y laureles, viajes y juergas, comodidades y bondades.

«Si consigues entrar en América», escribió Sasha a Emma, «me alegraré por ti, ya que estás tan interesada en ello. Pero, querida, no olvides lo que te dije en ocasiones anteriores. Dijiste entonces, como sueles decir, que cambiaría de opinión. No, querida, no lo he hecho ni lo haré. De hecho, me siento más fuerte que antes. No quiero ir a los Estados Unidos bajo ninguna consideración. Por favor, recuérdalo. . . . Ahora odio a Estados Unidos y no quiero ni siquiera volver a verlo. Así que, por favor, no den la impresión de que quiero volver».4

Roger Baldwin fue ayudado en sus esfuerzos en nombre de Goldman por «un comité», dijo Emma con orgullo, «formado por las personas más conocidas del arte, las letras y el movimiento liberal», incluyendo a Sherwood Anderson, John Dewey, Sinclair Lewis, Margaret Sanger y John Haynes Holmes. Fue organizado por la activista Mabel Carver Crouch, que había admirado las memorias de Emma y la había localizado en St. Tropez el verano anterior, prometiendo ayudarla a regresar a Estados Unidos.5

El grupo dirigió una avalancha de cartas personales a la secretaria Perkins suplicando el regreso de Emma a casa. «Estoy muy seguro, señorita Perkins», dijo

Sherwood Anderson, «que conozca el caso de la gran ansia de la señorita Goldman por volver a América. . . . Estoy seguro de que ambos la consideramos una gran guerrera y espero que haya alguna manera -sin demasiado ruido- de permitirle volver a Estados Unidos». La reformadora de la educación Dorothy Canfield Fisher señaló que Goldman quería volver «con el propósito de dar algunas conferencias públicas». La causa de la libertad de expresión no podría ser, en mi opinión, mejor servida que permitiendo que esta mujer seria se dirija al público estadounidense», dijo. Eugene O’Neill aseguró a Perkins que «la señorita Goldman cuenta con la admiración y el respeto de muchos de los principales ciudadanos de este país, y miles de ellos acogerían con agrado su reingreso en el país».6

Junto con este brillante diluvio de ruegos, Baldwin negoció los delicados detalles del acuerdo. El gobierno impuso el rígido requisito de que Goldman no ofreciera ninguna conferencia o comentario de carácter político, en caso de que se le permitiera la entrada, aunque los parámetros de esta directiva eran confusos. El repertorio habitual de Emma incluía discursos sobre el teatro, las artes y su autobiografía; también sobre el anarquismo, el comunismo y, últimamente, la situación en Alemania, el ascenso del nazismo, la amenaza de Adolf Hitler y el fascismo en Europa. Pero incluso sus temas más suaves podían derivar hacia la controversia, y hubo cierto debate sobre si Vivir mi vida debía calificarse de literatura o de política.7

Baldwin aconsejó a Emma que contratara a A. L. Ross para que la defendiera, y Ross fue a Washington, D.C., para ocuparse de los aspectos legales mientras Baldwin trataba directamente con la administración.8 Poco después, Ross envió un cable a Goldman desde Washington con la buena noticia. Su solicitud había sido aprobada; se le permitiría permanecer en el país durante noventa días, a partir del 1 de febrero de 1934.9

Berkman advirtió a Emma unas semanas antes de que se le concediera el visado que no debía hacerse ilusiones. «Lo siento, querida, pero me temo que te espera una decepción», le dijo. «Es lógico que, aunque Perkins se muestre favorable, no pueden permitirse el lujo de dejarte entrar. Habría demasiadas críticas a la administración para ello, y la administración Roosevelt ya tiene bastantes problemas en sus manos. Espero, por tu bien, que todavía tengas la oportunidad de dar una conferencia en los Estados Unidos. No quiero desanimarte, pero no parece prometedor».10 Cuando supo que el visado había sido aprobado, se quedó asombrado. «Emma ha conseguido un visado para Estados Unidos», escribió a la compañera de Fitzi, Pauline Turkel. «Confieso que no lo creía posible. Parece que las cosas han cambiado en los Estados Unidos.
esté decepcionada con la visita. En cuanto a mí, no anhelo en absoluto los Estados Unidos». 11

El regreso de Emma fue recibido con curiosidad pero con pocas protestas; la América del presidente Roosevelt era un lugar bastante diferente del país que Goldman había dejado atrás en 1919. Las agencias de conferencias se ofrecieron inmediatamente para representarla y varios grupos se apuntaron para escucharla. El público la consideraba ahora como una mujer audaz con un pasado complicado, más que como un espectro escalofriante del caos. Aun así, no todo el mundo estaba contento con la reaparición de «Emma la Roja». En los periódicos de todo el país se publicaron editoriales que se oponían a la visita, y algunos ciudadanos furiosos se esforzaron por dar a conocer sus sentimientos.
Maude Murray Miller, una escritora jubilada del Dispatch de Columbus, Ohio, se puso en contacto con Eleanor Roosevelt para expresar su consternación por el hecho de que a Goldman se le hubiera concedido un visado. «Creo que es una grave amenaza para este país», escribió Murray Miller. «El asesino del presidente McKinley dijo que fue su influencia la que le indujo a cometer ese atroz crimen. Temo que ella pueda tener planes sobre la vida de nuestro querido Presidente Roosevelt. Él está realizando una obra tan maravillosa que los anarquistas no quieren que este país recupere su antigua prosperidad. Sugiero que su primer pensamiento sería destituirlo, o hacer que lo hagan».

«Muchas gracias por su solicitud e interés en el Presidente», respondió la señora Roosevelt. «Está muy protegido y, en cualquier caso, Emma Goldman es ya una mujer muy mayor. Realmente creo que este país puede soportar el impacto de su presencia durante noventa días. Sin embargo, agradezco su escrito y espero que no se haya alarmado indebidamente».13

Cuando llegó el día, Emma tomó un tren de Toronto a las cataratas del Niágara, y continuó hasta Rochester, llegando como estaba previsto el 1 de febrero, donde se reunió con su extensa familia de hermanos y sus hijos, y fue recibida por una multitud de amigos, admiradores, periodistas y fotógrafos.14

Para la ocasión, llevaba «un sombrero de fieltro negro y un abrigo de pieles de un suave tono rojo». Sus «gruesas gafas» eran de montura redonda y llevaba el pelo cortado en un sencillo corte recto. Mientras que antes «‘Emma la Roja’ era un nombre para asustar a los niños pequeños», dijo un periodista, ahora parecía «un ama de casa maternal o quizás la presidenta del comité de la biblioteca del club femenino local».15

Dejando a un lado su modesta apariencia, Goldman fue tan contundente como siempre. «Mis opiniones no han cambiado», anunció en Rochester. «Sigo siendo anarquista. Soy la misma. El mundo ha cambiado, por eso no he tenido que hacerlo. Todo el mundo es anarquista y ama la libertad y odia la opresión. Pero no todo el mundo lo quiere para el otro. Esa es mi tarea; quiero extenderla al otro».16

Emma negó rotundamente que durante la gira fuera a evitar temas de política o economía – «no prometí nada»- y se declaró libre de resentimiento por todo lo que le había ocurrido. «Creo en el principio de dejar que la gente piense por sí misma», explicó, «así que ¿por qué debería estar resentida? «17 «Los fuegos se han enfriado un poco con los años», escribió un periodista que la acompañó de Toronto a Rochester, «pero todavía arden».18

La primera aparición pública importante de Goldman fue el 11 de febrero en Manhattan, organizada por el pastor John Haynes Holmes.19 Según el New York Times, «2.000 personas irrumpieron en los servicios de la Community Church en el Town Hall con la esperanza de escuchar su antigua oratoria ardiente. En su lugar, escucharon un tranquilo elogio del anarquista ruso Peter Kropotkin. . . . Sólo una vez, cuando denunció a Hitler, su voz sonó con la indignación que antes provocaba a sus simpatizantes y oponentes a las manifestaciones tempestuosas». A excepción de este arrebato, Goldman se presentaba como una «mujer apacible y canosa» con un vestido negro y un chal rojo y dorado.20
Arthur Leonard Ross recordó más tarde el discurso de Emma en el Ayuntamiento, que, en su opinión, sobrepasó los límites de su acuerdo de visado. «Me comprometí personalmente a que Emma no hiciera ningún discurso político durante su estancia aquí. Y lo primero que hizo fue un discurso político. Fue sobre Kropotkin, y fue una gran ocasión. . . . El Ayuntamiento estaba lleno, y la gente colgaba de las arañas. Pensé que la galería superior se derrumbaría, estaba tan llena de gente».
Durante las noches siguientes, Emma habló en varios lugares de Nueva York, incluida la Academia de Música de Brooklyn. Su gira de conferencias la llevó a más de una docena de ciudades, desde Washington hasta Kansas City. A veces viajaba en avión, y le decía a su agente de conferencias, James B. Pond, «Si el tiempo es bueno y el coste de volar no es mucho mayor, volaré. Mis amigos siempre me han acusado de vivir demasiado en el aire. También podría ser culpable de sus acusaciones».22
Durante su estancia en Pittsburgh, visitó solemnemente Homestead y la Penitenciaría del Oeste, la «tumba viviente» de Sasha, como ella la llamaba. «Los recuerdos
de tu viaje a Pittsburgh», escribió a Sasha, «tu acto, tu calvario y mi propia lucha desesperada durante los años de tu encarcelamiento se asentaron como una piedra en mi corazón y mi espíritu. . . . Homestead parece tan horrible como siempre. También la Penitenciaría del Oeste, salvo que parece haber un nuevo añadido, un nuevo muro. Los amigos que me llevaron en su coche sugirieron que entráramos. Pero yo no podía afrontarlo. La visión del espantoso lugar era suficiente para que se me hiciera un nudo en la garganta».23
En Filadelfia, los miembros del comité de bienvenida de Emma dijeron al New York Times que Goldman «tenía la apariencia de una tranquila ama de casa, considerablemente más joven que sus años». Advirtió a la multitud sobre la amenaza en Alemania. «Los intereses financieros y militares están planeando deliberadamente una guerra en Europa», dijo. «Hitler durará mucho tiempo. No es sólo el hombre el que destaca en Alemania, sino que es un movimiento de masas, al igual que en Italia y Austria».24
Emma pasó mucho tiempo en Chicago, donde los camaradas Jay y Jeanne Levey ayudaron a coordinar sus conferencias. «Son los trabajadores más maravillosos, las personas más bellas que he conocido en muchos años», dijo a Rudolf Rocker. «En la ciudad, Emma encontró tiempo para el romance cuando conoció a Frank Heiner, un sociólogo de la Universidad de Chicago. Heiner tenía unos treinta años y era ciego desde los tres meses. Era un experto anarquista, además de un hábil escritor y orador. También tenía una esposa y dos hijos. Pero para Emma, su estado civil no era un impedimento.
«Heiner es el mayor acontecimiento de los últimos diecisiete años», confiesa a Sasha. «Él combina todo lo que había anhelado y soñado durante toda mi vida y que nunca había conseguido».26 Su felicidad, sin embargo, era agridulce. «Llevaba tantos años anhelando la plenitud del amor con alguien que compartiera mis ideas e ideales, que se mezclara armoniosamente con mis gustos y deseos», dijo seis meses después de conocerle. «Y ahora, a los sesenta y cinco años, cuando toda esta riqueza se pone a mis pies, es sólo por un momento fugaz». 27
Después de que la pareja consumara su relación, intercambiaron acaloradas cartas de amor. «Oh, Frank mío, si pudiera hacerte comprender lo mucho que me has llenado», escribió Emma. «No, no sólo físicamente, sino también intelectualmente y espiritualmente. Frank, mi Frank, te anhelo con cada fibra de mi ser».28 Emma, a su vez, era la «diosa» de Heiner. «No podría amarte más», le dijo. «Eres mi verdadero amor, mi propio amor supremo y completo, el amor de mi vida».29

Aunque no estaba de acuerdo con las políticas del presidente -ni ella ni Sasha tenían fe en el New Deal-, la energía de la nación la entusiasmaba. «Es cierto que Estados Unidos sigue siendo ingenuo, infantil en muchos aspectos, en comparación con la sofisticación de Europa», le dijo a Sasha. «Pero yo prefiero su ingenuidad, hay juventud en ella, todavía hay espíritu de aventura, hay algo refrescante y estimulante en el aire «31.
Desde el punto de vista financiero, la gira de conferencias de Emma fue un fracaso. Algunos segmentos del circuito fueron gestionados de forma ineficaz, y aunque los seguidores anarquistas acudieron con entusiasmo, muchos de sus discursos atrajeron a poca gente y ella tuvo dificultades para llenar las salas. En marzo, Stella Ballantine escribió una nota al organizador de la gira para disculparse por la decepcionante asistencia: «Espero que su otro negocio esté tan en auge que no esté en números rojos con los demás como lo está con la señorita Goldman».32
Goldman era observada habitualmente por las autoridades. Un camarada que asistió a un discurso casi al final de la gira de Goldman recordó que «los reporteros y los detectives se sentaban en la primera fila y anotaban todo lo que ella decía».33 A veces, Emma se mostraba inusualmente circunspecta con sus palabras; durante un acto en abril en Nueva York, sólo admitió que Roosevelt «tiene una voz muy agradable en la radio. Más allá de eso, realmente no querría decir nada». Hitler y Mussolini, por su parte, fueron descartados conjuntamente como una «molestia». 34
Pero el director de la Oficina de Investigación, J. Edgar Hoover, consideró que el tono de sus conferencias era motivo para prohibir futuras visitas, y las perspectivas de otro regreso parecían escasas. Un sombrío Berkman escribió a Pauline Turkel: «La gira de Emma fue una decepción en varios sentidos, creo que también en el económico».35 A Pierre Ramus le comentó que «incluso tuvo que pedir dinero prestado para su billete de vuelta».36 La propia Emma describió la gira a W. S. Van Valkenburgh como «un completo fracaso».37

No obstante, Goldman se sentía satisfecha por la respetuosa acogida que había recibido. Su vida fue considerada «asombrosa» por una gran cantidad de periodistas y élites, y algunos la reconocieron como una verdadera admiradora de Estados Unidos después de años de ser tachada de traidora. «Estados Unidos es donde tuve mi crecimiento espiritual», dijo en Nueva York. «Soy leal a todo lo que es cultural y bueno en Estados Unidos». Disfrutó de la atención de la multitud de periodistas y bromeó con ellos sobre su relación con James Colton, el minero anarquista con el que se casó en 1925. «¿Fue su matrimonio con Colton un matrimonio real, o sólo para convertirse en súbdita británica?», le preguntaron. «¿Qué quiere decir con ‘real’?», preguntó ella. «Bueno, ¿te casaste con él porque lo amabas?» Emma respondió con «una carcajada». 38

Emma también charlaba cómodamente sobre su antiguo hábito de fumar. Durante un viaje en tren, mientras estaba sentada con un grupo de entrevistadores en un vagón comedor Pullman, se señaló que «la señorita Goldman era la única mujer presente que no fumaba». Explicó que una vez había fumado, pero que se vio obligada a dejarlo. «En 1890 fumaba cuarenta cigarrillos al día», dijo. «Creo que empecé sólo para ser diferente y escandalizar a la gente. A menudo me echaban de los restaurantes. Luego, en 1893, me enviaron a la prisión de Blackwell’s Island durante un año. Para entonces, fumar se había convertido en un hábito y durante dos meses sufrí una tortura por falta de un cigarrillo. Finalmente, superé las punzadas del apetito. Cuando me dieron el alta, decidí no volver a fumar. Sabía que estaría en la cárcel a menudo y no quería volver a sufrir así». 39

A finales de abril de 1934, los tres meses de Goldman en Estados Unidos llegaron a su fin y se marchó con gran reticencia. «El viaje a los Estados Unidos ha revivido mi espíritu más que mis quince años de exilio», escribió a Joseph Ishill antes de partir. «Si alguna vez tuve alguna duda sobre mi arraigo en los Estados Unidos, mi breve visita la ha disipado por completo. . . . No sé qué tiene América, pero me he sentido años más joven y llena de vigor y entusiasmo. . . . Me sentí una mujer cambiada desde el momento en que llegué a Nueva York. Y mi partida será más dolorosa que cuando Sasha y yo fuimos deportados».40

Pero la experiencia mereció la pena y Emma se mostró optimista sobre el futuro del país. «Esta es la era de la juventud», dijo a los periodistas durante su gira. «La juventud tiene ahora los mandos. Vamos a ver qué puede hacer la juventud. Los viejos hicieron un desastre». 41

Goldman permaneció en Canadá durante un año, aferrándose a la esperanza de que le concedieran otro visado para Estados Unidos. Sus amigos y familiares cruzaron la frontera para visitarla y se mantuvo activa social y profesionalmente. Pero el ambiente era relativamente aburrido, sus perspectivas limitadas, y finalmente hizo planes para volver a Francia.

Berkman, en Niza, esperaba su regreso. Había disfrutado de un breve período de relativa satisfacción, a pesar de su carácter depresivo. Para variar, Emmy gozaba de buena salud y su problema con el pasaporte se había estabilizado; se le permitía, dijo, «ir a lugares sin avisar a las autoridades ni registrarse en todas partes. Eso es bueno mientras tenga una residencia permanente en Niza». Escribiendo a Pauline Turkel, dijo: «En general, siento que la vida es una tragicomedia tonta, y que quizá ya he vivido demasiado. Pero, por lo demás, todo está bien, como dijo la vieja judía, después de relatar su docena de males mortales».43

El 3 de mayo de 1935, Goldman zarpó de Montreal en el vapor Cunard Ascania y llegó a París el 15 de mayo. En St. Tropez, se reunió con Berkman, que tenía un aspecto razonablemente bueno pero bastante delgado. Reanudó sus actividades de anfitriona en Bon Esprit, y la casa de campo volvió a llenarse de visitantes, lo que, según Sasha, era bueno para su temperamento. «Emma tiene la compañía que constitucionalmente necesita», escribió a Frank Heiner, con quien había establecido una amistosa correspondencia. «Necesita una salida para su tremenda energía, y cuando no está dando conferencias debe tener otros intereses para ocupar su mente y su tiempo».44

Modest Stein volvió a visitarlos, trayendo recuerdos y más dinero.45 Sasha ya no podía resistirse a la generosidad de su primo. Ahora aceptaba un estipendio mensual de Stein, coordinado por Stella Ballantine y complementado ocasionalmente por otros amigos, entre ellos Claus Timmermann. Emma le dio las gracias a Claus en nombre de Sasha y le dijo cariñosamente: «Estoy segura de que eres el mismo Claus feliz e irreprimible, que sigue riéndose del mundo y de todas sus locuras».46

A pesar de la constancia y la generosidad de Modska, Goldman seguía menospreciando su acomodado estilo de vida en Nueva York. «Tuve muchos visitantes este mes, entre ellos un viejo amigo al que conocerás por el libro como Fedya», escribió a Dorothy Rogers, miembro del Grupo Libertario de Toronto. «Qué rica es la vida de Sasha y la mía en comparación con la suya. Es cierto que el precio que pagamos fue tremendo, pero con gusto lo haríamos todo de nuevo antes que estar tan vacíos como lo está su vida. Empezó con un talento artístico muy considerable y lo sacrificó en el altar del comercialismo. Empezó con un gran ideal y ahora no cree en nada. Sigue teniendo el mismo corazón bondadoso, dispuesto a ayudar a los que conoce. Pero no tiene nada, ni siquiera amistad en su vida, excepto Sasha y yo. Es triste». 47

Aun así, Emma lamentó que ella y las «Gemelas» no tuvieran la oportunidad de pasar tiempo de calidad juntas en esta ocasión, como el sencillo trío de antaño. «Me hubiera gustado teneros a ti y a Sasha aquí, a los tres solos, en recuerdo de nuestra vida en común cuando éramos tan jóvenes, tan ingenuos y tan llenos de ardientes esperanzas», escribió a Modska después de su marcha. «Esperemos que el año que viene sigamos teniendo ‘Bon Esprit'». 48

Europa se estaba convirtiendo en un lugar prohibitivo. Berkman y Goldman llevaban años siguiendo la situación política en Alemania y estaban preocupados por su temible trayectoria. También les horrorizaba el continuo despliegue de poder en la Rusia comunista, y lo que consideraban un régimen cruel y criminal que amenazaba a todos los elementos de la sociedad. Berkman consideraba que el fascismo y el comunismo eran imágenes especulares, ideológicamente contrarias pero con idénticos resultados: despotismo, estado policial, burocracia corrupta y asesinatos en masa. La Alemania nazi y la Rusia bolchevique eran, para Berkman, las representaciones de todo aquello a lo que siempre se había opuesto, todo lo que ofende a una existencia humana valiosa y legítima.

En 1932 Goldman predijo que con Hitler y los nazis en el poder se produciría una dictadura. Como escribió a Joseph Ishill: «Ya se ha dado carta blanca a las hordas militares de Hitler. Me da miedo pensar en la carnicería que va a comenzar. Los judíos y el movimiento radical serán los primeros en sufrir. Es horrible contemplarlo, pero yo también siento que no hay nada que hacer al respecto. Nos espera una gran dosis de dictadura, esta vez negra. Es una histeria religiosa moderna y, como todos los movimientos de este tipo, se extiende como un reguero de pólvora».49 «El mundo está loco», escribió Berkman a Max Nettlau en enero del año siguiente, «y sólo podemos esperar que 1933 traiga un poco más de sentido común a la humanidad».50

Las esperanzas de Berkman no se hicieron realidad. A medida que pasaban los meses, se alarmaba cada vez más por lo que ocurría en toda Europa. «Lamento no poder decirte nada alentador, pero debemos enfrentarnos a los hechos», escribió en agosto de 1933 a Mollie Steimer, que había abandonado Alemania con Senya Fleshin tras escapar de la persecución nazi, trasladándose finalmente a Ciudad de México, donde abrieron SEMO, un estudio fotográfico. «El fascismo está creciendo. Está llegando a Austria, Inglaterra e incluso a Irlanda. Ya está en todas partes, aunque en algunos lugares siga siendo clandestino. Y no hay que olvidar que este fascismo, ya sea con faldas negras, camisas marrones, azules o rojas, es apoyado por las masas. Si no, no podría existir. . . . Son las propias masas las que apoyan conscientemente a Mussolini, Hitler, etc. Yo conozco a mucha gente aquí en Niza: italianos, alemanes, e incluso algunos franceses y americanos que admiran a Mussolini y a Hitler. Así que ahí está. Hay una ola de reacción en todo el mundo. Esa ola tendrá que pasar, pero somos demasiado impotentes para frenarla. Tal vez pronto comience otra guerra. Y contra eso también somos impotentes».51

El anarquismo, se lamentaba Sasha, era un ideal en vías de extinción, y sus compañeros estaban indefensos ante los embates del mal. «La verdad es», le dijo a Mollie, «que nuestro movimiento no ha logrado nada, en ninguna parte. No puedo engañarme a mí mismo con la creencia de que podemos hacer algo por nuestro pueblo en las prisiones de Alemania. No más de lo que podríamos liberar a nuestro pueblo de las prisiones rusas. Pero para estos últimos podríamos al menos despertar un poco de simpatía y obtener alguna ayuda financiera. Pero ahora para los prisioneros alemanes no podemos ni siquiera hacer esto. Lo he intentado, lo sé».

Berkman ya no era un joven frenético y apasionado, y su sueño de toda la vida de que el movimiento anarquista llevaría algún día la libertad y la verdad a países de todo el mundo dio paso a un temor más inmediato. «Los nazis son maníacos peligrosos, más peligrosos que cualquier otro partido, quizá con la excepción de los comunistas», le dijo a Goldman. «Creo que habrá una guerra, tal vez dentro de uno o dos años, y me temo que las malditas masas irán de nuevo a la matanza».53 Sentía que los gobiernos de Europa y Estados Unidos estaban fracasando a la hora de evitar que se produjera una catástrofe global, y en cambio se precipitaban hacia otra guerra mundial. «El mundo», le dijo a Max Nettlau, «ciertamente no está aprendiendo nada de la experiencia, y hoy parece que estamos en la misma posición que en 1914. De hecho, incluso en una situación peor y más peligrosa».54

También Goldman estaba convencido del desastre inminente. «Me temo que nos espera un periodo de reacción negra del que considero a Rusia totalmente responsable», escribió a la activista obrera Rose Pesotta. «Fue el régimen bolchevique el que introdujo el fascismo y enseñó a Mussolini y a Hitler la forma de exterminar la libertad y a los libertarios. Hizo más. Embriagó a las masas con el deseo del hombre armado y fuerte, el matón que puede salvarlas de tener que pensar o hacer algo por sí mismas. Y no sólo a las masas, sino también a toda la intelectualidad de cada país. Salvo que la intelectualidad ve en la dictadura y el fascismo una forma de hacer su papel en los buenos y cómodos trabajos. No piensen ni por un momento que soy pesimista. Sólo me enfrento a los hechos. Ni por un momento creo que el fascismo o el bolchevismo hayan llegado para quedarse definitivamente, ni siquiera por mucho tiempo. Pero permanecerá más tiempo del que me queda de vida. Es como una tremenda tormenta. Tiene que pasar por sí misma, y lo hará. Pero para que se vaya para siempre es necesario que nosotros, los anarquistas, mantengamos nuestra bandera en alto y hagamos oír nuestra voz en el actual desierto político. Es todo lo que podemos hacer. Y no es en absoluto poco».55

Cuando Hitler llegó al poder, convirtiéndose en canciller en enero de 1933, Rudolf y Milly Rocker sabían que sería peligroso para ellos permanecer en Alemania debido a su ideología anarquista y a sus actividades pro-judías, así como a la herencia judía de Milly. En marzo de 1933, poco después del incendio provocado en el Reichstag, tomaron el último tren que salía de Berlín hacia Suiza, justo antes de que los nazis sellaran la frontera. Rocker, que acababa de cumplir sesenta años, llevaba consigo el manuscrito de su principal obra, Nacionalismo y cultura, en la que había trabajado durante veinte años. Su biblioteca personal de 10.000 volúmenes, una de las últimas colecciones anarquistas privadas de Europa, fue quemada y sus bienes confiscados. Los Rockers se fueron a París y Londres antes de establecerse definitivamente en Estados Unidos.

«Me alegro de que estén fuera de Alemania», les escribió Sasha. «Sabiendo lo que son estos canallas, y conociendo las experiencias de Rusia en asuntos similares, espero lo peor. . . . Hay que mirar los hechos y las posibilidades a la cara, y hay que aprender del pasado. Salud y felicidad para ambos a pesar de los nubarrones. Un día el sol saldrá y traerá su calor y su luz».56 Si no hubiera escapado, Rocker seguramente habría compartido el destino de su compañero anarquista y escritor alemán Erich Mühsam, que fue arrestado en febrero de 1933, golpeado y mutilado durante su cautiverio, y finalmente brutalizado y estrangulado hasta morir en un campo de prisioneros nazi en julio del año siguiente.
Berkman, que había conocido a Mühsam en Berlín en los años 20 y había mantenido correspondencia con él durante la última década, quedó horrorizado por su detención y tortura. Tras la captura de Mühsam, Sasha expresó su angustia a Michael Cohn. «En cuanto a Alemania, las cosas allí mendigan toda descripción. . . . Afortunadamente, algunos de nuestros camaradas -en particular Rudolf y Milly Rocker- han logrado escapar con vida, pero muchos otros siguen en Alemania y no pueden salir. Algunos de ellos están en prisión, y no pocos han sido torturados, como Erich Mühsam, por ejemplo. Le golpearon, le obligaron a someterse a todas las indignidades y le arrancaron el pelo a puñados y le cortaron una esvástica en el cuero cabelludo con un cuchillo. Sin duda, estamos de nuevo en la Edad Media. Primero los bolcheviques, ahora los fascistas y los nazis».

Más tarde, cuando Goldman se enteró de la muerte de Mühsam, se quedó horrorizada. «Pensadores, poetas, escritores y músicos se hundieron en el salvajismo, todos sus logros fueron arrojados a la cuneta, manchados de sangre», se lamentó ante un amigo. «Erich Mühsam, que escribió un poema sobre Sasha para su sexagésimo aniversario, estaba entre los mejores poetas y escritores, fue golpeado repetidamente y torturado. El hecho es que los comunistas son los precursores del fascismo. Ni Mussolini ni Hitler han dado un solo paso original. Todo lo que han tenido que hacer es seguir y copiar fielmente los pasos dados por Lenin y Stalin».58

Berkman estaba convencido de que lo peor estaba por llegar. «El mundo se está volviendo demasiado podrido para vivir en él», escribió a Pauline Turkel en septiembre de 1934. «El fascismo se está extendiendo por toda Europa, y parece que dentro de poco habrá una lucha entre el fascismo y el comunismo. En octubre de 1935 les dijo a los Rockers: «Está claro que habrá otro holocausto, porque todos los gobiernos están preparados para ello, los militaristas lo desean y los Mussolini y los Hitler lo necesitan para mantener sus regímenes. Esta locura no tiene fin. Debo admitir que es un espectáculo muy pobre después de medio siglo de trabajo antimilitarista y de educación general de las masas».60
Goldman viajó a Inglaterra en noviembre de 1935 para dar una conferencia sobre Mussolini, Hitler y Stalin. Sintió que su postura antirrusa de una década había sido validada, escribiendo a Carlo Tresca que los «crímenes y horrores» que ocurrían en Rusia bajo Stalin simplemente habían crecido a partir del «legado maligno que le dejaron Lenin, Trotsky y los otros desgraciados que han sido asesinados a instancias de Stalin».61

No obstante, Goldman volvió a recibir una acogida hostil por parte de la comunidad radical británica. «Los comunistas salieron con toda su fuerza», dijo a Berkman después de un evento desordenado. «Hicieron de todo menos romper la reunión. Pero eso sólo se debió a mi presencia de ánimo y a mi autocontrol en la plataforma. Pero salí con un dolor espantoso en los pulmones y el pecho. Y hoy me siento como si me hubieran pasado por encima con una apisonadora. No me he encontrado con un grupo de gente tan salvaje, ignorante y fanática en mucho tiempo».62

«Ya ha pasado la época en la que había que tratar a Rusia de forma diferente a Italia o Alemania», respondió Berkman. «Expondría a Stalin en el New York Times, igual que expondría a Hitler, si me dieran la oportunidad».63

El 21 de noviembre de 1935, Sasha cumplió sesenta y cinco años. Sus camaradas en Estados Unidos, desde Nueva York hasta Los Ángeles, celebraron su vida y recaudaron dinero para su apoyo personal.64 Emma le escribió una carta especial que terminaba así: «Adiós mi querido, querido tolstogub, con todo mi corazón te deseo un gran cumpleaños, una salud muy mejorada y algún trabajo interesante y vital que te alivie del estrés económico y la ansiedad».65

Los extranjeros que lucharon por Mallorca (2022) – Antoni Janer Torrens


Antes de la creación de las Brigadas Internacionales, unos 200 voluntarios de nacionalidades diversas ya se enrolaron en la fracasada expedición republicana de Bayo, que desembarcó en el Levante de la isla el 16 de agosto de 1936

Mallorca, pronto volverá a hablar la tierra. Está previsto que en los próximos meses se ponga en marcha el IV plan de exhumación de fosas del franquismo, un proyecto por el que Baleares es pionero en el ámbito estatal. Una de las localizaciones que tocará excavar será la playa de sa Coma, en Sant Llorenç des Cardassar. Muchos turistas que hoy toman felizmente el sol desconocen que fue uno de los puntos donde el 16 de agosto de 1936 se produjo el desembarco de las tropas republicanas del capitán Alberto Bayo. Su intención era recuperar una isla, que de repente, un mes atrás, al estallar la Guerra Civil, había caído en manos de los militares insurrectos.

Se cree que en la playa de sa Coma puede haber enterradas cerca de 200 víctimas de diferente perfil: los que murieron en acto de guerra; los expedicionarios republicanos fusilados por su propio bando por cuestiones disciplinarias; ‘nacionales’ prisioneros; o los que, en el momento de la retirada al cabo de tres semanas, no estuvieran a tiempo de volver a embarcar. Igualmente, entre estos cadáveres, podría haber alguno de los cerca de 200 extranjeros que integraron la frustrada misión republicana, formada por cerca de 4.000 milicianos. Son datos inventariados por el historiador Gonzalo Berger, autor del reciente libro Las milicias antifascistas. Desde el verano de 2017, junto a otro historiador, Manuel Aguilera, también coordina el proyecto Espacios de la Batalla de Mallorca (www.batallademallorca.com).

Voluntarios olímpicos

El 17 de julio de 1936, el día del Alzamiento, en Barcelona ya había más de 5.000 personas congregadas para participar en la Olimpiada Popular, que debía inaugurarse dos días después. Era la alternativa a los Juegos Olímpicos que en agosto debían tener lugar en Berlín bajo la atenta mirada de Hitler, en el poder desde 1933. El estallido de la Guerra Civil abortó la celebración de aquella contraolimpiada antifascista. Entonces algunos de sus participantes extranjeros no dudaron en empuñar un fusil para defender a la República. Se encontraron sólo en esta misión. El 25 de julio Gran Bretaña del conservador de Stanley Baldwin había presionado para que 25 países, entre ellos la URSS, firmaran un pacto para garantizar la neutralidad internacional en el conflicto español. Detrás de esta maniobra estaba Winston Churchill, que, pese a estar fuera del gobierno que dirigía su partido, tenía una gran influencia.
El futuro primer ministro británico (el gran héroe de la Segunda Guerra Mundial) se había puesto en contacto con el gobierno francés del socialista Léon Blum, quien durante los primeros días de la contienda había enviado armas a la República. Le insistió en que era mejor que, en España, ganaran los militares insurrectos antes que ver a una república soviética en manos de “feroces sectas de comunistas, socialistas y anarquistas”. Con la consigna “Keep out of Spain”, Churchill también temía que, si las potencias europeas ayudaban a la República, podría producirse otro Sarajevo, tal y como había ocurrido en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, el pacto de no intervención no sería respetado ni por la Alemania nazi ni por la Italia fascista, que sí ayudaron a las tropas de Franco.

El proyecto más inmediato para los extranjeros olímpicos era la expedición republicana del capitán Bayo. “En esa columna –asegura Berger– también había franceses con linajes españoles. Eran descendientes de españoles que a principios del siglo XX, por cuestiones políticas o económicas, habían emigrado al sur de Francia y que, al estallar la Guerra Civil, vinieron hacia aquí a luchar”. El 2 de agosto todos ya zarpaban de Barcelona en dirección a Menorca, la única de Baleares que todavía resistía –lo haría hasta casi al final de la guerra. Aquellos combatientes internacionales se encontraron compartiendo barco con gente de diversa filiación política y no siempre bien avenida. La República compensaría sus servicios con un subsidio. El 7 de agosto Formentera estaba ocupada por otra columna de milicianos que había salido de Valencia bajo las órdenes del general Uribarri. Al día siguiente Eivissa ya recibía la visita de los expedicionarios catalanes, que no encontraron mucha resistencia. Y el 16 de agosto la misión de liberación se trasladaba al Levante de Mallorca.

Entre esos soldados olímpicos estaba un boxeador afroamericano de 25 años, Jack Contray, natural de Puerto Rico. El historiador Manuel Aguilera le ha podido identificar en uno de sus numerosos trabajos sobre la Guerra Civil. “Era conocido –dice– como ‘el negro’. Desde 1925 vivía con su familia en Valencia. Al ser herido en Mallorca, fue evacuado en contra de su voluntad. En 1939 sería repatriado a Nueva York”. Jaume Claret, profesor de la Universidad Abierta de Cataluña (UOC), es otro historiador que se ha preocupado de seguir la pista de algunos olímpicos extranjeros de la expedición de Bayo. Destaca Nat Cohen, un comunista judío londinense, trabajador de la industria textil. “Había llegado –asegura– a Barcelona en bicicleta junto a dos compañeros de la misma extracción social, Sam Masters y Alex Sheller. Los tres no dudaron en unirse a las milicias antifascistas”.

Mujeres combatientes


Cohen liderará el grupo anglosajón de la misión de Bayo. “Era –recuerda Claret– una operación impulsada contra el criterio del gobierno republicano, que desconfiaba de las intenciones de las autoridades catalanas”. Integrantes de aquella aventura mallorquina también había unas 130 mujeres -representaban cerca de un tres por ciento del conjunto. El británico se enamoró de una de ellas, Ramona Siles Garcia.

Al cabo de tres semanas, al fracasar la expedición, ambos pudieron reembarcar juntos hacia Barcelona. “La pareja –apunta el investigador– compartía el deseo de volver al combate. Entonces decidieron dar un nuevo impulso a su propia unidad, que ya habían creado durante sus acometidas en Mallorca. Se llamó centuria Tom Mann”. El 19 de septiembre de 1936 aquellos intrépidos combatientes protagonizarían una famosa foto del Daily Worker, periódico oficial del Partido Comunista Británico. Cohen caería herido en el frente de Aragón. Entonces Siles le acompañó hasta Inglaterra, desde donde siguieron la suerte de sus compañeros de centuria.

En Mallorca también tendría su bautizo de fuego la alemana Margarette Zimbal, alias Putz. Recientemente el dramaturgo Jaume Miró ha convertido su corta pero intensa vida en una obra de teatro, Les cançons perdudes, interpretada por Toti Fuster y Biel Bisquerra. Nacida en 1916 en Breslau (actualmente Polonia), su padre era un reconocido pintor que, pese a su condición de judío, ingresó en el partido nazi para conseguir una plaza de profesor en la universidad de Düsseldorf. Arrastrada por el ambiente familiar, la hija había ingresado en las Juventudes Hitlerianas. En 1933, a 17 años, dijo “suficientemente” y partió de Alemania con dos amigos en dirección a Madrid, donde se ganaron la vida haciendo de músicos.

Zimbal había visitado ya Mallorca antes de la Guerra Civil. Había entrado en contacto con la colonia alemana de Cala Rajada (Capdepera), que se había convertido entonces en un refugio de intelectuales judíos que huían del ascenso del nazismo. En julio de 1936 se encontraba viviendo en Sitges junto a su pareja Erwin Bresler Bibbel. Ambos se afiliaron al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). En agosto no dudaron en enrolarse en las filas del capitán Bayo. Él sería abatido en Portocristo. Ella, sin embargo, estuvo a tiempo de reembarcar hacia el Principado. Sin embargo, enseguida partió a luchar en el frente de Aragón, donde encontró la muerte el 22 de octubre. En la sede del POUM de Barcelona Zimbal recibiría un entierro multitudinario. Su cuerpo fue expuesto durante dos días para que todos los obreros contemplaran el cadáver de quien fue definida como «el prototipo de mujer revolucionaria».
Desmontando tópicos
En su obituario en el diario Front de Sitges, una compañera de partido de la alemana la reivindicaba de la siguiente manera: “Luchaba como un hombre; empuñaba el fusil y disparaba sin cansancio, aguantando impasible la metralla fascista. Luchaba valientemente como sólo saben luchar quienes como ella dan la vida por la revolución socialista, por la emancipación de las masas oprimidas”. Este perfil de Zimbal contrasta con el que le hizo el diario La Vanguardia. El titular que acompañaba la foto de sus emotivas exequias en el cementerio de Montjuïc decía: «Entierro de una enfermera».

El historiador Gonzalo Berger es contundente en este punto: “No es verdad que combatientes como Zimbal fueran enfermeras. Los archivos consultados constatan que eran mujeres que luchaban con un fusil en sus manos. Tenían una fuerte conciencia política”. Berger se ha preocupado de desmontar todos estos tópicos en el libro Les combatents. La historia olvidada de las milicianas antifascistas (2021), coescrito con Tània Balló. Sus investigaciones también pueden seguirse en el Museo virtual de la mujer combatiente, donde aparecen nombres de otras extranjeras que combatieron en Mallorca como la polaca Jeannette Bloch o la francesa France Alberti.

Las Brigadas Internacionales

El 18 de septiembre de 1936, dos semanas después de la retirada de la expedición de Bayo de Mallorca, se ponía en marcha el reclutamiento de las famosas Brigadas Internacionales. Su papel en la Guerra Civil puede seguirse en el libro del historiador Jaume Claret Breve historia de las Brigadas Internacionales (2016). “Fue –dice– idea de la Internacional Comunista, también conocida en inglés como Comintern. Mientras en la Unión Soviética tomaban fuerza las purgas de Stalin contra cualquier disidencia, el Comintern propugnaba reunir a todas las fuerzas posibles en la lucha contra el fascismo en España”.

En un primer momento el gobierno del socialista Largo Caballero se opuso a esa ayuda soviética. El epicentro del reclutamiento fue París. El 14 de octubre de 1936 ya llegaron en tren hasta Albacete los primeros voluntarios internacionales, que establecieron en la ciudad manchega su base de operaciones. Con remuneración asignada, procedían de más de 50 países (Francia y Polonia fueron quienes aportaron más). Aunque había algún veterano de la Primera Guerra Mundial, la mayoría tenía una experiencia militar más bien escasa. Solían ser jóvenes de extracto social obrero. Quien se intentó enrolar sin éxito en las Brigadas Internacionales fue el escritor inglés George Orwell, entonces de 33 años. Sus diferencias con el Partido Comunista británico hicieron que acabara luchando en España desde las filas del POUM. En 1938, al volver herido a Inglaterra, relataría aquella experiencia en Homenaje a Cataluña.

Se calcula que se llegaron a movilizar a cerca de 34.000 “voluntarios de la libertad”, en palabras de la propaganda republicana. «Sin embargo -asegura Claret- sobre el terreno nunca se superaron los 20.000 efectivos, ya que las estancias fueron cortas y los relevos, frecuentes». En el bando ‘nacional’ el número de voluntarios fue escandalosamente superior: más de 70.000 italianos, al menos 50.000 marroquíes, unos 18.000 alemanes, cerca de 10.000 portugueses y otros 2.000 de otras nacionalidades. Son datos que aporta Antonio Carzorla en el libro Franco. Biografía del mito (2015). “Que la historia –escribe– haya prestado más atención a las relativamente pequeñas Brigadas Internacionales que a los mucho más numerosos, bien armados, entrenados y encuadrados soldados de las potencias fascistas, se debe tanto a la mitología internacionalista de la izquierda como a los esfuerzos del franquismo por esconder que los ejércitos ‘nacionales’ no lo eran tanto”.


La elevada mortalidad de los brigadistas internacionales y su descoordinación hizo que en septiembre de 1938 el presidente del Consejo de Ministros Juan Negrín ordenara su retirada. El 28 de octubre, en Barcelona, ​​se les hizo un emotivo desfile de despedida ante un público de más de 200.000 personas. “Con ese gesto –afirma Claret– Negrín aprovechaba para eliminar uno de los recursos retóricos del franquismo y de sus aliados (la supuesta masiva presencia extranjera) y pretendía forzar que Franco hiciera lo mismo, algo que no ocurrió”.

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https://www.arabalears.cat/societat/estrangers-lluitaren-mallorca_130_4465630.html

Apuntes para una aproximación biográfica a Florentino Galván Trias basada en conversaciones con su hija Engracia en 2007 y 2008 (2008) – Los Gimenólogos

Florentino a los 18 años


Apuntes para una aproximación biográfica de Florentino Galván Trias realizada a partir de conversaciones con su hija Engracia en 2007 y 2008 [2].

Florentino Galván Trias


Hemos incluido los valiosos comentarios de Petra Gracia Mayor, nacida en Zaragoza el 6 de julio de 1912 [3]. Su hijo Tomás tuvo la amabilidad de transmitir nuestras preguntas y sus respuestas.

También hemos utilizado elementos de los escritos de otros protagonistas o comentaristas de esta historia.
Las referencias entre corchetes son nuestras.

Florentino Galván Trias nació el 26 de febrero de 1905 en Encinasola (Huelva). Era hijo de Florentino y María. Murió en 1966 en Francia, cerca de Vierzon (Cher).
Cuando el padre de Florentino murió en Encinasola en 1909, su madre regresó a Zaragoza, su lugar de nacimiento, con sus cinco hijos: dos niños y tres niñas, dos de los cuales murieron en la adolescencia. Trabajó duro para criarlos.
Florentino se formó en las Escuelas Pias de Zaragoza [4]. En su último año, 1917, los profesores de religión aconsejaron a su madre que cursara estudios superiores, para los que parecía tener talento. Debido a la falta de fondos, esto no fue posible.
La familia de su madre le encontró a Florentino un puesto en el reconocido bufete del abogado Monterde [5]. Permaneció allí hasta 1919: tenía la intención de convertirse en abogado, pero no le gustaba la mentalidad derechista de algunos colegas y prefirió marcharse.

De 1919 a 1921, Florentino trabajó como funcionario en la Audiencia de Zaragoza. Luego, a los 16 años, apasionado por los toros [6], se unió a un grupo de jóvenes aficionados y se hizo banderillero.
Desde 1921 hasta 1926 trabajó en la Casa Rizo, una cerrajería de la Avenida Hernán Cortés. Se le consideraba un muy buen trabajador. Con el beneplácito de su jefe, Florentino trabajaba seis meses al año como cerrajero, y durante los otros seis meses recorría la plaza de toros española.

De 1926 a 1929 hizo el servicio militar en Marruecos, de donde regresó completamente asqueado, sobre todo por el comportamiento celoso de sus superiores, que enviaban a los soldados a la muerte en ataques mal organizados, con el único objetivo de ascender de rango. Fue entonces cuando Florentino se interesó por las ideas libertarias. Tomó contacto con el movimiento tan pronto como regresó.

De 1929 a 1936, considerando que sus actividades militantes eran lo primero, Florentino dejó de torear [7]. Fue contratado por la empresa La Veneciana [8], todavía como cerrajero. Le ofrecieron un puesto de capataz, pero lo rechazó porque no encajaba con sus obligaciones como presidente del «sindicato del vidrio» de la CNT [9].
Sus actividades militantes le llevaron a la cárcel en 1931 y 1932.

Engracia a la edad de unos tres años


En 1932, Florentino se casó con Carmen Mingotes Sánchez [10]. Los padres de Carmen querían que su hija se casara por la iglesia y no asistieron a la boda. Aunque apreciaban las cualidades morales de Florentino, no les gustó que Carmen se comprometiera con un anarquista y rompieron con ella.

Florentino era muy activo: «¡Primero, la Organización!» y Carmen se entristeció al ver que no estaría presente en el nacimiento de su primer hijo, ya que la CNT lo envió a una gira de propaganda al mismo tiempo. La familia de Florentino vivía en el barrio de Las Delicias, donde Carmen dio a luz [11] a Engracia [12] el 21 de abril de 1933. Desde el primero de mayo, Carmen lo llevó a la excursión habitual de las Juventudes Libertarias.

La familia Mingotes en Zaragoza

[Testimonio de Petra sobre la juventud de Florentino en Zaragoza, transcrito por Tomás]:

«Conocía bien a Florentino Galván; eran muy buenos amigos y lo recuerda muy bien. Vivía en la calle San Pablo [13], cerca del mercado central, en el casco antiguo, y aunque no era miembro de la FIJL – «porque formaba parte de los mayores que se ocupaban más de CNT» [14] -a veces iba de excursión con el Grupo Central de la FIJL, al que pertenecía mi madre [15]. Estas excursiones, que duraban todo el día, tenían lugar en Ranillas, un pequeño bosque cercano al Ebro [16].

Jóvenes libertarias de Ranillas

Florentino viajó a Madrid y Sevilla en 1933, enviado por el Comité Nacional de la CNT para preparar el levantamiento de diciembre, tras lo cual fue detenido.

Florentino fue encarcelado en la prisión de Predicadores [17] en Zaragoza, donde también estuvieron presos Antonio Ejarque, Ramón Álvarez, el doctor Alcrudo [18], Durruti y muchos otros [19]. En ese momento, los padres de Carmen cuidan de ella y de Engracia, y hacen cestas de comida para que Carmen lleve a la cárcel a Florentino, que las comparte con sus compañeros de prisión. Engracia y su madre fueron entonces a visitar a Florentino, que fue trasladado a Pamplona: guardaron la carta que el Centro penitenciario de Pamplona les envió el 3 de abril de 1987, en respuesta a una petición de Carmen: en ella se dice que los expedientes de los presos de 1933 no pueden ser comunicados a las familias porque «fueron destruidos durante los motines de 1978».

[Petra-Tomás]:
«Tras los sucesos de diciembre de 1933, Petra se encargó con una compañera de la FAI, Trinidad Tolosona, de visitar a los presos de Predicadores [20], como enlace; y fue especialmente con Isaac Puente con quien habló. Es posible que en ese momento Florentino fuera encarcelado con Durruti, pero no recuerda a todos los compañeros que fueron detenidos. [Recuerda, sin embargo,] que los expedientes de algunos de los detenidos fueron robados: mientras algunos de sus amigos [21] entraban en los juzgados, jóvenes libertarios, entre ellos mi madre, hacían guardia fuera por si aparecían «secretas», ya que a pesar de ser secretas los conocíamos a casi todos… Cree recordar que fue a principios de la primavera de 1934, cuando visitaba a los Cenezes encarcelados».

Florentino contó más tarde a su hija que a principios de 1934 los jóvenes libertarios consiguieron de la Audiencia los expedientes de algunos de los activistas detenidos. Esto coincide perfectamente con los recuerdos de Petra [22].
Él mismo fue liberado antes que los demás a principios de 1934, tras un error administrativo. Continuó su vida como activista y conferenciante y participó en muchas conferencias en las que fue muy apreciado por su capacidad de llegar a su público popular. Engracia recuerda que un día ella y su madre le acompañaron a Barcelona en un tren fletado por la CNT.
En febrero de 1936, Florentino era miembro del Comité Regional de Aragón. Se encargó de reorganizar los sindicatos campesinos con Saturnino Carod.
Galván estuvo presente en el congreso de mayo de 1936 en Zaragoza como coorganizador.

Julio-octubre de 1936

Según Engracia, a mediados de julio de 1936, «la CNT se había puesto en contacto con el gobernador de Zaragoza. Los cenetistas le habían expresado su preocupación. Se habían enterado de que los fascistas estaban planeando un mal golpe y lamentaban no tener armas para defenderse. De hecho, todas las armas que poseían habían sido entregadas a los asturianos en 1934 [23]. El gobernador les había tranquilizado: «Si hay alguna novedad, os lo haré saber. «Lamentablemente, no pudo hacerlo, ya que fue secuestrado inmediatamente [24].
Más tarde (¿en 1937 o 1938?), en Valencia, un guardia civil, en presencia de Galván, le dijo: «Si hubiéramos podido avisarle, le habríamos dicho que las cosas iban a ir mal.

[¿Qué ha pasado concretamente? [25]] La CNT-FAI de Zaragoza había anticipado el golpe militar y lo había denunciado claramente desde el 16 de julio. ¿Por qué no adoptó ninguna medida concreta para oponerse a ella? Esta es una pregunta que muchos se han hecho
En la primera quincena de julio, Miguel Abós y Miguel Chueca se reunieron con el gobernador civil, Vera Coronel, que era masón como Abós. Dos o tres días antes del 18, el Comité Regional de la CNT convocó una asamblea de militantes de Zaragoza. Los dos hombres mencionados expresaron opiniones radicalmente diferentes: Abós propone confiar en el gobernador civil y en el general Cabanellas (otro masón). A él se unieron Antonio Ejarque, Servet Martínez, Francisco Muñoz, y los faístas Joaquín Aznar, Adolfo Arnal, secretario de la Federación Local de Sindicatos, y también Benito Esteban [26]. Chueca sugirió que se prepararan inmediatamente para la batalla y buscaran armas, creyendo que el gobernador preferiría una victoria fascista a la de los anarquistas. Una pequeña minoría, entre ellos el metalúrgico Francisco Garaita, apoyó su posición. Francisco Ascaso, Miguel Jiménez Herrero y los hermanos Alcrudo estuvieron ausentes, al igual que Ramón Acín.
Borrás rebate en parte esta versión de los hechos presentada por Lorenzo:
«Es muy verosímil que, de haberse celebrado esa asamblea, los personajes que Lorenzo señala hubiesen adoptado la posición que les atribuye. En efecto, desde 1932 Chueca era el hombre que quería resolver todos los problemas por la violencia, mientras que Abós era partidario de analizar todas las situaciones, en vista de resolverlas sin recurrir a la violencia. Lo que ya no es tan verosímil es que esa asamblea tuviera lugar, pues, en tal caso, no es la postura de Abós la que hubiese sido mayoritaria. En realidad, los partidarios de Abós eran una minoría en Zaragoza […]. La mayoría orgánica estaba inspirada por la tendencia dura, ortodoxa o radical, como quiera llamársele. Por otra parte, es poco serio cargar la responsabilidad de lo ocurrido en Zaragoza, la noche del 18 al 19 de julio, sobre un solo hombre, fuese este quien fuese, porque ¿ qué hicieron los «duros» en aquella fatídica noche? Todos los datos de que disponemos coinciden en señalar que quienes dieron públicamente la cara, fueron Abós, Arnal, Melero y Vallejo, entre los moderados, y Ramón Andrés, con Santaflorentina, entre los radicales.» (Borrás, 1983, p. 93.)

En cualquier caso, ¿por qué la militancia aragonesa no se organizó en cuadros y Comités de Defensa como se había propugnado el 14 de febrero de 1936? Volvamos a leer a Borrás sobre este punto:
«Finalmente, mientras en algunas ciudades, como Barcelona, los anarcosindicalistas ponen en pie un plan de defensa contra el golpe reaccionario, en Zaragoza, de la que depende la suerte de Aragón y quizá la de España, nada se tiene previsto. A lo sumo, los cenetistas zaragozanos constituyen sus cuadros de Defensa y forman el Comité local de éstos, que está compuesto por Manuel Ucedo, Miguel Vallejo e Hipólito Melero. Pero estos cuadros de Defensa son nominales. No disponen de armas, están muy quemados y casi diríamos exangües, a consecuencia de las duras luchas sostenidas en 1933 y 1934. La «gimnasia revolucionaria» se había evidenciado, aquí, contraproducente. La única facultad que tienen esos Comités es que, para que la Organización actúe al unísono, los militantes deben esperar las directrices que emanan de los Comités responsables, en lugar de hacerlo por iniciativa propia.» (ibidem.)

Por lo tanto, las conversaciones entre el gobernador y la CNT, la UGT y los partidos de izquierda [27] continuaron hasta el momento (18 de julio) en que los facinerosos saquearon el stock de armas que se les había negado a los trabajadores. Los libertarios entraron en pánico, se mantuvieron a la defensiva y convocaron una huelga general que comenzó el domingo 19 [28]. Una delegación de la CNT intentó un nuevo acercamiento al comandante en jefe de la guarnición y fue amenazada con la detención. Después de un juego turbio, el general Cabanellas cambió de opinión y se convirtió en el portavoz de la facción. Mientras García Oliver hacía patéticos llamamientos por radio a los militantes de la CNT-FAI para que se «lanzaran contra el enemigo», los dirigentes aragoneses pedían a los trabajadores que se quedaran en casa con calma y disciplina [29]. Policías, guardias civiles, guardias de asalto y falangistas obligaron a los trabajadores a volver al trabajo y comenzó el tiroteo. La huelga duró otros diez días, pero frente a la violencia fascista, los 30.000 trabajadores organizados pero desarmados de Zaragoza no fueron rival para ellos. Los soldados rasos de la guarnición, también aterrorizados, fueron consignados, y el 24 de julio llegó en tren un contingente de 1.200 requisitoriados navarros para intensificar la represión e intensificar la caza de sindicalistas e izquierdistas.

[Leamos el testimonio de Petra, que añade detalles de gran importancia [30]].

«El sábado 18 de julio pasó por la sede de la CNT en Zaragoza y tras hablar con algunos compañeros, se fue con la sensación de que confiaban en la promesa del Capitán General, un tal Cabanellas, de permanecer en el campo de la legalidad republicana. En cualquier caso, el Ayuntamiento ya había hecho saber que el reparto de armas estaba descartado; y el gobernador civil, un socialista asturiano [31]], que sería fusilado por los militares poco después, también abogó por la espera pacífica. A pesar de ello, los militantes de las JJLL, la CNT, la FAI y los grupos de afinidad (algo intermedio entre la FAI y las Juventudes Libertarias [32]) deambularon hasta muy tarde por el centro: suben y bajan por el paseo de la Independencia… pero no pasó nada y poco a poco se fueron acostando. Las primeras detenciones comenzaron a producirse durante la noche, al igual que las primeras salidas de Zaragoza. Al día siguiente, domingo [19 de julio], se celebró una reunión en la que no se aceptó la oferta realizada por un funcionario del ayuntamiento de Castillejos [33]. Según ella, la falta de reacción del sábado 18 se debió a la falta de experiencia de los jovencísimos amigos que acababan de hacerse cargo del Comité Local. También dice que si un amigo llamado Benito y apodado Terremoto hubiera estado esa noche en el Paseo de la Independencia, es probable que hubiera pasado algo. Pero este amigo acababa de ser padre unos días antes y no vino esa noche [34]. Por otra parte, los amigos que andaban por ahí la noche del 18 de julio no tenían mucho equipo: mi madre me dijo que en su grupo, por ejemplo, sólo tenían una estrella…».

Volvamos a la historia de Engracia:
«Mamá me dijo: La culpa fue del Abós, se desmoralizó y les dijo que estaba todo perdido [35]». La Falange disponía de un fichero de militantes, elaborado por sus informadores, entre los que se encontraba un tal Rocatallada [36] que se había infiltrado en el movimiento. Así comenzó la caza de los líderes más conocidos. «La policía y los falangistas llegaron al barrio de Hernán Cortés en camiones, bloquearon las calles y registraron las casas. Hubo una gran confusión entre los libertarios: el resto de los activistas se escondieron, o huyeron de Zaragoza.» Cuando su madre murió en 1992, Engracia escribió unas líneas sobre ese intenso momento de terror que vivió la familia: cómo los más pequeños y los mayores tuvieron que esconderse debajo de las camas, en los armarios de la casa de una familia amiga que se arriesgaba a morir [37].
El abuelo materno de Engracia (republicano) y su tío Benito son encarcelados [38]: ella recuerda haber ido a visitarlos con una amiga de su madre. La policía buscaba activamente a Florentino y acudía a su casa a cada momento. El 24 de julio, los falangistas encontraron a Jacinto Mingotes [39], hermano de Carmen, al que tomaron por Florentino. A pesar de las protestas, se lo llevaron y al cabo de unos días lo fusilaron. Un documento del Centro penintenciario de preventivos de Zaragoza, del que la familia obtuvo una copia en 1987, señala que «en los archivos de este centro existe un ‘expediente de excarcelaciones’ en el que aparece que Florentino Galván Trias […] encarcelado en este centro el 24 de julio de 1936 a disposición del gobernador civil de la provincia, fue puesto en libertad el 26 de julio de 1936 por orden del gobernador».

Aquí es donde cualquier investigador debe cultivar el arte de desconfiar de los documentos oficiales: aquí sabemos que el hombre que las autoridades tomaron por Florentino Galván fue asesinado el 26 de julio, y que su cuerpo está en la fosa común detrás del cementerio, cerca de la cárcel, junto a los de los demás fusilados.
Dado por muerto, Florentino se arriesgó a esconderse en la casa de su madre, como explica Engracia:
«Estuvo escondido en Las Delicias, en casa de mi abuela María, su madre. Mi tía Engracia, su hermana, no quería que mamá fuese a ver. Le decía : » Eres muy imprudente, te pueden seguir y llevarnos la policía a casa. «Pero mamá pensaba que para la policía, papá estaba muerto».
Carmen entonces llora a Florentino y advierte a su hija que si la policía la visita, «¡No hables! No decir su verdadero nombre, sobre todo no hablar de su padre: esa era la existencia de esta niña de tres a cuatro años.
Carmen escondió documentos y libros en un agujero del patio de la casa del barrio Hernán Cortés [40]. Una amiga, Antonia [41], la acogió a ella y a su hija. Otra amiga, María Udejo, les proporcionó alojamiento; su nueva dirección sería la calle San Pablo.
Como muchos otros, Florentino esperó el momento adecuado para «cruzar». La gran esperanza de los militantes era que las columnas anarquistas entraran rápidamente en Zaragoza. Petra cuenta que «cuando la columna de Durruti se acercó a Zaragoza, los compinches se movilizaron sobre la ciudad y sus alrededores inmediatos; la columna habría tenido vía libre si hubiera continuado en lugar de detenerse en Belchite [42]. Recuerda que un avión republicano pasó muy, muy cerca de donde estaba su grupo, pero que sólo lanzó panfletos… La gran frustración de mi madre no fue tanto el 18 de julio, sino la noche en que toda la militancia de Zaragoza esperaba la entrada de la columna de Durruti», añadió Tomás.

Engracia: «Papá pasó al otro lado el 12 de octubre de 1936, al día de la fiesta del Pilar». Es exfiltrado por «hijos de la noche» de Fuendetodos, bajo el control de la centuria anarquista Carod.

«El 21 y 22 de septiembre de 1936, un grupo de 140 libertarios ocupó Fuendetodos, allí se hicieron fuertes y resistieron las acometidas de falangistas que querían recuperar el pueblo. A los pocos días comenzaron a darle vueltas a la cabeza pensando en qué podían hacer para sacar a sus compañeros de Zaragoza que estaban siendo víctimas de una sangrienta represión. Los más decididos pensaron en organizar huidas para salvar mejor a sus compañeros. Cuatro o cinco guerrilleros llegaron a Zaragoza, tomando la Plana María y el Monte de Torrero; una vez en la ciudad se pusieron en contacto con la CNT, que ya había organizado la huida. Los que iban a llegar estaban citados en un lugar a una hora determinada del día, y daban el paso más importante, ya que el vuelo a Fuendetodos era de casi cinco kilómetros. Con este esquema realizaron evasiones durante octubre, noviembre y diciembre de 1936 y enero de 1937. Sacaron de Zaragoza a cientos de compañeros libertarios y también de otras organizaciones de izquierdas. Lo hacían bien por Venecia, bien por el barranco de la Muerte en el barrio de Torrero. Tuvieron que dejarlo por dos motivos, uno fue que los franquistas estaban al acecho y era casi temerario continuar, la otra que el frente de Madrid demandaba hombres para defender la ciudad.» [43]

Petra, que se quedó en Zaragoza, comenta, de nuevo a través de la pluma de Tomás:
«Mi madre conocía a las personas que llevaban a los compañeros a la Zona Roja (se habían ofrecido a llevarla pero ella no había querido). Pensó que Galván podría haberse marchado después de la reunión clandestina que había tenido lugar al día siguiente del levantamiento en La Arboleda [44], a las afueras de Zaragoza, donde el militar del cuartel de Castillejos se había ofrecido a ayudar a la CNT a tomar el cuartel. Mi madre no recuerda muy bien si Galván fue uno de los que salieron de Zaragoza esa noche, pero cree que es posible porque muchos de los compañeros que asistieron a la reunión se fueron en ese momento […]: efectivamente hubo muchos intentos [de fuga] y muchos fracasos: Isidro, uno de los hermanos de mi madre, lo intentó a finales de 1936 y acabó en la cárcel, donde mi madre se unió a él poco después; otro hermano, Joaquín, fracasó, también acabó en la cárcel y murió de malaria; y un tercero, Manolo, fue fusilado por intentar cruzar las líneas después de desertar. [45] «
Carmen y Engracia no pueden unirse a Florentino. Cruzar las líneas con un niño pequeño es peligroso porque el llanto puede alertar a los franquistas [46]. Los compañeros vinieron varias veces a ofrecerle el paso, pero Carmen se negó a irse sin su hija.

Petra Gracia en Zaragoza en 1940

Octubre de 1936 – Enero de 1966
«Cuando yo [47] salí de Zaragoza, llegué a Fuendetodos y en el primer parapeto, un miliciano me dijo: «Tú eres Galván. «Sí, yo soy Galván, o mejor dicho lo que queda de Galván ; y tú ¿quién eres? «Yo soy de Alcaine. » En aquel pueblo había estado yo días antes del 19 de julio, muy pocos días y allí habíamos dado un mitin y habíamos constituido un sindicato ; y el compañero me dice : » Que grande es esto, a los 15 días de venir tú a decirnos lo que es el comunismo libertario, en el pueblo ya viven en comunismo libertario. «

Cuando se sale de Zaragoza en las condiciones que yo salía, no sé como explicaros la impresión que a mí me causaron aquellas palabras. Las fuerzas que cubrían aquel sector estaban mandadas por el que conmigo habló en aquel pueblo, Saturnino Carod ; y yo naturalmente fui a hablar con Carod para que el me dijera algo. Carod me dijo : » Mira, como vienes tan débil, vete a Caspe, estate allí una temporada y luego tiempo tendrás de ver y saber todo lo que pasa. «

Fui a Caspe y al otro día con el secretario de la Comarcal de Valderrobles, fui a pasar unos días a Beceite […] y es en Beceite donde por primera vez vió funcionar un pueblo en régimen colectivista [48].»

Galván y los milicianos en el frente


Florentino se incorporó entonces al Consejo de Aragón en Caspe [49] y trabajó allí como subsecretario de Agricultura con el consejero Miralles. Se quedó con la Señora Vicenta [50]. Más tarde también recordaría a Josefina, la cocinera.

Por otro extracto de sus apuntes sobre las colectivizaciones, sabemos que Galván también se quedó en Teruel:

«Ya bastante adelantado aquel invierno de 36-37, fui delegado por el Comité Regional de Aragón y Navarra a la parte alta de Teruel y me puse en relación con un comité constituido en Manzanera y que se llamaba «Comité enlace UGT-CNT del Teruel liberado». Este Comité, formado por tres compañeros de la UGT y tres de la CNT tenía la misión de organizar aquellos pueblos y extendía su actuación desde Aliaga hasta algunos pueblos de la sierra de Albarracín, pasando por lo que se llama la Sierra del Pobo. […] Estos compañeros [de Beceite] ayudaron al Comité con tanto calor que para mi concepto en esta región fue una obra más claramente revolucionaria. Y lo más grande de todo esto es que allí CNT y UGT que laboraron en conjunto». (pp. 15 y 16.)

Cuando el ejército de Líster arrasó con parte de los pueblos colectivizados de Aragón [51] y arrasó con Caspe, Florentino fue detenido con un ingeniero. Esperaban ser ejecutados pero fueron liberados gracias a la intervención de compañeros (entre ellos Muñoz).

En la Enciclopedia histórica del anarquismo español, Asociación Isaac Puente, 2008, de Miguel Iñiguez, se hace un repaso de las múltiples actividades confederales de Galván en este periodo:

«Miembro de la Junta de Seguridad de Aragón creada en enero de 1937. En julio de 1937 se reunió en Barbastro con Vallejo y Evelio Martínez. Tras el Pleno Regional de septiembre de 1937 se integró en el Comité Regional de CNT (en representación de Zaragoza) […] asistió al Pleno Económico valenciano de 1938.»

Según Peirats, en agosto de 1937, «el nuevo Comité Regional de la CNT quedó formado por los siguientes miembros […] por Zaragoza: Feliciano Subero, Florencio [sic] Galbán y Ricardo Madrigales».

Durante este periodo, Florentino se movía constantemente: además de las conferencias y los plenos, comprobaba la marcha de las comunidades.
Se reconoce oficialmente que perteneció al Ejército de la República como comisario [52]. Uno de sus recuerdos más vívidos del frente es el de aquellas armas de guerra rusas que no funcionaban y que herían a los jóvenes soldados en la cara porque los mejores fusiles se entregaban a las tropas comunistas.

Gracias a los recuerdos de Engracia y a los documentos administrativos que la familia ha conservado, podemos seguir el camino no elegido de Florentino Galván que se refugió [53] en Francia en 1939 con una identidad falsa. De febrero a septiembre, trabaja en Lyon y se da de alta en la seguridad social, esta vez con su nombre real. De octubre de 1939 a junio de 1940, trabaja en la empresa «Précision Moderne» de Vierzon [54] como obrero metalúrgico. Estuvo desempleado del 1 de julio al 5 de noviembre de 1940.

Galván en la fábrica de Vierzon

A menudo iba al bosque a cortar leña para ganar algo de dinero, y allí se encontraba con otras personas que hacían lo mismo o que se escondían. Intentaron ayudarse mutuamente, pero él fue detectado como «rojo», probablemente por la oficina de trabajo de Bourges. Detenidos por los alemanes con otros cuatro militantes españoles, les dijeron: «¡O vais a Alemania o os entregaremos a la Gestapo! El 15 de noviembre de 1940 fue enviado a un campo de trabajo en Alemania. Florentino trabajó primero en una fábrica como montador en Premnitz, cerca de Rathenow [55]. Más tarde fue trasladado a una fábrica de aviación en Brandenburgo.

Galván en 1942 o 1943

Tras cinco años de separación, que fueron muy duros para él, su mujer y su hija «se enteraron por la Cruz Roja de que estaba gravemente enfermo. Intentaron contactar con él: un amigo ayudó a Carmen a ponerse en contacto con el consulado alemán en Zaragoza, donde trabajaba. Se solicitó un visado para reunirse con Florentino Galván, internado en un campo alemán: fue obtenido y expedido por la secretaría del almirante Canaris. Carmen y su hija abandonaron Barcelona en octubre de 1941. Cuando llegaron a Alemania, se instalaron en el pueblo cercano a donde trabajaba Galván: fueron muy bien acogidos por los lugareños. «Parece que no eran conscientes de todas las implicaciones de una guerra. España estaba demasiado lejos de sus hogares y problemas», comenta Engracia. [56]

La familia vivió allí durante dos años, hasta el 11 de diciembre de 1943. Florentino se reunía con ellos todas las tardes después del trabajo. Volvió a escribir textos sobre España y los escondió en la casa, pero un día, al considerarlo demasiado peligroso, lo quemó todo.

El 2 de octubre de 1942 nació en este país un hijo, también llamado Florentino, pero Carmen tuvo problemas de salud y la familia pidió que la enviaran de vuelta a España. Mientras tanto, Florentino había mantenido el contacto con los anarquistas españoles que vivían en Vierzon [57]. Se concedió el regreso a España y, obviamente, todos bajaron a París. La salida de Alemania tuvo lugar durante la debacle de los bombardeos, de los que Engracia guardará un vivo recuerdo. Los documentos y las fotos se perdieron en una mochila en el andén de la estación de Brandenburgo.

De vuelta a Francia, Florentino trabajó en las Fonderies d’Aciers Spéciaux de Bourges desde el 15 de diciembre de 1943 hasta septiembre de 1944. Tras unas semanas de desempleo, es contratado de octubre de 1944 a mayo de 1945 por la empresa de obras públicas DEHE et Cie en Levallois-Perret. De mayo de 1945 a mayo de 1946, trabajó en el campo aéreo de Avord.

Engracia y sus padres en 1949

La familia Galván se trasladó a Vierzon en el verano de 1946 [58]. Florentino participó en las actividades de la CNT y en sus reuniones (incluida la de Vierzon), y siguió escribiendo.

Engracia conserva dos folios mecanografiados por su padre: se trata del acta de la reunión celebrada el 28 de julio de 1946 por la Federación local de Farges para discutir el orden del día del próximo Pleno nacional de Regionales (previsto para el 25 de agosto de 1946). He aquí un extracto del principio del texto:

«MLE-CNT Francia. […] Por todos los Comités, tanto Locales, Departamentales, Regionales y Nacional, se acusa una apatía en el seno de la organización confederal, que de persistir encierra un peligro para la vitalidad de la CNT. Que esta situación anómala es debida a la inactividad a la que estamos condenados en Francia.

Que esta inactividad, donde más se nota, es en las asambleas de las Federaciones Locales, que son absorbidas por la lectura de circulares y más circulares, muchas de ellas fuera de actualidad, ya que llegan con un gran retraso a conocimiento de la militancia.»

Presentó una amplia propuesta de protesta a nivel internacional que sería enviada por el CN del MLE-CNT de Francia «al antifascismo internacional, a los partidos y organizaciones políticas en el exilio y a los del interior de España [59]».

«Casi todos los compañeros de mi padre, entre los amigos más cercanos que no fueron asesinados, se fueron a Sudamérica. Se negó a seguirlos, pensando que permaneciendo en Francia podría contribuir a ahuyentar a los franquistas. Estaba en contacto con Domingo López [60], fabricante de cuchillos en Tarbes, que a su vez estaba en contacto con los clandestinos en España que esperaban órdenes en 1946-1947, y en contacto con los guerrilleros en los Pirineos, que cruzaba a menudo [61]».
Pero a partir de 1946, se dieron cuenta de que no había nada más que hacer.

La moral estaba muy baja para todos estos militantes españoles. Engracia recuerda que Florentino pronunció un vibrante discurso en el funeral de un amigo aragonés en Vierzon, José Larrosa, que había muerto en la miseria.

Galván en los funerales de José Larrosa


Galván escribió varias veces sobre lo que había visto y pensado, pero en el curso de su nueva vida la mayoría de los documentos se perdieron. En 1947, escribió un texto manuscrito, Comunidades de Aragón. En estas siete páginas de narración y análisis, Florentino se dirige a sus colegas; este puede ser el texto de una futura conferencia.

He aquí un último extracto que trata del comunismo libertario en Beceite (Caspe) (pp. 10-14):

« La noche que yo llegué asistí a una asemblea de la colectividad […] y me dí cuenta como se había organizado el aspecto trabajo. En Beceite había una pequeña fábrica de papel, mejor dicho de cartulina especial que se enviaban a las fábricas de mapas la cartulina que allí se hacía. De un gran edificio anexo a la fábrica, antiguo cuartel de la guardia civil, habían hecho un taller de costura colectivo y al mismo tiempo lo que aquí llamaríamos escuela profesional, es decir aquellas mujeres mas aptas daban a las niñas ya de 14 a 16 años lecciones de corte y confección. Los artesanos del pueblo también trabajaban en colectividad y para la colectividad pues bien en aquella asamblea que asistía en gran número los colectivistas se trataba de una manera clara y sencilla, concreta, las cuestiones del trabajo. Las tierras se habían dividido en partidas y de cada partida se encargaba un número de trabajadores ; para cada grupo de trabajadores había un delegado y para todos los trabajadores del campo habían nombrado una especie de consejo compuesto por los que se le reconocía mas capacidad en cuestiones campesinas.

La sencillez con que discutían las cuestiones del campo, las intervenciones en el sentido profesional, la petición de la delegada del taller colectivo de costura y confección que plantea a la colectividad la necesidad que vayan al taller 10 o 15 mujeres más, pues han recibido del frente un pedido de 200 pantalones de pana, y que urgen, y la forma en que plantean la cuestion de que, sin ser profesionales de la costura, en 200 pantalones puedan hacer mucho las mujeres que conocen, como la inmensa mayoría de las mujeres de España los principios elementales de la costura. La distribución del trabajo, el reparto de la leña de una manera colectiva. En fin, infinidad de pequeños detalles y grandes en el conjunto que me maravillaron a mi mismo que había leido bastante de colectivismo.

Pero no es esto solo ; al otro día visité todo lo que había que visitar en el pueblo y naturalmente el comercio, los almacenes, la fábrica, los talleres y mi maravilla aún fue más grande.

Estando en lo que podiamos llamar mercado central, llegaron unos camiones de patatas y el pregonero fue encargado de ir diciendo que se iba proceder al reparto de patatas pero que se procuraran pedir los menos posibles pues las que sobraban serían cambiadas en Barcelona por no recuerdo que producto ; y entonces vi que unas mujeres se apartaban para unas cantidades diferentes en muchos casos y que otras no pedían nada. Esto me extraño y yo le pregunté al Delegado de Abastos que significaba aquello y por que razón unas casas tenian patatas y otras no. Sencillamente me contesto : este pueblo hemos requisado muchas huertas y esto nos permite que cada colectivista pueda conservar su pequeñas huertas particulares y hasta darle a cada uno de los que no tenían nada un pequeño huerto, ya que el espíritu del campesino es asi ; quiere sentirse propietario de algo. Si por ejemplo en esas huertas particulares había o hay sembradas patatas, pues es natural que no quieran las que hoy se reparten, ya que mañana se puede dar otro producto en el que ocurra lo contrario que los que hoy tienen patatas mañana no tengan otra verdura.

Me paro en estos detalles que parecen mínimos para que os deis cuenta de como se habían organizado en Aragón muchas colectividades y yo estuve en muchas en el mismo Alcañiz, en Caspe, en Alcorisa, en Calanda. Ví aquellas naves inmensas de las iglesias convertidas en vastos almacenes, en grandiosos mercados, una organización formidable con un sentido práctico tan enorme que, lo repito, asustó al mundo y determinó que este mundo todo, absolutamente todo, se pusiera contra nuestra [obra ?] ».

Otro texto, titulado Ferecale, se publicó el 1 de enero de 1949 en CNT. Florentino vuelve a referirse a la colectivización y a la Federación regional de campesinos de Levante (exportación) [62].

En este extracto de una carta fechada el 26 de marzo de 1948, que Galván envió al Comarcal de Zaragoza, expresa, según Engracia, «su tristeza por no haber sido seguido». Termina de la siguiente manera:

‘En fin no sé si me comprendereis, sé que es peligroso el escribir así, me espongo a ser tratado de bombero o algo peor, pero no importa. La realidad es esa, entre todos acabamos con la CNT, unos por egoïsmo, otros por incapacidad, y los mas por empeñarse en cerrar los ojos y no querer ver. Yo no me conformo con esto y en todos los sitios me manifestaré de la misma manera, si continuamos por este camino, vamos a la más completa ruina. Os ruego dispenseis la tabarra que aún os habrá parecido más si no estais de acuerdo con mi manera de pensar y de antemano os anuncio que yo no puedo desplazarme a Toulouse [63] al pleno que convoquais y por eso os escribo.»

Engracia confirma que en esta época su padre estaba en conflicto con la CNT por su inercia (y la del gobierno).

Carmen Mingotes Sánchez

Engracia se casó con un hombre de Tours en octubre de 1960 y se instaló en La Riche, cerca de Tours. Florentino falleció en su casa el 28 de enero de 1966 tras sufrir un derrame cerebral.
Carmen se unió a su hija en 1977.

Les Giménologues, septiembre de 2008


Bibliografía

Florentino Galván es mencionado en las siguientes obras:
CASANOVA, Julián, 2006, Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa, 1936-1938, Barcelona, Crítica, 2006. (pp. 38, 195, 313 y 314.)
DÍEZ TORRE, Alejandro R., 2003, Orígenes del cambio regional y turno del pueblo Aragón, 1900-1938. Vol. II. Solidarios, Madrid y Zaragoza, UNED y Universidad de Zaragoza, 2003. (pp. 392, 395 y 396.)
IÑIGUEZ, Miguel, 2008, Enciclopedia histórica del anarquismo español, Asociación Isaac Puente, 2008, tres volúmenes.
PEIRATS, José, La CNT en la revolución española, t. 2. (p. 286.), París, Ruedo Ibérico, 1971.
La caída de Zaragoza es ampliamente referida en las siguientes obras:
BORRÁS, José, 1983, Aragón en la revolución española, Madrid, Viguera, 1983.
CHUECA, Miguel, un folleto en La Fragua Social, de Valencia, titulado De julio a julio. Un año de lucha, fechado el 19 de julio de 1937. Citado en CHUECA GRACIA, M.-Á., 2007, Sobre el libertario Miguel Chueca Cuartero, en La Puerta La Villa, nº 12, (Asociación Cultural Villardajos – Tabuenca), septiembre 2007. (Disponible en Internet.)
CARRASQUER, Francisco, 2003, Ascaso y Zaragoza: dos Pérdidas, Alcaravan, 2003. (pp. 17-26.)
LORENZO, César M., 2006, El movimiento anarquista en España. Pouvoir et révolution sociale, St-Georges d’Oléron, Éditions Libertaires, 2006. (pp. 197-201, capítulo Aragón en la confusión).
Las fugas de Zaragoza y el asedio se analizan en dos artículos disponibles en Internet:
Evasiones hacia la libertad, texto leído en el programa de la conferencia en Zaragoza del 26 al 28 de octubre de 2007.
PONS PRADES, Eduardo, 1979, Verano de 1936: ¿por qué no se tomó Zaragoza? , 1979.

Todas las fotos son proporcionadas por Engracia Galván (y la de Petra por su hijo Tomás).

Anexos. Documentos facilitados por Engracia Galván:

Artículo de Solidaridad obrera [Año VIII, Núm. 291] titulado Los responsables de la represión (relación novena). Enumera a «los esbirros franquistas» que participaron directamente en la represión en Zaragoza.

Canción zaragozana que se burla del gobernador civil Elviro Urdiales (¿o Elviro Ordiales Oroz?) que había oficiado ante Vera Coronel. Mencionado por Petra Gracia, he aquí una reconstrucción parcial basada en los recuerdos de Engracia Galván:

Don Elviro Urdiales falso y fanfarrón
Vino a Zaragoza por la burguesía

a los detenidos en comisaría
Pero poco tiempo duró su alegría
Y los anarquistas se fueron a la cama
Y cuando dijeron aquí no hay tu tía
Don Elviro Urdiales se fue a confesar
Estribillo
Elviro, Elviro Urdiales
Po’ gobernador no vales
Y tu casa la visitan
Obispos y cardenales
Elviro, Elviro Urdiales
Po’ gobernador no vales

Texto de Florentino Galván: «Propaganda del ELM-CNT».

Texto de Florentino Galván: «Propuesta del ELM-CNT. 2

Texto de Florentino Galván: «Ferecale».

Notas

[1] Engracia Galván, esposa de Cherpeau, nació en Zaragoza el 21 de abril de 1933 y actualmente vive en Francia.

[2] Engracia Galván, esposa Cherpeau, nació en Zaragoza el 21 de abril de 1933 y actualmente vive en Francia.

[3] Petra nos dejó en febrero de este año. Durante varios meses le había contado a su hijo las condiciones en las que Zaragoza cayó en manos de los militares facciosos el 19 de julio de 1936, y cómo reaccionaron los anarquistas. Ella misma fue miembro de las Juventudes Libertarias de la ciudad. Véase la nota biográfica sobre su nombre en Miguel Iñiguez, Enciclopedia histórica del anarquismo español, Asociación Isaac Puente, 2008.

[4] Conoció a Luis Buñuel, que fue expulsado en 1915.

[5] Se adjunta un artículo publicado en «la Soli» (año viii, nº 291) titulado «Los responsables de la represión (novena relación)». Proporciona una lista de «los esbirros franquistas» que participaron directamente en la represión en Zaragoza. El hijo de Monterde, José María, es mencionado como «el asesor de la Falange».

[6] La familia de su madre vivía cerca de la plaza de toros: su abuela regentaba un estanco y una lotería.

[7] Más tarde, le habló a Engracia de un corto documental sobre este oficio, en el que aparecía.

[8] creado por un francés, Monsieur Lechat. Se encontraba en el Camino de los Cubos.

[9] Esta filiación se explica por el hecho de que en su fábrica se hacían espejos con marcos forjados. Probablemente fue allí donde Florentino conoció a Carmen, su futura esposa, que estaba empleada en el pulido de los espejos cuyos marcos forjaba.

[10] Nació el 10 de agosto de 1911 y murió en Francia en 1992.

[11] Sin su madre; pero este acontecimiento provocará, sin embargo, una reconciliación familiar. Véase la foto 3, donde vemos a Carmen y a parte de la familia Mingotes (su madre, hermanas e hija) juntas en el patio de la casa familiar, calle del Carmen (la casa Galván vivía en la misma calle que la madre de Carmen). La foto data de 1936, antes de la guerra.

[12] En realidad, sus padres la habían llamado Acracia, pero después del 19 de julio de 1936, bajo el régimen de los nacionales y durante los registros, la niña tuvo que decir que se llamaba Engracia…

[13] De hecho, antes del 18 de julio de 1936, la familia Galván vivía en el barrio de Hernán Cortés, dice Engracia; después de esa fecha se trasladaron a la calle San Pablo.

[14] A partir de 1930, Engracia confirma.

[15] Hubo otros dos en Las Delicias y Torrero.

[16] Cf. foto de grupo 4 donde se ve a Florentino al frente durante «de una gira con las Juventudes Libertarias en Ranillas» entre 1930 y 1936.

[17] Véase la nota n° 19.

[18] Médico de la familia Galván.

[19] Este último (pero no Galván, quizá ya trasladado o liberado) puede verse en la foto de febrero de 1934 publicada en el libro de Abel Paz, Durruti en la revolución española, Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo, 1996 (segundo libro de fotos).

[20] Corrección de Petra, a través de Tomás: «Mi madre me dice que visitó a los presos en diciembre de 1933 no en la cárcel de Predicadores sino en la de Torrero, porque tras la proclamación de la República sólo quedaron en Predicadores los juzgados y una cárcel para mujeres. Parece que fue incluso antes de la República, en 1929 o 1928, cuando la antigua cárcel de Predicadores fue sustituida por la más moderna de Torrero. La prisión de Torrero se inauguró oficialmente el 5 de octubre de 1928. El traslado de los presos de Predicadores se produjo unos días después [fuente: Iván Heredia].

[21] Uno de ellos era un camarada llamado David, que vivía en Toulouse a principios de los años 50.

[22] Sobre el mismo caso y con mayor detalle, véase PAZ, Abel, 1996, Durruti, Madrid, FAL, 1996, p. 375.

[23] Mientras «en el arsenal de Zaragoza había 40.000 fusiles; en Pamplona, el general Mola, con kilómetros de voluntarios civiles, sólo tenía 1.200». (Miguel Chueca Gracia). Según Bartolomé Bennassar (La guerre d’Espagne et ses lendemains, Perrin, 2004), Mola estuvo a punto de suicidarse. Pero una vez tomada Zaragoza, el general Cabanellas organizó el envío de 10.000 fusiles a Pamplona, que sería decisivo para el control de Navarra por parte de los militares insurgentes. El 24 de julio, en contrapartida, Navarra envió un tren con 2.400 soldados para ayudar a contener el avance de las columnas anarquistas hacia Aragón (Guillermo Cabanellas, La guerra de los mil días, Grijalbo, 1973, pp. 427-428).

[24] El gobernador civil, Vera Coronel, fue detenido al principio de la sublevación y asesinado por los falangistas en julio de 1937.

[25] Apuntes de lectura sobre las jornadas de julio de 1936 en Zaragoza, basados en obras de Lorenzo, Carrasquer, Chueca, Chueca Gracia y Borrás. Véase la bibliografía al final de la entrada.

[26] Note de Chueca Gracia : « Esta información procede de César M. Lorenzo, y sin duda la fuente era el mismo Chueca, y es mejor tomarla con una cierta cautela pues, al menos en la forma en que está relatada, ha sido puesta en duda por el antiguo miembro de la CNT aragonesa, José Borrás. »

[27] « El gobernador civil, por su parte, llamó a los representantes de la CNT y del Frente Popular, no tanto para organizar la resistencia a una eventual sublevación, sino para decirles que, si bien era preciso permanecer vigilantes, no debían crearle problemas de orden público. La CNT y la UGT le atendieron, limitándose a lanzar la consigna de ¡ Alerta, camaradas ! El presidente de la Diputación, Pérez Lizcano, se mostró más decidido y distribuyó en el barrio de Las Delicias algunas armas cortas. En el Ayuntamiento también se distribuyeron algunas pistolas. Esas armas las recibieron los mozalbetes de las JJ.SS.UU., que adoptaron actitudes exhibicionistas, yendo incluso a merodear por los alrededores de Capitanía general. […] El 18 es un día preñado de acontecimientos decisivos. A través de ellos se pone de manifiesto la hipocresía y la ausencia de escrúpulos de los militares comprometidos en la conspiración ; la debilidad y la parálisis del gobernador civil, que cree ingenuamente que aún puede evitar la rebelión, haciendo miedo con “ el coco ” anarco-sindicalista, “ coco ” ante el que él mismo tiembla ; en fin, la ingenuidad y la falta de audacia de los dirigentes políticos y sindicales de izquierda. […] En las principales plazas y paseos de la ciudad se ha congregado un gentío enorme, que pide a gritos armas con las que poder defender al Régimen, que siente amenazado. Las organizaciones sindicales han declarado la huelga general y deben pensar — al menos en la CNT — que esa será un arma decisiva con la que, como en tantas otras ocasiones, vencerán. Pero, Vera Coronel no entrega armas al pueblo, que sería el único medio eficaz para aplastar a los presuntos sublevados. Lo hace obedeciendo órdenes del gobierno de Madrid, pero también porque se halla atormentado por el “ coco ” anarco-sindicalista, como ya hemos dicho. Al anochecer del 18, ante la inminencia del peligro, representantes de partidos y organizaciones se reúnen con el gobernador. […] Ahora que el gobernador se decidía a dar armas al pueblo, las fuerzas de orden público, a sus órdenes, ya no le obedecen. » (Borrás, 1983, pp. 95 et 98.)

[28] « ¿ Cuáles son las causas del éxito de los sublevados en Zaragoza ? Enumerémoslas sumariamente :
a) Porque las fuerzas del Frente Popular, aún actuando de concierto a nivel de reuniones comunes, no solamente no establecieron un plan de defensa común, sino que se neutralizaron mutuamente, debido al ascendiente que tenía la CNT, a la que los poderes públicos no querían entregar armas.
b) Porque la CNT tampoco tenía establecido ningún plan de defensa propio y fue excesivamente ingenua al confiar demasiado en los efectos de la huelga general, en su enorme fuerza representativa y militante y al no tomar en serio ni al fascismo ni a la vieja España.
c) Porque los militantes cenetistas consideraron que, el iniciar una acción por su cuenta, pudiera ser interpretado como una provocación, lo que les aislaría de los otros sectores antifascistas y precipitaría los acontecimientos en favor del fascismo.
d) Porque los poderes públicos participaban de esa misma creencia y, por consiguiente, medrosos y sin iniciativa, multiplicaron las condescendencias con los conspiradores y dejaron desarmados a quienes eran capaces de enfrentarse a estos con bastante éxito.
e) Porque no fueron pocos los militantes antifascistas que se precipitaron en la huida, abandonando a veces el escaso material de que disponían.
f) Porque la CNT se hallaba agotada y sin armas, a causa de haber luchado sin tasa ni control durante el período republicano, con lo que se ganaron la enemiga de todas las fuerzas armadas, por lo que, según frase de Marcelino Esteban — un significado militante cenetista del Sindicato de la Madera de Zaragoza — “ desde el jefe de Policía al último sereno, estaban hartos de tantos, desmanes y deseosos de encontrar ocasión propicia para poner término a tal estado de cosas ”. » (ibidem, p. 104.)

[29] Sobre el hecho de que la CNT adoptara la opción de Abós y dijera a los trabajadores que se quedaran en casa, Miguel Chueca escribió en julio de 1937: «El gobernador civil se dejaba querer por los banqueros. La fuerza pública y, más propiamente dicho el comisario de policía, estaba entregado de lleno a Baselga y compañía, conocidos jesuitas y directores de la Banca zaragozana. Esta circunstancia, ese compadrazgo criminal hizo posible que en la madrugada del 19 de julio, tres horas antes de subir las tropas a declarar el estado de guerra, se lanzaran los policías y guardias a cachear, desarmar y detener a todo el que transitaba por la calle. Fiamos excesivamente en las promesas del gobernador y concedimos demasiado valor a nuestra fuerza; no quisimos prever que frente a una acción violenta como la que podía desencadenar el fascismo hacía falta algo más contundente que 30 000 obreros organizados en los sindicatos de Zaragoza. Nosotros, los militantes de la organización confederal de Aragón, sufrimos el craso error de no tomar nunca en serio al fascismo ni a la vieja España decrépita y fracasada.»

[30] Todavía transmitido por Tomás en noviembre de 2007.

[31] Esta es Vera Coronel. El nombre que sale en Petra es Elviro Urdiales, quizás porque había una canción que se burlaba del gobernador civil con ese nombre… [Véase en los apéndices los extractos de esta canción que ha encontrado Engracia.

[32] Según Tomàs, Petra «nunca quiso entrar en la FAI, pero sin embargo pertenecía a los ‘grupos de afinidad’, solo que eran ‘grupos de afinidad de barrios’, una estructura intermedia que, según ella, se había creado entre las juventudes y la FAI (probablemente como una especie de filtro)». A continuación, un extracto de sus notas biográficas sobre los antecedentes de Petra Durante uno de los episodios de fuerte represión contra la CNT en los años veinte se escondieron en su casa folletos, libros, y otros materiales propagandísticos libertarios que la joven adolescente devoró con entusiasmo. El resultado fue que a mediados de los años veinte, con 14 años, se involucró en actividades libertarias en Zaragoza. Perteneció al sindicato de la industria alimentaria, siendo delegada de la CNT en una fábrica de conservas y, posteriormente, al sindicato textil. Sin embargo, su actividad se desarrolló fundamentalmente en el ámbito de las Juventudes Libertarias. Cuando se estructuraron por barrios (Torero, Delicias y Centro), optaron por integrarse en el «Centro», manteniendo uno de los primeros carnavales de las Juventudes (entre otros, Ramón Valencia, Ciercoles, Pilar Serrano, etc.). Se reunían en un viejo café cerca del teatro «el circo», excursiones a Ranilla, cerca del Ebro…). Se integró luego en los grupos de afinidad de barrio resistiéndose siempre a entrar en la FAI por considerarse insuficientemente preparada para ello.

[33] Este oficial había propuesto a los anarquistas que atacaran inmediatamente y facilitaran la toma del cuartel de Castillejos, ya que el levantamiento era inminente y las promesas de las autoridades eran trampas. Tenía amigos militares que se oponían a la sublevación y acababan de ser detenidos y estaban a punto de ser fusilados. Cuando los anarquistas se negaron a colaborar (por miedo a una trampa), regresó al cuartel llorando, dice Petra (que se encargó de escoltarlo hasta su casa, una pareja que llamaba menos la atención). Concluye: «Los compañeros no creyeron en su sinceridad y se equivocaron…» [34].

[34] «Vivía en el barrio de las Delicias y compartía piso con un tal José Sanz y su mujer Pilar, que acabaría en Marsella.

[35] Comentario de Petra: «En cuanto a Abós, al que perdió de vista al día siguiente del 19, dice que era muy inteligente y que seguramente su buen conocimiento de la situación le llevó a ser pesimista…». Sobre lo ocurrido con Abós, véase Lorenzo, 2006, p. 198, nota 4, y especialmente las numerosas páginas que Borrás le dedicó en el apéndice de su libro.

[36] Engracia explica sobre Rocatallada: «Cuando la CNT creó el café cooperativo (no sé cuándo; los militantes iban al bar Circo en 1931), este hombre vino a pedir trabajo de camarero, llorando que estaba en el paro y que tenía que alimentar a sus hijos. En realidad, tenía la tarjeta de la CNT pero también la de Plalange. Así que estaba en una buena posición para seguir la pista de las personas que frecuentaban el café y lo utilizó durante el golpe fascista. El 19 de julio de 1936, comenzaron a bloquear las calles donde vivían los principales dirigentes y registraron las casas denunciadas, deteniendo a personas. A algunos les dispararon delante de sus casas. Lo habían preparado todo.
Petra Gracia añade: «Situado en la calle Estebanes, el bar Circo era realmente un lugar de encuentro. Tenía una habitación a la que se accedía por una pequeña puerta junto a la entrada principal del bar. Rocatallada no era trigo limpio, había muchas dudas al respecto (entre otras cosas había actuado de esquirol en una huelga). Pero [explica Tomás] mi madre no sabía que las sospechas de denuncia se habían confirmado, aunque esto no la sorprendía; en todo caso había otros indicadores, por ejemplo un tal Canudo, que tenía una librería o una pequeña imprenta…». Hay que añadir que el nombre de «Rotacallada» [sic] aparece en la lista de Soli (ver anexos) como «Agente de reclutamiento e indicador en la central nacionalsindicalista».

[37] Después de la guerra, en Francia, Florentino escribió unas notas manuscritas que comienzan así:
«En una de las calles más populares de Zaragoza, la calle del Coso, existe una antigua horchatería conocida por casa Mas. Nadie podía imaginar que el 19 de julio de 1936, este nombre popular se transformaría en una verdadera tienda de comestibles. En la casa de Mas se estableció uno de los sectores de la Falange Española, precisamente el más terrible de la historia de la tragedia de Zaragoza. Por kilómetros se conocen los antifascistas aragoneses que pasaron por Casa Mas. Muy pocos los que pueden decir lo que allí pasaba…»

[38] Más tarde fueron liberados.

[39] Había estado recientemente visitando a su hermana; había venido de su pueblo a buscar trabajo en Zaragoza. Engracia se enteró de todo esto mucho más tarde cuando, gracias a las gestiones de un primo, se restableció el contacto con Pedro Mingotes, hijo de Jacinto y su primo hermano. Vive cerca de Zaragoza.

[40] Pero el agua se filtraba y más tarde, cuando el segundo tío materno de Engracia salía de la cárcel e iba a buscar las cosas, las encontraba enmohecidas.

[41] Estaba en contacto con la familia Padros, militantes catalanes. Uno de ellos vivía en Lyon y ofreció a Florentino alojamiento en febrero de 1939, lo que le salvó del internamiento en un campo de concentración. Antonia viajó desde Zaragoza a Francia muchas veces durante la Guerra Civil, y luego volvió a España en el bando republicano. Fue ella quien le dio a Florentino fotos y noticias de Carmen y Engracia. Este último no sabe lo que le ocurrió después.

[42] [Según Guillermo Cabanellas (op. cit., p. 427, nota 23) sólo había cuatro aviones viejos y mal equipados en Zaragoza el 19 de julio de 1936, pero pudieron detener la primera expedición de «catalanes comandados por Durruti y Pérez Farras». Petra se equivoca aquí: fue la columna Sur-Ebro (dirigida por Ortiz Park) la que fue bloqueada en Belchite].

[43] Evasiones hacia la libertad: ver bibliografía.

[44] Engracia dice: «Estaba al otro lado del puente de piedra; había una especie de guinguette.

[45] Detenida en noviembre de 1936, Petra Gracia permaneció en prisión hasta noviembre de 1937. Todavía vivía en Zaragoza en 1940: la vemos en la foto 5 (página 10) con su hermano Isidro y otros tres jóvenes del barrio. La fotografía fue tomada en el Castillo Miranda, que era uno de los lugares de excursión favoritos de los jóvenes libertarios en los años 30. Petra se escondió en Francia en 1947, y sólo volvió a España tras la muerte de Franco.

[46] Engracia mencionó el caso de personas a las que les había sucedido esto, entre ellas una amiga, María: todo el grupo donde estaba con su hijo fue tiroteado.

[47] Pasaje extraído del texto manuscrito de Florentino Galván, Colectividades de Aragón, 1947 (pp. 9 y 10).

[48] Sobre la comunidad de Beceite, véase el resto de la historia más abajo.

[49] Véase la foto 6 enviada por Engracia, en la que aparece en 1937 o 1938 en Caspe; no puede identificar a los otros cuatro compañeros.

[50] Y cuando él tuvo que marcharse en el verano de 1937, ella prometió ayudar a su mujer y a su hija, cosa que hizo más tarde, en 1939.

[51] «Se da también otro caso curioso en las colectividades, caso curioso, fenómeno, que aún no me puedo explicar. El colectivismo es una concepción puramente marxista y siendo así es el marxismo en España quien con más fé combate el colectivismo. La única explicación posible es que al ser las colectividades de Aragón apoyadas de una manera firme y decidida por el movimiento libertario, el marxismo se puso frente a este movimiento por las diferentes concepciones que cada uno tiene del aspecto revolucionario del momento.» (Galván, 1947, pp. 5 y 6.)

[52] Documento del Archivo Histórico Nacional, sección guerra civil, Salamanca, nº 13.279; se especifica que no existe ningún otro documento con este nombre en Salamanca.

[53] Cruzó la frontera con un rebaño (porque estaba a cargo de la mayordomía) que la gendarmería francesa confiscó.

[54] Véase la foto 7, donde se le ve a la izquierda, con su jefe, el más alto en el centro, y otros trabajadores.

[55] Dos declaraciones de personas que trabajan en la misma fábrica lo confirman. Se trata de una fábrica de la firma Bayer en la que se fabrica fibra artificial para paracaídas.

[56] Conservaba muchas fotos de su familia y amigos de Alemania. Tras su regreso a Francia, escribió varias veces a sus amigos de la infancia. Pero todas las cartas le fueron devueltas. Tras la caída del Muro, regresó y encontró a algunos de ellos, especialmente en Premnitz.

[57] Engracia conservó su «Carnet Confederal número 204, julio 1943, n° 6104, C. de relaciones d’Orléans, localidad Vierzon».

[58] «La última vez que Petra vio a Galván fue a principios de los años 50, cuando vino a cenar a nuestra casa de Toulouse… Mi madre cree recordar que cuando Florentino cenaba con nosotros, vivía en una zona conocida por su porcelana.

[59] Véase el documento completo en los apéndices.

[60] Este no era su verdadero nombre: «Este gran amigo de mi padre vivía en Francia desde los años veinte.

[61] Cf. el testimonio (en proceso de transcripción) de Emilio Marco Pérez, que en la Liberación, como miembro del FFI, pudo hacer trueques (alcohol por armas) con soldados americanos en Tours: recuerda que Buenacasa venía en tren a recoger armas en St-Pierre-les-Corps para llevarlas a Toulouse y de allí a España. Emilio también conocía bien a Florentino Galván.

[62] Véase el documento en los apéndices.

[63] Nota de Engracia: «Soy un poco responsable porque en aquella época estaba gravemente enferma, y el poco dinero que ganaba mi padre en la fábrica lo gastaba en curarme. Así que ya no podía permitirse viajar.

[]

http://gimenologues.org/spip.php?article375

Rechazo a la violencia – La idea del anarquismo (1973) – Christa Dericum

  • I. La anarquía como pretexto para los poderosos
  • II. historia de los términos
  • III. Intermezzo: Alemania y la anarquía
  • IV. La utopía del hombre libre
  • V. Marx y Bakunin
  • VI. La cuestión de la violencia
  • VII Anarquistas y rebeldes sociales
  • VIII. El futuro de la anarquía
  • Nota a pie de página

I. La anarquía como pretexto para los poderosos

Las potencias repartidoras declararon en 1792 que querían eliminar la anarquía en Polonia. La justificación, transparente como es, podría ser de hoy. Los periódicos están llenos de fechorías atribuidas a los anarquistas. Incluso el equipamiento de las unidades especiales de la policía es supuestamente para la lucha contra los terroristas y los «anarquistas», y apenas se produce un acto de violencia sin que se mencione la anarquía. Incluso los nacionalistas palestinos, que dieron un ejemplo clásico de reconocimiento chovinista durante los Juegos Olímpicos de Múnich, fueron calificados de anarquistas. Y la «Facción del Ejército Rojo», a la que se permitió agitar hasta convencer a la opinión pública de que había que reforzar la policía: ¿no se utilizó para suscitar el miedo a la anarquía? Un escritor socialdemócrata de la Neue Gesellschaft (9/72) llega a la conclusión: «Son anarquistas violentos que disfrazan sus actos con palabras maoístas». De hecho, decir que son maoístas violentos podría incriminar la política del gobierno hacia el Este. El pretexto de 1792 sigue siendo viable y es probable que siga siéndolo. Como los anarquistas no tienen el poder, los violentos de cualquier origen e ideología siempre pueden ponerse de acuerdo con ellos como enemigo común. Desde la insubordinación hasta el terror, la anarquía abarca todo lo que va en contra de la norma vigente.

La anarquía como pretexto para los poderosos. ¿Pero no ha habido terroristas anarquistas? ¿No existen? ¿Los lanzadores de bombas, los asesinos, el joven recientemente juzgado en Ginebra por querer eliminar los símbolos de la dominación? – Han existido, y existen; pero son muy pocos en comparación con los asesinos del nacionalismo, del comunismo, incluso de la primera socialdemocracia. Y la tan citada frase del popularista ruso y más tarde anarquista, Miguel Bakunin, de que la revolución lo santifica todo, el veneno, el cuchillo y la cuerda, ha sido todavía la consecuencia de cualquier posición privada y política que se viera al final de su sabiduría y persuasión. No es típicamente anarquista, sino atípico de los anarquistas que, según su nombre, quieren prescindir de la violencia, cosa que no ocurre con los nacionalistas, comunistas y otras cosmovisiones políticas.

La anarquía como pretexto para los poderosos: este ha sido el terror de los ciudadanos desde tiempos inmemoriales. Siempre funciona porque el hombre no puede vivir sin orden, sin lealtad, sin consenso, sin instancias que encarnen la lealtad y el consenso. El filósofo suizo Hans Barth tenía cosas importantes que decir al respecto. Pero no poder vivir sin orden no significa no poder vivir sin violencia. Es la ecuación de orden y violencia lo que hace que el pretexto de la anarquía sea tan útil y tan mendaz. Porque la idea del anarquismo articulado no es la renuncia al orden, sino a la justificación del orden a través de la violencia, es la renuncia al sometimiento, al Estado como medio de una clase que gobierna sobre otras. Para aclarar esta diferencia, hay que remontarse un poco más allá del uso común, según el cual todo lo que parece o es desordenado o llega a ser violento puede ser llamado anarquista o anarquista.


II. historia de los términos

El pretexto de la anarquía para acciones, pensamientos o personas desagradables ha sido utilizado por los poderosos desde tiempos inmemoriales, como U. Dierse lo demuestra en el nuevo «Eisler» (Diccionario Histórico de Filosofía, Darmstadt 1971). Mientras que Jenofonte aún entendía la anarquía (literalmente: ausencia de gobierno) como aquel ejercicio en el que no había arconte, Aristóteles relacionó el término con su crítica a la democracia y finalmente lo parafraseó con el «estado de esclavos sin amos». Interesante para nuestro contexto es la interpretación aristotélica de la Edad Media latina. Por ejemplo, Tomás de Aquino tradujo inicialmente licentia servorum, es decir, «libertad», «liberación de los esclavos», y sólo después «anarchia servorum». Tras él, Nicolás de Oresme, que tradujo a Aristóteles al francés en 1371, habla de la anarquía como «la liberación de los esclavos»: «Anarchie est quant l’on tranchist aucun serts et met en grans Offices».

La valoración de esta afirmación no es en absoluto ingenua. Aristóteles fue un descubrimiento relativamente reciente tanto para los tomistas como para los vocabulistas. Entre el siglo IV a.C. y la Edad Media, la anarquía conservó el significado de «potentia nemini subiecta» (Theodoretus Cyrrhensis) o de un estado «ubi nullius est potestas», pero tal falta de gobierno no fue objeto de crítica. No sólo porque este estado de libertad apenas existía. Más bien, la anarquía se había convertido en una palabra casi mágica en el lenguaje de la Iglesia, con la que los escribas y los padres de la Iglesia sinonizaban lo más elevado de lo que tenían que hablar, la esencia de Dios: «Christus ex patre anarchos id est sine principio est genitus» (Juan Damasceno). Aquí aoxn se coloca con principium = principio, y av-agxos = principio sin fin. En Sigberto de Gemboux encontramos más tarde la frase de que Dios era «archos, sed anarchos, princeps, sine principio».

Dios, el anarco, estaba infinitamente alejado de su reino realizado y finito en la tierra, no sometido al poder de nadie, donde no está el poder del hombre. Me parece que el uso simultáneo del término anarquía para lo más alto que el hombre puede concebir y para lo más libre que quiere concebir no es casual. En cualquier caso, debemos tener presente esta rareza cuando pensamos en los agrios conflictos de la Iglesia con los rebeldes contra su jerarquía, como Joaquín de Fiore o los anabaptistas. Los vicarios de Cristo en la tierra y sus funcionarios nunca han tolerado las dudas sobre su gobierno, y mucho menos el alejamiento de los individuos hacia una vida anárquica supuestamente divina. De ahí sus esfuerzos por captar anacoretas, cenobitas, mendicantes y otros lo más rápidamente posible en una comunidad monástica con una regla válida.

La defensa del absolutismo europeo invocó a Aristóteles, al que interpretó arbitrariamente, y, como él, asoció la anarquía con la democracia. Todos los movimientos democráticos, las reflexiones sobre las libertades originales del pueblo, las reflexiones sobre la relación entre gobernantes y gobernados se consideraban peligrosas. El debate sobre el tiranicidio, que volvió a estallar en la Alta Edad Media, se silenció bajo los reproches de la estricta censura. El intento de Cromwell de practicar la igualdad para todos tuvo poca aprobación incluso entre sus seguidores, que temían la anarquía incluso más que la tiranía.

Sin embargo, la idea de la anarquía entró en la literatura. Diderot la consideraba mejor que la tiranía, y Friedrich W. Schlegel la llamó finalmente «libertad absoluta» en 1796 (Versuch über den Begriff des Republikaners). Schlegel retomó el viejo tema de la rebelión contra el tirano. Para él, la rebelión contra los déspotas parecía permisible, y veía en la anarquía lo opuesto al despotismo, un ideal que «puede alcanzarse por aproximación». De este modo, contrasta con Hegel, que vuelve a permitir que los vuelos libertarios de sus contemporáneos más jóvenes y mayores terminen en líneas sensatas. Hegel rechazó de plano la anarquía como consecuencia del particularismo. Llamó a la Paz de Westfalia de 1648, el año en que Cromwell intentó su revolución, «anarquía constituida», sin duda recordando lo que Immanuel Kant enseñó en su Conferencia de Antropología, a saber, que la anarquía es «ley y libertad, sin violencia». Por lo que Kant reconoció que sólo llamó a la república, «violencia, con libertad y ley», una «verdadera constitución burguesa».

III. Intermezzo: Alemania y la anarquía

Las amargas palabras de Hegel sobre la «anarquía constituida» de la Paz de Westfalia implican una insatisfacción con las condiciones alemanas, con la «monstruosidad» que se llamaba el Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana. El rechazo a la confusa federación de pequeñas y muy pequeñas unidades políticas se basaba en la idea de que el Estado central podía, si no hacerlo todo, al menos hacer muchas cosas mejor, sobre todo remediar la impotencia de los ricos. El avance hacia el Estado central se equiparó con el progreso. Las pequeñas asociaciones autónomas, ya sean burguesas o campesinas o aristocráticas, fueron condenadas como anticuadas. Las luchas por el poder central y el federalismo en el siglo XIX fueron siempre al mismo tiempo luchas por más o menos poder, y el papel de la federación alemana en el desarrollo de la idea federal en Europa fue bien reconocido. El opositor periodístico más perdurable a la fundación del Reich alemán en 1871, Constantin Frantz, llegó a concluir que la federación era para el bienestar de los pueblos. En 1878, calificó sólo la federación como la verdadera garantía de la paz, mientras que la llamada paz armada «es sólo la propia guerra dormida y con la permanente disposición a la guerra… los pueblos se empobrecen en el proceso…. En lugar de la organización del trabajo, la organización militar se convierte en la gran tarea de la época».

Sabemos cómo resultó la batalla y quién la perdió al final. La biografía de Ricarda Huch sobre Bakunin, recién publicada estos días, que escribió en 1922, cuando apareció la primera edición alemana de los escritos del ingenioso ruso, sitúa al anarquista totalmente en esta tradición alemana. Lo ve, por así decirlo, como el consumador de una tendencia histórica que no se había cumplido en Alemania, y concluye con una cita del historiador francés Michelet que Alemania erigirá un monumento a este ruso cuando haya llegado a su fin.

El principio de ordenación anarquista de la federación no puede entenderse sin referirse a las asociaciones del antiguo imperio, la burla del Marx hegeliano y sus sucesores a los anarquistas no puede entenderse sin la valoración de Hegel de la Paz de Westfalia. En una carta a Cafiero del 1.7.1871, Friedrich Engels llamó a la abolición del Estado «una vieja frase de la filosofía alemana, de la que hicimos mucho uso cuando éramos jóvenes de mente simple.» Desde entonces, muchos jóvenes de mente sencilla han sido sacrificados a la orgullosa contraparte de la anarquía, el estado central, y siempre se encuentran nuevas justificaciones para nuevos sacrificios.


IV. La utopía del hombre libre

Pierre Josephe Proudhon, de quien procede la hoy tan citada e incomprendida frase «la propiedad es un robo», fue, por lo que se sabe, el primero en entender la idea de la anarquía como programa político, hacia 1840. «Soy anarquista», proclamó, subrayando su aversión a la monarquía y la república. Se vio influido decisivamente por Etienne de la Boetie, joven amigo de Montaigne, que a mediados del siglo XVI había escrito un panfleto que a Proudhon le seguía pareciendo actual 300 años después: De la servidumbre voluntaria del hombre. La Boetie llama a la deslealtad a los gobernantes, anticipando la conciencia de «inmadurez autoinfligida». El tirano no tiene más poder que el que le otorgan los demás, argumenta. Tuvo ante sí las guerras campesinas, las religiosas, el absolutismo y las quejas de los pequeños por la falta de justicia e igualdad y no exigió más que una interpretación extensiva de las leyes, en la que descubrió logros que habían sido olvidados. Así, recordó las disputas jurídicas y filosóficas entre el rey y el pueblo que tuvieron lugar a lo largo de la Edad Media. Según esta teoría, el contrato soberano contenía una cláusula sobre el derecho de resistencia.

Las siguientes frases de Boetie equivalen a una invitación a hacer uso de este antiguo derecho de resistencia: «¡Ah, pobres pueblos, que os aferráis tan dulcemente a todas vuestras desgracias, ah, naciones insensatas, que sois tan ciegas para lo mejor! Permitís que os roben vuestras cosechas, que saqueen vuestras casas y que se lleven vuestros bienes domésticos heredados. Lleváis una vida como si fuera vuestra mayor gloria no tener propiedades, como si fuera vuestra mayor felicidad poseer vuestros bienes, incluso vuestras familias, sólo a medias. Y toda la desgracia que sufres, todo el daño que te hacen, no viene de tus enemigos, no, toda tu miseria viene más bien de un solo enemigo, ¡y sólo es tan fuerte porque tú lo haces tan fuerte! Y lo haces tan fuerte sólo permitiendo que te envíe a la guerra y a la muerte en cualquier momento».

Etienne de la Boetie resumió la revuelta plebiscitaria de su siglo. Apeló a la razón inherente al hombre y al hecho natural de la «igualdad» de todos. Repitió así el viejo tema de los escritores heréticos, a saber, la cuestión de si la igualdad ante Dios significaba también la igualdad en la tierra. No fue hasta doscientos años después que la Declaración de los Derechos del Hombre y la Revolución Francesa dieron validez al principio de igualdad. Sin embargo, la «libertad» y la «igualdad» todavía no significan lo mismo para todos. De ahí la desesperación del joven Proudhon ante el estado de los gobiernos en las primeras décadas del siglo XIX, y de ahí los esfuerzos de muchos intelectuales de toda Europa por defender la idea de libertad e igualdad frente al poder de la Restauración.

Las nuevas concepciones del Estado, los nuevos movimientos que se alejan del antiguo estatus de la regla, han hecho poco por cambiar la realidad. Socialismo y comunismo fueron dos de las palabras de moda para describir las direcciones. Proudhon había dado con La Boetie y los economistas nacionales en sus estudios históricos porque buscaba justificaciones para su rechazo a lo existente. Proclamó su «filosofía de la miseria» con la intención de acercar la revolución estancada a su objetivo. Consideraba que la anarquía era el estado ideal al que había que aspirar, que podría alcanzarse una vez que se hubieran sacudido las limitaciones autoimpuestas: «¡No más gobierno del hombre por el hombre, mediante la acumulación de poderes! ¡No más explotación del hombre por el hombre mediante la acumulación de capital! ¡Libertad! Esta es la primera y última palabra de la filosofía social. Es extraño que, después de tantas fluctuaciones y retrocesos en el peligroso e intrincado camino de las revoluciones, descubramos por fin que el remedio para tanta miseria, la solución de tantos problemas, es dar a la libertad un movimiento más libre y dejar caer las barreras que la AUTORIDAD del Estado y de la propiedad ha levantado contra ella…»

Proudhon llama a la política la ciencia de la libertad. «El gobierno de los hombres por los hombres, cualquiera que sea el nombre que se le dé, es una opresión; la más alta perfección de la sociedad se encuentra en la unión del orden y la anarquía».

V. Marx y Bakunin

El socialismo del siglo XIX es impensable sin Proudhon. Su discusión con Marx y Engels sobre el papel del Estado apoya la posición de los anarquistas posteriores contrarios al marxismo: Bakunin, Kropotkin, Landauer. Marx culpó a Proudhon, a quien, por cierto, debía mucho, de la «miseria de la filosofía». Proudhon lanzó a Marx y Engels la afirmación de que la realización de la anarquía ya había comenzado: «La idea de la ausencia de dominación se desarrolla como la de la abolición de la propiedad antes que ella.» Sin embargo, el autor de la afirmación de que la propiedad es un robo tuvo que ver defraudadas sus esperanzas hacia el final de su vida.

El pacto de orden y anarquía postulado por Proudhon se corresponde con la visión de Kant de que la anarquía es libertad y orden sin violencia. Pero: «A pesar de sus esfuerzos por crear una base firme para su teoría, Proudhon siguió siendo un idealista y un metafísico. Parte del concepto abstracto del derecho y sólo entonces llega al hecho económico. Por otra parte, Marx expresó y demostró el hecho indiscutible, confirmado por la historia antigua y moderna de la sociedad humana, de las naciones y de los Estados, de que las relaciones económicas siempre preceden al derecho político y jurídico. Ahí radica uno de los méritos más importantes del señor Marx». Michael Bakunin, que al igual que su compatriota más joven Peter Kropotkin salió del Movimiento Social Revolucionario Ruso, escribió este veredicto sobre su «archienemigo» Marx hacia el final de su vida.

Staatlichkeit und Anarchie (Estado y anarquía), traducido en Berlín en 1972 (Verlag Karin Kramer), recapitula la agria disputa entre Marx y Bakunin sobre los principios del comunismo y el anarquismo, que acabó por romper la Internacional. Marx y Bakunin eran adversarios iguales en esta batalla de teorías, ambos hegelianos, bien conocedores de la literatura económica e histórica, así como de las condiciones políticas reales de los estados europeos. Bakunin acusó a Marx y a Engels de charlatanes porque no querían conseguir nada con la ayuda de la revolución más que sustituir un Estado por otro. La dictadura del proletariado sigue siendo una dictadura y como tal se esfuerza por mantenerse en el poder. Bakunin no se cansó de repetir que un estado así contradecía al comunismo, porque sólo significaba el dominio de unos pocos elegidos sobre todos y nunca podría realizar el principio de la libertad.

En su discurso en el Congreso de la Liga de la Paz y la Libertad celebrado en Berna en 1868, exclamó: «Odio el comunismo porque es la negación de la libertad, y porque para mí la humanidad sin libertad es incomprensible. No soy comunista porque el comunismo concentra y absorbe todas las fuerzas de la sociedad a favor del Estado, porque inevitablemente concentra la propiedad en manos del Estado. Yo, por el contrario, deseo la abolición del Estado, la erradicación completa del principio de autoridad y de la regla protectora del Estado que, bajo la pretensión de hacer a los hombres morales y civilizarlos, hasta ahora sólo los ha subyugado, oprimido, explotado y desmoralizado. Deseo la organización de la sociedad y de la propiedad social desde abajo por medio de la pura asociación y no desde arriba por ninguna autoridad, por lo que deseo la abolición del estado…. En este sentido soy un colectivista y no un comunista en absoluto».

Karl Marx subrayó varias veces en la disputa que para él también la abolición del Estado estaría al final del camino revolucionario, lo ve como una necesidad temporal. Bakunin no se creyó esta afirmación porque no podía reconocer esta misma necesidad. No podía, en aras de conseguir el objetivo, renunciar al propio objetivo. Este punto siempre ha desempeñado un papel en los estados comunistas establecidos. Incluso Stalin, en 1930, proclamó que el máximo desarrollo del poder estatal debe ser la preparación de las condiciones para la desaparición del poder estatal, y Wolfgang Harich vuelve a esto en su discusión con el anarquismo cuando señala las similitudes e intenta convencer a los anarquistas de la necesidad del Estado. «Impaciencia revolucionaria» de la que les acusa, sin tener en cuenta que los anarquistas prefieren esperar indefinidamente antes de realizar su ideal y tratan de preservarlo a pequeña escala, paso a paso, mientras que los comunistas, verdaderamente impacientes, llegan al Estado para utilizar la violencia y hacer al pueblo dócil a un Estado no violento que se creará más tarde.

Las polémicas de Miguel Bakunin contra Marx y Engels parecían ser peligrosas para ellos. Bakunin incluso propuso sustituir la organización de la Internacional por una asociación libre. Fue ciertamente una lucha por el poder la que tuvo lugar aquí y en la que Bakunin fue derrotado. Pero el avance se hizo. Gracias a los tremendos esfuerzos de Marx y sus seguidores por desacreditar a Bakunin y al anarquismo, sin escatimar intrigas y calumnias, como demuestra la carta de Bakunin a Nethayev publicada recientemente en Encounter, la idea cayó en un descrédito duradero tanto en el campo socialista como en el burgués. Bakunin observó muy de cerca el desarrollo de la política alemana en los años 70 y constató con satisfacción lo impracticable que era el programa marxista en la realidad política. Criticó el concepto de proletariado de Marx y reconoció por primera vez, de acuerdo con su experiencia rusa, el papel del proletariado intelectual. Se opone totalmente a lo que los marxistas llaman «socialismo científico». Bakunin teme que aquí no surja más que una oligarquía de elegidos, aunque sea temporal. No puede aceptar el paternalismo del pueblo, que permanece incluso con la emancipación del proletariado «por el único medio del Estado». Al mismo tiempo, concede a Marx, Engels, Lassalle y los políticos socialistas de Alemania que nunca podrían contar con una revolución de ningún tipo en Alemania. No sólo la revolución es inherentemente repugnante para los alemanes, dice, porque están orientados al Estado. «Finalmente, es imposible esperar una revolución en Alemania porque realmente hay muy pocos elementos revolucionarios en el espíritu, el carácter y la naturaleza del alemán. El alemán siempre desempeñará el papel de razón de ser ante cualquier autoridad, incluso ante el Kaiser. Nunca dejará de razonar. Pero incluso esta actitud mental, que, si se quiere, consume sus fuerzas morales y espirituales y le impide reflexionar sobre sí mismo, le protege del peligro de una explosión revolucionaria.»

El replanteamiento contradice la filosofía de la acción de Bakunin. (El infame eslogan «propaganda por hechos» no se originó con él. La mistificación de la violencia que se le atribuye también se remonta a la intriga, como demuestran las fuentes que ahora han salido a la luz, o al relato de Netshev en absoluto). La acción le parecía la consecuencia inevitable de todo pensamiento. La acción significa libertad, justicia, igualdad y amor. Bakunin no reconoce otra ley moral que la de la libertad. Pero la libertad del individuo sólo es una libertad real si se sabe unida a la libertad del otro. El reconocimiento del otro es una máxima cuya observancia hace superflua toda regla. Los socialistas autoritarios consideraban, y siguen considerando, que este punto de vista es sentimental e impracticable. El propio Bakunin vivió fiel a su principio. Con las federaciones pequeñas, dijo, había que empezar para desmantelar desde abajo la monstruosidad del Estado, un mal históricamente necesario. En las pequeñas comunidades, la convivencia de los individuos puede tener lugar de forma anárquica, una idea que se encuentra en Kropotkin, Gustav Landauer y, a través de él, en Martin Buber y los sionistas culturales.

VI. La cuestión de la violencia

En una conferencia concebida en 1896, que iba a pronunciar en París pero que no se le permitió porque el acto fue prohibido a causa de su aparición, el revolucionario ruso Peter Kropotkin formuló la «moral anarquista» de la siguiente manera: «…el principio de tratar a los demás como uno quisiera que le trataran a él mismo, ¿qué es sino el principio de igualdad, el principio fundamental de la anarquía? Y cómo puede uno llegar a considerarse anarquista sin practicarlo».

Esta frase va dirigida a las acciones de los terroristas que se autodenominaban anarquistas y equiparaban la «propaganda por el hecho» con los actos de violencia. Una serie de asesinatos en los años noventa del siglo pasado y en los veinte de este siglo fueron atribuidos a los anarquistas. En parte, estas personas se atribuyen a sí mismas, como Emil Henry, que lanzó una bomba en un café de París en 1892 y, al ser acusado de matar a personas inocentes, respondió al juez: «¡No hay inocentes!» Enrique fue ejecutado. Él, como muchos de sus imitadores y otros fanáticos revolucionarios, no había comprendido que la anarquía es, en idea y nombre, libertad absoluta, es decir, ausencia incondicional de dominación, opresión, violencia, «derecho y libertad sin violencia», por repetir la definición de Kant. Tanto los socialistas como los radicales burgueses encontraban convenientes estos actos de terror. Se hablaba más bien de ataques por motivos nacionalistas, y aún hoy el rechazo al anarquismo se mueve en esta tradición. Los comunistas nunca han tenido remilgos con la violencia, pero el uso de la violencia «adecuada» por parte del Estado, que tiene el poder de hacerlo, es una cuestión diferente. La relación entre el poder y la violencia sigue siendo teóricamente bastante irresoluta y apenas se relaciona en la práctica, como señala, entre otros, Hannah Arendt.

El poder y la violencia no son criterios para los anarquistas. De acuerdo con el principio básico de libertad e igualdad para todos, justicia para todos y «ayuda mutua» (Kropotkin), que se desprende de esto, no puede haber violencia, y los anarquistas no estarán en el poder incluso si la humanidad estuviera compuesta enteramente por anarquistas. Por eso, anarquistas como Errico Malatesta (1), Kropotkin y Landauer han repetido decididamente lo que ya había subrayado Proudhon y vivido Bakunin: «que matar a la gente no es lo mismo que abolir las instituciones, matar los principios y matar a la gente»: Abolir las instituciones, matar los principios y cambiar las costumbres».

«Un socialista no es aquel que viola como resultado de la violencia», escribió Landauer en 1912. Siete años después, tras ponerse a disposición de la primera república soviética de Múnich y romper posteriormente con los comunistas, fue asesinado por la reacción.

Más de cincuenta años después de la muerte de Landauer, el movimiento anarquista en el mundo se enfrenta a la misma cuestión: si los anarquistas se comprometen con el poder, como sugiere Harich, están perdidos; si recurren a la violencia, lo mismo. La traición de la idea de «no dominación» igual a la no violencia significa alejarse irremediablemente del anarquismo. Landauer, siguiendo a Bakunin y a Kropotkin, decía que la anarquía está donde hay anarquistas, «gente así que ya no practica la violencia». Pero con ellos advirtió de cualquier doctrinarismo: querer imponer la idea a los demás era de nuevo un error fundamental. La anarquía «nunca llegará al mundo por medio de la invasión o la conquista armada». Aquí encontramos la interpretación anarquista de la «propaganda por los hechos». No se trata del pacifismo de Tolstoi, que había dicho que no había que matar a los príncipes, sino dejarles claro que no deben matar. Ese razonamiento no cambiará el mundo. No usar la violencia uno mismo, reconocer la libertad del otro y al mismo tiempo hacer todo lo posible para que él, el otro, sea libre, requiere una acción incesante: es la propaganda por los hechos. No son las grandes revoluciones, a las que hay que llamar, conducir, ordenar a las masas, la causa justa de la humanidad, sino la moral anarquista aplicada en la pequeña esfera.

Esto requiere disciplina y rigor en la argumentación intelectual, implacabilidad argumental. No se puede hacer la más mínima concesión a la violencia, ni siquiera refiriéndose al uso de la violencia por la otra parte. Visto así, el argumento de Vietnam fue una demostración terrible: la escalada general de violencia que desencadena la contraviolencia. Visto así, las autoinmolaciones en protesta demuestran una total impotencia, pero el uso de la violencia contra uno mismo acumula violencia tanto como el uso de la violencia contra otros. La anarquía se sirve del sacrificio de no utilizar esta violencia.

VII Anarquistas y rebeldes sociales

En su estudio de los movimientos sociales de los siglos XIX y XX, Eric J. Hobsbawm se encontró con estructuras arcaicas recurrentes. Siempre han aparecido donde la gente formaba bandas por las dificultades de adaptación en el curso de la industrialización. Hobsbawm los llamó «rebeldes sociales» (Neuwied 1962). La cuestión es hasta qué punto lo que se hizo pasar por anarquismo no debe ser clasificado como rebelión social. Lo que ambos tienen en común es el aislamiento en el que se colocan tanto los anarquistas como los rebeldes sociales. Lo que también tienen en común es la espontaneidad de la protesta contra las limitaciones que les rodean, que perciben como violencia, y el aumento de la tasa de suicidios está sin duda relacionado con el aislamiento, así como con el ansia de libertad, la necesidad de sacudirse las limitaciones. La tecnificación, la modernización, la masificación dejan a innumerables personas, no sólo a los jóvenes, solos como escombros a la orilla del río. El aislamiento, la privatización total, que puede desembocar en la drogadicción, las tendencias suicidas o la criminalidad, son las consecuencias más frecuentes. A más tardar en este momento, comienza la «huida hacia la banda» (Harry Pross, 1956).

Si para los rebeldes sociales la banda, y por lo tanto la rebeldía, cumple una finalidad primordial como sustituto de la integración, como manifestación de «algo» donde antes no había «nada», el grupo, la asociación, la federación, ocupa un rango subordinado con los anarquistas. A los anarquistas les une el compromiso con la idea de pasar del egoísmo de grupo al altruismo. Esta idea es socialista en el sentido original. Se basa en la reciprocidad, es mutualista.

Hobsbawm cita historias de ladrones italianos y de Europa del Este para ilustrar cómo los rebeldes sociales se convierten en figuras legendarias. Sin duda, hay algo así como el terreno anárquico primordial de la sociedad, que se alimenta de la conciencia de libertad en cada pecho y en el que crecen las simpatías por todo tipo de rebeldía. Así lo demuestra la simpatía que despierta la película sobre Bonnie y Clyde, que ha llenado la taquilla. Esto también lo demuestra la cobertura de Baader-Meinhof, que muestra que los violentos de fuera también significan algo para la gente, aparte de meras historias de terror. La simpatía general por los crímenes de alto perfil también tiene algo que ver con el peso de la ley que pesa sobre todos. Sin embargo, no se podrá declarar esto mismo como anarquismo. Distinguir entre el rechazo a la ley imperante y el rechazo a la violencia y diferenciarlos de la manera más vergonzosa será vital para la oposición del Este y del Oeste en los próximos años. La idea del anarquismo plantea la gran pregunta a todas las instituciones: si no hay más violencia de la que requiere el estado de la civilización. Aparentemente, tanto los que aplican la ley como los que la infringen no han comprendido aún que la violencia es sólo un modo derivado de la dominación que conduce de nuevo a la dominación, de forma puramente instrumental. La confrontación, tal y como la buscaba Baader-Meinhof, está tan desprovista de sentido porque la violencia hace tiempo que se ha quedado obsoleta.

VIII. El futuro de la anarquía

La profanación del an-archos divino por la Ilustración y el relativismo moderno parece irrevocable. La naturaleza divina del hombre se ha convertido para el pensamiento europeo en un vehículo de liberación humana de la opresión. El anarquismo tiene muchas variantes en la amplia gama de filosofías que se basan en él. Como filosofía radical de la libertad, se ha convertido en política y se ha vuelto contra la propia política. Walter Benjamin veía a Bakunin como el último representante de una doctrina radical de la libertad en Alemania. Desde entonces, la radical falta de libertad del nacionalsocialismo y la gran muerte niveladora de la Segunda Guerra Mundial, a la que todavía pertenecen las guerras de sucesión colonial en Asia, Sudamérica y África, han ampliado la sensibilidad hacia la desigualdad. Las demandas de libertad son cada vez mayores, y los sistemas políticos que no pueden contar con el consentimiento voluntario de su pueblo apenas se atreven a intentar imponerse con la violencia desnuda. Recurren a los medios de adoctrinamiento, manipulan la psique para salvarse. La idea del anarquismo tiene un gran futuro allí donde se pone de manifiesto que, además de los medios y métodos de coacción física, contra los que se volvió el anarquismo político de Proudhon, los métodos refinados del poder ideológico hacen al hombre no libre. Es cierto que ella misma se basa en este poder de la idea, por lo que sólo convencerán y ganarán terreno aquellos anarquismos que se demuestren en la acción y superen así las limitaciones que han quedado obsoletas.

Alexis de Tocqueville, en la cuarta parte de su Democracia en América, donde examinó la influencia de las ideas y los sentimientos democráticos en la sociedad política, escribió en la introducción que la igualdad produce dos tendencias en efecto: una conduce a los pueblos directamente a la independencia y puede llevarlos repentinamente a la anarquía, la otra los conduce por un camino más largo y secreto pero más seguro a la servidumbre. Tocqueville se declaró a favor de la igualdad por su falta de docilidad, y: «Je suis convaincu toutetois que Tanarchie n’est pas le mal principal que les siecles democratiques doivent craindre, mais le moindre». (II, 393). El futuro de la anarquía corresponde a la docilidad de las masas. En una organización social que depende de la inteligencia, la capacidad de decisión y el comportamiento «correcto» incontrolado de tantos para funcionar, se forma necesariamente un gran potencial de docilidad. De ella surgen los anarquistas potenciales en cuanto se hacen con la idea. Estados Unidos, en su desintegración, da el ejemplo; pero ni siquiera el sistema soviético está asegurado contra los descendientes de Bakunin y Kropotkin y el levantamiento de Kronstadt.

Así que es de esperar que la nueva Santa Alianza entre Washington, Moscú, Pekín y Bruselas dirija la acompañante persecución demagógica contra los anarquistas. La equiparación de terroristas y anarquistas es el sustento de esta campaña; permite denunciar la idea y renovar la repugnante violencia.

Christa Dericum

Nota a pie de página

1.)Cf. Max Nettlau: Las acciones revolucionarias del proletariado italiano y el papel de Errico Malatesta, 1922. nueva edición Berlín 1973.

Texto original: Zeitgeist nº 23, 1973, 15º volumen. Digitalizado de http://www.anarchismus.at

La comuna y los Balcanes – El caso de Bulgaria (2022) – Yavor Tarinski

Si intentamos identificar algunos de los aspectos más importantes de la historia de los Balcanes, no podemos dejar de señalar la persistente visión de una utopía sorprendentemente consistente…
~Andrej Grubacic[1]


La Comuna, como forma política, fue un tema recurrente dentro del movimiento libertario búlgaro que luchó contra el Imperio Otomano, lo que sugiere que su lucha no era sólo por la independencia, sino también por la revolución social. Hristo Botev, uno de los revolucionarios búlgaros más significativos del siglo XIX, en su artículo «El llanto ridículo» (escrito en 1871 en defensa de la Comuna de París), afirma que el objetivo de la Comuna es «convertir al ser humano en algo más que un hijo de Dios y un ciudadano, no como un ideal, sino como un ser humano del que depende el destino de su ciudad, y no al revés»[2]. El escritor y poeta búlgaro Ivan Vazov, durante su estancia en Rumanía, conoció las ideas del movimiento libertario de Bulgaria. Su famosa obra de teatro «Los parias», publicada en 1884, describe a los revolucionarios búlgaros que abrazan la idea de la Comuna, afirmando que con ella no habrá ricos, ni pobres; todo se repartirá por igual[3]. En su «Historia del levantamiento de abril» de 1907, el historiador Dimitar Strashimirov describe los objetivos fijados por el movimiento libertario de la siguiente manera «no sólo pensaban en quitarse el yugo extranjero de las espaldas, sino que también habían desarrollado la sed de república y comuna»[4].

Incluso hay intentos de llevar a la práctica estas ideas durante el Levantamiento de Abril (1876), la mayor insurrección que desempeñó un papel importante en la liberación de Bulgaria. Un testimonio de ello es el relato personal de este acontecimiento rebelde de Atanas Shopof, escrito en 1876. Shopof participó en el levantamiento como estrecho colaborador del revolucionario búlgaro Georgi Benkovski y fue testigo directo de la creación de una efímera comuna en la ciudad de Panagyurishte. Su libro describe una gran reunión de grupos guerrilleros que eligieron un comité encargado de preparar un plan para el levantamiento. Según el mismo, todas las propiedades, bienes, harina, trigo, etc., se mantendrán en común, se abolirá el sistema monetario y se nombrarán casas centrales en las que los comités del pueblo celebrarán sus reuniones[5]. El plan también prevé la creación de comunas, que debían estar en contacto permanente entre sí, una especie de federación[6]. Este programa recuerda mucho a las medidas aprobadas por la Comuna de París, que tuvo lugar sólo 5 años antes del Alzamiento de Abril.

Georgi Benkovski

Según el relato de Shopof, con el inicio del levantamiento, Benkovski y sus guerrilleros toman la ciudad de Panagyurishte el 20 de abril. Desde el principio, comienzan a aplicar el plan inicial: todo el ganado mayor se reúne en un espacio común (llamado «Obshta Bachya»), aunque los hogares individuales pueden conservar sus cerdos y gallinas. El relato de Shopof documenta que durante la comuna todas las personas tienen los mismos derechos, y todos tienen el mismo acceso al ganado común. Se suprime el dinero, y todos los bienes necesarios (como los alimentos) son de libre acceso, mientras que todo lo demás se distribuía mediante un sistema de vales, cuyo objetivo era una mayor justicia.

Por desgracia, la comuna de Panagyurishte sólo durará 10 días, antes de que las tropas otomanas le pongan fin. Debido a su corta vida, no hubo tiempo para el surgimiento de órganos populares de autogestión. Lo que vemos es la influencia que la Comuna de París y las ideas libertarias tuvieron sobre Benkovski, sus guerrilleros y el movimiento de liberación búlgaro más amplio de ese periodo. A pesar de la brutal represión del levantamiento, la Comuna conservará un lugar central en el imaginario de muchos revolucionarios búlgaros. Un ejemplo notable de ello es la aparición de la Comuna de Strandzha una década después.

La Comuna de Strandzha, conocida también como la República de Strandzha, fue un experimento social de corta duración con claras características libertarias. Fue declarada el 19 de agosto de 1903 en las montañas de Strandzha (situadas entre la actual Bulgaria y Turquía) por los rebeldes de la Organización Revolucionaria Macedonia Interna de Adrianópolis, entre cuyos comandantes se encontraba en ese momento el inmensamente significativo anarquista Mihail Gerdzhikov.

Tras una serie de exitosos levantamientos de masas, apoyados por acciones de guerrilla, una gran parte de Tracia Oriental quedó bajo el control de los rebeldes. En los alrededores de la región montañosa de Strandzha, durante tres semanas el pueblo celebró. Se estableció una nueva comunidad, basada en valores como la libertad, la igualdad y la solidaridad. Todos los asuntos públicos de las ciudades y pueblos de estos territorios liberados se sometieron a votación popular y se dejaron atrás las viejas rencillas entre las poblaciones locales búlgara y griega. Se quemaron los registros fiscales. Durante más de 20 días la Comuna de Strandzha funcionó de forma libertaria, con ausencia de cualquier tipo de autoridad estatal.

Mihail Gerdzhikov

Esto también era evidente en la estructura militar de la guerrilla. Su órgano dirigente no era el típico cuartel general del ejército, sino algo llamado «Cuerpo de combate dirigente». Esta elección de los rebeldes indicaba dos cosas: que este órgano militar sólo tenía un carácter temporal (es decir, hasta el final de la lucha) y, en segundo lugar, que tenía un papel puramente coordinador en la revolución. Christo Silyanov, alumno de Gerdzhikov, dice que los rebeldes no lo llamaron cuartel general porque no querían que «apestara» a militarismo[7].

Otro elemento libertario es que nunca se planteó la centralización del poder. Los habitantes de los asentamientos liberados eligieron consejos y comisiones entre sus propias filas, en lugar de alcaldes y representantes[8]. El papel de los primeros es coordinar y administrar, mientras que el de los segundos es gobernar. Estos consejos y comisiones funcionan bajo el control de los rebeldes, que han recuperado el poder.

Hay que señalar que existen muchas similitudes entre la actitud de Gerdzhikov hacia el empoderamiento radical del pueblo y la del movimiento makhnovista de Ucrania que surgió 15 años después. Ambos consideraban que el papel de sus ejércitos guerrilleros era de apoyo y temporal, mientras que la cuestión de la administración pública debía dejarse en manos de los consejos de las poblaciones locales. En uno de sus llamamientos[9], los majnovistas escribieron que

El ejército revolucionario insurreccional se fija como objetivo ayudar a los aldeanos y a los trabajadores… y no se inmiscuye en la vida civil… Insta a la población trabajadora de la ciudad y de los alrededores a iniciar inmediatamente un trabajo organizativo independiente…

Después de describir las primeras victorias militares del levantamiento, Gerdzhikov escribió[10] que

De alguna manera empezamos a crear nuestras propias instituciones…

La población se alegraba, en los pueblos se bailaba y se hacían fiestas. Ya no existía el «esto es mío y esto es tuyo»: en las colinas y bosques, antes y después del congreso, habíamos creado almacenes: toda la cosecha se depositaba allí como harina y grano en almacenes comunes. El ganado también pasó a ser propiedad común… Hicimos un llamamiento a la población de etnia griega en griego, explicando que al tomar el territorio no luchábamos por el restablecimiento de un imperio búlgaro, sino sólo por los derechos humanos; les explicamos que como griegos también se beneficiarían de ello y que sería bueno que nos apoyaran moral y materialmente…

En sus memorias, Gerdzhikov recuerda[11] un ejemplo concreto de expropiación y redistribución de bienes: en la ciudad de Akhtopol había una explotación salinera, en la que en aquel momento se almacenaban más de 200 mil kilos de sal. Los pueblos de la región eran pobres y necesitaban sal, así que Gerdzhikov y sus guerrilleros irrumpieron en el almacén de sal y lo dejaron abierto para que los campesinos se llevaran la sal y la redistribuyeran.

La Comuna de Strandzha funcionó desde el principio del levantamiento y duró hasta finales de agosto de 1903, cuando un enorme ejército otomano de 40.000 personas -bien armado con infantería, caballería y artillería- aplastó la resistencia de la población local.

Gerzhikov y muchos de sus guerrilleros consiguieron escapar del dominio otomano hacia las zonas independientes de Bulgaria. Allí, el gran anarquista continuó propagando sus ideas mediante la publicación de periódicos, como «Sociedad Libre», «Antiautoridad» y otros. En 1910, Gerdzhikov, junto con otro anarquista -Pavel Deliradev-, escribió el folleto antimilitarista «Guerra o revolución». En 1912 volvió a dirigir un grupo guerrillero en la región de Strandzha, esta vez durante la guerra de los Balcanes. Más tarde, en 1919, estuvo entre los cofundadores de la Federación de Anarcocomunistas de Bulgaria. Tras el golpe monarco-fascista de 1923, se vio obligado a huir del país y vivir en Belgrado, Viena y Berlín. Tras el cambio de régimen del 9 de septiembre de 1944, Gerdzhikov llamó a sus camaradas a apoyar el nuevo régimen socialista, para decepcionarse poco después y revocar su apoyo[12]. En 1947, incluso se negará categóricamente a ser propuesto por el régimen para un premio por su participación en el levantamiento de Ilinden. Morirá de viejo en 1947 en la ciudad de Sofía.

Todos estos esfuerzos por aplicar en la práctica la forma de comuna vienen a indicar que existe una profunda tradición igualitaria de equidad humana universal en la región de los Balcanes. Es crucial que esta historia alternativa sea recordada y utilizada por los movimientos de base como las raíces a partir de las cuales puedan florecer de nuevo proyectos políticos de igualdad y justicia en toda la región.

Notas

[1] theanarchistlibrary.org

[2] libcom.org

[3] Ivan Vazov: Los parias (1884) (disponible en línea: http://www.slovo.bg)

[4] prqkademokraciq.wordpress.com

[5] Атанас Шопов: Десетдневно царуване. Из българското въстание в 1876 г. Дневници на един бунтовник (есен 1876)

[6] Op.cit. 4

[7] theanarchistlibrary.org

[8] Ibid.

[9] «A toda la población trabajadora de la ciudad de Aleksandrovsk y sus alrededores», 7 de octubre de 1919

[10] M. Gerdzhikov, Memorias…, p. 75

[11] Ibídem, p. 76.

[12] bg.wikipedia.org

[]

Los problemas de la convivencia burguesa y su superación (1999) – Gita Tost

  • La fidelidad como prueba de amor 
  • Con la fidelidad bajo llave
  • La fidelidad como esclusa de seguridad
  • La lealtad como victoria sobre la competencia

«La felicidad de la mujer es el amor – ¡pero la felicidad del amor es la libertad!» [Louise Aston, revolucionaria y «Emance» (1814-1871)].

Digamos que tengo una relación amorosa con Astrid. Tal vez durante un año o dos. No vivimos juntos porque cada uno valora su espacio y su retiro y creemos que eso es mejor para la relación que la convivencia.

Cada una de nosotras tiene su propio círculo de amigos y rara vez nos aferramos simbióticamente a los demás porque creemos que las personalidades independientes son más capaces de formar una relación.

Además, supongamos que las ansias de libertad de ambos son tan fuertes que incluso podríamos haber acordado una relación «abierta». Sin embargo, no hemos estado juntos el tiempo suficiente para que haya surgido un caso de prueba serio. Así que hasta ahora sólo hemos tenido sexo entre nosotros; la relación es más teóricamente abierta que práctica. Supongamos además que ambos estamos muy contentos con este acuerdo y que, en general, nuestras necesidades más importantes están satisfechas en esta relación. Podemos amarnos, podemos discutir, podemos resistirnos. Podemos estar de acuerdo y en desacuerdo, comprometernos juntos o por separado, incluso trabajar en proyectos juntos. Caminar juntos, seguir nuestros propios caminos, en un equilibrio tranquilizador. Todo se desarrolla de forma muy prometedora hasta el día X, cuando se produce el caso de prueba. Comienzo una relación amorosa con Birgit. Esta vez no sólo teóricamente, sino prácticamente hasta el final. ¿Qué crees que pasará? Sí, exactamente. Astrid se asusta. ¿Pero por qué? «Es lógico», dirás, «la engañaste».

«No», respondo, «no lo hice. Cumplí exactamente con nuestro acuerdo. Así que no le mentí ni la engañé, sino que me mantuve fiel a la base de nuestra relación». «Bueno, entonces no te ha engañado», interpondrás, «pero sólo está celosa». Es lógico».

«¿Por qué?»

«Bueno, al principio pensó que podría hacerlo, con una relación abierta y todo eso, y luego se dio cuenta de que no podía con ello. Eso es comprensible. Es normal».

¿Eso crees? No lo entiendo. Y de todos modos, ¿qué clase de extraña normalidad es esa?» «Y además», añades, «¡es fácil decirlo! ¿Qué habrías hecho si Astrid hubiera empezado una aventura?» «Alégrate por ella». «¡No lo creo!» ¿Cuáles son esas extrañas reglas de juego según las cuales funcionan las relaciones, según las cuales funcionan los celos, y a las que tantos se someten tan irrestrictamente?

La fidelidad como prueba de amor

Se supone que la sexualidad, como la experiencia más íntima de cercanía entre dos mujeres (o personas), se ve reforzada por la condición de ser especial y única. No compartirás esta hermosa experiencia con nadie más, es el mandamiento nº 1. El amor sólo es real y verdadero si es exclusivo, al menos en su expresión física (¡se permiten novias platónicas!). ¿Pero por qué? ¿Es necesario valorar el amor? ¿No puede valerse por sí misma, como la belleza de la unión erótica? ¿Por qué sólo debería convertirse en amor real a través de esta exclusividad? ¡Qué desconfianza hacia uno de nuestros sentimientos más fundamentales, ese anhelo y motor elemental! Además, la exclusividad tiene su precio. Sólo se puede vivir renunciando a una parte de mí mismo. Tengo que abstenerme de tener sentimientos eróticos hacia otras mujeres, o al menos de expresarlos. Tengo que restringirme, censurarme, reprimirme. A menos que no tenga sentimientos eróticos hacia los demás, en cuyo caso la «fidelidad» surge de forma natural como si fuera por sí misma y está perfectamente bien. Pero eso suele ser sólo un estado temporal. Para vivir mi amor (por uno), ¿debo reprimir, impedir, ahogar, restringir, canalizar, sublimar mi amor (por otros)…? ¿tiene que hacerlo? ¿Reducir mi capacidad de amar para poder vivirla? ¡Qué ilógico!

Es como el mercado de productos básicos: pago un alto precio por la exclusividad. Sólo este precio hace que el amor sea valioso?

Con la fidelidad bajo llave

El mandamiento número 2 significa: no experimentarás esta unión íntima con nadie más, excepto conmigo; ¡me pertenece sólo a mí! Posesión. Una parte de mí confiscada. Regla de comportamiento: ¡no lo hagas con nadie más!

¿Cómo he llegado a permitir que otra persona se inmiscuya en mi vida? ¿No es extraño? Si yo les dijera a mis amigos que «mi novio intenta decirme lo que debo hacer, lo que debo vestir, lo que debo comer…», todos se horrorizarían. todo el mundo gritaría de horror ante esta impúdica intromisión en mi vida, en mi responsabilidad personal y en mi intimidad. Si, por el contrario, dijera: «Mi novia no quiere que me acueste con otra mujer», la mayoría de la gente probablemente lo encontraría perfectamente correcto. ¡Un mundo de locos!

Es como el mercado de mercancías: las personas son cosas que se pueden poseer. No son sujetos independientes con dignidad humana que merecen respeto.


La fidelidad como esclusa de seguridad

Se supone que la exclusividad sexual y la posesividad mutua garantizan la seguridad. Si eres mía, te quedas conmigo; si estás a salvo conmigo, no huyes con nadie más. Si nuestro amor es exclusivo, es tan especial que ninguno de los dos renunciará a él a la ligera. Cuanto más alto sea el precio, más seguro: ¡regla básica nº 3! No importa si al final nos cansamos el uno del otro o nos ponemos de los nervios, no importa si seguimos siendo buenos el uno para el otro, esa no es la cuestión. Lo que cuenta es la duración de la relación: la cantidad, no la calidad. Y si la muerte de la cama de las lesbianas nos atrapa, es un caso de sufrimiento, sufrimiento, sufrimiento, si no quiero perder mi seguridad. Pero no importa si al final nuestra relación se rompe por esto, por el sufrimiento de la falta de sexo. Lo principal es mantenerse fiel. Al menos para ti, si no para mí.

Es como en el mercado de productos básicos: lo que he pagado es mío, estoy seguro de ello, nadie puede quitármelo. No importa lo alto que sea el precio. No importa si lo que he comprado (¿un cerdo en un poke?) es lo que quiero. Lo principal es TENER.


La lealtad como victoria sobre la competencia

La regla de juego nº 4 es especialmente peculiar: la transferencia de ciertas experiencias de una relación a otra completamente diferente que no tiene nada que ver. Cuando duermo con Birgit, Astrid se siente devaluada. Mi amor le parece mancillado. Me menosprecia a mí o a ella misma.

Si me diera un festín con Birgit, ¿sentiría Astrid que le estoy faltando el respeto a su cocina? Si voy al cine con Birgit, ¿se negará Astrid a volver a ver la televisión conmigo en su vida? Si Birgit pudiera dar un buen masaje, ¿me acusaría entonces Astrid de no apreciar su ternura? A lo sumo, en la fase final de los celos patológicos, ¡pero normalmente no!

¿Por qué se compara, se evalúa, se transfiere, se pondera y se jerarquiza inmediatamente el sexo? ¿Por qué el sexo con una persona tiene que ser mejor o peor que con otra? ¿Por qué no puede ser igual, diferente, incomparable, sin valor? Así es como me siento, de todos modos. ¿Y qué tiene que ver mi encuentro sexual con Birgit con Astrid? En realidad, nada al principio.

Oh, por supuesto que conozco la tormenta de protestas de los no creyentes que gritan en este punto: ¡Te estás engañando a ti mismo! ¡Eso es huir de la cercanía! ¡Seguro que inconscientemente quieres vengarte de Astrid! ¡Estás actuando los problemas de tu relación a nivel sexual! ¡En realidad eres incapaz de tener una relación! Y de todos modos: ¿cómo era la relación con tu madre?

Curiosamente, estos descreídos nunca se preguntan qué masoquismo subconsciente les lleva a sufrir sin rechistar una relación de larga duración sin sexo; qué incapacidad para confiar y amar les hace confiar en una promesa verbal o incluso escrita de fidelidad en lugar de en el afecto vivo entre dos mujeres; qué incapacidad para establecer contacto les hace aferrarse a una mujer sola a toda costa; y cómo era su relación paterna de todos modos.

Sí, es cierto lo que escribió Louise Aston hace más de un siglo: el verdadero amor, un amor con dignidad, necesita libertad. Pero el amor en libertad presupone algunas cosas: confianza en lugar de posesión y control. Confianza en sí mismo en lugar de celos. Solidaridad en lugar de competencia.

Sin embargo, ¿qué hemos aprendido? Somos hijos de una sociedad mercantil en la que se comercia con todo, incluidos los sentimientos humanos. Somos hijas de un patriarcado que socava nuestra autoestima. ¿Qué hemos aprendido?

Tráfico de personas en lugar de afecto. Posesión en lugar de confianza. Guerra de codos y competencia, cada uno por su lado y todos contra mí. Así es como el capitalismo envenena nuestro amor. ¿Lo soportas?

Gita Tost

De: «Graswurzelrevolution» No. 241 (septiembre de 1999)

Texto original: http://www.graswurzel.net/241/liebe.shtml

Obituario de Stuart Christie [1946-2020] (2020) – John Patten

Stuart Christie, fundador de la Anarchist Black Cross ( Cruz Negra Anarquista ) y de Cienfuegos Press y coautor de The floodgates of anarchy ha fallecido en paz tras una batalla contra el cáncer de pulmón.

Nacido en Glasgow y criado en Blantyre, Christie atribuyó a su abuela el mérito de haber forjado su perspectiva política, dándole un claro mapa moral y un código ético. Su determinación de seguir su conciencia le llevó al anarquismo: «Sin libertad no habría igualdad y sin igualdad no habría libertad, y sin lucha no habría ninguna de las dos». También le llevó de la campaña contra las armas nucleares a unirse a la lucha contra el dictador fascista español Francisco Franco (1892- 1975).

Se trasladó a Londres y entró en contacto con la organización anarquista clandestina española Defensa Interior. Fue detenido en Madrid en 1964 portando explosivos que iban a ser utilizados en un atentado contra Franco. Para encubrir el hecho de que había un informante dentro del grupo, la policía proclamó que tenía agentes operando en Gran Bretaña – y (falsamente) que Christie había llamado la atención por llevar una falda escocesa.

La amenaza del garrote y su condena de veinte años atrajeron la atención internacional sobre la resistencia al régimen franquista. En la cárcel, Christie entabló amistades duraderas con militantes anarquistas de su generación y de generaciones anteriores. Regresó de España en 1967, más viejo y más sabio, pero igualmente decidido a continuar la lucha y a utilizar su notoriedad para ayudar a los compañeros que dejó atrás.

En Londres conoció a Brenda Earl, que se convertiría en su compañera de vida política y emocional. También conoció a Albert Meltzer, y ambos refundarían la Cruz Negra Anarquista para promover la solidaridad con los presos anarquistas en España, y la resistencia en general. Su libro Las compuertas de la anarquía promovía un anarquismo revolucionario en desacuerdo con las actitudes de algunos que habían llegado al anarquismo desde el movimiento pacifista de los años sesenta. En la conferencia anarquista de Carrara de 1968, Christie entró en contacto con una nueva generación de militantes anarquistas que compartían sus ideas y su enfoque de la acción.

El compromiso político de Christie y sus contactos internacionales le convirtieron en objetivo de la Special Branch británica. Fue absuelto de conspiración para provocar explosiones en el juicio de los «Ocho de Stoke Newington» de 1972, alegando que el jurado podía entender por qué alguien querría hacer explotar a Franco, y por qué eso le convertiría en objetivo de «policías de mentalidad conservadora».

Libre pero aparentemente sin empleo, Christie lanzó Cienfuegos Press, que produciría un gran número de libros anarquistas y la enciclopédica Cienfuegos Press Anarchist Review. Orkney se convirtió brevemente en un centro de publicación anarquista antes de que la falta de liquidez acabara con el proyecto. Christie seguiría publicando, e investigando nuevas formas de hacerlo, incluyendo los libros electrónicos e internet. Su sitio christiebooks.com contiene numerosas películas sobre el anarquismo y biografías de anarquistas. Utilizó facebook para crear un archivo de la historia anarquista que no está disponible en ningún otro sitio, ya que relató recuerdos y acontecimientos de su propia vida y de la de otras personas.

Christie escribió «The investigative researcher’s handbook» (1983), en el que compartía sus conocimientos, que puso en práctica en una investigación sobre el terrorista fascista italiano Stefano delle Chiaie (1984). En 1996 publicó la primera versión de su estudio histórico Nosotros los anarquistas : un estudio sobre la Federación Anarquista Ibérica (FAI), 1927-1937. Las tiradas cortas le permitieron producir tres volúmenes ilustrados de la historia de su vida (Mi abuela me hizo anarquista, El general Franco me hizo «terrorista» y Edward Heath me hizo enfadar 2002-2004) que se condensaron en un solo volumen como La abuela me hizo anarquista : El general Franco, la Angry Brigade y yo (2004). Sus últimos libros fueron los tres volúmenes de ¡Pistoleros! Las crónicas de Farquhar McHarg, sus relatos de un anarquista de Glasgow que se une a los grupos de defensa anarquista españoles en los años 1918-1924. Comprometido con el anarquismo y las publicaciones, Christie apareció en muchas ferias de libros y festivales de cine, pero despreció cualquier sugerencia de que había llegado a «dirigir» a alguien en algún lugar. Brenda, la pareja de Christie, murió en junio de 2019. Se desvaneció en paz, escuchando «Pennies From Heaven» (la canción favorita de Brenda) en compañía de su hija Branwen.

[Traducido por Jorge JOYA]

De:  Black Flag Anarchist Review Vol 1 No 1

«La idea dominante» (1910) – Voltairine de Cleyre

Voltairine de Cleyre (1866 – 1912)

I. 

La enseñanza predominante en nuestros días es que las ideas son sólo un fenómeno secundario, impotente para determinar los actos o las relaciones de la vida. Se comparan fácilmente con la imagen reflejada en el espejo, que diría al cuerpo cuya apariencia reproduce: «Quiero formarte». De hecho, si sabemos perfectamente que una vez que el cuerpo se retira del espejo, no queda nada de la imagen, también somos conscientes de que el cuerpo real tiene su propia vida que vivir, despreocupado de sus representaciones fantasmales y fugaces, en respuesta a las solicitudes siempre cambiantes (las cosas que están fuera de él). 

Así, la llamada concepción materialista de la historia, los socialistas modernos y una considerable mayoría de los anarquistas, quieren que consideremos el mundo de las ideas, de los reflejos cambiantes, como inconsistente, como si no tuviera nada que ver con la determinación de la vida individual, constituyendo, como las imágenes que se forman en el espejo, otras tantas representaciones aparentes, de relaciones materiales dadas, pero absolutamente impotentes para influir en el curso de las cosas materiales. Para ellos, la mente es un espejo en blanco, aunque nunca está totalmente en blanco, ya que siempre está en presencia de la realidad material y está destinada a reflejar alguna sombra. Hoy soy algo y mañana seré otra cosa si se cambia el escenario. Mi yo, mi ego, es un fantasma balbuceante, haciendo piruetas en el espejo, gesticulando, transformándose, de hora en hora o de momento en momento, irradiando con el brillo fosforescente de una realidad engañosa, fundiéndose como la niebla en las alturas. Las rocas, los prados, los bosques, los arroyos, las casas, los servicios públicos, la carne, la sangre, los huesos, los nervios son realidades con un papel definido en cada una de ellas, dotadas de características que persisten a pesar de los cambios.

Pero mi ego no persiste; cada modificación de las cosas que acabo de nombrar lo reconstruye de nuevo.

Creo que este determinismo implacable es un gran y lamentable error que domina nuestro movimiento avanzado. Ciertamente, fue un antídoto saludable contra la gran mistificación teológica de la Edad Media, es decir, la idea de que el Espíritu constituía una entidad absolutamente irresponsable, que promulgaba leyes por sí misma como un emperador absoluto, al margen de toda lógica o secuencia o relación, soberano sobre la materia y supremamente autodeterminante; Ciertamente, creo que la moderna reconcepción del Materialismo ha hecho una buena labor al reventar esta burbuja de orgullo y devolver al hombre y a «su alma» a «su lugar en la naturaleza»; pero creo que esto también tiene un límite, y que la idea del dominio absoluto de la materia es un error tan peligroso como la concepción del Espíritu como existente al margen de toda relación con lo externo; creo incluso que en lo que respecta a la influencia sobre la conducta personal, esta última concepción ha sido la más perjudicial de las dos.

La doctrina del libre albedrío ha dado lugar a fanáticos y perseguidores que, partiendo de la base de que los hombres podrían ser buenos en cualquier circunstancia -si tan sólo quisieran-, han tratado de persuadir la voluntad de los demás por medio de amenazas, multas, encarcelamientos, torturas, galeras, la rueda, el hacha, la hoguera, y todo ello para hacer buenos a los malvados y salvarlos a pesar de su obstinada voluntad. Pero si la doctrina espiritualista -el alma en primer lugar- ha producido tales seres, la doctrina del determinismo materialista ha producido naturalezas cambiantes, autocomplacientes, indignas, parasitarias, que son «esto» ahora y «aquello» en otro momento, y, en principio, no son nada. «Mis circunstancias me han determinado así», declara el determinista absoluto; y la discusión ya no es posible. Pobres imágenes de espejo, ¿qué podrían hacer? La verdad es que la influencia de personajes de este tipo nunca es igual a la del perseguidor en principio. Por uno solo de este último tipo, uno se encuentra con un centenar de estos personajes fáciles y vigilantes, dispuestos a adaptarse a cualquier molde, encontrando una excusa conveniente en el concepto determinista. Así, el balance del mal causado por una u otra doctrina se mantiene más o menos igual.

Lo que nos falta es una apreciación precisa del poder y el papel de la Idea. No creo que esté cualificado para dar esta valoración exacta. Tampoco creo que nadie, ni siquiera con una inteligencia superior a la mía, sea capaz de hacerlo, y eso dentro de mucho tiempo. Sin embargo, puedo mostrar la necesidad de la misma y ofrecer una evaluación aproximada.

Y esto es todo: En primer lugar, a la fórmula recibida del Materialismo moderno: «Los hombres son lo que las circunstancias hacen de ellos», opongo esta proposición: «Las circunstancias son lo que los hombres hacen de ellos». Afirmo que ambas fórmulas son verdaderas hasta el momento en que las fuerzas en conflicto se equilibran o una de ellas se pone en inferioridad. En otras palabras, mi idea de la mente o el carácter individual es que no es un reflejo impotente de una circunstancia momentánea de materia y forma, sino un agente que trabaja activamente, reaccionando sobre su entorno y transformando las circunstancias, a veces ligeramente, a veces considerablemente, a veces -aunque con poca frecuencia- totalmente.

II.

 Si tuviéramos que mirar a nuestro alrededor para descubrir qué idea domina nuestra civilización contemporánea, no sé si encontraríamos algo más atractivo que la criatura de piedra que simboliza el alma de la Edad Media: esa escultura que puebla las catedrales, contorsionada, medio informada, con alas de dragón, con un rostro ancho, oscuro y tenso, dirigido con ojos ciegos hacia el sol naciente.

La relatividad de las cosas ha cambiado: el hombre se ha levantado y Dios ha caído. El pueblo moderno tiene casas más cómodas e iglesias menos pretenciosas. Asimismo, la concepción de la suciedad y la enfermedad como aflicciones muy buscadas, cuya paciente resistencia es un medio para ganarse el perdón de la Divinidad, ha dado paso a la enfática promulgación de la higiene. Las maestras de las escuelas públicas notifican a los padres que los «piojos» son una enfermedad contagiosa y muy desagradable. Tenemos sociedades antituberculosas que están haciendo un esfuerzo hercúleo para depurar el bacilo mortal de los establos de Augías de las fábricas modernas, y que hasta ahora han conseguido que se instalen escupideras llenas de agua en algunas de ellas. Tenemos muchas más de estas Sociedades, y aunque sus éxitos no son siempre maravillosos, su existencia es prueba suficiente de que la humanidad ya no mira a la inmundicia como medio de gracia. Nos reímos de estas viejas supersticiones y hablamos mucho de la ciencia experimental. Intentamos galvanizar el cadáver griego y pretendemos saber de cultura física. Exageramos en muchos aspectos, pero la gran idea de nuestro siglo, la idea original, no prestada de otros, que no es ni exagerada ni fruto de la magia, es «hacer muchas cosas». – No para hacer cosas bellas, no para experimentar la alegría de gastar energía viva en una obra creativa, sino para forzar, trabajar en exceso, derrochar, agotar descaradamente y sin piedad la energía hasta la última gota, sólo para producir masas y montones de cosas, feas, dañinas o, al menos, en gran medida inútiles. ¿Con qué fin? El productor no suele ser consciente de ello; la mayoría de las veces, no le importa. Simplemente está poseído, impulsado por la idea fija de que debe producir; todos lo hacen y cada año se produce más y más rápido. Hay montañas de cosas hechas y que se están haciendo y, sin embargo, uno sigue encontrando a los hombres luchando desesperadamente por añadir a la lista de cosas ya creadas, por ponerse a construir nuevos montones y añadir a los montones existentes. ¿A costa de qué agonía corporal, de qué impresión y aprehensión del peligro, de qué mutilaciones, de qué horrores, siguen su camino, para romperse en estas rocas de la riqueza? En verdad, si la visión del alma medieval es dolorosa en su penoso esfuerzo y su mirada sin ojos, grotesca en sus ridículas torturas, la del alma moderna es aún más aterradora con su mirada nerviosa y preocupada, escudriñando sin cesar los rincones del universo, y sus manos igual de nerviosas y preocupadas, siempre buscando y siempre activas en alguna tarea inútil.

La presencia de cosas en abundancia, cosas huecas, cosas vulgares, cosas absurdas, ha despertado el deseo de su posesión, la exaltación de la posesión de las cosas. Recorre las calles comerciales de cualquier ciudad, las calles repletas de escaparates donde se exponen, protegidos, los topes de las cosas; examina las caras de los transeúntes -no hablo de los hambrientos y magullados que bordean los basureros y piden limosna lastimosamente- y fíjate qué idea revelan sus rostros… En cada uno de ellos, desde la señora que va de compras en su coche hasta el trabajador que va de tienda en tienda buscando una «oportunidad», encontrarás pintada una vanidad repulsiva, consciente del bello atuendo, similar a la del arrendajo adornado con las plumas del pavo real. Busca el orgullo y la gloria de un cuerpo hermoso, libre y vigoroso, que se mueve sin obstáculos, no lo encontrarás. Verás pasos afectados, cuerpos adelgazados para hacer resaltar el corte de una falda, rostros sonrientes y juguetones, con ojos que buscan la admiración por la gigantesca cinta pasada por el cabello sobrecubierto.

Y en los rostros masculinos: tosquedad. Los deseos, toscos para las cosas toscas. La espantosa ansiedad y la inaudita inquietud de la creación de todo esto es menos repulsiva que la abominable expresión de la lujuria por las cosas creadas.

Esta es la idea dominante en el mundo occidental, al menos hoy. Lo encontrarás por todas partes, totalmente grabado en las cosas y en los hombres; lo más probable es que si te miraras en el espejo, lo siguieras viendo allí.

Pero la idea dominante de un siglo o de un país no puede comprometer la idea dominante de una sola vida individual. No me cabe duda de que en los días de antaño, allí, a orillas del Nilo, a la sombra de las pirámides, bajo el peso acosador de la estupidez de otros hombres, había seres inquietos, activos y rebeldes que odiaban todo lo que implicaba la vieja sociedad y que, llenos de ardor, buscaban derrocarla.

Estoy seguro de que en medio de todo lo que la ágil inteligencia griega creó, muchos partieron con los ojos bien abiertos, despreocupados de todo lo que les rodeaba, buscando una revelación más elevada de la vida, dispuestos a renunciar a las alegrías de la existencia para acercarse a alguna perfección lejana y desconocida que sus semejantes no conocían. Estoy seguro de que en los siglos de las tinieblas, cuando la mayoría de los hombres rezaban y agachaban la cabeza, se flagelaban y magullaban y buscaban el dolor, como aquella Santa Teresa que proclamaba su deseo de sufrir o morir, se encontraron unos pocos que consideraban el mundo como una broma casual y se esforzaban por obligar al universo a responder a sus preguntas, a través de esa búsqueda paciente y silenciosa que condujo a la Ciencia Moderna. Estoy seguro de que hubo cientos, miles de ellos de los que nunca hemos oído hablar.

Y ahora, aunque la sociedad que nos rodea está dominada por el Culto a las Cosas y sigue siéndolo, no hay razón para que ningún alma individual la imite. Porque lo único que parece merecer la pena es, para mi vecino, para todos mis vecinos, la persecución del ecu, que no es razón para que yo me dedique a ello. Porque mis vecinos se imaginan que necesitan una enorme masa de alfombras, muebles, relojes, vajilla, espejos, ropa, joyas, -servidores para mantenerlos, detectives para vigilar a los servidores, jueces para juzgar a los ladrones, políticos para nombrar a los jueces, cárceles para castigar a los condenados, guardias para mantener a los encarcelados, recaudadores para cobrar el sueldo de los guardias y el suyo propio, y cajas fuertes para guardar dichos sueldos, de modo que sólo los que tienen la llave puedan robarlos, -y por lo tanto aceptar mantener un ejército de parásitos haciendo necesario que otros hombres trabajen para ellos y se ganen sus emolumentos- porque mis vecinos desean todo esto, ¿es alguna razón para que yo me dedique a tal locura y doble mi espalda para servir a mantener tal desfile?

Porque la Edad Media fue oscura, ciega y brutal, ¿debemos rechazar lo único bueno que introdujeron [falta el texto]: que el interior de un ser humano vale más que el exterior? ¿Que concebir un objeto superior a uno mismo y vivir para él es la única forma de vivir que merece la pena? El objetivo a conquistar debe ser, sin duda, muy diferente del que llevó a los fanáticos de aquellos tiempos a despreciar la carne y crucificarla en todo momento. Pero las pretensiones y la importancia del cuerpo pueden reconocerse sin sacrificar la verdad, la dignidad, la sencillez y la buena fe al servicio fastuoso de un cuerpo cuyos mismos ornamentos degradan el objeto que se supone que exaltan.

La doctrina de que las circunstancias lo son todo y los hombres nada ha sido y es la perdición de nuestros modernos movimientos de reforma social.

Nuestra juventud, animada por el espíritu de los antiguos educadores que creían en la supremacía de las ideas, incluso en la hora en que estaban a punto de abandonar esta tesis, creía que las maravillas de la Revolución se realizarían pronto. En su entusiasmo, hicieron decir al Evangelio de la Circunstancia que pronto la presión de la evolución material rompería el marco de las cosas, – dieron a la sociedad moribunda sólo unos años de vida. Ellos mismos serían testigos de la transformación y compartirían sus alegrías. Pasaron los pocos años previstos y no ocurrió nada; el entusiasmo se enfrió. Y ahora estos idealistas se han convertido en empresarios, industriales, terratenientes, prestamistas, – aquí están, deslizándose en las filas de esa sociedad que una vez despreciaron, arrastrándose lastimosamente, siguiendo a alguna persona insolvente a la que han prestado dinero o prestado algún servicio profesional de forma gratuita. Aquí están, mintiendo, engañando, traficando, adulando, comprándose y vendiéndose por una matraca, un lugarcito en el candelero de nada. La Idea Social Dominante les ha engullido, sus vidas han sido absorbidas por ella, y cuando les preguntas por qué, te dicen que las circunstancias les han obligado a ello. Si les citas sus propias mentiras, sonríen con flemática complacencia, asegurando que cuando las Circunstancias exigen que uno mienta, mentir es mucho mejor que decir la verdad, que actuar dando rodeos es a veces más eficaz que hacerlo con franqueza; que halagar y engañar importa poco si el fin buscado es deseable; que en las circunstancias actuales la vida no sería posible sin todo esto; que sería posible si las circunstancias hicieran más fácil decir la verdad que mentir; pero que hasta entonces cada uno tiene que arreglárselas como pueda y a cualquier precio. Y el cáncer sigue carcomiendo la fibra moral, el ser humano se convierte en un montón, en una masa, en un bulto de arcilla, que toma todas las formas y las pierde todas, según el rincón o el agujero particular en el que quiera deslizarse o escapar, – una encarnación repulsiva de la bancarrota moral engendrada por el Culto a las Cosas.

Si no hubiera sido dominado por una concepción tan materialista de la vida, si su voluntad no hubiera sido desterrada de su existencia por el razonamiento intelectual y por la aceptación de su propia nada, ese mismo hombre habría visto crecer y fortalecerse por el ejercicio y el hábito las aspiraciones desinteresadas de sus primeros años. Su protesta contra los tiempos que corren no se habría desvanecido y habría tenido su efecto.

– Si se le da al líder sindical una situación política y el sistema social se perfecciona, nuestros enemigos se ríen. Y citan una frase de John Burns a su entrada en la Cámara de los Comunes: «El tiempo del agitador ha pasado» y «ha llegado el tiempo del legislador». – Que un anarquista se case con una heredera y el país estará a salvo, se burlan nuestros adversarios. Y tienen derecho a hacerlo. Pero, ¿lo tendrían, o podrían tomarlo, si nuestras vidas no estuvieran dominadas principalmente por deseos más imperiosos que los que queremos que los demás tomen como nuestras aspiraciones más preciadas?

Es la vieja historia: «Apunta a las estrellas y podrás alcanzar el dintel de la puerta; apunta al suelo y llegarás a la tierra».

No se puede suponer que un ser individual pueda alcanzar la plena realización de su objetivo, incluso cuando su objetivo no implique una acción en común con los demás; perderá su objetivo. Hasta cierto punto será derrotado por la hostilidad abierta o latente. Pero logrará algo elevado si sigue apuntando alto.

– ¿Qué quiere, se preguntará? Me gustaría que los hombres tuvieran la dignidad de elegir un objetivo más elevado que la caza del oro; que eligieran algo que hacer en la vida que esté fuera de las cosas que se hacen por hacer, y que se ciñeran a ello. No para un día, ni para un año, sino para toda la vida. Y que tengan fe en sí mismos. Que no sean como un testamento, que hoy profesan esto y mañana aclaman lo otro, y que se escapan de esto y de lo otro cuando les resulta fácil. Que no defiendan una tesis hoy y besen la manga de sus oponentes mañana, con, como excusa, este grito de debilidad y cobardía en la boca: «Las circunstancias me obligan». Mira en tu interior y si amas las Cosas y el poder y la plenitud de las Cosas más que tu propia dignidad, la dignidad humana, ¡oh, dilo! Dígaselo a usted mismo y cúmplalo. No sople caliente y frío al mismo tiempo. No intentes ser un reformista social y al mismo tiempo un respetado poseedor de Cosas. No prediques el camino estrecho cuando estás caminando felizmente por el camino ancho. Predicar el camino ancho o no predicar nada. No hagas el ridículo diciendo que te gustaría preparar el camino hacia una sociedad liberada, cuando ni siquiera estás dispuesto a sacrificar una silla por ello. Lector, di con franqueza: «Me gustan más las sillas que los hombres libres, y las deseo porque lo decido, no porque las circunstancias me obliguen a ello. Me gustan los sombreros, vastos, enormes, con muchas plumas y grandes alas. Y prefiero tener esos sombreros que lidiar con sueños sociales que no se harán realidad en mi tiempo. Este mundo ama los sombreros y deseo adorarlos en su compañía.

Pero si es la libertad, el orgullo y la fuerza del ser individual, y la libre hermandad del hombre basada en la afinidad lo que eliges como objeto de la manifestación de tu vida, ¡no lo vendas por el brillo! Cree en la fuerza de tu alma y en que se abrirá camino por sí misma; poco a poco, tal vez, a través de amargos conflictos, tu fuerza crecerá. Y no te será difícil renunciar a posesiones por las que otros renuncian a la última posibilidad de libertad.

Al final de tu vida podrás cerrar los ojos y decir: «No he sido gobernado por la Idea Dominante de mi Siglo. He elegido mi propia causa y la he servido. He demostrado durante toda una vida de hombre que hay algo en el hombre que lo salva de la tiranía absoluta de la Circunstancia, que la supera y la rehace, y que es el fuego inmortal de la Voluntad Individual, que es la salvación del Futuro.

Necesitamos Hombres, Hombres que se atengan a la palabra que se han dado a sí mismos, – que se atengan a ella no sólo cuando es fácil, sino también cuando es difícil, – cuando ruge el huracán, cuando el cielo está rayado con líneas blancas y líneas de fuego, cuando los ojos están cegados y los oídos ensordecidos por la guerra de fuerzas en conflicto, – que se atengan a ella cuando el cielo es gris y nada interrumpe su monotonía desesperante. Aguantar hasta el final, eso es lo que significa tener una Idea Dominante que las Circunstancias no pueden romper. Y los hombres que ag